Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

—Dijo que nunca la tendría en mi cama, lady Ada —dijo Slyfeel, deslizó la mano bajo su vestido y la subió por su lechoso muslo para agarrar su preciosa polla con el puño.

—Dije que no tenía nada que ofrecerme, mi señor.

—¿Y ahora?

—Y ahora puede tenerme —soltó ella desafiante—, si jura dejar a lord Grantham solo.

—¿Confiaría en la palabra de un libertino y un mujeriego?

—No le pediría que lo jure por su honor —dijo Ada—, sino por su polla.

Slyfeel se rio.

—Muy bien, querida. Juro por mi polla que dejaré a Junian solo. Después de todo —se inclinó a centímetros de besarla—, me parece que no echará de menos la mía en absoluto, una vez que haya tenido a una dama dentro de él.

—Él no me desea de esa manera, ni yo a él.

¡Qué delicia sería convertir su amistad en algo depravado! Mientras Ada hablaba, Slyfeel ya tramaba cómo tenerlos a ambos en su cama a la vez. Había quebrado a Junian con tanta facilidad… Qué maravilloso sería si pudiera quebrarla también a ella.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN V

P or muy inesperadamente agradable que le hubiera resultado la visita de Warry, Hartwell y Chant, James se sintió aliviado cuando se marcharon a la mañana siguiente y se llevaron a Thistle con ellos.

La yegua era adorable, dulce y gentil, y la echaría de menos, pero lo animaba saber que estaría con Dodger.

El caballo era tan nervioso que necesitaba una presencia tranquila y sólida a su lado.

¿Y quién entendía eso mejor que James? Harold era su Thistle.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Harold con curiosidad al entrar en el estudio de James—. ¿Has planeado otra escena con Nelson y una chirivía? ¿Quizá un puerro esta vez? Ese hombre ya podría cagar un guiso entero. Me pregunto si le cabría un conejo por el culo.

—Estoy seguro de que él también se lo ha preguntado —contestó James—, pero, aunque me alegra dejar que sea tan lascivo como quiera con las verduras, pongo el límite en los conejos.

—Estoy seguro de que los conejos se sienten aliviados al saberlo.

—Hoy he recibido más cartas. —James señaló la pila que había sobre su escritorio—. Doce proponiéndome su pasión, tres proponiéndome matrimonio y una de una joven debutante muy atrevida proponiéndome que la libere de su virginidad.

—A este paso, necesitarás una secretaria.

—Sí. El señor Lindsay suele encargarse de mi correspondencia, pero me temo que me daría su renuncia en el acto si le pidiera que leyera estas. —Revisó la pila—. Ah, y he recibido una carta de un clérigo de Gravesend recordándome, muy educadamente, los peligros del fuego del infierno.

Harold resopló y empezó a desabrocharse el abrigo.

—Eres un libertino, un canalla y un sinvergüenza, Jimmy. Eres la encarnación de Slyfeel.

James se quedó pensativo.

—Hay una parte de mí que desearía ser tan audaz como Slyfeel, eso es cierto. Pero ¿conocer a tanta gente nueva? No, no creo que me gustara eso.

—¿Ni siquiera si pudieras acostarte con ellos?

—¡No! —Rio—. Solo me interesa acostarme con un hombre, como bien sabes.

—Oh, ¿es el señor Lindsay? Tiene una letra tan bonita…

—No, mi hombre tiene una letra horrible —dijo James—, pero sabe cómo manejar una fusta. —Suspiró de forma exagerada—. Aunque veo que esta noche se ha olvidado de traerla a casa desde los establos. Y he estado esperando con mucha paciencia.

—Tu hombre también sabe cómo arreglárselas —indicó Harold. Levantó a James de su asiento, lo giró y le dio una sonora palmada en el trasero.

James se estremeció en cuanto el escozor se extendió por su cuerpo, deliciosamente placentero.

Sintió pánico cuando las palabras de Warry y las suyas se entremezclaron en su mente.

¿Cómo podía hablar con Harold, decirle lo que sentía, cuando él mismo no estaba seguro?

Su respiración se volvió más agitada y rápida.

Harold le besó la nuca y James cerró los ojos.

Quería eso. Por supuesto que sí. Harold lo agarró con fuerza del brazo y tiró con suavidad. Le dio otra palmada.

James exhaló el aire que había contenido.

—Tu hombre —susurró Harold— quiere que te inclines, con las manos apoyadas en el sofá. El culo al aire.

James tragó saliva.

—Sí, señor.

Se acercó un poco más a Harold, y este le rodeó los hombros con el brazo y los apretó con mucho cuidado.

—Tu hombre quiere que disfrutes de todo el placer que te mereces.

El cálido aliento de esas palabras le erizó el vello de la nuca y bajó la cabeza.

—Mi hombre es muy generoso. —Hizo una pausa y le pareció sentir que su corazón latía en algún lugar de la parte superior del pecho, casi en la garganta—. ¿Puedo ponerme un vestido?

—Por supuesto, mi preciosa mujer. Busca lo que te gustaría ponerte y yo te ayudaré. —Harold le soltó.

James asintió y se dirigió al dormitorio.

Localizó el paquete de papel marrón rasgado.

Le había preocupado no querer volver a ver el vestido verde pálido, que todo lo que le trajera fueran recuerdos desagradables.

Pero ahora le parecía adecuado ponérselo.

Sacó también una camisa de la cómoda y un corsé.

Dudó antes de coger un collar de jade de su joyero.

Volvió al gran salón. Harold miraba por la ventana, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho, y, por un instante, James sintió tanto amor que apenas pudo respirar.

Harold corrió las cortinas, se volvió y le sonrió.

—¿Lista, querida?

James dejó la ropa en el sofá y se desabrochó los botones de la chaqueta.

Las manos de Harold se acercaron y le quitaron la ropa, se detuvieron para frotar el bulto en la parte delantera de sus pantalones antes de desabrochárselos y bajárselos.

James se sentó en el sofá para que Harold pudiera quitarle las medias.

Se levantó de nuevo cuando le tendió la camisa para que se la pusiera y se sintió mejor en cuanto la fina tela blanca de lino cubrió su cuerpo.

Harold le apretó el corsé lo bastante como para que la sensación fuera reconfortante, sacó el vestido verde pálido de su envoltorio arrugado y lo sostuvo en alto para inspeccionarlo.

—Es muy bonito —dijo.

James se sonrojó.

—Queda aún más bonito puesto.

—No lo dudo. —Ayudó a James a ponérselo y abrochó los delicados botones de perla en la espalda.

Se detuvo en el último botón, y le besó la nuca.

Su barbilla sin afeitar rozó la suave piel de James, que se echó a reír—.

Gírate para que te vea. —James lo hizo, y era difícil decir cuál de los dos sonreía más—.

Es un vestido precioso, sin duda. Pero la chica que lo lleva lo es aún más.

—Soy muy consciente de ello. —Se inclinó para besarlo, le devolvió el beso con avidez, y se separaron con un suspiro. Acarició la mejilla de James y se giró para coger el collar. James inclinó la cabeza para que Harold pudiera abrochárselo.

—No consigo… —Harold suspiró.

—Tus dedos son demasiado torpes.

—Ah, ¿sí? Pero si acabo de abrochar todos esos botoncitos, ¿no?

—¿Lo hago yo?

—No. Ya casi lo tengo. Ya está.

Abrochó el cierre y volvió a darle la vuelta a James para inspeccionar su trabajo. Le miró durante tanto tiempo que James frunció el ceño.

—¿Te encuentras bien?

—Mejor que nunca —respondió Harold. Se inclinó y besó el pecho de James, justo por encima del borde del vestido y justo debajo de donde descansaba la piedra del collar.

James tragó saliva.

—¿Y qué decía mi hombre sobre que debía inclinarme sobre el sofá?

—Que debes hacerlo. Y que me enseñes ese delicioso trasero, milady.

James exhaló un sonido que era a partes iguales de acuerdo y vacilación.

Harold le tomó suavemente por los brazos y le acarició hacia abajo hasta que le cogió las manos.

—No hay nada que temer.

—Entonces, estás incumpliendo tu deber.

Él se rio y le apretó las manos.

—Ya veremos si piensas lo mismo dentro de una hora. Vamos.

James dio un paso adelante y se inclinó, colocó las manos sobre el asiento del sofá, de espaldas al respaldo. La posición le arqueó la columna, tensó los cordones de su corsé y le obligó a alzar el culo. El roce de la suave tela contra sus piernas le hizo estremecerse.

—Muy bien —murmuró Harold, que se acercó y se quedó allí de pie hasta que la respiración de James se volvió más agitada y su pene se endureció.

Le acarició el trasero, frotó con su gran palma una nalga, luego la otra, y después cada muslo por turnos, sus dedos deslizándose por la tela de la camisola.

Lo hizo hasta que James se relajó por completo, y le dio otra palmada, tan fuerte que James abrió la boca en un jadeo silencioso.

James exhaló muy despacio.

—Te odio —murmuró.

Harold le frotó un poco para aliviar el dolor.

—Estás a punto de odiarme mucho más. Quédate aquí.

James escuchó cómo iba al dormitorio y rebuscaba en el armario.

La mayoría de sus accesorios se guardaban en el baúl de la casa de campo de Harold, pero algunos se quedaban en la de James o se trasladaban entre sus viviendas.

Intentó no recordar a Frederick arrebatándole las páginas de Diarios de una doncella del escritorio de Stratford House.

«Dios mío, James, ¿de verdad cometes las depravaciones sobre las que escribes?

». Por un aterrador momento, imaginó que era Frederick quien estaba en su dormitorio, y no Harold, destrozando la habitación para descubrir más secretos.

Pero Frederick ya no estaba allí. Se obligó a concentrarse en cambio en qué, concretamente, buscaba Harold.

Se le revolvió el estómago por la expectación, y su miembro dejó un rastro de humedad a lo largo de la tela.

Harold regresó y colocó una gruesa correa de cuero en el sofá.

James puso los ojos en blanco, feliz de que no pudiera verlo.

Las tijeras de herrero estaban junto a la correa y, por el rabillo del ojo, vio que también sostenía un rollo de cuerda.

Su corazón comenzó a latir con fuerza. Si se dejaba hacer, se sentiría vulnerable y tendría que confiar en que Harold haría lo correcto. Y así lo hacía. Solo que…