Capítulo 17 #5
—Le dieron muchas ideas —continuó el joven—. Y ahora nosotros… hacemos bastante teatro, ya ves. Está muy comprometido y no le da miedo parecer ridículo para hacerme reír, y eso ayuda mucho. Me hace sentir que no tengo que ser de una manera determinada, que podemos probar cosas y ver qué nos gusta.
—Me alegro —afirmó James, y lo decía en serio. No se le había ocurrido que sus ridículas novelas pudieran haber ayudado a la gente. Le parecía más absurdo que su actual reputación como el libertino más peligroso de Inglaterra.
—Aunque no le dejaré traer cebolletas cerca de mí.
James soltó una carcajada.
—Deberías dejar que Granger sea paciente contigo —dijo Warry mientras rodeaban la torre de la mansión—. No te precipites con lo que sientes. Está claro que te quiere.
El rubor de James se extendió por todo su cuerpo.
—Es cierto. Por desgracia, yo no soy tan paciente como él.
—Ah, ese era también mi problema. Había veces en los que Hartwell estaba… muy atento para ver si yo lo estaba pasando bien, y era muy dulce, pero yo solo… —Warry bajó la voz—. Solo quería que siguiera adelante. Solía pensar: «Oblígame a hacer lo que antes podía hacer, esté listo o no».
—¡Sí! —masculló James en voz alta—. Esa es precisamente la sensación. Es como si temiera que Harold me estuviera volviendo más frágil al tratarme así. Y, sin embargo, cuando me entra el pánico, le agradezco mucho su precaución.
—Exacto.
Se miraron el uno al otro y ambos dieron la vuelta.
—Creo que las cosas mejorarán —dijo Warry por fin—.
Y puedes contarle a Granger lo que me acabas de decir, estoy seguro.
Al final se lo conté a Hartwell, y parecía muy confundido, y dijo que nunca seguiría con nuestras relaciones sexuales sin saber cómo me encontraba.
Pero probamos a jugar a un juego. Basado en Diarios de una doncella , en realidad.
Y fue… Lo siento, no debería dar por sentado que, solo porque escribes sobre esas cosas, deseas hablar de ellas.
—Creo que hace rato que hemos dejado atrás las conversaciones decentes —le aseguró James—. Y me alegro por ti, por haberte recuperado. —Él asintió, pero no respondió—. Sé que debería hablar con Harold. Pero me parece injusto pedirle que me entienda cuando yo mismo apenas me entiendo.
—A veces ayuda dejarnos ver por alguien que nos conoce profundamente y nos quiere mucho.
Se acercaban de nuevo a los establos. Harold estaba en el extremo sur, hablando con John, y ambos vigilaban de reojo a Hartwell, que trotaba con Thistle por el campo de entrenamiento.
Chant cabalgaba junto a Hartwell en un alto capón bayo.
Harold levantó la vista y le dedicó a James una rápida sonrisa cuando Warry y él se acercaron.
—Gracias —le dijo James en voz baja a Warry—. Sé que soy una compañía difícil. Pero gracias por incluirme. A todos vosotros.
—No es una tarea pesada. Eres una de las personas más fáciles de tratar que conozco. Y Chant tiene razón, no estás solo.
De nuevo esa sensación, de calidez y miedo a la vez. Excepto que esa vez el miedo era mucho menor.
—Si alguna vez vuelvo a Londres, ¿debería… avisaros?
—¡Por supuesto! Puedes quedarte con nosotros, si no deseas alojarte en Stratford House. Y debes visitar a Dodger.
James casi sonrió.
—Y vosotros siempre seréis bienvenido aquí.
—No dejes que Hartwell te oiga decir «siempre». Está enamorado de este lugar y te tomará la palabra. Pero, sin duda, nos encantaría volver, y te avisaremos con mucha antelación, y te dejaremos solo en tu cabaña el tiempo que quieras.
Hartwell y Chant se acercaron a ellos a caballo.
—¡Marido! —anunció Hartwell—. Tienes que saludar a esta chica. Es como montar en una nube.
James sonrió mientras Warry se acercaba para acariciar el hocico de Thistle.
—¿Así que te la llevas?
—¡Por supuesto que nos la llevamos! —le dijo Hartwell a Warry—. ¿Se lo dirás a mi padre, por favor? Le gustas más que yo.
—Yo soy la razón por la que sigue repudiándote.
—Oh, pero no es nada personal. Le gustas. Simplemente no le gusta la situación.
—No tienes por qué contárselo a tu padre cada vez que haces una compra.
—Pero quiero que me respete. Y que vea que me va bien sin su ayuda.
—Está pagando, literalmente, nuestra casa.
—Bien; entonces, quiero su atención.
—Por fin llegamos a la verdad.
Harold se acercó a ellos.
—¿Le gusta, milord?
Hartwell sonrió.
—Me encanta. Aunque le gusta comer hojas, ¿verdad?
—Tú se lo permitías —señaló Chant.
—¡Pues claro! Tenía hambre.
Warry se rio.
—Está bien alimentada, marido. No debes dejar que coma con el bozal puesto. Es por su propia seguridad.
—Oh, muy bien. La próxima vez que intentes coger algo de la mesa, te lo quitaré y te diré que es por tu propia seguridad. Dios mío, no dejas comer a la cabra, no dejas comer al caballo…
—No dejaré que la cabra se coma nuestras sillas; hay una diferencia.
Hartwell desmontó.
—Deja de matar de hambre a nuestra granja familiar.
—Si te preocupa tanto, puedes dormir fuera, en los establos, con ellos.
Hartwell se adelantó y besó a su marido.
—Me echarías de menos.
—¿De verdad? —Warry dio un paso atrás y dejó una mano en la solapa de Hartwell—. Tu padre dijo que me daría cinco libras por alimentar a la cabra todas tus chorreras.
—¡Ah, ya veo! Conspirando con mi padre. Bueno, supongo que, cuanto más afecto sienta por ti, menos probable será que me repudie. Otra vez.
—Y a lo mejor encuentra tu partida de nacimiento, porque dice que no tiene heredero.
—Maldición.
Warry miró con ternura a su marido, se alisó la solapa y dejó caer la mano a un lado.
—¿Crees que puedes despedirte de Thistle para que podamos vestirnos para cenar?
—La casa es muy grande. Seguro que ella podría entrar.
Harold soltó una carcajada.
—No le des ideas a Su Excelencia. —Asintió con la cabeza hacia James—. Solía preocuparme que encontrara la manera de colar a Dodger en su cabaña.
James se sonrojó al reír.
—No soy tan malo —murmuró. Y se sobresaltó cuando sintió la mano de Harold rozarle el hombro. Le dedicó una rápida sonrisa, y Harold y John llevaron los caballos de vuelta al patio, mientras James iba con sus amigos a cambiarse para la cena.