Capítulo 17 #4
James no sabía que el vizconde tuviera un hijo, aunque recordaba que era viudo. Cuánto tiempo había pasado tratando de ignorar a esas personas y, sin embargo, ahora se encontraba deseando saberlo todo sobre ellas.
Chant asintió.
—Las cosas van mejor. El chico adora Fernside y creo que ha empezado a ver a Philip como una especie de dios por mantener tan buena compañía.
Warry chasqueó la lengua.
—Pobre Soulden. Primero, Rivingdon y mi primo declararon que preferían acostarse con lord Byron antes que con él, eso, claro está, antes de declarar que preferían acostarse con lord Stratford antes que con lord Byron.
—Warry miró a James y articuló un «lo siento» con los labios—.
Y ahora su hijo considera que Fernside es el hombre superior.
—Bah. —Hartwell hizo un gesto con la mano—. Está bien bajarle los humos a Pip cuando se puede. Su ego ocupa más o menos la misma superficie que Regent’s Park.
—Oh, y tú eres el que habla.
Por fin pasaron a discutir la logística del transporte de Thistle.
—Es mayor —les recordó James a Hartwell y Warry—. Por lo tanto, no se la puede llevar directamente a Londres. Debe descansar varias veces durante el trayecto.
—No hay problema —dijo Hartwell—. Tenemos pensado pasar la noche de mañana cerca de Penshurst.
Warry le dio un golpecito en el muslo a Hartwell.
—Como es una dama de edad avanzada, creo que no debería someterse a bouts-rimés.
—¡Oh, pero quizá le gustaría jugar!
Mientras Warry y Hartwell discutían, Chant se volvió hacia James.
—¿Y cómo te encuentras? —le preguntó—. No me refiero solo a que estemos aquí molestándote, sino a todo en general.
James luchó por superar el pánico inicial que le provocó esa pregunta.
—No estoy seguro —respondió con sinceridad—. A menudo no me siento yo mismo. —Se dio cuenta de que Hartwell y Warry habían dejado de discutir y estaban escuchando—. Granger dice que necesitaré tiempo.
—Sí, claro —asintió Hartwell—. El tiempo cura las pequeñas heridas y cosas así.
—No solo las pequeñas. Todas las heridas —le corrigió Warry.
—¡Bah, puñetero tiempo! —exclamó Chant, y dejó el platillo con tanta fuerza que la taza tintineó.
Lo miraron sorprendidos—. Es lo que todo el mundo te dice, que con el tiempo te curarás, que las cosas mejorarán, y es cierto, pero estoy tan cansado de oírlo…
Soulden y yo lo discutimos a menudo. He echado de menos a mi hermana a diario durante diez años y la echaré de menos durante muchos más. El tiempo no es la panacea.
—Sí, pero ¿de qué otra manera se puede sanar? —preguntó Hartwell.
—No lo sé. Con el tiempo, supongo, aunque no hace que sea más fácil escucharlo. Te pido disculpas, lord Stratford. He convertido esto en algo personal. El tiempo ayuda, como seguro que sabes.
James sonrió con timidez.
—Sí. Pero estoy de acuerdo en que esos tópicos pueden irritar la herida más que aliviarla.
—Sí —dijo Chant con gran emoción.
La sonrisa de James se desvaneció y él se concentró en su taza de té.
—Mi hermano era un hombre cruel. Pero era mi hermano.
—Por supuesto —dijo Warry en voz baja.
—Es extraño darme cuenta de que estoy solo en el mundo, excepto por… excepto por Granger. —Su rostro se sonrojó de nuevo.
—Bueno, tener a Granger no es poca cosa —señaló Chant—. Pero debes saber que no estás solo en el mundo mientras nosotros estemos aquí.
—Aunque sea un pequeño consuelo —añadió Warry.
James no podía moverse ni responder. La opresión en su pecho era una extraña combinación de esperanza, miedo y gratitud.
—¡Por supuesto que no está solo! —exclamó Hartwell—. Es uno de los nuestros, vuelvas o no al club. Aunque, Stratford, si te apetece volver a Londres, me encantaría ver las caras de todos si entrásemos en el Club Bucknall contigo a nuestro lado.
Los restos de diversión de James se desvanecieron.
—No deseo volver a Londres.
—Es comprensible —dijo Chant con naturalidad.
—Disculpe, milord. —La señora Cornwall entró en la sala—, el señor Granger desea que sepa que Thistle está ensillada y lista para dar una vuelta por los terrenos.
—¡Ah, espléndido! —exclamó Hartwell.
Y lo era, pensó James. Toda esa extraña e inesperada tarde era bastante espléndida.
R ecorrieron los establos y James escuchó con silencioso placer cómo los caballeros elogiaban el edificio y los corceles.
Cuando Hartwell le dio a Thistle tantos terrones de azúcar que James temió que la vieja yegua se comportara más como una potranca indómita bajo la silla que como la criatura dócil que había prometido, Harold ayudó a Hartwell a montar y le ajustó los estribos.
Warry sorprendió a James al sugerir que dieran un paseo.
—El señor Chant dice que se quedará a ver montar a Hartwell —dijo Warry—.
No puedo culparlo, siempre es un espectáculo muy divertido.
Mi marido no es tan buen jinete como cree y siempre tiene que preguntar si, lo que le hace o deja de hacer, le hace daño al animal.
Si no hay nadie a quien preguntar, le pregunta al caballo.
James resopló.
—Creo que Thistle y él harán buena pareja. A ella no le molesta casi nada. —Caminaron hacia el lado este de la finca—. ¿Dodger se ha recuperado de… la terrible experiencia?
—Parece estar bien, y le quiero mucho. Tiene la boca muy sensible, así que he probado con una brida de cuerda, como me sugeriste. Va bien sin bozal.
—Muy bien. Se lo echa de menos en Eavesmore, al menos yo, pero sé que no podría haber encontrado un hogar mejor. —Vio el rubor de Warry por el rabillo del ojo.
—Gracias —murmuró el joven.
James respiró hondo y se obligó a hacer la siguiente pregunta.
—Lord Hartwell dice que en Londres me adoran y me temen. Pero ¿qué hay de aquellos que… me desprecian? ¿O piensan que debería estar encerrado?
—Hay pocas personas así que puedan esperar que sus voces se escuchen por encima de los comentarios sobre lo atrevido, libertino y diabólicamente guapo que eres.
—Seguro que la gente me ha visto. No soy… diabólico.
—Los periódicos te retratan muy parecido a Byron.
O tal vez solo estén reimprimiendo sus viejos dibujos de Byron.
En cualquier caso, ahora eres diabólico.
—Warry hizo una pausa—. Lord Clarence está haciendo lo posible por difundir las historias que Frederick cuenta sobre ti. Pero no creo que nadie le escuche.
—¿Y sigue siendo horrible contigo?
Warry no respondió de inmediato.
—A veces.
—Debes decírselo a Hartwell. —James se sorprendió por el tono protector de su propia voz.
—No quiero que piense que no puedo librar mis propias batallas.
—Pero esta es una batalla que se ganará por el estatus. Y Hartwell tiene estatus.
—Pero depender de él…
—A menudo me reprocho lo mucho que confío en Harold. Pero a él le gusta ser severo con estas situaciones, y a mí no. Hartwell parece ser muy parecido.
—Supongo que tienes razón.
—No debes permitir que Clarence te atormente. Si es necesario, volveré yo mismo a Londres y me ocuparé de él.
Warry se rio.
—Supongo que ambos preferiríamos que Hartwell se ocupara del asunto.
Él también se rio.
—Oh, sin duda.
La luz del sol brillaba entre las ramas de un alto arce, y la rápida brisa otoñal llenó a James de un placer inesperado. Se preguntó si Warry también lo sentiría.
—¿El señor Granger se encuentra bien? —preguntó Warry—. También pasó por una experiencia muy dura.
—Está… muy preocupado por mí. Y me preocupa que por eso descuide su propio bienestar.
Warry asintió.
—Después de mi propio escándalo, Hartwell se volvió tan protector conmigo que me preocupaba que se estuviera descuidando a sí mismo. Y Hartwell nunca se descuida a sí mismo.
James empujó una pequeña piedra del camino con la bota.
—Harold se preocupa mucho. Y me gustaría poder darle una fecha en la que planeo volver a ser yo mismo.
Pero no puedo. Me cuesta todo. Despertarme por las mañanas, dormir por las noches.
Una simple conversación. Compartir la cama.
—De inmediato, deseó no haber hablado—. Lo siento. No es una conversación apropiada.
—No te disculpes. Después de que yo… Bueno, quizá no debería hablar en detalle sobre mi propia experiencia. Pero te lo contaré, si quieres oírlo.
—Lo escucharé, si quieres contarlo.
Warry asintió con la cabeza.
—¿Sabes que me chantajearon?
—Tu hermana lo mencionó.
Un suspiro.
—Por supuesto que lo hizo. Bueno, me chantajeó un hombre que quería que me casara con él. En un intento por salir de esa situación, yo… le ofrecí… Lo siento. No he pensado en cómo me sentiría al decir esto en voz alta.
—No pasa nada. —James sintió un nudo en el pecho por la compasión.
—Le ofrecí compartir su cama por una noche.
—Warry no lo miró, pero su voz era firme—.
Detenme si debes hacerlo. Sé que esto suena como el argumento de una novela sensacionalista, una de las tuyas, tal vez, pero eso es lo que sucedió.
Por suerte, me rescataron antes de que las cosas fueran muy lejos.
Pero los recuerdos no desaparecieron sin más después de eso.
—Lo siento mucho —dijo James con sinceridad—. ¿Y el rumor que corría era que Hartwell te había deshonrado?
Warry se encogió de hombros.
—Hartwell fue mi salvador, no mi seductor. Pero nadie lo creerá jamás.
—A veces debes sentirte muy solo. Con esos recuerdos en tu mente y sin nadie más que conozca la verdad.
—A veces, sí. Y, como he dicho, la presión de… de actuar como si los rumores no me afectaran es agotadora. Las luchas privadas han sido peores, creo. Desde el principio quise entregarme a mi marido en todos los sentidos. Y a veces podía. Pero otras no.
—No es de extrañar.
Caminaron en silencio antes de que Warry volviera a hablar.
—Ha sido muy comprensivo conmigo. Sé que no parece un hombre muy paciente o considerado, pero puede serlo. Lo ha sido.
—Lo creo.
—Y no te imaginas lo mucho que me han ayudado tus libros.
—¿Mis libros?
Una mirada de reojo reveló que el rostro de Warry estaba tan rojo como debía de estar el de James.