Capítulo 17 #3
—Creo que incluso Jesús te daría la paliza de tu vida por arruinar a una gata cazadora perfectamente válida y volvería a meterla en el establo, donde debería estar.
James se rio, pero, después, Harold sintió que la mano de James buscaba la suya y la apretaba con fuerza.
—¿Cuándo me darás la paliza de mi vida? —preguntó James al techo.
—Cuando los dos estemos seguros de que es lo que queremos.
James suspiró.
—Tiempo, amor —dijo Harold en voz baja.
—Tiempo —asintió.
J ames se pasó casi toda la tarde mirando por la ventana de la cabaña, a la espera de la llegada de Warry, Hartwell y Chant.
El comienzo del otoño había traído consigo una brisa que agitaba los árboles y hacía ondular la hierba del campo de entrenamiento; James decidió que encendería la chimenea esa noche, cuando Harold regresara.
Las habitaciones de la casa estaban preparadas y se recordó a sí mismo que no se esperaba que los atendiera.
Warry y Chant se lo habían asegurado. El personal los atendería bien y James podría subir desde la cabaña a visitarlos cuando quisiera.
Aun así, no conseguía calmar los nervios.
Nunca antes había recibido visitas de quienes consideraba amigos.
A veces, los compradores que tenían que recorrer grandes distancias se quedaban a pasar la noche en Eavesmore.
Pero la carta de Warry daba a entender que deseaba ver a James tanto como deseaba recoger a Thistle.
Cuando por fin llegó el carruaje, James se apartó de la ventana como si temiera que lo descubrieran mirando.
Oh, qué ridículo era. No había nada de qué asustarse en la visita de unos amigos.
Esperó hasta estar seguro de que habían acompañado a sus invitados al salón y les habían servido un tentempié, y subió a la casa.
Los tres visitantes estaban sentados junto a una mesa de té repleta de pasteles: Hartwell y Warry compartían la chaise longue , y Chant ocupaba uno de los dos grandes sillones.
Mantenían una conversación tranquila; bueno, Chant y Warry hablaban en voz baja, pero no se podía decir lo mismo de Hartwell.
James entró y se dirigió con rapidez hacia el otro sillón para que no lo vieran cruzar la sala.
—¡Stratford! Me alegro de verlo. —Hartwell se levantó para abrazarlo, pero Warry carraspeó—. Claro, claro. ¿Sabe abrazar o…?
James dio un paso adelante y lo abrazó con torpeza.
—Me alegro de que hayan venido hasta aquí —dijo mientras daba un paso atrás—. Sé que no es un viaje fácil.
—Oh, lo hemos pasado de maravilla —le aseguró Hartwell—. ¿Conoce el juego de los bouts-rimés ?
—Hemos jugado durante varias horas —explicó Warry con una mirada divertida mientras abrazaba a James. Se hizo a un lado para dejar que Chant tuviera su turno.
—Debo decir, Stratford… —Hartwell volvió a tomar asiento, y James y los demás hicieron lo mismo—. Ahora que he visto Eavesmore, entiendo por qué odia ir a Londres. Esto es espléndido.
—Bueno —dijo James, al mirar a su alrededor los enormes paneles de madera verde menta y los taciturnos retratos de los Stratford del pasado—. Esta casa era más bien el gran amor de mis padres. Lo mío son los caballos.
—¡Oh, pero los jardines! Solo los hemos visto de pasada, pero son extraordinarios.
—Haremos un recorrido en breve —prometió James.
Hartwell echó un vistazo a la sala.
—Sí, podría vivir aquí y no volver a poner un pie en Londres. ¿No es así, querido Warry?
—Echarías de menos que te vieran y que se cotilleara sobre ti.
—Sí —admitió Hartwell—. Hablando de eso… Ah, Stratford, no deseo que vaya a Londres, ya que lo detesta tanto, pero si pudiera esconderse en las sombras y ver qué ocurre en la ciudad, se sorprendería de lo que lady Rebecca ha hecho por usted.
Stratford sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué ha hecho?
Warry suspiró.
—Lo ha convertido en un libertino tan escandaloso que hace que lord Byron parezca la Virgen María.
—Ah, sí —confirmó Chant—, la gente encierra a sus hijos con solo mencionar su nombre.
—Seguro que su editor desearía que lord Slyfeel fuera tan indecente como se rumorea que lo es usted.
Hartwell se inclinó hacia delante.
—De alguna manera, no solo se ha acostado con su propio jefe de caballerizas, sino también con los mozos de cuadra de todos los demás.
Y con algunos jardineros. —Sacudió la cabeza—.
No puedo imaginar cuántos ejemplares de Diarios de una doncella se han vendido en las últimas dos semanas.
La gente pide a gritos el quinto volumen.
El corazón de James se aceleró. Ese era el plan que habían acordado, se recordó a sí mismo.
Dejar que el mundo lo considerara un libertino, un canalla, un artista temperamental, una figura oscura y misteriosa…
, pero no un loco, ni un criminal. Aun así, era extraño imaginarse a sí mismo como tema de tales conversaciones.
Y la idea de volver a poner un pie en Londres algún día, sabiendo cómo lo mirarían y susurrarían, lo ponía enfermo.
—Recibo… cartas.
—¡Oh, claro que sí! —Lord Hardwell se inclinó hacia delante—. Estoy seguro de que son muy divertidas. ¿Cuál es la más impactante que le ha llegado?
Warry puso una mano sobre la rodilla de Hartwell y negó sutilmente con la cabeza.
—No siempre me atrevo a leerlas. Pero, por favor, dé las gracias a lady Rebecca por su ayuda —dijo James en voz baja.
Chant sonrió con amabilidad.
—Sé que no es lo que usted habría elegido. Pero la gente lo venera y lo teme a partes iguales. Y esa no es una mala posición en la que encontrarse.
—Lo sé.
—Corre el rumor —intervino Hartwell— de que el propio Byron está loco de envidia y desea regresar a Inglaterra para batirse en duelo con usted.
—Pero, por supuesto, eso no es obligatorio —añadió Chant con rapidez.
—No. —Hartwell parecía menos seguro. O quizá un tanto decepcionado. Se hizo el silencio—. ¿Puedo preguntarle algo? —dijo—. Sobre la escena de la cebolleta…
—¡Marido! —espetó Warry.
—Pero quizá lord Stratford quiera hablar de ello.
James sonrió levemente.
—No es algo que recomiende intentar en casa.
—Claro, claro, nunca lo haría.
—Él sí lo ha hecho —murmuró Warry.
—Pero ¿no sería posible que la cebolleta se… perdiera?
—William, basta —dijo Warry con firmeza.
—Bueno —dijo James—, por eso lord Cameron sujeta el extremo. Pero, no, no creo que se perdiera. Si hubiera entrado del todo, el pobre Nelson habría tenido que hacer un poco de esfuerzo para sacarla. —Se sonrojó y no podía creer que estuviera hablando de sus escritos con aquellos caballeros.
Hartwell asintió con entusiasmo.
—Empujarla para sacarla parece muy doloroso. Pero también lo es empujarla para meterla.
—Bueno, usaban aceite —murmuró Warry.
—Cuando lo probé, solo conseguí… —Hartwell gruñó en cuanto su marido le dio un codazo.
—No me gusta la idea de las verduras —los sorprendió Chant al intervenir—.
Pero los personajes pueden hacer muchas cosas con los mangos de diversas herramientas de jardín, y eso ha sido revelador.
Lord Christmas dice que habría que tener cuidado con las astillas, pero creo que, si los mangos estuvieran bien barnizados…
A James se le escapó una carcajada antes de que pudiera evitarlo.
Pasaron un rato hablando de Diarios de una doncella , y James no estaba seguro de si sentirse avergonzado o halagado por la atención. Luego, la conversación dio paso a más pasteles y a algunos comentarios sobre el final de la temporada.
—Por mi parte, me alegro de que esté a punto de terminar —dijo Chant—. Me gustaría que Christmas tuviera menos misterios que resolver.
—Pero ¿no han mejorado las cosas —preguntó Warry—, ahora que trabaja con Aumont y Darling?
Chant suspiró.
—Creo que Darling le quita mucho peso de encima. Es un investigador muy bueno. Aumont solo dispara cosas. Y tal vez personas.
—Bueno —dijo Warry—, no quiero desanimarte, pero imagino que lord Christmas encontrará problemas incluso escondido en el campo.
—Ojalá no tuvieras razón.
Warry se recostó en la chaise longue .
—Me alegraré de no tener que asistir a más bailes durante un tiempo. Estoy deseando disfrutar de un poco de paz y tranquilidad.
Hartwell sonrió.
—¿Crees que tendrás paz y tranquilidad este invierno? ¿Con Becca de vuelta?
—Espero que ella te mantenga a ti alejado de mí parte del tiempo —respondió.
—Warry, eso duele.
—Ah, ¿sí? Toma. —Warry le ofreció un trozo de tarta a su marido—. Esto te hará sentir mejor.
Él le dio un mordisco. Abrió mucho los ojos y pareció que trataba de no escupirlo.
—¡Lleva pasas, demonio! —dijo con la boca llena.
—¿En serio? —preguntó él con indiferencia.
Hartwell tragó con dificultad.
—¡Sabes que no me gustan las pasas!
—A menos que estés jugando a snapdragon en Navidad .
—La única pasa que merece mi aprobación es la que se calcina.
Chant se volvió hacia James.
—¿Lord Stratford? Estoy seguro de que no te importa mucho que termine la temporada.
—Oh… —Él lo pensó—. Supongo que no.
—Esta ha sido muy movida —declaró Hartwell—. Echaré de menos ir al club cada día y ver a todo el mundo. ¿Y si nos volvemos terriblemente aburridos durante el invierno y, cuando volvamos a vernos, somos como extraños?
—No creo que eso vaya a pasar —le aseguró Warry.
—Quizá deberíamos reunirnos —sugirió Chant—. Una fiesta en casa.
Hartwell y Warry declararon que era una idea excelente. James no estaba seguro de qué decir.
—La asistencia sería opcional, por supuesto. —Chant le guiñó un ojo.
James sonrió y, de inmediato, lo disimuló al beber un sorbo de té.
—¿Soulden se va… a Kent? —preguntó Warry con un tono que James no supo cómo interpretar.
—Tiene intención de visitar Kent a menudo, sí —respondió Chant—. Y pasar su tiempo en Rotherhithe, donde no hay tantas lenguas viperinas que comenten sus idas y venidas.
—¿Ha hecho algún progreso con su hijo? He querido preguntarlo, pero no sé cómo hacerlo con educación. Y sé que a menudo estás en su compañía —preguntó Warry.