Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Él asintió de inmediato. Harold presionó el pecho desnudo contra su espalda, deslizó las manos por su pecho y sus caderas, y tiró hacia abajo de la cintura de sus pantalones.

El moratón permanecía en el lado del cuello de James, desvanecido en tonos amarillos y azul claro.

Harold se sintió invadido por una mezcla de ternura y pesar al mirarlo.

Bajó los pantalones de James y lo tocó con suavidad y mucho cuidado.

Sin embargo, el pene de James no se levantaba, y el de Harold solo mostraba un rendimiento mediocre, así que al final se acostaron en la cama, se besaron lenta y suavemente hasta que James volvió a caer en ese sueño profundo en el que Harold lo había encontrado esa mañana.

L as cosas siguieron así durante varios días.

Harold hizo cumplir sus reglas sin ninguna dureza real, utilizó castigos leves para asegurarse de que James comiera y descansara.

Una noche, James le leyó una carta del señor Chant, en la que le daba noticias de los miembros del grupo Bucknall y sus respectivas ovejas, cabras, caballos y perros, y les aseguraba a James y Harold que lord Warrington estaba muy enamorado de Dodger, y que el sentimiento era mutuo.

«Christmas dijo que, hasta ese momento, mi vínculo con Miranda era la relación más nauseabunda que había presenciado entre un hombre y un animal —había escrito—. Pero ahora Warry me ha quitado el puesto. Hartwell y él están ansiosos por que tu pequeña yegua se una a su familia».

—Quizá —dijo Harold después de leer la carta—, ¿podríamos invitar al señor Chant a acompañar a Warrington y Hartwell cuando vengan a recoger a Thistle?

Para su sorpresa y satisfacción, James asintió de inmediato.

—Me gustaría.

—¿De verdad? ¿No lo dices solo para complacerme?

James respondió, con ese tono ácido que Harold no había oído en mucho tiempo:

—No todo lo que hago es para complacerte, Harold.

Él sonrió.

—Bueno, tendremos que arreglar eso.

—¿En serio? —La lujuria había oscurecido la mirada de James.

Harold se puso a cuatro patas y lo empujó contra las almohadas. La cama crujió en señal de protesta.

—Todo lo que hagas debería ser para complacerme. ¿Aún no lo sabes?

—Quizá necesite más instrucciones —susurró James.

Él lo besó con fuerza, se bajó de la cama y chasqueó los dedos.

—Levántate.

—¿Y si no obedezco?

—Tendré que obligarte.

—¿Lo prometes?

Harold dudó. Aún no podía imaginar hacerle daño a James, obligarlo a obedecer, tan poco tiempo después de lo que había sucedido en Londres. Sin embargo, estaba suplicándolo.

—Te daré lo que necesitas —cedió al final.

James permaneció en la cama y él inspiró hondo. Eso era lo que James quería. Solo necesitaba recuperar la confianza en sí mismo, tratarlo como lo había hecho antes.

Harold lo agarró por el brazo y lo sacó de la cama, lo giró con brusquedad antes de acercarlo a él para que sus pechos quedaran uno contra otro.

Lo besó con tanta ferocidad que le hizo un poco de daño, consciente de su rostro magullado, y le mordió y tiró del labio hasta que le arrancó un grito familiar.

James intentó zafarse, pero él le dio una fuerte palmada en el muslo y le agarró el trasero a través del camisón, forzando sus cuerpos a acercarse más.

Podía sentir lo duro que estaba James y frotó su propia polla hinchada contra la suya.

James sucumbió durante unos instantes, echó la cabeza hacia atrás y se frotó contra él con jadeos desesperados. Luego empujó su pecho.

—No puedes obligarme a hacer nada, joder.

Él le agarró un puñado de pelo y le retorció la cabeza hasta que le arrancó un gemido ahogado.

—Ah, ¿no? Dímelo cuando tenga la polla en tu culo y me estés suplicando que te folle más fuerte.

—¡Que te den! —James intentó apartar la mano de Harold de su pelo.

—Mocoso desvergonzado. —Lo giró y le dio tres fuertes azotes en el culo.

En cuanto James se giró para intentar empujarlo de nuevo, Harold le rodeó el cuello con una mano y lo apretó.

James soltó un grito que hizo que la sangre se le subiera a la polla.

Bajó la barbilla y jadeó—. Mírame —ordenó Harold.

James levantó la cabeza. Sus ojos tenían un brillo que hizo que Harold aflojara el agarre de inmediato.

—Sigue —susurró James—. Por favor, sigue.

Harold lo soltó. El corazón le latía con fuerza.

—Sabes que no puedo hacerlo.

—Estoy bien, Harold. Por favor.

Él negó con la cabeza y bajó el brazo.

—Jimmy…

—¡Que no nos quite esto también! —James lo empujó para apartarlo.

Era como si quisiera romper todos los objetos de la habitación, pero no estuviera seguro de cómo hacerlo—.

Solo quiero que las cosas sean como antes, ¡pero él lo ha estropeado todo!

Y supongo que es justo: yo destrocé su vida y ahora él ha destrozado la mía.

No debería haberlo echado de aquí; fui cruel, muy cruel, pero lo intenté, intenté decirle que todavía lo quería.

Él debió darse cuenta lo mentiroso que era.

Nunca sentí ese amor dentro de mí, no de verdad.

Ahora tampoco lo siento, ¡ni siquiera puedo llorar su pérdida!

Se quedó en medio de la habitación y dirigió su diatriba a la pared. Harold acortó la distancia entre ellos y lo abrazó.

—Lo siento mucho, amor.

—Ojalá pudieras obligarme. —James respiraba entrecortadamente—. Ojalá pudieras hacerme ser como era, pero sé que no puedes.

Harold apoyó la barbilla en su hombro.

—Hoy ni siquiera me siento hombre. Soy una chica, pero no sé cómo… No sé si eso importa, si alguna vez importó. Porque ya no quiero ser así.

Harold empujó a James hacia atrás, hacia la cama. Se dejó caer sobre el borde del colchón y le atrajo hacia él.

—¡Y esto no va a ayudar! —siguió con furia James—. Tu abrazo no puede curarme. No soy frágil, Harold; no soy… lo que tú crees que soy. No soy…

Continuó con su perorata de cosas que era y no era, de cosas que hacía y que no ayudaban en absoluto, ni siquiera por un momento. Hasta que por fin se recostó contra su costado, con la cabeza sobre su hombro, y se quedó en silencio.

—Le hice daño —susurró con voz temblorosa—. Fuera lo que fuera lo que Frederick sufrió de niño, debo responsabilizarme de ello. —James se secó los ojos con la mano.

»Cuando te fuiste con tu padre, pensé que era Dios castigándome por haber echado a Frederick.

No, no, no lo digo para que sientas lástima por mí, solo pensé…

Me importaba mucho más perderte a ti que perderlo a él.

Estuvo mal decirle lo que le dije. Él solo era un niño. Ojalá le hubiera pedido perdón…

—Lo sé, amor. Pero no te merecías lo que te hizo. Lo que fuera que estuviera dañado en él no se habría podido curar con una disculpa.

—No puedo escribir más, no puedo follar, no puedo hacer casi nada.

—Con el tiempo será más fácil. Aunque ahora no sirva de mucho oírlo.

James se rio entre lágrimas.

—Entonces no me conoces en absoluto. Soy lo bastante cabezota como para aferrarme a esto para siempre.

Harold resopló.

—Eres cabezota, sin duda. Pero se hará más fácil, igual que lo fue después de lo de tus padres.

Cuando murió mi padre, parecía que solo tenía los mismos pensamientos una y otra vez durante meses: culparlo a él, culparme a mí.

Echarlo de menos, odiarlo. Querer que volviera, sentir un gran alivio por su marcha.

—Y yo no estaba allí —dijo James en voz baja—. Ahora tú estás aquí para mí, pero yo no estaba allí.

—No te di la oportunidad de estar allí.

—¿Por qué ibas a hacerlo? Yo solo me aprovecho de ti.

—Basta.

—Así es como me siento a veces.

—No es así. —Harold le besó con fuerza en la coronilla—. Cariño, tú me das tanto…

James le acarició el surco del muslo a través de su camisón, un gesto distraído más que seductor.

—¿No crees que…? ¿Por qué tantas veces deseaba que nadie me hablara…

? ¿Recuerdas que a veces me resentía con mis padres por prestarle tanta atención a Frederick?

Pero luego, cuando me prestaban atención a mí, deseaba que se fueran.

Y lo mismo ocurría con Frederick; me metí en la cabeza que si él…

se fuera, me dejara solo para pensar, mi vida sería mejor.

¿Tal vez por eso me quitaron a mi familia? ¿Porque no agradecía por lo que tenía?

—No pienso eso en absoluto —dijo Harold con brusquedad.

—Pero quizá sea así.

—No lo es. Dios mío, cuántas veces deseé que mi padre muriera de una vez… Qué persona tan horrible me parecía, y, sin embargo, al final, murió por beber tanto, y habría muerto de eso tanto si le hubiera rogado al diablo que se lo llevara como si le hubiera rogado a Dios que lo perdonara.

James apoyó la cara en el hueco del cuello de Harold.

—¿Me esperarás, por favor? Ahora no me siento bien, pero volveré.

—Apenas ha pasado una semana, amor. Cuando era niño, me dije a mí mismo que te esperaría toda la vida si fuera necesario.

—Me alegro de que no haya sido toda una vida —murmuró James.

—Yo también. —Volvió a besar a James, cuyos oscuros rizos le hicieron cosquillas en la nariz—. Acuéstate. Volveré enseguida.

—Ya he cenado —le dijo a Harold cuando este salía de la habitación—. Así que no tienes que obligarme a comer nada. —Hizo una pausa—. A menos que…

—Otra noche, cariño —respondió. Volvió poco después con la gata naranja en brazos.

—¡Oh! —James se enderezó.

—Te he dicho que te tumbes —le recordó él.

James se metió en la cama de inmediato, él colocó a la gata a su lado y se metió bajo las sábanas junto a.

—Estornudaré toda la noche —se quejó Harold.

James acarició a la gata, que ronroneó con fuerza.

—Me preocupaba que se convirtiera en una gata de establo mientras yo no estaba.

— Es una gata de establo. —Hizo una pausa—. Pero, si quieres saberlo, le pedí a Ellis que la dejara dormir con él en mi ausencia, si ella lo deseaba.

—Oh, Harold, eres maravilloso. Estoy seguro de que eso es lo que habría hecho Jesús.