Capítulo 17
Slyfeel se apoyó en la balaustrada, con una copa de oporto en su elegante mano, y observó a los debutantes bailar en medio del salón.
—Dios mío.
—¿Qué pasa? —preguntó Nelson. Tenía la cara roja, y Slyfeel se preguntó distraídamente si Cameron y él le habían apretado demasiado el collar de cuero cuando lo habían deshonrado en el carruaje de camino al baile.
—¿Sabes? —Slyfeel suspiró—. Creo que ya he desflorado a todos y cada uno de los debutantes, y apenas ha pasado un mes desde que comenzó la temporada. ¿Qué diablos se supone que hay que hacer ahora?
—Hay una escuela para chicos al otro lado del río —dijo Nelson.
Él aplaudió encantado.
—Eso suena muy divertido.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN II
H arold no sabía qué esperar cuando llegaron a Eavesmore. Sabía que debía volver a sus obligaciones. Ellis había mantenido todo en marcha en su ausencia, pero el mozo de cuadras carecía de habilidades empresariales.
Harold no podía imaginar dejar a James solo.
Pero James lo sorprendió al pedirle «un poco de tiempo» y marcharse a la cabaña.
Harold no estaba seguro de cuánto era «un poco de tiempo» así que se ocupó de las tareas del establo.
Cuando cayó la noche, James seguía sin aparecer, salvo por el tenue resplandor de una lámpara en la ventana de la cabaña, un resplandor que se apagó antes de tiempo.
Supuso que podía ir a ver cómo estaba y preguntarle si quería compañía esa noche.
Pero parecía haber cierta distancia entre ellos, provocada por la muerte de Frederick y por los preparativos que habían tenido que hacer antes de partir.
El grupo del club Bucknall había sido de gran ayuda, aunque había escuchado una conversación bastante extraña entre el señor Notley y lord Hartwell, en la que el señor Notley había expresado su sorpresa y admiración por el hecho de que un caballo fuera el único que había logrado cometer un asesinato por amor en esa temporada, y Hartwell había respondido que la bestia era el tipo de caballero al que él mismo solo podía aspirar a ser.
Pero ni siquiera la presencia de amigos y conocidos bienintencionados había podido calmar la atribulada mente de James.
Harold no quería ir a la cabaña y arriesgarse a que lo rechazara. Se sentía extrañamente frágil, la incertidumbre era poco habitual en él. Así que se quedó dormido solo.
En algún punto de la noche, la puerta se abrió con un crujido. Apenas pudo despertarse, pero logró levantar un brazo para que James se acurrucara debajo. Apoyó la barbilla en su cabeza y ambos se quedaron dormidos.
Por la mañana, James no quería levantarse, algo inusual. Murmuró una protesta cuando intentó despertarlo. Harold miró hacia la puerta. Era poco probable que alguien entrara en sus aposentos ese día, pero no quería dejar a James allí por si acaso lo descubrían. Le acarició la mejilla con los dedos.
—¿Te llevo a la cama de la cabaña, Jimmy? —murmuró.
Él no respondió. Harold lo cubrió con las mantas y se marchó en silencio para ocuparse de sus tareas.
Regresó poco después del mediodía, y James seguía profundamente dormido.
Se sentó en el borde del colchón y le acarició el pelo.
James se movió sin despertarse. Harold frunció el ceño, algo preocupado, y fue a almorzar.
Llevó comida para James, que ya estaba despierto, con todas las mantas aún subidas hasta la barbilla a pesar del calor del día.
Su mirada estaba desenfocada y no miraba a Harold.
Este se sentó de nuevo en la cama, con las manos cruzadas suspendidas entre las rodillas.
¿Cómo era posible que estuviera sentado allí con la persona que mejor conocía en el mundo y no supiera qué decir?
—Es tarde —dijo James al final, con voz ronca—. No quería dormir tanto.
Harold le puso una mano sobre los rizos lacios y jugueteó con ellos, buscando los mechones plateados entre los oscuros.
Permanecieron así durante un buen rato antes de que Harold hablara.
—Tienes que comer algo. —James negó con la cabeza—.
Sí, Jimmy. —Le tiró muy suavemente de un mechón—.
John va a ir pronto al pueblo a comprar comida.
Tengo una nota que debo darle para el señor Cordall.
Cuando vuelva, espero que hayas comido al menos un poco, ¿entendido? Unos bocados de pan y carne, ¿sí?
Sintió la tensión en el cuerpo a su lado y se preguntó si había cometido algún grave error. ¿No iban a ser como antes, Harold dando las órdenes y James obedeciendo? ¿Y si él no sabía comportarse de otra manera?
James se movió bajo las mantas para acercarse, y él le acarició la sien con el pulgar.
—Te quiero —dijo Harold con firmeza—. Come.
Le dio una palmada más o menos en el lugar correcto a través de las mantas y se levantó. Le llevó el mensaje a John, que tenía su carro listo para ir a la ciudad, y luego se quedó hablando con el muchacho.
Hubo una pausa en la conversación, John se mordió el labio y preguntó:
—¿Su Excelencia… está bien?
Harold se tensó, sin saber si John se refería a los rumores sobre la locura de James o a su estado actual.
—Está muy cansado.
—¿Está muy afligido por la muerte del señor Lewis, señor?
—Le pesa —respondió Harold con sinceridad.
John se mordía el labio, sin darse cuenta de que sangraba.
—Fue horrible —dijo con voz suave.
—Lo sé, John. No fue fácil presenciarlo.
—No solo eso —murmuró John. Harold esperó—. Es que la gente habla, señor, y algunos de los muchachos dicen que el Lewis menor dijo cosas desagradables sobre Su Excelencia.
—El señor Lewis era un hombre cruel —dijo.
—Bueno, eso ya lo sé. Usted vio lo que le hizo a Dodger. Se puede saber cómo es un hombre por cómo trata a un caballo.
Harold asintió.
—Es verdad.
—Solo quiero decir que no creo nada de lo que dijo el señor Lewis sobre lord Stratford. Y… ¿le dirá a milord que espero que se recupere pronto?
—Por supuesto que lo haré. Él te lo agradecerá.
John sonrió apenas.
—Quiero enseñarle cómo se comporta Merida con el arnés. Es un encanto. ¿Y es cierto que vamos a vender a Thistle?
—Sí. Lord Hartwell y lord Warrington quieren llevársela como compañera para Dodger. Vendrán a Eavesmore a recogerla tan pronto como… —Se detuvo—. Bueno, cuando nos venga bien a todos.
Despidió a John y regresó a sus aposentos. James se había alzado y estaba sentado en la mesita junto a la ventana, todavía en camisón. No había tocado la comida.
—Está bien —dijo Harold en voz baja. Tomó a James con suavidad por el codo y lo ayudó a levantarse.
Se sentó en la silla y tiró de su compañero para que se sentara sobre sus muslos.
James se dejó colocar sin oponer resistencia.
Harold le subió la camisa de dormir y le administró un castigo rápido y ligero, uno que le escociera como para hacer que se retorciera, pero que solo le dejó un ligero rubor. Volvió a poner a James de pie.
—Un poco de pan, cariño. Vamos. —Le dio una palmadita en el costado a través del camisón. James se sentó obedientemente en la segunda silla y comió.
Esa noche, una vez terminadas sus tareas, Harold fue a buscarlo a la cabaña.
Se sorprendió al encontrar un baño recién preparado, del que se alzaba vapor, y dos bandejas con la cena sobre la mesa, una de ellas con solo migajas.
James acababa de bañarse, sus rizos estaban húmedos y olían dulce cuando Harold los besó.
Llevaba un abrigo azul oscuro, una corbata cuidadosamente anudada y pantalones impecables, aunque el efecto se veía algo estropeado por el hecho de que fuera en calcetines.
Se levantó y besó a Harold, un beso largo y firme, y señaló la bañera con la cabeza.
—Ven. Estos últimos días solo he pensado en mí mismo y no en lo difícil que debe ser esto para ti. Lo siento.
Harold lo tomó la barbilla con una mano.
—Estoy bien —mintió—. Es por ti por quien me preocupo.
James se estremeció como si Harold hubiera dicho algo muy duro.
—Por favor, déjame… ¿quieres?
Harold se dejó desnudar y llevar a la bañera.
James lo bañó con mucho cuidado y atención, como siempre hacía.
Pero Harold no conseguía relajarse del todo.
James parecía mucho más él mismo esa noche, mucho más anclado en el presente.
Pero ¿cuánto duraría? ¿Y qué esperaba de Harold? ¿Qué deseaba de él?
James lo secó, y se detuvo mientras frotaba la toalla sobre la ingle de Harold.
Muchas veces en el pasado, se habría arrodillado en ese momento y le habría chupado la polla.
Pero, esa noche, continuó hasta que se agachó a los pies y le secó las piernas, dejó la tela a un lado y apoyó la cabeza contra el muslo.
Harold se peinó el pelo húmedo con los dedos.
—He cenado —dijo James enseguida—. Me lo he comido todo.
—Lo he visto. Muy bien.
—Hay una bandeja para ti también.
Harold apretó la cabeza de James con más fuerza contra su muslo.
—Ya he comido. Pero gracias, cariño.
James acarició con la nariz el pene de Harold y levantó la vista.
—¿Podríamos…? ¿Tú podrías…?
Los dedos de Harold se movieron hacia su nuca y empujó con suavidad bajo su corbata.
—Justo pensaba que llevas demasiada ropa, Jimmy. —La risa de James sonó más ansiosa que divertida, lo que preocupó a Harold—. Levántate —murmuró.
James se alzó y Harold lo desnudó lentamente, mirándolo a los ojos, con la esperanza de obtener alguna pista sobre su estado de ánimo.
Una vez que le quitó la camisa por la cabeza, ordenó:
—Date la vuelta.
James lo hizo, y Harold lo rodeó con los brazos por detrás, desabrochándole los pantalones.
—Por favor —susurró James—. Hazme daño.
En circunstancias normales, esas palabras habrían bastado para excitar a Harold. Esa noche, le provocaron un ligero malestar.
—Esta vez no, Jimmy.
James se quedó paralizado y se giró un poco entre los brazos de Harold.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento, yo…
—Calla, no hay nada de qué disculparse. Es solo que esta noche no puedo hacerlo.