Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 16 #3
84%

Capítulo 16 #3

—Puede mandarlos a todos al infierno —dijo ella con los ojos brillantes—. Puede mostrarse loco, malo y peligroso. Ahora que Byron está en Roma, o en Venecia, o dondequiera que esté, la sociedad necesita un libertino escandaloso al que aborrecer y adorar.

Sus palabras le arrancaron una risa ahogada.

—Yo no soy lord Byron. Yo… ¡yo nunca podría cruzar a nado el Helesponto!

—No es en el Helesponto en lo que la gente piensa cuando piensa en Byron —dijo ella.

Se rio—. Ni siquiera es en su poesía. Es el número de mujeres casadas que se lleva a la cama y a las que hace cosas terribles, maravillosas y lascivas.

Si lord Byron puede acostarse con la mayoría de la alta sociedad, incluida su propia media hermana, ¿por qué no iba usted a acostarse con su jefe de caballerizas?

—James la miró, sin decir nada. Ella se alzó, se inclinó hacia delante y le dio una palmadita en la rodilla.

»Está en buena compañía con el resto de nosotros, lord Stratford, si desea hacer frente a la situación con descaro. Ahora, no se olvide de beber su té antes de que se enfríe.

Y salió de la habitación a zancadas.

L a casa del señor Chant era pequeña y bastante austera, pensó Harold.

Parecía que aún estuviera en proceso de mudarse, o tal vez hubiera sido víctima de un robo.

El salón de la planta baja estaba lleno de libros esparcidos, como si algún loco los hubiera arrancado de las estanterías mientras buscaba frenéticamente otra cosa.

La criada, a quien a todas luces habían despertado, chasqueó la lengua al ver el desorden, pero no pareció perturbada y solo suspiró dos palabras: «Lord Christmas», como si eso lo explicara todo, y tal vez así fuera.

Un perro grande y peludo los recibió en el salón y levantó la cabeza. Sin embargo, no se dignó levantarse de la chaise longue . James se sintió atraído por él y esbozó una leve sonrisa; luego le tendió la mano para que el animal la oliera.

La criada cogió un cojín y se lo golpeó contra la cadera, desprendiendo mechones de pelo.

—El señor Chant —dijo con otro suspiro, y tal vez eso también lo explicaba todo—. Hay habitaciones preparadas para ustedes arriba. Él dice que volverá, mañana después del desayuno. ¿Necesitan algo antes de que me retire?

Harold miró a James, quien negó con la cabeza.

—No, gracias.

Harold resistió el impulso de peinarse el flequillo. En ese momento no se sentía como un hombre de baja condición social. No se sentía como un hombre de ninguna condición social. Solo… como un hombre.

La pequeña casa, desordenada y habitada, se parecía un poco a la cabaña de Eavesmore. Quizá lo era, ya que lord Christmas y el señor Chant, aunque ambos pertenecían a la alta sociedad, eran a su manera tan incompatibles como James y él.

James se sentó en el extremo de la chaise longue y el perro saltó al suelo, se dio la vuelta y volvió a saltar. Se acomodó con la cabeza en el regazo de James, y este lo acarició mientras el can cerraba los ojos con placer.

—¿Quieres un poco de té? —preguntó Harold—. ¿O algo más fuerte? Seguro que puedo encontrar la cocina.

—No —dijo James—. Estoy cansado. Me iré a la cama.

Pero no hizo ningún movimiento para alzarse.

Harold se sentó en el suelo frente a él —el perro no dejaba espacio en la chaise longue — y apoyó la espalda contra el borde del asiento. Cerró la mano alrededor del tobillo de James, frotando el pulgar contra el hueso que sobresalía, mientras la media se movía de un lado a otro bajo su tacto.

—¿Y si esto no es el final? —preguntó James en voz baja.

—Lo es —dijo Harold—. La muerte de Frederick ha sido un accidente; tú intentaste evitarla. Le dijiste qué hacer con Dodger, pero él no te escuchó. ¿Y qué importa que golpearas a Paar? Él sigue vivo y tú no estás loco. Tenías todo el derecho a intentar escapar.

Paar se encontraba bajo la custodia de los agentes de Bow Street, aunque George Darling, que había formado parte de ellos, parecía incapaz de predecir qué le sucedería.

No era un delito que un médico pensara que un hombre estaba loco y le diera láudano por ello ni que lo encerrara en su dormitorio.

Con la muerte de Frederick, también había muerto la conspiración para robarle Eavesmore y el título a James.

Quizá se pudiera acusar al doctor Paar, pero, cuando Darling lo mencionó, James se acobardó.

Todo Londres sabía ya que él era el autor de Diarios de una doncella , por lo que no importaría que se hablara de ello en un tribunal, al menos no para Harold.

Pero sería otra situación que llevaría a escrutinio, habría preguntas y James no quería eso.

El secreto había salido a la luz, pero eso no significaba que estuviera dispuesto a ponerle una correa con joyas y lucirlo con orgullo, a pesar de lo que hubiera dicho lady Rebecca.

Harold sabía que James solo quería volver a casa, a Eavesmore, a su cabaña, a sus caballos y a su intimidad. No lo culpaba. Él también ansiaba volver a casa, abrazar a James y no volver a aventurarse nunca más fuera del refugio que habían construido juntos.

Volvió a frotar el pulgar sobre el tobillo de James. El perro exhaló aliento caliente que le acarició el pelo detrás de la oreja derecha.

—Mañana volveremos a casa y, si la señora Cornwall está de buen humor, quizá te prepare un pastel de cordero para cenar.

James murmuró con suavidad.

—Siento mucho que haya pasado esto —dijo Harold—, y que no estuviera aquí para evitarlo. —Se le encogió el pecho y apretó con fuerza el tobillo de James durante un instante—. Lo siento.

—No es culpa tuya —contestó por fin, y le pasó los dedos por el pelo—. Supongo que tampoco es culpa mía, aunque, si mis inclinaciones no hubieran sido tan fáciles de descubrir…

—No. —Harold se giró enseguida, empujando las piernas de James.

Puso las manos sobre sus rodillas e intentó ignorar la enorme cabeza del perro en su regazo—.

No, si no hubiera sido eso, habría sido otra cosa, ¿entiendes?

O nada en absoluto. Si Frederick no se hubiera enterado de lo que escribías, o de mí, habría mentido. Parr y él habrían mentido.

James respiró con dificultad. Apretó los labios en una fina línea y asintió.

—Lo sé. Lo sé. Y, aun así, no puedo evitar sentir que yo mismo me lo he buscado. O, al menos, que se lo puse muy fácil.

Harold sintió una repentina oleada de amarga satisfacción al recordar a Frederick tendido sobre los adoquines, con el cerebro destrozado. Odiaba que le hubiera hecho daño a James y odiaba aún más que pensara que había merecido cada golpe.

—Eres un buen hombre, James Lewis. No hay nada en tu corazón más que bondad. Ojalá pudieras verlo tan claramente como yo.

Los labios de James temblaron en una leve sonrisa y se inclinó. Harold se incorporó, dispuesto a recibirlo con un dulce beso, cuando el perro giró la cabeza, resopló y le lamió la boca y la barbilla.

Harold retrocedió con un grito, hizo una mueca y se limpió la cara con la manga.

—¡Maldito animal! ¡Le pediré a la señora Cornwall que haga pastel de perro en lugar de cordero!

El perro le sonrió y movió la cola.

La sonrisa de James, más intensa esa vez, devolvió un atisbo de luz a sus ojos por primera vez desde que Harold lo había vuelto a ver.

Extendió la mano, cogió la de Harold, se la llevó a la boca y la besó.

Harold mantuvo la mirada fija en él, sintiendo cómo una cálida esperanza se extendía por su pecho.

Las cosas aún no habían mejorado, y tal vez no lo hicieran en mucho tiempo, pero James y él se amaban. Y nada podría destruir eso jamás.