Capítulo 16 #2
Harold soltó una breve risa, que sonó forzada.
—Nos las arreglaremos. Gracias, señor. De verdad. A sus amigos también.
—Por supuesto. Yo… —Chant vaciló—. Lord Stratford, siento mucho lo que ha pasado.
James asintió con la mirada perdida. No quería estar en aquella habitación. No quería estar en esa casa.
—¿Podemos tener unos minutos? —le preguntó Harold a Chant.
—Por supuesto.
Chant se marchó y James se quedó mirando los pocos centímetros de sofá que separaban su pierna de la de Harold, sin saber muy bien qué decir.
—Te has vestido tú solo, ¿verdad, cariño? —preguntó Harold en voz baja mientras le aflojaba la corbata que James se había atado a toda prisa.
—Iba a enviarnos a Paar y a mí a Eavesmore. —Habló en dirección al sofá—. Iba a mantenerme prisionero allí. Envió a Paar a vestirme. Yo… lo golpeé y cogí la ropa.
—Bien hecho. —Harold tiró de la corbata para soltarla. Acarició la nuca de James.
—No sabía adónde ir. He pensado que quizá a la casa del señor Chant, pero no quería que me reconocieran. Me escondí en las caballerizas. No sé en qué pensaba. Quizá que podría coger a Dodger y marcharme. Lo siento.
—¿Por qué lo sientes?
—No lo sé.
Harold atrajo a James hacia él, luego retiró el brazo de sus hombros y lo empujó con mucha suavidad.
—Déjame ver tu mano.
James le mostró la mano más ensangrentada.
Divisó el trozo de cristal al mismo tiempo que Harold chasqueaba la lengua y siseaba.
Estaba clavado en la parte más carnosa de su palma.
Harold cogió el fragmento entre el pulgar y el índice y lo sacó con cuidado antes de que James tuviera tiempo de protestar.
—Ya está. —Harold le vendó la herida rápidamente con el pañuelo.
James apoyó la barbilla en su hombro en señal de agradecimiento. Sabía que Harold entendía lo aterrado que habría estado si Fernside le hubiera quitado el cristal.
Harold besó el dorso de su mano vendada y le apartó el pelo de la cara.
—Estos moretones…
—Frederick y yo nos peleamos. Intenté escapar; de verdad, no fui tan inútil como cabría esperar. Pero él me drogó.
La furia en la mirada de Harold era inconfundible.
—Ese hijo de puta. —Le acarició el brazo con energía—. ¿Y cuándo he pensado que eras inútil, Jimmy? ¿Eh?
—Quería encontrarte —continuó James—. No quería que creyeras lo que él decía. Nunca he amado a nadie más y no estaba enfadado contigo…
—Calla, cariño, no sufras. ¿Crees que no lo sé? —Harold lo abrazó con fuerza—. Siempre volveré por ti. Siempre.
Él asintió con la cabeza apoyada en su hombro.
La puerta se abrió con suavidad, pero James no levantó la cabeza.
Que todos los hombres presentes lo consideraran débil, un cobarde.
Si se quedaba allí, en la oscuridad del abrigo de Harold, tal vez nada hubiera sucedido.
Frederick no estaría muerto. Nadie le pediría que explicara lo que le había hecho a Paar. No hablaría de él todo Londres.
—Lo saben —dijo aturdido—. Que yo escribí Diarios de una doncella .
—Sí.
—Todo Londres lo sabe. —James inspiró hondo para calmar el miedo que lo invadía—. ¡Dirán que estoy loco! ¡Como… como el marqués de Sade o lord Byron!
—Si Byron está loco —comentó Soulden desde la puerta, y James levantó la cabeza, sobresaltado—, probablemente sea por la sífilis.
Fernside pasó junto a él al entrar en la habitación.
—Debes dejar de difundir mentiras sobre lord Byron.
—¿Por qué?
—Solo estás celoso porque oíste a Notley y Rivingdon decir que, si pudieran elegir, preferirían invitarlo a él a su cama antes que a ti. —Fernside levantó las cejas.
—Tonterías —dijo él—. ¡Yo también estoy loco, soy malo y peligroso!
Fernside puso los ojos en blanco y, cuando se detuvo frente a James, su expresión pasó de la exasperación cariñosa a la preocupación comprensiva.
—¿Cómo está su mano, milord?
James levantó la mano vendada.
—Harold me la ha curado.
—¿Le importa que le eche un vistazo?
Él recordó que Fernside había sido muy amable y discreto cuando había sufrido aquella caída con Dodger.
Había visto los moratones en el trasero y los muslos de James causados por unos azotes y, tras preguntarle en voz baja si había dado su consentimiento para ellos, se había limitado a asentir ante su balbuceante afirmación y había continuado con su examen.
—No me gusta que me miren.
—Lo recuerdo —dijo—. Solo echaré un vistazo para asegurarme de que el señor Granger ha quitado todos los cristales. Sé que lo ha hecho, pero es mejor asegurarnos.
James extendió la mano.
Soulden se inclinó en la puerta, con una mirada tan oscura y ardiente como la que lord Byron había tenido en cualquiera de los retratos que James había visto. Se enderezó cuando una de las mujeres de antes apareció en la puerta.
—Lady Rebecca.
—Lord Soulden. He traído té.
—Quizá él prefiera un whisky .
—Té —repitió ella—. Aunque le he añadido untoque especial.
—Justo lo que no necesitamos esta noche: otrotoque—murmuró Soulden.
Lady Rebecca le dio un codazo al pasar y la taza tintineó sobre el platillo.
Dejó el té sobre la mesita, junto al sofá, y esperó a que Fernside terminara de examinar las palmas de James.
Luego, cuando el cirujano se marchó con un gesto de asentimiento, llevándose a Soulden, ella se sentó en la alfombra frente al sofá y se alisó el vestido sobre las rodillas.
—He estado en el continente desde el comienzo de la temporada —comentó— y me he perdido la mayoría de los escándalos.
—Sonrió a James, y él no vio más que amabilidad en sus ojos—.
Verá, con las prisas, también me he perdido los de los demás.
Pero creo que mi hermano y Hartwell me han puesto al día.
—James apoyó la palma vendada en su regazo, seguro de que, si alcanzaba el té, lo derramaría.
»No hay ni un solo hombre aquí esta noche que no se haya visto afectado por algún escándalo —continuó ella—. Ni una sola mujer tampoco, si alguien llegara a suponer que Lily es mi amante y no mi dama de compañía.
James la miró parpadeando.
—¡Oh!
—A Warry lo chantajearon, ¿lo sabían?
—Yo… quizá oyera algo.
—Un hombrecillo repugnante intentó aprovecharse de él, y Warry, como es tan bueno como ridículo, habría aceptado si Hartwell no hubiera llegado primero, porque pensaba que me protegía a mí.
—Volvió a sonreír, y esa vez fue una sonrisa un poco temblorosa—.
La alta sociedad lo malinterpretó, como suele ocurrir, y pensó que Hartwell lo había deshonrado, así que se casaron para arreglar las cosas.
—¡Oh!
—Hartwell también es un estúpido —dijo lady Rebecca—, aunque no tanto como a veces parece. Por supuesto, estaba completamente enamorado de Warry y ni siquiera podía admitir ante sí mismo que era a mi hermano con quien quería casarse, y no conmigo. Al final, todo salió bien, supongo.
—Oh. Parecen felices.
—De una forma nauseabunda. —Inclinó la cabeza mientras lo miraba—.
Christmas Gale es un escándalo andante haga lo que haga, porque no puede evitar decirle a la gente exactamente lo que piensa de ellos.
Es tan contundente como un martillo. El señor Chant regresó a la alta sociedad bajo una sombra, pero el escándalo no es solo la historia de locura de su familia, sino que Gale y él viven juntos y no están casados.
Podría haber sido el escándalo de la temporada si mi primo Morgan y su marido, igual de descerebrados, no hubieran sido descubiertos in fraganti en un laberinto y hubieran tenido que huir a medianoche a Gretna Green.
Y ahora viven con una oveja, por alguna razón.
—James se sorprendió a sí mismo sonriendo.
»Soulden, por supuesto, ha desflorado a todos los debutantes de la ciudad durante los últimos cinco años, según los cotilleos —continuó ella—.
Lo cual no les impide hacer sitio para uno más, y luego va se enamora de un hombre con el que no puede casarse: ¡un cirujano!
Por supuesto, a Soulden no le importa lo más mínimo lo que no puede hacer. Lo hace de todos modos.
James cerró los ojos por un momento.
—Ah. Creo que entiendo lo que quiere decir, lady Rebecca.
—Entonces, déjeme terminar con Aumont —dijo ella—. Es francés, por lo que se espera de él cierto comportamiento escandaloso, pero se casó con un plebeyo. Nunca tendrá un heredero para su título, y no le importa. ¿No es maravilloso?
—Sí. —James tragó saliva—. Maravilloso.
—He pasado meses en el continente con mi querida Lily fingiendo que no me importaba lo que dijeran de mí en Londres.
Pero, en realidad, tenía miedo de volver a casa, miedo de que mi padre me desheredara, como hace el de Hartwell dos veces por semana, o de que la alta sociedad se burlara de mi elección de amante, como hacen con Soulden, o de que todo el mundo supiera que no había permanecido casta, como hacen con Morgan y Loftus, y de alguna manera yo no pudiera soportarlo.
Y, sin embargo, ellos lo soportan. Todos lo soportan porque son mejores personas, personas más fuertes, al estar con los hombres que aman.
Del mismo modo que yo soy más fuerte al estar con la mujer que amo.
—No es lo mismo —logró decir James con voz ronca—.
Ellos… Mis libros son Diarios de una doncella .
Pensarán que estoy loco y que soy un degenerado, y Harold…
—Se volvió y estrechó las manos de Harold entre las suyas, ignorando el dolor en su palma lesionada—.
Harold es el mejor hombre del mundo, ¡pero ellos no lo verán así!
Solo verán que se encarga de mis caballos.
—No, no es lo mismo —afirmó lady Rebecca—. Su escándalo, lord Stratford, es el mayor de la temporada, y mañana por la mañana toda la ciudad se habrá enterado. Es cierto que no puede casarse para salir de esta situación, pero hay algo que puede hacer.
—¿El qué? —preguntó él, con el corazón en un puño.