Capítulo 16
—Yo… —Lord Grantham se arrodilló en el suelo y apoyó la cara en el regazo de Ada—.
Ald… Ada, por favor. Me he convertido en esta criatura vil, ¡no sé cómo!
, que ansía las cosas más espantosas. No tengo derecho a pedírtelo, éramos como hermanos cuando éramos niños, ¿no?
, pero, por favor, por favor, hazme daño.
—¡Oh! —Ella le acarició el cabello sedoso—. Oh, lord Grantham.
Él levantó la mirada llena de lágrimas para encontrarse con la de ella.
—No me llames así. El título era de mi padre, y yo nunca debería… —Sollozó.
—Lord Slyfeel —dijo ella, con el corazón aún más endurecido contra ese libertino—. Oh, mi querido amigo, encontraremos la manera de hacerle pagar por todas las vidas que ha arruinado, lo juro.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN V
J ames se sentía como si estuviera atrapado en una terrible pesadilla, incapaz de despertar. Todavía se sentía aturdido y tembloroso por el láudano, y las réplicas del pánico lo sacudían por haber golpeado al doctor Paar y haber visto a Dodger en peligro, y a Frederick…
Frederick, que yacía inmóvil sobre los adoquines de la entrada del establo, en el estrecho callejón entre la casa y las caballerizas, mientras un oscuro charco de sangre se extendía bajo su horriblemente deformado cráneo.
Una parte de él esperaba que se alzara. No podía comprender que estuviera muerto y, sin embargo, había una deformación en un lado de su cabeza, y tanta sangre, que ningún hombre podría haber sobrevivido a un golpe así.
James se apretó el puño contra la boca magullada y empujó con fuerza los nudillos hasta que le escoció, solo para sentir algo.
Había soltado las riendas. No sabía cuándo, solo que, de repente, su mano se había cerrado sobre el vacío.
Apartó la mirada del cadáver de su hermano menor y, al hacerlo, recordó que el camino estaba lleno de gente, algunos de ellos conocidos, más cercanos a extraños que a amigos; su confuso cerebro tardó más de lo que debería en dar sentido a la presencia de aquellos hombres.
Ahora que lo había hecho, se quedó paralizado, incapaz de moverse o hablar, y el estruendo de los cascos de Dodger sobre los adoquines lo sacudió de nuevo y lo puso en movimiento.
—John —le dijo al muchacho que había agarrado las riendas de Dodger—, ¡no lo dejes ir! —Dio un paso adelante para ayudarlo y envolvió sus manos ensangrentadas alrededor de las riendas—. Tranquilo, Dodger, tranquilo.
Dodger resoplaba por el esfuerzo, sus flancos estaban sudorosos y temblaban.
—¡Harold! —gritó—. ¡Ayúdame!
Pero Harold no se acercó a agarrar las riendas de Dodger.
En cambio, puso las manos sobre los hombros de James y lo apartó, dejando que John y otros hombres calmaran al caballo.
Uno de ellos era Warrington, y a Dodger le caía bien, pero el animal estaba muy nervioso y era impredecible.
Una punzada de irritación calentó la sangre de James —¡Harold debería ocuparse de Dodger!
— antes de que la sofocara la cálida comprensión de que el animal no era el único que estaba nervioso y asustado y en peligro de hacerse daño a sí mismo o a los demás, y de que Harold lo había elegido a él.
James intentó zafarse, pero Harold lo sujetó con fuerza por los hombros y, al final, no pudo hacer otra cosa que dejarse abrazar.
Encontró allí el viejo consuelo, el calor del amor de Harold, pero el miedo se apoderó de él —¡Frederick había muerto!
— y toda esa gente estaba viendo su intimidad con Harold tan claramente como si fuera un capítulo de Diarios de una doncella , sin dejar nada a la imaginación… Se estremeció y le empujó el pecho.
Harold no lo soltó.
—No —dijo James con voz ronca—. ¡No debemos! Nosotros…
—Calla —susurró con voz baja y tranquilizadora, y James se derritió como un caballo nervioso al oírla—. Calla, no pasa nada. No pasa nada, Jimmy.
Ah, ahí estaba. Si había alguna duda en la mente de cualquiera que los observara, alguna razón para suponer lo mejor en lugar de lo peor, Harold acababa de arrancarla y hacerla pedazos con esa única y pequeña palabra.
Jimmy.
Le ardían los ojos y le latía con fuerza el corazón, y se apoyó en el hombro de Harold y dejó escapar un sollozo que era mitad alivio y mitad desesperación, y no sabía cuál de los dos era más fuerte.
—D-Dodger…
—Está bien —dijo él—. Está bien. Tienes razón. Lord Warrington es bueno con él.
James sollozó contra su abrigo.
—Siempre tengo razón con los caballos.
—Es verdad. —Le frotó la espalda—. Entra. Entra y déjame verte a la luz.
Oh, sus manos. Pensaba que la mayor parte de la sangre era de Paar y, sin embargo, le escocía la palma. Quizá se había cortado. Empezó a temblar de nuevo. Aborrecía la violencia, y sin embargo… y sin embargo…
—¿Está muerto? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí. Dodger le ha dado una fuerte coz. Lo siento.
—No, quiero decir, bueno, sí. —James levantó la cabeza por fin—. Frederick está muerto. Me refería al doctor Paar. Lo he golpeado.
—Has hecho bien —dijo él, y delante de la multitud de hombres que James conocía apenas del club Bucknall, y un par de damas que no conocía en absoluto, le apartó el pelo de la frente con ternura, se inclinó y lo besó.
Fue un beso suave, un beso tierno, tal vez el tipo de beso que James nunca escribiría en las aventuras amorosas de lord Slyfeel, pero había compartido mil de ellos con Harold y deseaba compartir diez mil más.
Un gesto tan pequeño, apenas un roce, y tan lleno de amor que las lágrimas de James volvieron a brotar y resbalaron por su rostro.
Harold se las secó con la manga.
—Entremos ya, por favor.
—Sí. —James apartó la mirada mientras Harold lo guiaba más allá del lugar donde yacía Frederick sobre los adoquines, y abrió los ojos cuando consideró que habían pasado de largo.
Los miembros del grupo los guiaban, los flanqueaban y los seguían; parecían un centenar, aunque solo eran una docena.
Algunos se habían ocupado de alejar a los curiosos del callejón y de la casa para despejar el camino mientras que los demás cerraban filas, protegiendo a James y Harold lo mejor que podían.
James sentía el peso de las miradas, percibía el frenético ajetreo a su alrededor, oía a desconocidos llamarlo por su título o gritar obscenidades sobre Diarios de una doncella .
Intentó respirar. Siempre había odiado que lo miraran, lo observaran, especularan sobre él.
Siempre había odiado ser el centro de atención, porque estaba convencido de que haría algo mal.
Bueno, sin duda había hecho algo mal, ¿no?
Intentó bajarse los puños sobre las manos ensangrentadas mientras Harold lo acompañaba al interior de la casa.
James se resistió a entrar.
—No quiero estar aquí —murmuró casi en pánico.
—Lo sé, cariño —lo tranquilizó Harold—. Solo será un rato, hasta que resolvamos algunas cosas. Y luego nos iremos a otro lugar. Te lo prometo.
James asintió, pero sus piernas no se movían.
¿Y si Paar solo había estado inconsciente y ahora aparecía, tambaleándose como un horrible monstruo mientras se acercaba a él, con la sangre en la cara?
Recordaba con demasiado detalle la sensación de estrellar la lámpara contra la cabeza del médico, de ver cómo el cristal se rompía y se clavaba en la carne.
Incluso si Paar permanecía fuera de su vista, ¿cómo podría James enfrentarse a los sirvientes?
¿Cómo sabría cuáles habían conspirado con Frederick, cuáles habían sido coaccionados, cuáles creían que estaba loco… ?
Harold le frotó la espalda.
—No pasa nada. No te diría que lo hicieras si no fuera seguro.
James recordó cuántas veces había confiado en ese conocimiento para superar un momento difícil: Harold no lo llevaría al peligro.
—Los criados —susurró.
—No tienes que hablar con ninguno de ellos.
Harold no lo presionó, ni lo empujó, ni suspiró con exasperación. Se quedó en el vestíbulo y le frotó la espalda hasta que volvió a caminar. Luego lo llevó al salón, donde se sentaron juntos en el sofá.
El señor Chant entró también y cerró la puerta.
—Warry está ayudando al mozo de cuadras a cuidar del caballo —les explicó—. George Darling ha llamado a uno de sus antiguos colegas para que nos tome declaración. Un hombre discreto y de confianza, o al menos eso dice él.
—¿Cómo que declaración? —preguntó James con voz débil.
—Todo lo que usted debe hacer es responder a sus preguntas de forma breve y sincera —expuso Chant con gran amabilidad—. Paar está vivo, hemos traído un médico y lo está atendiendo. Su declaración y la de Granger pueden ser útiles para acusarlo. Lord Soulden también va a prestar declaración.
—Pero él no estaba aquí cuando ocurrió nada de eso. —James frunció el ceño.
—Pero es lord Soulden.
A James se le revolvió el estómago.
—Paar dirá que estoy loco.
—Y Fernside dirá lo contrario —le aseguró Chant—.
Vendrá en breve a atenderlo. Hartwell y lady Rebecca están tratando de frenar los rumores.
Notley y Rivingdon están… No sé, probablemente alimentando los rumores.
Aumont se encuentra en la habitación con Paar y le apunta con una pistola para asegurarse de que no escape.
Y yo estoy aquí por si ustedes necesitan cualquier cosa.
—Gracias —dijo Harold con sinceridad, apretando el brazo alrededor de los hombros de James.
—Pueden quedarse en mi casa esta noche —continuó Chant—.
Yo puedo quedarme con lord Christmas en Gale House.
Él le dirá que deberían quedarse en sus habitaciones de Russell Street, ya que creo que se ha convertido en un motivo de orgullo que todo el mundo haya tenido que utilizar sus habitaciones.
Pero mi casa tiene un perro. Y los criados son discretos.
James sintió que Harold lo miraba, pero no se atrevió a hablar.
—Estar con un perro suena muy bien —le dijo Harold a Chant. James estuvo de acuerdo en su interior, aunque no podía articular las palabras.
—No respeta absolutamente ningún límite físico. Solo para que lo sepan.