Capítulo 15 #2
James sintió una repentina oleada de algo demasiado lúgubre como para llamarlo alegría y, sin embargo, era un pequeño destello de luz en la oscuridad.
Eavesmore. Volver a su cabaña y escribir, tal vez, aunque ya no pudiera publicar.
Pasar los días trabajando y escuchando el familiar sonido de los pasos de Harold en la puerta.
Lo único que siempre había querido era vivir sus días en Eavesmore.
Sin embargo, al levantar muy despacio la mirada hacia Frederick, se dio cuenta de que en Eavesmore ya no habría escritura, ni caballos, ni cabaña, ni Harold. Eavesmore ya no sería su santuario. Su hermano pretendía convertirlo en su prisión.
—Yo… —James sacudió la cabeza, con el corazón encogido—. Frederick, no te eché porque no me importaras. No fue así.
Pero ya era demasiado tarde para disculparse. El chico al que le había roto el corazón se había ido, y había dejado en su lugar a un hombre frío y cruel.
Frederick se limitó a mirarlo sin responder.
—Paar y tú os iréis de inmediato —dijo al final.
—¿Esta noche? —Todavía le costaba articular una simple frase. No sabía qué hora era, pero estaba bastante seguro de que era tarde—. No debemos viajar de noche. Los caballos…
—Sí, sí, siempre con los malditos caballos, lo sé. Paar vendrá en breve para vestirte y darte tu medicación, y luego partiréis. Así que supongo —sus labios se crisparon en una sonrisa sombría— que esto es un adiós.
James no dijo nada. Si se marchaba a Eavesmore con Paar, no habría posibilidad de escapar, no con Harold fuera.
Quizá el señor Lindsay o la señora Cornwall tratarían de interceder, pero ¿podrían hacerlo?
¿Cuando Frederick simplemente los despediría también?
Estaría a kilómetros de distancia de cualquier otra alma humana que pudiera ayudarlo; lo que siempre había sido el aspecto de Eavesmore que más le había gustado, ahora parecía una perspectiva aterradora. No debía dejar que lo llevaran allí.
Y lo que era más importante, no debía permitir que las mentiras de su hermano fueran lo único que Harold recordara de él durante toda su vida.
Habían dicho que estarían juntos para siempre, que se ayudarían el uno al otro. Harold no caminaría solo por este mundo mientras a James le quedara aliento en los pulmones.
Frederick salió de la habitación y James comenzó mover sus músculos.
Flexionó los dedos, las extremidades. Se incorporó despacio.
Le latía la cabeza y se le oscureció la vista, pero al cabo de un instante se sintió más él mismo.
Tragó saliva para contener las náuseas. No había cenado y el láudano le había sentado mal al estómago vacío.
Se arriesgó a ponerse de pie. Una vez más, le invadió una oleada de mareo, pero esperó a que pasara.
Si escapaba de Stratford House, ¿a quién podría acudir? Recordó la dirección que figuraba en la tarjeta de Chant. Estaba cerca. Y Chant le había dicho que lo llamara si alguna vez necesitaba algo.
Pero eso había sido antes de que James cayera en desgracia.
Aun así, si había alguien que pudiera entenderlo, que no lo devolviera sin más al «cuidado» de Paar y Frederick, tal vez fuera Chant.
Revisó la habitación. Casi todo lo que era afilado o pesado se lo habían llevado.
Pero la lámpara Argand seguía en el aparador.
Tendría que servir. Cruzó la habitación con piernas temblorosas, se apoyó un momento en el mueble y cogió la lámpara.
Si golpear a Paar en la cabeza con ella no funcionaba, tal vez al menos acabara con un trozo de cristal roto lo bastante grande como para ser útil.
Se dirigió a la puerta, se quedó de pie a un lado y esperó.
— B ueno —dijo lady Rebecca cuando el grupo se acercó a Mayfair—.
Debo confesar que me gusta por el plan del señor Aumont.
—Él inclinó la cabeza en señal de agradecimiento—.
Pero para evitar que nos envíen a todos a la horca, estoy de acuerdo en que lo más importante es alejar a lord Stratford de su hermano.
Ya pensaremos más adelante cómo lidiar con el señor Lewis.
Warrington se apartó de Hartwell para caminar junto a su hermana.
—Pero, si no nos ocupamos del señor Lewis ahora, se lo contará a todo Londres…
—Warry, ya hemos hablado de esto, ¿no? No se puede permitir que los villanos campen a sus anchas por miedo a dañar la reputación de uno.
—¡Pero lord Stratford no es como tú! —espetó él en voz bastante alta—. Lo siento —se disculpó un momento después—. Pero ya te he dicho antes que no todos estamos dispuestos a arriesgar nuestra reputación. Lord Stratford es muy reservado. Esto será su peor pesadilla.
Harold sintió una oleada de gratitud hacia el joven.
La mujer de cabello oscuro, la señorita Lily, puso con suavidad una mano sobre el brazo de lady Rebecca.
—Yo también te lo he dicho. No todo el mundo puede afrontar un escándalo. Y no solo está en juego la reputación de lord Stratford, sino también la del señor Granger.
A Harold le importaba un comino su propia reputación, pero le dolía físicamente pensar en lo que las revelaciones de Frederick le harían —lo que ya le habían hecho— a James.
—Oh —dijo el señor Notley—, pero Loftus y yo sacrificamos nuestra reputación por amor, y ha sido bastante grandioso. Ni siquiera se habla de nosotros tanto como esperábamos. Quiero decir, temíamos.
—Pero nosotros no hemos escrito Diarios de una doncella —susurró Rivingdon—. Y, desde luego, no hemos hecho nada inapropiado con los sirvientes.
Harold ni siquiera se molestó en ofenderse. No le había hecho falta mucho tiempo en compañía de los señores Notley y Rivingdon para darse cuenta de lo torpes que eran.
—Nuestro primo tiene razón, por una vez —señaló lady Rebecca con suavidad a su hermano—. Warry, querido, gran parte del daño ya está hecho. Lo mejor que podemos esperar es moldear los rumores a nuestro antojo.
—Hace solo unas semanas les dije a estos dos idiotas —lord Soulden señaló a Notley y Rivingdon— que un escándalo debe llevarse con confianza.
—El conde no puede hacer eso —intervino Harold con dureza—. Es como ha dicho lord Warrington, le aterroriza la atención pública. No se le puede pedir que finja que nada de esto importa.
—No le pediremos eso. —Becca redujo el paso para caminar junto a él—.
Pero creo que podemos utilizar su carácter reservado en nuestro beneficio.
—Le dedicó una sonrisa cómplice y volvió a mirar al frente—.
Ya casi hemos llegado. Hablaremos de esto con más detalle cuando lord Stratford esté a salvo. Por cierto, ¿cuál es el plan?
El señor Chant ya se encontraba a cierta distancia delante de ellos y caminaba hacia la entrada de Stratford House. A pesar de lo tarde que era, había gente reunida frente a la casa, atraída por los rumores, y Chant tuvo que apartarlos a codazos para abrirse paso.
Harold observó fascinado cómo aquel hombre, que, aunque no tenía un estatus tan elevado como lord Soulden o lord Hartwell, seguro que tenía una reputación que mantener, se abría paso entre dos grandes columnas blancas y golpeaba la puerta como si quisiera derribarla.
—No creo que haya ningún plan —murmuró lord Christmas.
Los transeúntes se detuvieron para mirar boquiabiertos cómo Chant golpeaba la puerta. Por fin, un joven lacayo la abrió.
—¿Qué demonios…?
Harold y los demás se reunieron alrededor de Chant en semicírculo, y se asomaron por encima de los hombros unos de otros.
—Buenas noches. —Chant parecía un tanto sin aliento, con la voz rebosante de una furia apenas contenida—. ¿Está el señor Lewis en casa?
—Él… —comenzó el sirviente.
Chant empujó al criado.
—¿El señor Lewis?
—Oh. —Hartwell se apresuró a acercarse—. Oh, Dios mío.
—Deja que haga lo que tenga que hacer —dijo Warrington, con un tono frío que sorprendió a Harold.
—¡Señor Lewis! —gritó Chant de nuevo, lo bastante alto como para que se oyera desde la calle.
Harold empujó a los demás y se dirigió a la entrada, seguido por Warrington. Detrás de él, oyó a Hartwell y a lord Soulden empezar a convencer a los curiosos para que se marcharan.
—El señor Lewis está ocupado, señor. —El lacayo miró por encima del hombro hacia el vestíbulo y se mordió el labio—. Ha habido un… un incidente.
—¿Qué tipo de incidente?
—El amigo del señor Lewis, el doctor Paar, señor. No puedo decir nada más. La mayoría de los sirvientes lo están atendiendo, por eso me ha llevado tanto tiempo abrir la puerta, pero…
En ese momento, Frederick entró corriendo en el vestíbulo y se detuvo de golpe al ver lo que tenía ante sus ojos.
Vestía con más cursilería y refinamiento que Notley o Rivingdon, pero tenía los puños de la camisa manchados de sangre.
Harold sintió un nudo en el estómago tan fuerte que casi vomitó en el suelo.
«Que no sea la sangre de James».
— ¿Qué demonios hacen aquí? —espetó Frederick a Chant.
—¿Dónde está lord Stratford? —preguntó Chant, con algo parecido a la amabilidad.
—¿Cómo voy a saberlo? —ladró—. No puedo imaginar que quiera mostrar su rostro en público en este momento, pero es un hombre independiente, así que…
Chant agarró a Lewis por la corbata, lo giró de golpe y lo estrelló contra la pared. El joven lacayo dio un grito de sorpresa.
—Dondequiera que tenga a su hermano, vaya a buscarlo —exigió Chant—. Se viene con nosotros.
Frederick vio a Harold en la puerta y sus ojos se encendieron.
—¡Granger! —exclamó con voz ronca.
Chant lo sacudió con tanta fuerza que la cabeza de Frederick volvió a golpear la pared.
—¿Me ha oído?
Él se volvió hacia el lacayo con los ojos desorbitados.
—¡Edward, idiota! No te quedes ahí parado. Este hombre es… —Chant le retorció la corbata para que se ahogara y no pudiera hablar.
Otros sirvientes habían entrado con rapidez, pero tampoco hicieron nada por ayudar a Frederick. Harold agarró a Warrington del brazo y tiró de él, llevándolo al interior de la casa, hacia la escalera.
—¿Lord Stratford? —oyeron repetir a Chant entre dientes.
—No está… aquí —logró decir Frederick.