Capítulo 15
Slyfeel se recostó en la cama del director de escuela. Reía de alegría mientras los chicos, cada uno de ellos diabólicamente ilusionado con la anticipación de la venganza, se alineaban para propinar una paliza al desafortunado director, que estaba arrodillado, atado y luchando en el suelo.
—Ahora, ¿quién de vosotros quiere montarse en mi polla mientras espera su turno?
—¡Es una polla demasiado grande para cualquiera de nosotros! —exclamó uno de los muchachos.
Slyfeel se alzó y agarró al escéptico por las caderas. Lo giró sobre la cama y le separó las nalgas regordetas.
—Vamos a comprobarlo, ¿te parece?
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN II
J ames se despertó con un sabor amargo en la boca y sin saber dónde estaba.
Parpadeó hasta que su visión borrosa se aclaró; su habitación en Stratford House se materializó alrededor.
Tenía la cara rígida e hinchada y sentía la garganta como si alguien le hubiera metido un trozo de algodón.
Intentó abrir la boca, pero no lo consiguió.
Así que se quedó allí tumbado. Le costaba respirar y, cuando por fin consiguió inhalar, tosió.
Esperó a ver si el sonido llamaba la atención de Paar, pero nadie entró en la habitación.
Poco a poco, sus extremidades volvieron a conectarse con su cerebro y pudo darse la vuelta y ponerse bocarriba.
Recordó, con una mezcla de horror y satisfacción, la sensación de romper la taza de té contra la cabeza de Frederick.
Nunca se había considerado el tipo de persona capaz de mostrar ni una pizca de agresividad, pero su hermano menor parecía sacarla de él. Lo que había dicho sobre Harold…
Se le retorció el estómago con tanta violencia que casi vomitó.
Harold.
¿Qué mentiras le había contado Frederick? ¿Y Harold se las había creído? En su persistente confusión, James imaginó que sí. Que había abandonado Londres, pensando que James estaba enamorado de una chica, y se había ido… ¿adónde? ¿Adónde iría Harold, si no era a Eavesmore?
Quizá al mismo lugar en el que hubo desaparecido durante dos años, pensó James, con un toque de amargura injustificado.
Sin embargo, se permitió sumergirse en ese recuerdo lejano.
Tenía veintidós años y llevaba ya casi siete como conde.
Siete años que solo había sobrevivido gracias a Harold.
Porque Harold, aunque solo era un muchacho, le recordaba que comiera y durmiera, le ayudaba a aprender lo que había que saber sobre los caballos.
Lo llevaba al cerro cuando ya no podía soportar la vida terrenal.
Se sentaba con él en silencio y nunca lo presionaba para que hablara.
Y entonces, una noche, poco después del decimoctavo cumpleaños de Harold, las cosas cambiaron, aunque solo fuera un poco.
Estaban en la habitación de Harold, revisando juntos un libro de contabilidad, y Harold sacó su reloj y le dijo a James que fuera a cenar.
James se limitó a responder:
—No.
No había sido su intención negarse de forma tan tajante ni parecer grosero, y, sin embargo, los latidos de su corazón no se debían solo a la vergüenza o al miedo de haber ofendido a alguien.
Harold lo miró, sin rastro de su habitual sonrisa en el rostro, pero con una chispa de diversión familiar en los ojos.
—¿Qué me acaba de decir? —preguntó en voz baja.
Una pregunta absurda. James podía decirle lo que quisiera a Harold; él era el conde de Stratford.
Y, a pesar de eso, sintió un nudo en el estómago, como si su tutor le pidiera que recitara a Shakespeare y, de repente, no pudiera recordar ni una sola línea.
Apartó la mirada de Harold y se humedeció los labios con la lengua.
—He dicho que no.
De repente, la mano de Harold le rodeó la muñeca, la agarró con firmeza, pero sin violencia. El corazón de James pareció detenerse durante varios latidos. No intentó liberar su brazo del agarre.
—Creo que podría obligarlo —murmuró Harold, apretando un poco más, solo un momento.
«Podrías —quiso decirle James—. Podrías obligarme a hacer cualquier cosa».
Pero se oyó un relincho fuerte en el patio cuando un semental atrajo la atención de las yeguas que paseaban, y James y Harold dieron un salto y se echaron a reír, y la mano de Harold se deslizó de la muñeca.
Ninguno de los dos parecía seguro de cómo volver al punto en el que se encontraban antes de la interrupción.
Dos días después, llegó la carta: el padre de Harold se encontraba gravemente enfermo. Moriría pronto. Harold le había preguntado a James si podía ir a verlo, y James había querido darle todo tipo de respuestas egoístas. «No. Quédate conmigo. Por favor, por favor, quédate aquí».
Pero, por supuesto, había dicho que sí, y él se había marchado.
El padre de Harold tardó un año en morir.
Harold escribía de vez en cuando, pero no era suficiente.
El vacío que James sentía era insoportable.
Sabía que su comportamiento era vergonzoso.
Que un hombre adulto no debía añorar a un chico que era poco más que un muchacho y, además, un sirviente.
Pero lo había hecho, sintiendo una inestabilidad y una desesperación que no había conocido desde que había perdido a sus padres.
Harold le había enviado un mensaje cuando su padre falleció, y James le respondió con sus condolencias, aunque en realidad deseaba preguntarle si volvería a Eavesmore.
Pero se contuvo, y lo que siguió fue un largo silencio.
Un año sin noticias. Un año durante el cual el corazón de James se rompía muy despacio.
Incluso ahora le dolía pensar en ello. La melancolía que se había apoderado de él.
Lo solo que se había sentido, lo enfadado, tonto y destrozado.
Cuántas noches había pasado en la cama imaginando cómo la mano de Harold le agarraba la muñeca.
Había empezado a escribir: la historia de un libertino llamado Slyfeel, que podía seducir a cualquiera y llevárselo a la cama, sin importar la ropa que llevara.
Le había dado a Slyfeel una gran cantidad de amantes que exigían satisfacción de mil maneras diferentes y, en un momento u otro, se había imaginado a sí mismo como cada uno de ellos.
Había imaginado todas las cosas que podría hacer con alguien que estuviera dispuesto a tomar el control.
Con un libertino alto, de pecho ancho y cabello negro, que era hábil, seguro y terriblemente pícaro, pero de buen corazón en el fondo.
Entonces, un día, James dejó de escribir a mitad de una frase, se asomó a la ventana de la cabaña y vio que Harold se acercaba a los establos.
Parecía que nunca se hubiera ido. James tiró la pluma, se limpió las manos manchadas de tinta en los pantalones y salió corriendo, sin estar seguro de si quería abrazarlo o matarlo.
Al final, no lo mató. Probablemente fue lo mejor.
Harold le explicó que había viajado por el campo durante varios meses, de luto por la muerte de su padre.
No había escrito porque no sabía qué decir y no quería molestar a James con sus confusos pensamientos.
Y porque se sentía muy culpable por haberlo abandonado.
James le había dicho que no se sintiera culpable, que no había nada que perdonar, incluso cuando había contemplado la posibilidad de asesinarlo una vez más.
—Te prometí que siempre estaría aquí para ayudarte —había dicho Harold—. Te prometí que te cuidaría. Y ahora lo voy a hacer.
Desde ese momento, nunca se habían separado más que unos pocos días.
Y ambos, un poco más mayores y sabios, al final habían comprendido el significado de aquella noche en la que Harold había agarrado a James por la muñeca.
Habían descubierto cómo ser todo el uno para el otro.
Pero, a veces, James recordaba la frialdad que había sentido durante los dos años que Harold había estado fuera.
Se veía sumido en el miedo de que un día se despertara y se encontrara solo de nuevo.
Esa frialdad lo amenazaba ahora.
«Harold no va a creer a Frederick —se decía a sí mismo—. Volverá».
Sí, volvería.
La puerta se abrió de un tirón y lo sobresaltó.
Frederick se encontraba en la entrada, con el mismo aspecto desaliñado que tenía el día anterior después de que Dodger lo hubiera empujado al charco de barro.
Llevaba ropa limpia, pero parecía… descuidado.
James todavía estaba tan aturdido por el láudano que apenas se inmutó cuando Frederick se acercó a la cama.
Él apartó una silla de la pared y se sentó con fuerza.
—Eres la comidilla de la ciudad —señaló con tono seco—.
Enhorabuena. —El corazón de James se aceleró.
¿Así que Frederick había cumplido su amenaza?
¿O era solo otra mentira?—. He recibido muchas miradas y cuchicheos mientras estaba en la calle.
Por suerte, un tipo llamado Clarence ha tomado partido por mí y ha hablado de lo bondadoso que soy al cuidar de mi hermano, el alma depravada que escribió esta abominación en un ataque de locura.
Clarence. James rebuscó en los recovecos de su mente y recordó que aquel tipo hacía comentarios sarcásticos sobre el escándalo de Warrington cuando Hartwell no estaba presente. James apartó la mirada del periódico y la posó en el techo, se sentía curiosamente entumecido.
—He hecho que Clarence llevara la historia al editor de The Society Standard . Ha tenido que sacarlo de su cama. Pero la noticia estará publicada por la mañana. —James se negó a darle la satisfacción de una respuesta.
»Quería darte un día más aquí, para que pudieras ver los titulares tú mismo.
Pero la gente ha empezado a reunirse fuera de la casa con la esperanza de verte; es bastante molesto.
Así que te envío de vuelta a Eavesmore. Sé que es lo que quieres.
Puedes vivir allí el resto de tus días, hermano.
Siempre y cuando te mantengas lejos de Londres.