Capítulo 14 #3
—Pero eso es un suicidio —comentó Hartwell—. Porque si la reputación de su hermano queda destruida, la suya también.
Harold negó con la cabeza, cansado.
—Quiere presentarse como un mártir. Ha regresado del continente para cuidar de su pobre hermano loco. He estado en la casa antes, es… El señor Lewis ha puesto incluso a los sirvientes en contra de su hermano.
Aumont intervino con su ligero acento francés.
—Bueno, hay una solución sencilla. —Todos se volvieron hacia él. El francés se encogió de hombros—. Enséñame cuál es su ventana. Dispararé. Él tendrá que quitar los cristales rotos, pero podrá bajar. Entonces entraré, dispararé al señor Lewis y habremos terminado.
George Darling se quedó boquiabierto.
—No puedes… Eso no es…
Aumont le dio una palmada en el muslo.
—No seas tan mojigato, George. Esto es una emergencia.
—No puedes disparar a lord Stratford desde Stratford House. Te lo prohíbo.
Él se encogió de hombros de nuevo.
—Será rápido y fácil —afirmó.
Darling se dirigió a los presentes.
—Difamación, chantaje, detención ilegal… Hay motivos suficientes para acusar al señor Lewis. Podemos hacerlo por la vía legal.
—Eso podría llevar tiempo. Tiempo que no tenemos —indicó lord Christmas—.
¿Cómo lo demostraríamos? Sobre todo si el doctor Paar certifica que lord Stratford está loco.
Si arrestas al señor Lewis y el magistrado desestima los cargos de inmediato y se niega a liberar a lord Stratford, estaremos aún peor.
—Estoy de acuerdo —declaró el señor Chant—. Debemos acudir en ayuda de lord Stratford de inmediato.
Harold asintió.
—Lo que quiero es sacar a James de allí. No me importa cómo lo hagamos.
—Entonces, dispararé al hermano. —Aumont se recostó en su asiento
—O —dijo Hartwell—, ¿y si finjo ser un tipo que quiere comprar un caballo?
—Tú eres un tipo que quiere comprar un caballo —señaló Warrington.
Él lo ignoró.
—Iré a Stratford House disfrazado y usaré mi encanto para entrar.
Cuando me dejen pasar, colocaré algo muy pequeño, como una horquilla, entre la puerta y el marco, para que no se cierre con llave.
Armaré un escándalo pidiendo té, que me traigan mi abrigo y mis guantes de inmediato, que se me ha olvidado enviar una nota a mi madre y debo hacerlo enseguida…
Mientras mantengo a los sirvientes ocupados, Warry se colará detrás de mí y…
—Voy a detenerte ahí —dijo Warrington.
—No, escucha. Warry se colará detrás de mí y subirá a la habitación de lord Stratford… Oh, querido, quizá sea mejor que finjas ser el jinete, porque si hay un sirviente allí, protegiendo a Stratford o algo así, alguien tendrá que sacarlo de allí. Y no puedo permitir que te pongas en peligro.
Aumont exhaló un suave suspiro.
—Aquí es donde un agujero de bala sería útil.
—Este complot, milord —Darling señaló vagamente a Hartwell—, es ridículo, pero quizá haya una forma de utilizar el escándalo en nuestro beneficio.
Algunos de nosotros podríamos hacernos pasar por antiguos compradores descontentos que exigen una compensación, ya que ahora ser propietario de un caballo de Stratford es motivo de burla.
Si somos bastantes, podríamos parecer una turba enfadada, y crearemos una distracción.
Si conseguimos sacar a lord Stratford de la casa, declararemos que todo lo que el señor Lewis ha revelado a la prensa son mentiras maliciosas, pronunciadas por un segundo hijo celoso.
—Miró al cirujano—. Señor Fernside, ¿no podría examinar a lord Stratford y declararlo en sus facultades mentales?
—Podría —murmuró Fernside—. Mi palabra podría tener más peso que la de un médico extranjero.
—Ah, sí, los sucios extranjeros —dijo Aumont con indiferencia.
El señor Chant echó hacia atrás su silla con brusquedad y se puso de pie.
—Puedo resolver esto de forma muy sencilla —expuso, casi de una forma salvaje. Los demás lo miraron con gran sorpresa. Harold tenía la impresión de que el señor Chant rara vez mostraba siquiera un atisbo de mal genio—. Voy a Stratford House. Vosotros podéis venir conmigo o quedaros aquí.
Todos permanecieron sentados, indecisos. Harold se alzó.
—Vamos, pues.
Uno por uno, los demás lo siguieron, y el grupo atrajo las miradas mientras se dirigía en masa hacia la puerta.
Notley y Rivingdon intentaron detenerse para recoger sus sombreros y guantes del lacayo, pero Chant los instó a seguir adelante.
Un segundo sirviente intentó darle un mensaje a lord Hartwell, pero Chant lo despidió con un seco:
—No hay tiempo, buen hombre. Tenemos una misión.
Hartwell miró preocupado por encima del hombro al sirviente y le murmuró a Warrington:
—¿Y si es por lo de la cabra? Sabes que le está costando adaptarse.
—¿Sabes cuál es el plan? —oyó Harold que le susurraba Soulden a lord Christmas.
—No tengo ni idea —respondió este.
Salieron en tropel a Pall Mall y hubo alguna discusión sobre quién iría en el carruaje de quién.
A Harold le daba igual cómo demonios llegaran a Mayfair; podría llegar andando más rápido de lo que tardaban esos idiotas en tomar una decisión.
Pero su mirada se posó en dos jóvenes que estaban a varios metros de distancia y observaban al grupo de caballeros.
O, mejor dicho, una de ellas los observaba.
Era muy hermosa, con el pelo rubio en rizos apretados y un vestido de noche de satén lavanda.
A la luz de la farola, Harold vio su leve sonrisa mientras observaba al grupo de Bucknall.
Harold vio que Hartwell se fijaba en la mujer.
El hombre se quedó paralizado, como si no solo no creyera lo que veían sus ojos, sino que nunca más volvería a confiar en ellos.
Warrington, que trataba de hablar con él, se detuvo y siguió su mirada.
Cuando vio a la mujer, parecía igual de atónito que su marido.
La joven saludó con delicadeza con una mano enguantada y entró en el círculo de luz dorada de una farola de gas.
—Hola, William. Warry. —Su voz era baja y melodiosa. Harold habría confesado que estaba cautivado por su belleza si no hubiera estado tan desesperado por llegar a Mayfair.—. ¿Me habéis echado de menos?
—Becca —respondió Hartwell sin aliento. Acortó la distancia y, como si fueran las únicas dos personas en la tierra, la tomó en sus brazos. Notley y Rivingdon soltaron exclamaciones indignadas.
—¿De verdad este es el lugar más adecuado para hacer esto? —musitó Warrington, casi para sí.
Pero Hartwell la estrujó con tal fuerza que la elevó del suelo. Largos instantes se balanceó con ella, el rostro hundido en su hombro, mientras ella reía y, lejos de resistirse, le devolvía el abrazo con la misma fuerza.
—Becca —repitió él. Por fin la volvió a poner en tierra firme y, al mismo tiempo, ignoró las miradas de los transeúntes—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me dijiste que habías vuelto? ¿Está aquí la señorita Lily? Oh, Dios mío, ahí está. Tu piel no parece muy pálida. ¿Estás enferma?
—Se llama bronceado, William —dijo ella—. Es lo que ocurre cuando uno deambula por la Toscana bajo el sol.
—Suena terrible —dijo él.
—No lo es.
—¿Has esperado aquí toda la tarde a que saliera?
Ella frunció el ceño.
—No. He llegado hace unos momentos y le he pedido a un lacayo que te enviara un mensaje.
Hartwell se volvió hacia Warrington.
—¡Ah! Entonces no era por la cabra.
—¿La cabra? —preguntó Becca—. No importa —rio y empujó a Hartwell a un lado—. Warry, cariño, ven aquí y dame un beso, o pensaré que no me has echado de menos en absoluto.
Warrington obedeció, y Harold no lo culpó. Tenía la impresión de que Becca, fuera quien fuera, no era el tipo de mujer a la que uno se atrevía a desobedecer.
—¡Y Morgan! —Ella soltó a Warrington solo para sustituirlo por el señor Notley—.
¡Vaya, tanto mi hermano como mi primo se han casado en una sola temporada!
¿Ha servido eso para acallar los rumores sobre las razones de mi trágica soltería?
—Levantó las cejas mientras Notley se retorcía en su abrazo y lo soltó—.
Veo que no. Bueno, seguirá sin importarme una mierda.
—Las damas no deberían decir «una mierda», Becca —dijo Notley.
—Oh, vete a la mierda, Morgan —contestó ella con cariño, y lo atrajo para darle otro abrazo mientras él balbuceaba indignado.
—Esta es lady Rebecca Warrington —le presentó Hartwell a Harold—. La hermana de Warry y mi antigua prometida. El compromiso iba viento en popa hasta que ocurrió el pequeño incidente con la flecha, ¿no es así, Becca?
—No, no fue así —negó ella—. Y creo que ambos lo sabíamos, pero ninguno de los dos tuvo el valor de admitirlo. Porque yo estaba perdidamente enamorada de Lily y tú, da la casualidad, estabas perdidamente enamorado de Warry.
—Ah, es verdad —admitió Hartwell. Sus ojos brillaron de alegría y las comisuras de sus labios se crisparon.
Harold tuvo la repentina impresión de que quizá Hartwell era más inteligente de lo que parecía, al menos un poco, cuando estaba rodeado de gente que lo desafiaba—.
Había mucha desesperanza en el ambiente.
Bueno, ahora tenemos otro caso de desesperanza entre manos, y debemos ir a Stratford House antes de que Aumont mate a alguien o…
, bueno, o Chant mate a alguien, lo cual no esperaba que sucediera, pero ha sido una temporada bastante convulsa desde el principio, de una forma u otra.
En fin, la querida señorita Lily y tú deberíais venir mañana a tomar el té. O a comer. Lo que os venga mejor.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó lady Rebecca—. Porque recuerdo tus soluciones a los problemas, tanto las tuyas como las de Warry, y casi acabáis casados con las personas equivocadas. Ah, y casi le clavaste una flecha a Warry.
—Sí, pero acabó bien. —Él le lanzó a Warrington otra de esas miradas cariñosas que le oprimían el pecho a Harold.
Hartwell se volvió hacia Becca—. No podía contarte los detalles en mis cartas, pero inesperadamente nos hemos convertido en una formidable banda de caballeros luchadores contra el crimen y nos hemos enfrentado a numerosos villanos esta temporada, demostrando nuestro valor en cada ocasión.
Ahora nos dirigimos a acabar con otro villano similar, aunque nuestro plan es un poco endeble.
—Bueno —Becca enganchó su brazo con el de él, una vez más ajena a las miradas que atraía su conducta impropia—, será mejor que nos llevéis a Lily y a mí con vosotros.
Sin duda, las dos podríamos idear un plan mejor que cualquiera de los que…
Dios mío, ¿cuántos sois? —Hizo un rápido recuento—.
Diez de vosotros podrían idear algo con todo vuestro ingenio combinado; sí, Gale, incluso con el tuyo.
Cuéntame los detalles mientras caminamos.
Y así, como si Harold no estuviera ya lo bastante preocupado por haberse aliado con los hombres de Bucknall, su grupo se convirtió en una docena de camino a Mayfair.