Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 14 #2
71%

Capítulo 14 #2

—¿Y los escribió Stratford? Dios mío. —Frunció el ceño—. ¿Y su hermano, el señor Lewis, lo ha descubierto y lo chantajea por ello?

—Sí, milord.

—Oh, pobre Stratford. Debemos ayudarlo de alguna manera.

—¡Sí! —Hartwell se puso de pie—. ¡Stevens! —El lacayo apareció al instante—. Envía un mensaje a Gale y a Chant, y a Soulden, y a Aumont, y… Bueno, ya sabes, a los de siempre. Diles que se reúnan con nosotros en el Club Bucknall. Es un asunto urgente.

—Sí, mi señor. —Stevens volvió a desaparecer.

C uando Harold entró en el Club Bucknall, pensó que había sido una idea terrible.

Por un lado, el club se parecía mucho a lo que él imaginaba que sería un palacio, con sus enormes columnas, sus altos pasillos abovedados y sus cortinas blancas y vaporosas.

Y él parecía un hombre que pasaba el día intentando no pisar excrementos de caballo.

Llevaba la corbata prestada por lord Hartwell —por suerte, no una de esas chorreras de encaje— y se sentía como James el día antes de partir hacia Londres, con ese pañuelo tan almidonado que podría convertirse en un arma.

A Harold nunca le habían importado mucho las reglas establecidas por los ricos; habría estado encantado de entrar en el club como si fuera el dueño del lugar y ver a los caballeros bien educados fruncir los labios al ver sus botas arrugadas y su sencillo abrigo.

Pero vio a Hartwell sobornar a un lacayo para que lo dejara entrar, y eso minó parte de su temeraria confianza.

A pesar de la afirmación de lord Hartwell de que su círculo de amigos podía resolver cualquier problema, no le reconfortó mucho el pequeño grupo que se había reunido en lo que reconoció, por las descripciones de James, como la Sala Azul.

Se sentó a la mesa durante unos momentos en silencio, mareado por la charla que lo rodeaba.

Los señores Rivingdon y Notley —Rivingdon con el pelo tan pálido como la seda de maíz, Notley con rizos castaños y brillantes; ambos con abrigos muy radiantes— expresaron un interés desmedido por conocer a la nueva cabra de Warrington.

Por otro lado, un hombre bien parecido y de cabello oscuro que le habían presentado a Harold como lord Soulden parecía tener otros lugares en los que preferiría estar, lugares que no tendría que compartir con un francés de ojos negros y cabello oscuro llamado Aumont, a quien saludó con rigidez.

Aumont le dirigió a Soulden el mismo saludo indiferente y frío que le había dado a Harold cuando los presentaron.

George Darling —hasta hacía bien poco agente de Bow Street, según le había murmurado Warrington— parecía tan fuera de lugar en la sala palaciega como se sentía él.

La presencia de un antiguo agente lo inquietaba un poco.

¿Cómo iba a revelar los secretos de James ante un antiguo hombre de la ley?

Pero si Hartwell y Warrington confiaban en él, quizá Harold también debería hacerlo.

De hecho, Harold observó que Darling y él eran casi cómicamente similares: altos, de pecho ancho, vestidos con ropa aburrida pero discreta.

El pelo de Darling era rubio, mientras que el de Harold era casi negro, y los hombros de Harold eran redondeados, mientras que los de Darling eran rectos, pero Harold imaginó que, si el antiguo agente y él se pusieran uno al lado del otro, parecerían algo entre intimidantes y ridículos.

Harold se sintió aliviado al conocer por fin al señor Chant, otro nombre que James había mencionado.

Chant había sido amable con James en el pasado, y Harold solo podía esperar que sintiera suficiente afecto por él como para querer ayudarlo.

Lord Christmas Gale, renombrado investigador y supuesto compañero de Chant, se encontraba sentado en la silla más cercana a la pared y alternaba entre mirar a todos con el ceño fruncido y parecer aburrido.

Harold se tensó de nuevo con la llegada de un hombre regordete, con gafas, rostro juvenil y cabello despeinado y ralo: el señor Fernside, el médico que había tratado a James tras su caída en el parque.

¿Cuánto sabía o sospechaba? Sin embargo, el doctor se limitó a decir con voz suave y monótona que estaba encantado de conocer a Harold y se sentó junto a Soulden.

Y, allí mismo, en el club, Soulden puso una mano en la espalda del cirujano y la frotó con suavidad.

Miró al hombre más bajo con tal afecto que Harold sintió un nudo en el pecho.

Durante unos cinco minutos, los hombres miraron a Harold con curiosidad, pero sobre todo hablaron entre ellos y bebieron oporto, con sus conversaciones entremezcladas, hasta que la voz de Hartwell atravesó el bullicio.

—Atención, por favor.

Se callaron poco a poco, lo que permitió que se alzara una voz burlona al otro lado de la sala.

—¡Pero tenéis que creerlo! —dijo un joven sin pelo a sus compañeros.

—Parece que se ha resuelto un gran misterio. ¡Quién lo hubiera pensado, lord Stratford!

Harold se sobresaltó al oír el nombre y se quedó mirando a la otra mesa hasta que Warrington le dio un suave codazo y él apartó la mirada. El hombre calvo y sus amigos se reían entre dientes y hablaban al mismo tiempo, pero Harold no podía oír lo que decían.

—¿Qué es esto? —preguntó Harold en tono seco—. ¿Por qué hablan de James?

No se dio cuenta de inmediato de que había utilizado el nombre de pila.

Lord Christmas Gale lanzó una mirada sombría a la otra mesa.

—Es lord Clarence —murmuró—. Un hombre que habría puesto a prueba incluso la paciencia de Jesucristo. Y creo que habla del rumor que circula de que lord Stratford escribió Diarios de una doncella .

Harold se quedó paralizado por la sorpresa.

—No lo entiendo.

—Es de lo único que habla todo el mundo —comentó lord Christmas—. Aunque no tengo ni idea de por qué la gente está tan sorprendida. Era obvio, ¿no? —Miró a Hartwell—. En fin, supongo que esa es la razón por la que estamos aquí.

El señor Notley frunció delicadamente el ceño.

—¿Lord Stratford?

—No lo entiendo —repitió Harold—. Yo… pedí ayuda a los lores Hartwell y Warrington porque sabía que el hermano de lord Stratford lo chantajeaba. Y sospecho que lo mantiene prisionero en su propia casa.

—¡Prisionero! —exclamó el señor Chant.

—Pero, si el señor Lewis ya ha revelado sus cartas, entonces…

Ah, pero Frederick podía divulgar mucho más, pensó con náuseas, al recordar la carta. Esa jugada debía haber tenido como objetivo demostrarle a James lo decidido que estaba a destaparlo todo.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Notley—. ¿La revelación de lord Stratford significa que no publicará el siguiente volumen?

Porque era un lugar bastante extraño para dejarlo al final del cuarto, ¿no?

¿Con el doctor Caruthers acercándose a sir Weston con aquel amenazador tornillo de madera de boj, a punto de operarlo?

Hartwell carraspeó.

—No creo que fuera una operación lo que iba a realizar.

Notley frunció el ceño.

—Pero sir Weston se quejaba de una dolencia para la que no había cura.

Y el doctor Caruthers dijo que estaba ansioso por echar un vistazo, pero que necesitaría usar el tornillo de boj para mantener abierto el conducto de Weston.

Aunque era un poco extraño que Weston se diera la vuelta y se colocara sobre la mesa, porque ¿no sería difícil para el médico introducírselo en la boca si…

? —Notley se detuvo de repente—. Oh, sí, ya veo.

El señor Rivingdon tragó saliva.

El señor Fernside, el cirujano, miró hacia abajo.

—Parece una forma extraña de realizar una cirugía.

Harold cerró los ojos y recordó la dorada tarde primaveral en la que James le había leído ese capítulo.

Harold no tenía suficientes conocimientos médicos para saber qué era un tornillo de boj, pero James lo había descrito en el papel con inquietantes detalles: un grueso tornillo de madera con una base acampanada y un extremo cónico, diseñado para mantener abiertas las vías respiratorias de una persona durante una operación.

Aunque en el caso del pobre Weston, se utilizaría para abrir un orificio diferente.

Harold bromeó diciendo que deberían conseguir uno y ver si la escena se podía llevar a cabo en la realidad, y James se estremeció y se rio, diciendo que eso superaría incluso su capacidad para soportar el dolor.

El señor Chant se inclinó hacia delante.

—Señor Granger, usted ha dicho que cree que el señor Lewis tiene prisionero a lord Stratford.

Harold asintió con la cabeza, mientras trataba de ordenar sus pensamientos.

—Sí. Pretende utilizar Diarios de una doncella para que J… Para que declaren a lord Stratford enfermo mental. Hay un médico que dirá que es así, el doctor Paar.

Los señores Notley y Rivingdon jadearon al tiempo y, si Harold no se equivocaba, en armonía.

—Pero ¿lo mantiene prisionero en Stratford House? —preguntó Hartwell—. ¿Y por qué lord Stratford no pide ayuda desde una ventana?

Warrington le dio un codazo.

—El chantaje, querido.

—Ah, sí, claro. Pero, como decía él, Lewis ha llevado a cabo su amenaza con antelación. Entonces, ¿qué impedirá ahora a lord Stratford…?

—Hay más —explicó Harold con voz hueca. Supuso que, si aquellos hombres iban a comprender la gravedad de la situación, debían saber la verdad. Pero no se le ocurría qué decir.

Lord Christmas lo observó con atención.

—Bueno, eso explica muchas cosas —dijo, como si Harold lo hubiera contado todo.

—¿Qué explica qué? —Hartwell miró a lord Christmas y a Harold.

Harold habló en voz baja.

—Lord Stratford y yo estamos enamorados.

Se oyeron algunas exclamaciones de sorpresa y un murmullo general.

—Dios mío —exclamó lord Soulden en voz alta—. ¿Están enamorados? Parece que lord Stratford ha estado abusando de su posición.

Harold no consideró prudente asegurar al grupo que era él quien abusaba de lord Stratford.

—No es así —dijo con firmeza—. Nos queremos.

—Pero seguro que el señor Lewis no lo sabe —preguntó Rivingdon.

—Sabe que hemos mantenido una aventura. Su próximo paso será revelarlo.