Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Junian, querido muchacho. —Slyfeel lo agarró por la manga y lo arrastró a un rincón oscuro.

Junian se retorció, tratando de liberarse en vano.

—¡Mi señor! ¡Es el funeral de mi padre! ¡Qué descaro!

Slyfeel deslizó una mano hasta el pene del chico y lo agarró. Ya estaba duro.

—Si tu padre no me hubiera desafiado absurdamente a un duelo, quizá nos estaríamos viendo en circunstancias más agradables.

Junian jadeó y echó la cabeza hacia atrás.

—¡Mi señor! ¡Usted…! ¡No debemos!

Él sonrió con aire burlón y dio un paso atrás.

—Lo visitaré más tarde, lord Grantham, para darle el pésame a usted y a su querida madre.

Silbando, salió de la iglesia.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN IV

H arold caminó durante un rato hasta que su mente se calmó lo bastante como para poder pensar.

E incluso entonces sus pensamientos no le resultaron muy útiles.

Al final, terminó cerca de Grosvenor Square, donde James le había dicho que vivía lord Warrington.

James había hablado bien de lord Warrington, lo cual era un pequeño milagro, ya que era raro que conociera a alguien que le gustara lo suficiente como para hablar bien de él, y Harold estaba tan desesperado que decidió poner sus esperanzas en ese milagro.

Habló con un sirviente en la calle, que le indicó la casa correcta, y poco después llamaba a la puerta, y preguntándose un poco tarde, si no debería haber utilizado la entrada trasera de servicio.

La expresión del lacayo que abrió la puerta parecía sugerir su opinión al respecto. Miró a Harold de arriba abajo con desaprobación.

—Me llamo Harold Granger —anunció él—. Soy el encargado de las caballerizas de lord Stratford. Deseo hablar con lord Warrington sobre un asunto relacionado con un caballo que va a comprar.

Esperaba que la mentira le permitiera entrar.

El lacayo no tuvo oportunidad de responder antes de que una voz retumbara desde algún lugar detrás de él.

—¿Quién es, Stevens? Si es mi padre, dile que estoy demasiado ocupado para que me desherede esta noche y que tendrá que venir mañana a decírmelo.

Si es el padre de Warry, dile que nos dirigimos al club y que puede reunirse con nosotros allí para cenar.

Espera. Si es mi padre, comprueba si estoy desheredado. He perdido la cuenta.

—No es su padre, milord —respondió Stevens, y añadió en voz baja—: y yo nunca le diría nada de eso a Su Excelencia.

—Volvió a alzar la voz—. Es un hombre que desea ver a lord Warrington, milord, por un asunto relacionado con un caballo.

—Se volvió hacia Harold y le dijo con tono significativo—: Aunque es bastante tarde para que venga a visitarlo.

Harold oyó pasos que se acercaban y, de repente, un hombre se alzó junto al lacayo.

Era alto, apuesto y, al parecer, estaba inmerso en una valiente lucha por atarse la corbata.

O… no era precisamente una corbata, sino un cuello de encaje que le daba un aire pirata.

Lo soltó y el encaje cayó en ondas por su pecho. Señaló a Harold con el dedo.

—No. No más caballos. Es un hombre con un solo trasero. ¿Cuántos caballos necesita? La semana pasada le compré una maldita cabra porque «su cara es muy bonita, marido». Y también porque está intentando poner celoso a su primo, que tiene una oveja.

—El señor Granger es un hombre de lord Stratford, mi señor —dijo Stevens.

—¡Oh! Entonces, ¿se trata de los caballos que ya estamos comprando? —preguntó él.

—Sí, mi señor —respondió Harold.

—Entra, pues. —Apartó al lacayo de un empujón—. Entra. Granger, ¿verdad? Soy Hartwell.

Otro hombre bajó ruidosamente las escaleras mientras Hartwell acompañaba a Harold al interior de la casa. Este era más joven que el primero, rubio y con una expresión amable y tímida que le recordó un poco a James.

—¿He oído algo sobre un caballo?

—Aquí está. —Hartwell sonrió al joven—. Mi marido, Warry. —Dijo la palabra «marido» con tal orgullo y alegría que Harold sintió una punzada de envidia—. Este es Granger, criado de Stratford.

Warrington se agarró al poste de la barandilla al pie de la escalera.

—¿Le ha pasado algo a Dodger? ¿O a Thistle?

—Yo… —Harold miró al lacayo—. ¿Puedo hablar con usted en privado, milord?

Warrington intercambió una mirada con Hartwell.

—Sí, por supuesto.

Hartwell los condujo a un salón y él cerró la puerta tras ellos.

—¿Ha pasado algo con los caballos? —preguntó Warrington.

—No —respondió él, y tragó saliva—. No, milord.

Sintió el peso de las últimas horas abrumándolo y apretó los puños.

Deseaba sentarse, pero los mozos de cuadra no se sentaban en los salones de los señores.

Era una maravilla que estuviera allí de pie, en lugar de haber sido echado a la calle por su descaro.

Se obligó a recordar que a James le gustaba Warrington y que, si bien la timidez de James lo había obligado a observar a las personas desde la distancia en lugar de interactuar, también lo había dotado de una gran perspicacia.

Era un excelente juez del carácter humano.

Pero, por Dios, si alguno de los dos se equivocaba, James nunca se lo perdonaría.

—Los caballos están bien. —Harold enderezó los hombros—. Es lord Stratford quien me preocupa.

—¿Qué le pasa a Stratford? —exclamó Hartwell—. Lo vimos anoche en el baile y estaba de muy buen humor. Bueno, tan de buen humor como nunca lo había visto.

—Estaba bien —asintió Warrington—. ¿Qué ha pasado para que cambie eso? Espero que no se haya vuelto a caer de Dodger.

—No, él… —Harold se pasó la mano por la frente.

—¡Por el amor de Dios, siéntate, hombre! —exclamó Hartwell—. ¡Parece que has visto un fantoche!

—Un fantasma —apuntó Warrington con tono amable—. Se dice que es como si hubieras visto un fantasma.

Hartwell frunció su hermosa frente.

—Estoy seguro de que es «fantoche».

—¿Acaso sabes lo que es un fantoche?

—No, pero suena a algo con estilo —dijo Hartwell—. Morgan estaría de acuerdo conmigo.

Warrington suspiró.

—Por favor, señor Granger, siéntese.

Harold lo hizo.

Warrington y Hartwell se sentaron frente a él, y Warrington puso la mano sobre la rodilla de su marido. El rostro de Warrington era el vivo retrato de la preocupación mientras se inclinaba hacia delante.

—¿Qué le ha pasado a Stratford, señor Granger?

—He intentado verlo —respondió Harold—, y su hermano, el señor Frederick Lewis, ha encontrado un médico que dirá que está loco. El señor Lewis pretende arrebatarle Eavesmore a Ja…, a lord Stratford.

—¿Qué? ¿Loco? ¡Stratford no tiene ni un ápice de locura! —exclamó Hartwell, boquiabierto.

Harold asintió.

—El médico dirá lo contrario, milord. No permitirá que nadie vea a Su Excelencia, y me temo que el señor Lewis le hará firmar todo tipo de documentos que lo harán renunciar a sus derechos sobre Eavesmore y a su propia libertad.

—Pero ¿por qué? —preguntó Warrington frunciendo el ceño—. ¿Por qué iba él a firmar esos documentos?

Harold tragó saliva.

—Porque el señor Lewis ha descubierto ciertas cosas sobre Su Excelencia que causarían un escándalo si se dieran a conocer entre la alta sociedad.

—¡Oh! —exclamó Hartwell—. ¡Chantaje!

Warrington frunció el ceño.

—Nosotros… tenemos cierta experiencia en eso.

—Sí —dijo Hartwell—. Gale nos ayudó. Christmas Gale.

Ese hombre puede resolver cualquier caso, aunque no se los debe llamar casos.

Deberíamos pedirle a Gale que ayude a Stratford.

Ah, y a Aumont y Darling también. Y si traemos a Aumont, bueno, debemos incluir a Soulden, ya que a uno no le gusta que lo vean tomando partido cuando las cosas aún están un poco delicadas entre ellos. Y Soulden es un espía, así que…

—No deberíamos mencionar eso —señaló Warrington.

—¡Oh! Bueno, el señor Granger no parece francés —dijo Hartwell—. No eres francés, ¿verdad, Granger?

—No, milord.

—Ya lo ves. —Hartwell parecía muy satisfecho—.

Y si Gale participa, por supuesto, Chant también vendrá, así que hay que invitar a Fernside, o Soulden se preguntará por qué su caballero es el único que no ha sido incluido.

Ah, y a Notley y Rivingdon también, porque se ponen insoportables si se pierden algo.

Sé que Morgan es tu primo, querido, pero ¿lo oíste quejarse de que no le invité a jugar al billar?

La única razón por la que no lo invité fue porque se había ido a orinar.

—William. —Warrington le clavó los dedos en la rodilla—.

Antes de invitar a todo nuestro círculo a ayudar a lord Stratford, ¿no sería útil saber por qué motivos lo están chantajeando?

—Dirigió la mirada a Harold—. Le doy mi palabra de que no saldrá de esta habitación, pero, para ayudar, debemos saber qué está en juego.

Harold buscó en la expresión de Warrington y no encontró nada más que preocupación y simpatía.

Aun así, dudó. Si confiaba en la persona equivocada y los secretos de James se daban a conocer, ¿cómo podría perdonarse a sí mismo?

No podía soportar ser la causa de su ruina y, sin embargo, no podía quedarse de brazos cruzados.

Pensó en James hablando de Warrington como un amigo y asegurar que Dodger respondía tan bien a él.

Y si había una bestia más desagradable y desconfiada en la faz de la tierra que Dodger, Harold aún no la había conocido.

A James le gustaba y confiaba en ese hombre.

Dodger también. Y si Harold no era lo bastante valiente como para confiar en sus propios instintos, tal vez podía confiar en los de ellos.

—Él… —Tragó saliva—. Su Excelencia escribió un libro.

—¡Oh, qué ingenioso! —exclamó Hartwell con entusiasmo—. Siempre está garabateando, ¿verdad? ¿Deberíamos haber oído hablar de él?

—Creo que todo Londres lo conoce —expuso Harold—. Se titula Diarios de una doncella .

Warrington se quedó sin aliento y abrió mucho los ojos.

—¡Dios mío! —dijo Hartwell—. ¡Qué sorpresa! Los hemos leído más de una vez, ¿verdad, Warry?

Warrington se sonrojó y tosió discretamente en la manga.