Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Pasó un rato antes de que la llave girara en la cerradura.

Una criada, en lugar de Edward, dejó una bandeja con té y retiró la de la cena, que James no había tocado.

James esperaba que la razón de la presencia de la criada fuera que Edward estaba ocupado en otra cosa.

Esperaba no haber metido al chico en ningún problema con su hermano.

—El señor Lewis está de camino, milord —murmuró la criada. ¿Una advertencia? ¿O una forma de cortesía?

Poco después, Frederick entró en la habitación. Dejó que la criada se marchara y cerró la puerta con fuerza. James se puso de pie sin quererlo. No quería parecer a la defensiva, pero no le gustaba la idea de sentarse mientras Frederick estaba de pie.

—Ah, bien. Té. —Frederick se dirigió al servicio y se sirvió una taza.

James se dio cuenta de que había dos teteras distintas y de que su hermano las había examinado durante un momento antes de elegir una.

Sirvió una segunda taza de la otra tetera y lo miró—.

Me han dicho que no has tocado la cena. Al menos toma un té, James.

Debemos mantener una apariencia de normalidad.

—No quiero té.

Él se encogió de hombros.

—Muy bien. —Se quedó de pie junto a la pared y sorbió de su taza—. He tenido una visita muy interesante.

James no respondió, solo miró a su hermano con los dedos flexionados a los lados.

—Ha sido bastante desconcertante. Después de la conversación, deseaba un poco de oporto para calmar mis nervios, así que he intentado llamar al joven lacayo. Pero me han dicho que se había ido a las caballerizas. —James sintió un nudo en el estómago, pero siguió sin hablar.

»Por supuesto, a su regreso le he preguntado por qué se había ido cuando le había dicho que no saliera de la casa.

¿Y sabes lo que me ha respondido? —James lo sabía muy bien—.

Que le habías pedido que le entregara un mensaje a Fisher diciendo que no debía montar a Dodger.

—Frederick dio un largo sorbo a su té, dejó la taza en el platillo y la colocó sobre el escritorio.

Dio un paso hacia James, y este resistió el impulso de retroceder.

»No estoy seguro de que entiendas cómo funciona esto, hermano.

Creía haberte explicado la situación con mucha claridad, pero estoy dispuesto a hacer una excepción por el hecho de que siempre has sido bastante torpe.

Ya no das órdenes. Intenta socavar mi autoridad de nuevo, y habrá graves consecuencias.

Tal y como están las cosas, el chico ha sido castigado.

—Una leve y hueca sonrisa se dibujó en el rostro de Frederick al ver cómo James se estremecía—.

Estoy seguro de que te sientes muy mal al saberlo.

Dado que sientes tanto afecto por tus sirvientes.

La rabia hizo que los músculos de James se tensaran. Quizá mereciera la pena ser el centro del escándalo de la década si con ello podía asestar un buen golpe en la cara de su hermano.

—De hecho, la visita que he recibido ha sido de Granger —continuó Frederick en tono conversacional.

James se quedó inmóvil. No sabía si la esperanza o el miedo le invadieron el corazón primero.

¿Había ido Harold?—. Estaba preocupado por lo que te ocurría.

Un comportamiento bastante sorprendente en un sirviente, diría yo.

Abandonar su puesto, venir a Londres sin que se lo haya invitado, como si fuera su deber cuestionar cuánto tiempo te quedas en la ciudad.

—Su corazón latía tan rápido y con tanta fuerza que le preocupaba que Frederick pudiera oírlo.

»Pero decir que le has permitido demasiadas libertades a lo largo de los años parece un eufemismo. Así que déjame asegurarte que lo he despedido de su puesto. Y le he contado lo de la joven del baile de anoche.

El horror de James dio paso a la confusión.

—¿Del baile?

—La chica Campbell. La mujer para la que compraste el vestido.

Le conté lo enamorado que estabas. Cómo tú y yo incluso habíamos hablado de tu matrimonio.

—Frederick se movió y deslizó las manos en los bolsillos de sus pantalones—.

No sé qué tipo de pelea de enamorados tuviste con Granger antes de irte y, la verdad, no me importa.

Pero Granger parecía bastante sorprendido al saber lo rápido que lo habías dejado y habías encontrado a otra persona.

Ha dicho que no volvería a buscarte. Aunque no estoy seguro de por qué estaba tan molesto.

Seguramente debe saber que tú y él nunca podríais…

James actuó sin pensar, agarró la segunda taza de té y la estrelló con fuerza contra la cabeza de Frederick.

El té no estaba hirviendo, pero James notó al salpicarle la manga que aún estaba bastante caliente y que desprendía un olor extraño.

La taza se rompió en tres pedazos y James se quedó con el más grande en la mano.

Frederick gritó y se frotó la cara y el cuello, donde el té le había quemado la piel.

Sus ojos inyectados en sangre ardieron primero por la sorpresa, luego por la traición y, por último, por la furia.

Se abalanzó sobre James, que tiró el fragmento de taza a un lado para agarrar a su hermano y lanzarlo contra el aparador, casi haciendo que el servicio de té y la lámpara Argand se estrellaran contra el suelo.

La pelea duró poco, ya que Paar entró con rapidez y ayudó a Frederick.

Obligaron a James a arrodillarse y Frederick le echó la cabeza hacia atrás tirándole del pelo mientras Paar le pellizcaba la nariz hasta que jadeó en busca de aire.

Levantó la segunda tetera y le echó un poco directamente en la boca.

Le quemó la parte posterior de la lengua y la garganta.

Láudano, se dio cuenta James. Eso era lo que hacía que el té oliera raro, por eso había dos teteras. Paar lo sujetó mientras Frederick le daba un par de golpes, uno en la mandíbula y otro en la nariz. La sangre le corría por los labios, Paar le tiraba del pelo y de la parte trasera de la bata.

—Intente tener paciencia, señor —le dijo el médico a Frederick—. Su estado es grave.

—¡¿Paciencia?! —gritó Frederick—. ¡Ha intentado quemarme la cara, maldita sea!

Sin embargo, se enderezó la chaqueta y siguió a Paar con más calma hasta la cama, donde el médico empujó a James sobre el colchón.

James tuvo una visión aterradora del médico quitándole la bata para examinarlo de todas las formas dolorosas y humillantes posibles.

Recordó el examen que le había hecho el amigo del señor Chant, Fernside, cuando Dodger lo había tirado al suelo.

Fernside había sido muy cuidadoso con él y, aun así, James había temido ahogarse en su propio pánico.

De repente, la amenaza de las manos de Paar sobre él le pareció peor que cualquier amenaza que pudiera hacerle Frederick.

Se debatió, luchó desesperado incluso cuando su cabeza se nublaba y sus músculos se relajaban por el efecto de la droga.

La sangre goteaba sin cesar por la parte posterior de su garganta quemada mientras sus ojos se cerraban.

En cuanto los abrió a la fuerza un poco después, dos imágenes borrosas de su hermano nadaban ante él. Frederick estaba hablando y James se obligó a escuchar.

—Recuerda, hermano —dijo Frederick—, cuando los periódicos empiecen a circular, que tú has elegido esto.

«Tú has elegido esto».

Las palabras resonaron en la cabeza de James mientras, por fin, misericordiosamente, se quedaba dormido.