Capítulo 13 #2
Harold caminó con él hacia la parte delantera de la casa, pasando por un amplio comedor, hasta una habitación que tenía vistas a la plaza. El mayordomo abrió la puerta y entró antes que él.
—El señor Granger, señor.
La habitación era una biblioteca. Oh, debía ser la habitación favorita de James en la casa; Harold lo sabía incluso sin haber visto ninguna de las demás.
James nunca era más feliz que cuando estaba rodeado de libros.
Y esa habitación estaba llena, un tesoro para un hombre con la pasión por la lectura como James.
Frederick estaba recostado en un diván verde en el centro de la habitación, sin ropa, con una bata de seda atada alrededor. Había un tipo rubio sentado en una silla frente a él.
—Ah. —Frederick esbozó una sonrisa sutil y cómplice—. ¿Algo relacionado con los caballos te ha traído aquí, a Londres, con urgencia, como si el diablo te hubiera prendido fuego al trasero?
—Sí, señor. Si pudiera hablar con su hermano, entonces…
—Oh, no volverá a hablar contigo —dijo Frederick.
Sacó un papel del bolsillo de su bata y lo desplegó.
Agitó la mano como un actor a punto de pronunciar un monólogo—: «Mi querido Harold, cuánto te he echado de menos.
No importa el tiempo que llevemos separados; cada minuto me parece una eternidad».
—Sonrió con aire burlón—. Empieza bien, ¿verdad?
Tiene bastante facilidad de palabra, nuestro querido James.
Por supuesto, muy pronto cae en una depravación que haría sonrojar incluso a lord Byron, pero eso es de esperar, supongo, del autor de Diarios de una doncella .
Harold sintió una oleada de frío miedo y un dolor como una herida abierta. Si hubiera bajado la mirada y hubiera visto que Frederick le había arrancado el corazón de la jaula de sus costillas y lo sostenía chorreando en su puño, no se habría sorprendido.
Frederick resopló y dobló la carta. La guardó en su bolsillo.
—Por supuesto, tú no eres el único a quien mi hermano profesa afecto. Hay una mujer que le ha llamado la atención, ¿lo sabías? —Sonrió con aire burlón ante el silencio de Harold —. Apuesto que a ti no te compra regalos tan caros como a esta mujer con la que pretende casarse.
Si hubiera podido hablar, Harold habría llamado mentiroso a Frederick.
Y, sin embargo, una parte de él se detuvo a preguntarse qué era más absurdo: ¿la idea de que James viviera feliz para siempre en los brazos del jefe de caballerizas?
¿O que acabara sintiendo el peso aplastante de la expectativa de casarse y tener un heredero?
No creía ni por un instante que James tomara tal decisión sin avisarlo y, sin embargo…
y, sin embargo, James podía ser impetuoso cuando le daba la gana.
Incluso imprudente, aunque por lo general solo a puerta cerrada.
Si estaba convencido de que Harold lo había rechazado y había conocido a una mujer que le había llamado la atención…
Le enfermaba de pena solo pensarlo, aunque siempre se había dicho a sí mismo que podía suceder y que cada segundo con James era un segundo robado.
Pero la carta. Al principio, Harold solo había sentido miedo al saber que estaba en manos de Frederick, pero era una declaración de amor, de añoranza.
Y James nunca la habría escrito si creyera que su vínculo se había roto.
Su pecho se hinchó de esperanza y rabia al mismo tiempo.
James lo amaba. Y Frederick era un mentiroso.
—En fin. —Frederick volvió a hacer un gesto con la mano—. Por supuesto, tu puesto ha sido rescindido.
Harold levantó la cabeza con brusquedad.
—Eso solo lo decide el señor.
—El señor es una vergüenza para los Stratford —dijo Frederick con una mueca—. Y está demasiado enfermo para tomar decisiones.
—¿Qué quiere decir con enfermo? —preguntó Harold.
Él levantó las cejas.
—¿Escribir una obra tan depravada? ¿Declarar su amor por ti, su sirviente, y admitir deseos tan… desagradables? Mi hermano está loco, por supuesto. El doctor Paar lo ha examinado y lo ha confirmado.
—¿Loco? —rugió Harold.
Frederick se tapó un oído con la mano y se estremeció con dramatismo, como si Harold fuera un perro que ladraba.
—Sí. Mi pobre y loco hermano. No todo el mundo dejaría atrás una vida en la hermosa Viena para vivir en la lúgubre Inglaterra y asegurarse de que un hermano enfermo recibiera cuidados continuos. Pero yo no soy como todo el mundo.
—Es usted el mismísimo diablo —siseó entre dientes.
—Y tú puedes marcharte, Granger. Puedes enviar a alguien a Eavesmore a recoger tus pertenencias, pero, si vuelves a poner un pie dentro de sus límites, haré que te arresten. ¿Lo entiendes?
—Sí. —Harold forzó la palabra entre sus labios entumecidos.
Asintió con la cabeza, como un hombre respetuoso ante sus superiores, y salió por la puerta. Evitó mirar a Frederick y su cruel y burlona sonrisa. Y, antes de que los sirvientes que esperaban pudieran reaccionar, se lanzó por el pasillo en busca de las escaleras.
—¡James!
Los sirvientes lo atraparon antes de que subiera dos escalones y lo arrastraron de nuevo hacia abajo.
C uando por fin llevaron la bandeja de la cena, James se alzó del borde de la cama, donde llevaba horas sentado.
No prestó atención a la comida, sino que le pidió al lacayo, en un susurro que esperaba que no sonara desesperado, que le diera un mensaje a John en los establos para que el señor Lewis no sacara a Dodger bajo ninguna circunstancia.
El criado se movió incómodo, sin mirar a James.
Era el mismo muchacho que había tropezado delante de James semanas atrás y se había disculpado tanto que cualquiera habría pensado que había prendido fuego por accidente al príncipe regente.
—Yo… El señor Lewis dice que cualquier petición que haga debe serle comunicada a él, milord.
—¿El señor Lewis es el conde de Stratford? —preguntó James con frialdad, aunque su corazón latía con fuerza y tenía un sabor amargo en la garganta.
—No, milord. —La voz del muchacho tembló un poco—. Solo que… actúa en su lugar hasta que usted se recupere. Hay un documento del médico que lo dice.
—¿Cómo te llamas? —James suavizó el tono.
El criado tragó saliva con dificultad mientras movía con el dedo una taza de té en la bandeja.
—Edward, milord.
—¿Te parezco enfermo, Edward?
Edward seguía sin mirarlo.
—N-no, milord.
—¿Y sigo siendo conde?
—N…, quiero decir, sí, milord.
—Entonces, lleva mi mensaje a los establos de inmediato. No le digas nada al señor Lewis sobre mi petición, entrega el mensaje a John o a Fisher. ¿Entendido?
—Sí, milord —dijo Edward en voz baja.
—Cuando lo hayas hecho, quiero que localices a lord Warrington, en Brook Street. Dile que venga a Stratford House lo antes posible para hablar de la venta de los caballos.
Tal vez fuera un esfuerzo inútil, pero si él iba allí para solicitar una audiencia con James, tal vez Frederick cediera y permitiera la reunión.
Al fin y al cabo, dejar que James completara la venta significaría que Warrington no volvería a molestar a Frederick.
Frederick insistiría en estar al tanto de la reunión, por supuesto, pero tal vez hubiera alguna forma de que James le hiciera una señal…
¿Y hacerle saber qué? ¿Que estaba cautivo por su hermano hasta que pudiera ser puesto bajo el cuidado de un médico porque había escrito una obra depravada de literatura erótica y había mantenido una aventura amorosa durante ocho años con su sirviente?
Warrington lo despreciaría, al igual que todos en Londres cuando se enteraran. Si se enteraban.
Quizá podría insistir en hacer de buen anfitrión y acompañar a Warrington a la salida, y Frederick, que no querría montar una escena delante del joven lord, se lo permitiría, y James podría huir.
Pero se encontró con el mismo problema que tenía con cada uno de sus vagos planes.
Incluso si huía de Stratford House, incluso si lograba transmitir su difícil situación a algún benévolo y comprensivo lord, caería en desgracia como consecuencia.
No importaba si escapaba, porque cualquier intento de fuga terminaría con su nombre en los periódicos y con la declaración pública de Frederick de que estaba loco.
—No puedo, mi señor. —Edward miró hacia la puerta y James vio a Paar sentado en una silla justo fuera—. No puedo salir del recinto sin el permiso del señor Lewis.
James observó cómo Paar se movía en la silla. ¿Cuánto tiempo creía Frederick que podría mantener esa situación? ¿James encerrado, Paar haciendo guardia, los sirvientes intimidados y sometidos?
—Muy bien —murmuró—. Solo lleva el mensaje a los establos. Lo harás, Edward, ¿verdad?
El chico asintió con un movimiento brusco.
Una vez que Edward se hubo marchado, James se sentó en el escritorio y se quedó mirando la pared.
Se sentía apático, separado de sí mismo.
Quizá pudiera esperar hasta que Frederick insistiera en que lo acompañara a algún evento social y fingir estar enfermo una vez fuera.
Frederick lo arrastraría de vuelta y lo sometería a las dudosas atenciones de Paar, pero, si se mostraba lo bastante enfermo en público, ¿no habría alguna posibilidad de que lo pusieran al cuidado del médico más cercano?
Y Frederick no podría acusarlo de violar su acuerdo, ya que no se le podía culpar por estar enfermo.
Suspiró, larga y profundamente.
Por supuesto que Frederick lo culparía, sabría que era una estratagema.
En algún momento, oyó que Paar bajaba las escaleras. Los ruidos de abajo indicaban que había un visitante en Stratford House, y su corazón volvió a latir con fuerza, lo suficiente como para provocarle una oleada de náuseas. ¿Quién podría haber llegado? ¿Y estaría buscando a James o a Frederick?
Al no poder averiguar nada más, volvió a mirar la pared. Al cabo de un rato, oyó a Paar volver a su puesto y, de vez en cuando, el médico se movía o carraspeaba.