Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 13
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Capítulo 13

—Nos volvemos a encontrar —saludó Slyfeel.

—No puedo imaginar qué tienes que decirme —dijo ella con rigidez.

—¿Por qué demonios crees que puedes resistirte a mí? Nadie más lo ha hecho.

—¡Oh, pobre Slyfeel! ¿Cómo vas a vivir sabiendo que nunca podrás meterme la polla?

—Ah, pero lo haré —indicó él—. No lo dudes ni por un momento.

​— ​DE DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN V

L a última vez que Harold había estado en Londres, James y él habían ido a ver un capón, de cinco años y de buen pedigrí, pero enseguida se dieron cuenta de que tenía las patas arqueadas y de que su grupa era demasiado inclinada.

James lo había llevado a dar una vuelta por el parque, pero le pareció que su andar era discordante, y se había sentido decepcionado, aunque Harold no estaba seguro de si era porque la conformación del animal no era la adecuada o porque él no había accedido a comprarlo.

Harold había sugerido que no desperdiciaran el viaje a la ciudad y habían paseado por el parque durante varias horas, deteniéndose para ver un espectáculo con marionetas y acróbatas.

James había parecido interesado durante un rato, pero al final se había acercado tanto a él que casi se tocaban, y Harold había comprendido que el ruido del parque comenzaba a afectarle.

Había llevado a James de vuelta a Stratford House y se había dirigido a las caballerizas para ayudar a Fisher, el mozo que supervisaba los establos de Stratford en la ciudad.

Tras terminar su trabajo, se fue por su cuenta a explorar, dejando que el bullicio de la ciudad lo inundara.

Observó los colores que giraban a su alrededor: los radiantes destellos de los vestidos de las damas y los abrigos de los caballeros contra el cielo gris, los letreros pintados de las tiendas, las palomas que salían volando de los aleros.

A él le habría gustado ir al Anfiteatro de Astley y ver una de las actuaciones ecuestres de Ducrow, e imaginó que a James también le gustaría.

Pero qué espectáculo tan extraño: el conde de Stratford en el anfiteatro en compañía de su mozo de cuadra.

Nunca se sentarían juntos en un palco en Sadler’s Wells o en Haymarket.

Nunca podría acercarse, en la intimidad de ese palco, y acariciar a James hasta el final a través de sus pantalones mientras este intentaba permanecer en silencio y aparentar que veía el espectáculo.

No había mucho que pudieran hacer juntos en la ciudad y, aunque lo hubiera habido, James no tenía ningún deseo de salir de Stratford House por ningún motivo que no fuera montar a caballo.

Al amanecer del día siguiente, regresaron a Eavesmore.

«Siempre me ha dicho quién es —pensó Harold mientras guiaba a Bellwether hacia Londres—.

¿Qué derecho tenía yo para pedirle que hiciera algo distinto o fuera diferente?

¿Para aconsejarle que viajara a una ciudad que desprecia con un hombre en el que no confía, solo porque yo quería que prosperara en algún lugar fuera de esa cabaña?

Si le ha pasado algo, será mi culpa y solo mía».

Harold había salido de Eavesmore más tarde de lo recomendable: las carreteras eran peligrosas después del anochecer, sobre todo cerca de Londres.

Bellwether era un compañero de camino seguro, pero Harold temía los baches y los surcos.

Londres era un lugar sin ley por la noche, y sus alrededores aún más.

Desde no hacía mucho tiempo los bandoleros de caminos eran el azote de Wimbledon Common.

Aun así, llegó a la ciudad sin incidentes al caer la tarde y se dirigió a Hanover Square.

Estaba casi oscuro cuando llegó, y el resplandor de los faroles proyectaba charcos de luz sobre los adoquines de la carretera.

Llevó a Bellwether por el estrecho callejón que conducía a las caballerizas situadas detrás de la hilera de casas que incluía Stratford House, y se detuvo primero para dejar pasar un carruaje.

En cuanto llegó a las caballerizas, llamó con suavidad a la puerta. Un momento después, John la abrió con rapidez, y una ráfaga de aire cálido, que olía a heno y caballos, como de costumbre, salió del pasillo.

—¡Señor Granger! —exclamó el chico—. ¿Qué hace aquí? —Luego recordó sus modales—. Quiero decir, ¡buenas noches!

Harold le entregó las riendas de Bellwether y lo siguió al interior, hasta los establos.

—¿Has visto hoy al señor? ¿Se encuentra bien?

—No lo he visto —respondió John—. La última vez que lo vi fue anoche, bueno, esta madrugada, cuando el señor Lewis y él volvieron a casa después de un baile. Estaban muy elegantes. Y hoy el señor Lewis se ha llevado a Dodger.

—¿Qué? —James nunca lo habría permitido. Dodger era demasiado temperamental y Frederick no estaba en condiciones de montarlo. ¿Y James, en un baile hasta la madrugada?

—¡Y ha vuelto cubierto de barro! —exclamó John—. El señor Lewis, no Dodger.

Se oyó un ruido arriba, en las modestas habitaciones donde vivía el mozo de cuadra. Harold se había quedado a veces en una de las estrechas habitaciones pensando en James, al otro lado de la calle empedrada de Stratford House.

—¿John? —gruñó una voz.

—¡Es el señor Granger! —respondió John—. De Eavesmore.

Fisher bajó las escaleras pisando con fuerza. Era un tipo decente, aunque manejaba mejor los caballos que la ginebra. Entrecerró los ojos para mirar a Harold, con la vista nublada, y se peinó la barba erizada con los dedos.

—Granger. ¿Qué haces aquí? El señor debe estar buscando un par de caballos más, ¿eh?

Hace bien en escucharte. Un hombre inteligente sabe cuándo aceptar un consejo.

Y hay muchos hombres que se creen inteligentes y han perdido una fortuna por no escuchar a aquellos que consideran inferiores.

—Le dio una palmada en la cabeza a John—.

Recuerda eso, muchacho. El señor es un buen hombre.

—Sí, señor Fisher —dijo John, y llevó a Bellwether al establo vacío más cercano.

Harold se apoyó en la puerta y observó a John trabajar, con la mente a mil por hora.

No creía ni por un segundo que James hubiera permitido que Frederick sacara a Dodger.

No cuando Frederick no podía controlarlo y no cuando estaban a punto de vender el animal.

James, a pesar de que algunas personas lo consideraban tímido, tenía una voluntad de hierro si se trataba del cuidado de sus caballos.

No, algo muy extraño pasaba en Stratford House, y Harold no podía quitarse de la cabeza la imagen del retrato destruido y lo que podía significar.

—¿Has comido? —preguntó Fisher—. El chico y yo sí. Tu cochero de Eavesmore, Finch, se ha zampado la cena en unos minutos y luego se ha ido a buscar un pub . —Resopló—. John, cuando termines, ve a la casa y mira a ver qué puede encontrar la señora Dowling para el señor Granger. Ella preparará algo.

La cocinera, recordó Harold. Una mujer de rostro adusto que nunca sonreía, pero cuyas comidas eran abundantes y sustanciosas. Se enderezó.

—No hace falta enviar a John. Iré yo mismo.

Cruzó la estrecha calle que separaba los cobertizos de la parte trasera de las casas de la plaza.

La noche era oscura y apenas había luz que lo guiara, salvo la que se filtraba por las ventanas de la casa.

Pero el camino era recto y estaba bien cuidado, y Harold no tuvo dificultad en encontrar la puerta trasera y las escaleras que conducían a la cocina del sótano.

Llamó a la puerta y le abrió un hombre corpulento que lo fulminó con la mirada.

—Soy Granger —dijo Harold—. El encargado de las caballerizas de Eavesmore.

El hombre se enderezó.

—Oh. No sabíamos que iba a venir.

—No —dijo Harold—. Necesito ver al señor. Es sobre sus caballos, y es un asunto urgente.

Aparecieron más sirvientes.

—El señor no se encuentra bien —explicó uno, y su compañero lo hizo callar.

Harold entró en la cálida y radiante cocina.

—¿Qué quiere decir con que no se encuentra bien? —Apretó los puños; luchaba contra el impulso de empujar a los sirvientes y subir corriendo las escaleras para registrar cada maldito piso de la casa hasta encontrar a James.

—Granger, ¿verdad? —preguntó otro hombre.

Por su vestimenta, era más que un sirviente de cocina y demasiado mayor para ser un lacayo.

Quizá era el mayordomo. Las únicas interacciones de Harold con los sirvientes de Stratford House habían sido con los que trabajaban en las cocinas y con Fisher, de los establos.

Harold sabía cuál era su lugar y nunca antes lo había resentido: había llegado mucho más alto de lo que cualquiera hubiera pensado que podría hacerlo el hijo de un herrero en estado de embriaguez y, sin embargo, ahora lo veía igual que James.

Un maldito muro que los separaba. Estaba tan cerca de James y, a pesar de eso, no había forma de que aquel viejito de cara adusta le permitiera verlo.

—Lo siento, señor Granger, pero el señor se encuentra indispuesto y el médico ha dicho que no debe recibir visitas.

—¿El médico? —Dios, ¿era grave? No podía soportar pensar que estuviera enfermo. Necesitaría cuidados y querría que Harold estuviera allí—. Quiero verlo. O al señor Lewis, si no puedo ver al conde. Es urgente. Es sobre los caballos.

El mayordomo asintió con la cabeza y le hizo señas para que lo siguiera.

También se acercaron dos sirvientes.

Harold siguió al mayordomo hasta el sótano.

Las paredes estaban pintadas de blanco y había una luz radiante.

Pasaron por la sala de estar de las criadas y el salón de los sirvientes a la izquierda, y la despensa, el almacén y la sala de la vajilla a la derecha, antes de llegar a las escaleras.

El mayordomo iba delante y la sencillez del sótano dio paso a las paredes empapeladas, los techos altos y las elegantes molduras de la planta baja de la casa.

—Esperen aquí —ordenó el mayordomo, y Harold y los sirvientes se quedaron en lo alto de las escaleras, donde los había dejado. Tras unos instantes y una conversación en voz baja, regresó y volvió a hacerle una señal a Harold.