Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—¡Frederick, estoy intentando dormir! —gritó—. Vuelve más tarde.

—Ahora estás despierto. Y tengo que hablar contigo.

Las náuseas se alzaron en la garganta de James.

¿Qué podía ser tan urgente que Frederick tuviera que hablar con él?

Desató con prisa la cinta de raso y dejó que el vestido cayera a sus pies.

Lo dobló sin cuidado, lo volvió a meter en el papel marrón y empujó el paquete dentro del armario.

A continuación, se puso los calzoncillos, se enfundó una bata y se la ató con fuerza. Abrió la puerta con un seco golpe.

—¿Qué pasa?

Frederick lo empujó y dejó que James cerrara la puerta tras él.

—He tenido una tarde horrible.

Y así lo parecía. Tenía la chaqueta y los pantalones sucios, el rostro desencajado por el ceño fruncido y los hombros tensos.

Se dejó caer en la chaise longue junto al espejo sin importar que su ropa ensuciara el mueble, con los brazos suspendidos entre las rodillas abiertas.

James lo miró y la preocupación se impuso al enfado.

—¿Qué ha pasado?

—Bueno, para empezar, he ido a ver a un adivino y me ha dicho que mi suerte no iba a mejorar pronto. ¡Todo lo contrario!

James lo miró desconcertado.

—¿Estás enfadado porque el adivino de Vauxhall no te ha concedido la fortuna que deseabas?

—¡Ha dicho que volvería a pasar penurias!

James no sabía si hacer una mueca de compasión o reírse.

—Hermano, tú mismo dijiste que el adivino les dice a todos lo mismo, lo que quieren oír. Sus predicciones no tienen sentido. Son solo una broma.

—Exacto. Les dice a todos lo que quieren oír, excepto a mí. ¡Y la gente se ha reído! Ha hecho que todos se rieran de mí, James; ha sido horrible.

—Debes intentar olvidarlo.

Frederick levantó la vista con los ojos encendidos.

—¿Olvidarlo? ¿Cómo hacerlo, cuando la predicción de ese idiota empieza a cumplirse? Ese maldito caballo tuyo ha intentado arrancarme el brazo cuando me he subido por primera vez. Y luego, cuando Paar y yo volvíamos a casa, ese monstruo me ha tirado a un charco de barro. ¡Mi ropa está destrozada!

James estaba aún más confundido.

—¿Cuál de mis caballos?

—¡El gris que tanto te gusta! Es el mismísimo diablo. Le he dado una paliza que no olvidará fácilmente, pero…

—¿Te has llevado a Dodger? —rugió James, y su voz resonó en las paredes.

Frederick fulminó con la mirada a quien le hablaba.

—Sí. Quería ver cómo se comportaba. Y tú mismo has visto que soy un buen jinete…

James se abalanzó sobre él antes de pensar con claridad, lo arrastró fuera del sillón por la corbata y lo estrelló contra la pared. Frederick lo miró con los ojos muy abiertos y James le devolvió la mirada a través de una neblina roja.

—No tenías derecho a coger mi caballo. ¡Ningún derecho! Ya te dije que no podías montarlo y, además, ¡es para lord Warrington! Si lo has dejado cojo…

—¡No lo he hecho! —gruñó Frederick furioso—. Si acaso, ese maldito demonio me ha dejado cojo a mí.

James retorció el puño con el que le agarraba por el cuello hasta que Frederick se ahogó e intentó soltar la mano de su hermano. Él no se movió.

—¿Y te has atrevido a golpearlo?

—¿Atreverme? Si la bestia me hubiera roto el cuello, te importaría más si él seguía sano que el hecho de que yo estuviera muerto.

—Tienes toda la razón, lo haría —gruñó James.

Los ojos de Frederick se abrieron con sorpresa y un dolor tan profundo que James, por un momento, se arrepintió de sus palabras.

Aflojó el agarre y Frederick aprovechó la ventaja para empujarlo hasta el otro lado de la habitación.

Su hermano pequeño avanzó y se detuvo con brusquedad en el centro de la habitación con su ropa manchada, como un actor que gritaba sus líneas en un teatro casi vacío.

—Siempre me has despreciado. Todos estos años desde la última vez que te vi, me he dicho a mí mismo que no hablabas en serio cuando hablamos.

Que estabas enfadado. Que éramos hermanos y, por eso, sabíamos muy bien cómo hacernos daño el uno al otro.

Pero ahora veo que lo decías de verdad. —Sonaba casi tan desolado como enfadado—. Nunca me has querido. En absoluto.

—¿Por qué estás tan decidido a que te desprecie? —exclamó James—. ¿Por qué nunca has podido hacer lo que se te ha dicho? ¿Por qué, incluso ahora, te esfuerzas por provocarme? Podría haberte querido, si no hubieras sido siempre…

—Adelante, dilo. —Los ojos de Frederick se llenaron de lágrimas de repente, y James sintió como si le hubieran arrancado un pedazo del corazón—. Vuelve a decir que soy una carga. Una carga que no deberías estar obligado a soportar. Y te dejaré solo para siempre, te lo juro.

Esa vez, James no pudo contener los recuerdos.

Estaba de pie en el estudio de Eavesmore Manor, gritándole esas mismas palabras a Frederick.

Que era una carga. Que ningún hombre podía concentrarse en sus obligaciones con un niño tan rebelde y malhumorado a su cargo.

Oyó las palabras resonar en el estudio que había pertenecido a su padre, una habitación que en otro tiempo había sido una fuente de asombro para James, antes de convertirse en un lugar de insoportable tristeza.

Vio los ojos de un Frederick mucho más joven abrirse como lo habían hecho hacía un momento.

Vio lágrimas de ira y dolor en las mejillas del niño. Y él no se había disculpado.

Nunca se había disculpado.

Sería fácil repetir aquellas palabras. No estaba seguro de creer en la promesa de Frederick de dejarlo en paz para siempre, pero valía la pena intentarlo. Su pecho se agitaba y sentía la sangre caliente y afilada en sus venas, como si su corazón bombease agujas.

—Mamá y papá también lo pensaban, ¿sabes? —dijo Frederick en voz baja, con la voz entrecortada.

James lo sabía. Y de repente lamentó que Frederick hubiera visto esa verdad en los corazones de sus padres y en el suyo propio. Suspiró y dejó escapar el resto de su rabia.

—No lo diré.

—Porque eres un cobarde.

James no dejó que eso le doliera.

—Mamá y papá te querían. Y yo también.

Por un momento, pensó que esas palabras habían reconfortado a su hermano. Frederick bajó un poco los hombros y ya no parecía vibrar de ira. Pero esbozó una sonrisa burlona.

—Mentiroso. —Se adelantó—. Maldito mentiroso.

Empujó a James en el pecho. James lo empujó con más fuerza.

De repente, forcejearon con los brazos entrelazados y las frentes dolorosamente juntas.

Frederick le dio una patada en la espinilla, con tanta fuerza que la rodilla se dobló, pero no perdió el agarre.

Él clavó las uñas en los brazos de Frederick, lo que no sirvió de nada, ya que estaba vestido y James se las había mordido hasta dejarlas en carne viva.

Por fin, James lo apartó de un empujón, mucho más fuerte de lo que pretendía.

Frederick se tambaleó con violencia, se estrelló contra el escritorio de James y volcó el tintero.

James se dio cuenta demasiado tarde de que todavía había páginas de Diarios de una doncella esparcidas sobre el escritorio. Corrió hacia allí y se obligó a reducir la velocidad cuando comprendió de repente, con terror, que era demasiado tarde.

Frederick se había agarrado al borde del escritorio y se inclinaba sobre los papeles, entrecerrando los ojos para leer la letra de James.

Su hermano contuvo el aliento y volvió a respirar más despacio.

Levantó una página y la acercó a sus ojos.

James se sintió atrapado en una de esas pesadillas en las que no podía moverse ni hablar, una que se repetía con demasiada frecuencia.

Sintió una extraña necesidad de reír, pero el deseo se desvaneció de inmediato.

—¿Qué es esto? —preguntó Frederick.

En las fantasías que escribía en esas páginas, sus personajes eran mentirosos consumados, inteligentes y perspicaces, siempre preparados con la respuesta perfecta.

James no era nada de eso. Observó con creciente horror cómo Frederick hojeaba las palabras que había escrito, y cómo la comprensión se dibujaba en su rostro con cada párrafo incriminatorio.

—¡Oh! —La exclamación fue tan suave, como si hubiera olvidado su sombrero o se hubiera asustado por un pájaro, que James volvió a luchar contra la salvaje necesidad de reír. Frederick lo miró, los ojos tan abiertos como antes—. Por Dios, James. —Él no dijo nada.

»Oh, pero esto es… —Volvió a mirar las páginas, como para comprobar que las palabras seguían allí.

Y su boca se torció en algo que era una parodia de alegría—.

¡Oh, pero esto es perfecto! ¡James Lewis, el miembro más tímido y débil de la alta sociedad, es el autor de Diarios de una doncella ! ¡Es una depravación!

—Esa depravación pagó la ampliación de los establos —dijo James, sorprendido de que su voz no temblara.

Frederick se echó a reír de repente.

—¡Mi propio hermano, un libertino de la peor calaña! —Se llevó una mano a la boca—. ¡No, es perfecto! Dios mío. ¡Qué escándalo! Nuestros padres deben estar revolviéndose en sus tumbas.

James dio un paso hacia él.

—Devuélvemelas.

Frederick se giró, como si bailara.

—¿Hay más? ¿Tienes otras páginas escondidas por ahí? —Y antes de que James pudiera detenerlo, abrió de un tirón la puerta del armario—. ¿Qué demonios es esto?

James sintió que se le helaba la sangre en las venas cuando Frederick sacó el vestido. El papel marrón se cayó y aterrizó con un seco traqueteo en el suelo.

—¿Qué es esto? —preguntó de nuevo, sacudiendo el vestido—. ¿Para qué dama lo compraste? ¡Me dijiste que no tenías intención de casarte! ¿Es esa chica del baile? ¿La hija de Campbell? ¿Sabe ella de tus depravaciones?

Dios. Tenía en sus manos una página en la que lady Ada tenía un pene —Slyfeel había comentado lo delicioso que era— y, sin embargo, no se había dado cuenta. James estaba tan sorprendido por lo errónea que era la acusación de Frederick que se quedó indefenso ante ella.

—Mentiroso —escupió Frederick. No había alegría en su expresión, solo ira fría—. Maldito y traicionero mentiroso.