Capítulo 12
—¡Mi señor! —exclamó Buckmaster—. ¡Lord Grantham le ha enviado una carta en la que le comunica que tiene intención de retarlo a un duelo!
—¡Ah! —exclamó Slyfeel con alegría—. ¿Dice si es porque me acosté con su mujer, con su hijo o con los dos a la vez?
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN III
E l vestido llegó esa tarde, envuelto en papel marrón, y James se alegró de no haber llevado aún a Dodger a casa de lord Warrington —le había enviado una nota sugiriéndole que se vieran al día siguiente—, ya que se estremeció al imaginar el paquete entregado en manos de Frederick; su hermano podría haberlo abierto mientras esperaba su regreso.
James se lo quitó al trabajador de monsieur Verreau, le dio las gracias entre dientes, le ofreció una moneda y se lo llevó directamente a su habitación.
Cerró la puerta con llave y deshizo la cinta que ataba el paquete.
El vestido era tan hermoso como lo recordaba, incluso más, ya que monsieur Verreau había añadido al corpiño más de los abalorios que James había admirado y había eliminado parte del ribete de cinta que a James no le había gustado tanto.
El vestido era precioso, e imaginó cómo Harold lo adoraría con él.
Deseaba ponérselo, pero le parecía casi una burla llevarlo mientras su hermano menor estuviera en la casa.
En lugar de eso, se sentó en su escritorio y escribió a toda prisa sobre el deleite de Slyfeel al encontrar a Ada ante él con ese vestido después del baile de lady Wolston.
Cómo era severo y le ordenaba a Ada que se arrodillara y le desabrochaba los botones del vestido para que se deslizara por sus brazos, y cómo le azotaba los hombros desnudos con golpes secos y cuidadosos de la fusta, deteniéndose para trazar cada marca tenue con el cuero, hasta que Ada le suplicaba, se inclinaba ante él y se ofrecía para recibir unos azotes como era debido.
James estaba perdido en la fantasía, y solo se detuvo cuando le empezaron a dar calambres en la mano.
Dejó la pluma y se masajeó los dedos doloridos, y de repente se dio cuenta de lo tonto que había sido esos dos últimos días.
Qué terco. Había creído que Harold lo había insultado y alejado cuando no había hecho nada por el estilo.
James había oído lo que estaba decidido a oír, no lo que había dicho en realidad.
Harold afirmaba que le preocupaba que James no fuera del todo feliz en Eavesmore, y tal vez fuera así.
Quizá creía de verdad que de alguna manera frenaba a James, como si este fuera un águila desesperada por volar en lugar de un gorrión azotado por la tormenta que él sostenía en sus manos fuertes y capaces.
Pero resultaba fácil olvidar que Harold era un hombre bastante joven que había asumido una gran responsabilidad desde muy temprano, como James.
Harold, a pesar de su confianza y buen humor, no siempre estaba seguro, a veces tenía miedo.
Había cosas que quería y que sin duda le resultaban difíciles de expresar.
Quizá había confundido su incertidumbre sobre su propio lugar en el mundo con la preocupación por James.
Cuando regresara a Eavesmore, abrazaría a Harold.
Por una vez, él iniciaría el beso, lo desnudaría, lo cuidaría y lo abrazaría hasta que Harold se sintiera protegido.
Porque, claro, incluso los gorriones podían ser tercos.
James conocía su propio corazón, y Harold el suyo.
Todo lo que aún no sabían sobre sí mismos o sobre el otro era secundario en comparación con lo mucho que se amaban.
Y, por Dios, James se lo recordaría a Harold en cuanto llegara a casa.
Excepto que no podía esperar más.
Debería haberle escrito en cuanto había llegado. De repente, había tantas cosas que quería que supiera que temía olvidarlas si no las ponía por escrito. Aunque era probable que James llegara a Eavesmore antes que la carta, no podía pasar ni un momento más sin decir lo que tenía que decir.
Así que tomó una hoja en blanco y comenzó a escribir, y se sumergió en ello tan profundamente como cuando trabajaba en Diarios .
Al terminar, tenía una carta bastante más larga y detallada de lo que había previsto, pues sabía que solo debía escribir una carta breve y codificada que no pudiera incriminar a ninguno de los dos si caía en manos equivocadas.
En cambio, había volcado su corazón en las páginas.
La leyó, y se sonrojó al ver el torrente de sentimientos que había vertido.
Podía quemar las páginas, pero no quería hacerlo.
Quería que Harold lo supiera todo, aunque solo fuera para volver a decírselo al día siguiente cuando se vieran.
Metió la carta en un sobre y se dirigió a la puerta con la intención de entregársela de inmediato a un lacayo.
Se detuvo al oír voces en la planta baja.
Escuchó con atención y pronto determinó que Frederick y Paar se marchaban a Vauxhall.
El corazón de James dio un vuelco. Así que no tendría su conversación privada con Frederick esa tarde.
Esa noche encontraría la manera de separar a Frederick de Paar.
Así estaría libre para marcharse de Londres al amanecer.
Comprobó el pestillo una vez más antes de volver sigilosamente a la cama y deslizar la carta entre las páginas de un libro que había en la mesilla de noche.
Esperó hasta estar seguro de que Frederick y Paar se habían marchado.
Luego se limpió las manos a conciencia con un pañuelo, sin querer arriesgarse a tocar el vestido con los dedos manchados de tinta.
Levantó la prenda una vez más, lo sostuvo a contraluz de la ventana y lo colocó con suavidad sobre la cama.
Se quitó la ropa con dificultad, la dobló con mucho cuidado, y otra aguda sensación de nostalgia lo invadió al recordar cómo Harold a veces insistía en que se desvistiera y doblara cada prenda, incluso las medias, sin importar lo cansados y desesperados que estuvieran ambos.
Podía hacer que doblara sus pantalones media docena de veces, ya que siempre encontraba algún minúsculo defecto en cómo lo hacía, y le obligaba a presentar las palmas de las manos para golpearlo con la correa o la fusta cada vez que se equivocaba, hasta que ambos se quedaban sin aliento por las risas y el deseo.
James se vistió de nuevo muy despacio. Subió la muselina verde pálida por los hombros y se detuvo para tocar el moratón palpitante de su cuello.
Habría deseado tener su corsé y su camisa, pero la sensación de la muselina contra su piel era divina a su manera.
No podía alcanzar los botones de la espalda, lo que le hizo añorar a Harold, cuyos dedos torpes y callosos eran inesperadamente hábiles cuando se trataba de botones.
Luego ató la cinta debajo del corpiño lo mejor que pudo y fue al espejo.
Era, pensó con detenimiento, bastante hermoso.
Harold, sin duda, pensaría lo mismo. Desearía haber pensado en llevar una horquilla o algo parecido para recoger sus rizos en la parte superior de la cabeza.
Se estudió, girándose para admirar tanto el moretón como el vestido.
Siempre había estado seguro de esa parte de sí mismo.
A menudo se sentía agradecido de que Harold fuera tan comprensivo con su timidez, su deseo de que lo trataran con dureza, su necesidad de recibir instrucciones.
Pero se negaba a sentir gratitud hacia Harold por amarlo tanto como hombre como mujer.
En ese asunto, nunca sentiría vergüenza, nunca se mostraría adulador por la gratitud de tener la aceptación de alguien.
Era extraño, dado que, de todas las cosas por las que la sociedad podría condenarlo, con toda probabilidad sería condenado más duramente por eso.
Pero no le importaba. Era tanto un hombre como una dama, siempre lo había sido, y cualquiera que encontrara la perspectiva repugnante o increíble podía irse a freír espárragos.
Solo deseaba encontrar esa certeza en otros ámbitos de la vida.
Deseó que, cuando Frederick se había pasado el desayuno molestándolo de tal manera que no podía estar seguro de si de veras lo estaba molestando o no, lo hubiera mandado a freír espárragos.
Lo maravilloso que habría sido decírselo mientras llevaba puesto aquel vestido.
Alisó con las manos los laterales de la falda.
Era un vestido increíble para mandar a tomar por culo, en todos los sentidos.
Aquel día no se sentía mujer, pero podía imaginarse poniéndose ese vestido la próxima vez que lo fuera. Qué sensación tan espléndida sería.
Se alejó del espejo y se sentó en la cama.
Se recostó y se quedó mirando al techo. Al final, se giró hacia un lado y miró la pared, estudió los candelabros ornamentados que no eran ni la mitad de bonitos que las velas irregulares que quemaba en la cabaña.
Aun así, se permitió disfrutar de la opulencia de la habitación por una vez.
Cerró los ojos e imaginó los besos de Harold en su cuello y su mandíbula, el áspero roce de la barba que a Harold le crecía apenas unas horas después de afeitarse.
Sonrió mientras los besos imaginarios se desplazaban hacia su clavícula, hacia el cuadrado de pecho que dejaba al descubierto el escote del vestido.
Imaginó ponerse de rodillas con ese vestido, con cuidado de no rasgar la tela.
La gran mano de Harold le rodeaba la cabeza y lo atraía hacia delante para que su mejilla se presionara contra su muslo.
Con lentitud, se subió la falda por las piernas y metió la mano por debajo, llegó enseguida al clímax, con cuidado de no mancharlo.
No tenía intención de quedarse dormido, pero de repente se despertó sobresaltado. La luz que entraba por las ventanas era más tenue y se oían fuertes golpes en su puerta.
—¡James! —gritó Frederick—. ¡James, abre ahora mismo!
El corazón de James latía con fuerza. Bajó las piernas de la cama y se dio cuenta de que todavía llevaba puesto el vestido verde pálido. Dios mío.