Capítulo 11 #2
—Debo regresar a Eavesmore tan pronto como concluya mi asunto con lord Warrington, pero ¿quizá el doctor Paar desee quedarse aquí un tiempo contigo, hermano? ¿Disfrutar del resto de la temporada?
No solo Parr y él tendrían la casa —y la ciudad— para ellos solos, sino que James y Harold no tendrían que estar tan pendientes de la mirada astuta de Frederick en Eavesmore.
Estaba claro que él amaba la ciudad y sus diversiones, y James no deseaba privarlo de las experiencias que ansiaba, ni arruinárselas al acompañarlo.
Si él estaba en Eavesmore y Frederick se quedaba en la ciudad, todos estarían satisfechos.
Aunque Frederick deseara establecer un vínculo fraternal entre ellos —y James no creía que fuera así—, eran dos hombres muy diferentes.
El poeta Sexto Propercio, en sus Elegías , había escrito que «siempre hacia los amantes ausentes fluye con más fuerza la marea del amor», y James sentía que eso se aplicaba tanto a los hermanos como a los amantes.
Era mala compañía para cualquier hombre que amara el cotilleo y las intrigas de la alta sociedad, y tal vez ahora que se habían vuelto a conocer, Frederick pensara en él con más afecto in absentia .
Paar miró a Frederick y alzó las cejas.
Él sonrió y se encogió de hombros.
—Qué generoso por tu parte, James. —Había un tono en sus palabras que no le gustó. Le pareció casi una acusación, pero la sonrisa de Frederick se amplió—. ¿Has estado ya en los jardines de Vauxhall, Paar? Es muy divertido. Hay un adivino que te leerá el futuro, ¿sabes?
Paar se sentó y dio un sorbo a su té.
—No creo en esas tonterías.
—Bueno, no pagas por la verdad, pagas por el espectáculo —dijo Frederick, y se rio—. Me apetece ir a escuchar si me dice que mi suerte va a cambiar para mejor. Que es lo que le dice a todo el mundo, estoy seguro. —James dio un paso atrás.
»James, te quedarás a desayunar, ¿verdad?
—Yo… —Quería negarse. Quería entregar a Dodger a lord Warrington de inmediato y viajar a Eavesmore para arreglar las cosas.
Pero allí estaba Frederick, con esa sonrisa de la infancia en la que James quería confiar, aunque no se atrevía a hacerlo.
Quería creer lo que Frederick decía sobre volver a ser hermanos, aunque el reclamo a sus sentimientos le resultara extrañamente vacío, tan barato y ridículo como la pantomima al final de una obra de cinco actos.
¿No habían entrado juntos, apenas unas horas antes, en Stratford House, sin aliento de tanto reír después de su noche en el baile?
¿No había algún indicio de verdadero afecto fraternal entre ellos?
Como mínimo, James debía intentar arreglar las cosas con Frederick también, antes de separarse.
Sus disculpas hasta ese momento habían sido débiles, fruto de la conmoción por los arrebatos de Frederick y del deseo de apaciguarlo, más que de un remordimiento sincero.
Podría quedarse una noche más, tal vez, y quedarse solo con su hermano menor esa tarde para que pudieran tener una conversación adecuada y dejar atrás el pasado de una vez por todas.
Y después podría regresar a Eavesmore temprano, al día siguiente, con ese peso menos sobre sus hombros.
—Bueno, no tengo nada que no pueda posponer —dijo, y se sentó a la mesa.
Frederick sonrió con amplitud y James volvió a ver a aquel niño pequeño, que podía ser caprichoso, difícil y mordaz, pero que, en momentos inesperados, era muy dulce.
—¡Estupendo! —dijo Frederick—. Entonces, uno más para el desayuno.
James intentó devolverle la sonrisa.
E avesmore sin James era como un día sin sol.
Harold estaba de mal humor y se sentía miserable, y, a pesar de sus esfuerzos por no demostrarlo, los mozos de cuadra lo evitaban, e incluso los caballos lo notaban.
Bellwether le dio un mordisco en el hombro que no fue nada cariñoso.
Cuando llegó el mediodía y era hora de comer, hizo un favor a sus hombres y a los caballos y subió a la cocina de la casa principal para ahorrarles su compañía.
En cuanto llegó a la casa principal, observó que la cocina era un caos. Se quedó en el umbral, con el sombrero en la mano, y trató de entender lo que estaba pasando antes de comprometerse más y entrar.
Matthew, el paje, lloraba, y el mayordomo, Collins, lo sostenía agarrado por el cuello.
Al principio, Harold pensó que había sorprendido al chico siendo castigado por algún error, pero Matthew enterró la cara en el pecho del mayordomo y repitió una y otra vez que no había hecho nada, y por las miradas de desconcierto que Collins intercambiaba con la señora Cornwall, estaba bastante claro que no culpaban al chico.
Una de las criadas también sollozaba, otra corría de un lado a otro como una gallina descabezada y el señor Lindsay, el administrador de la finca, un hombre que por norma general no tenía nada que hacer en la cocina de la señora Cornwall, se encontraba apoyado en la gran mesa, con una expresión tan taciturna como si estuviera en un funeral.
—¿Qué está pasando? —preguntó Harold con cautela.
Nunca había estado seguro de cuánto sabían exactamente la señora Cornwall y Collins sobre su relación con James —bastante, estaba seguro, porque incluso la más mínima sospecha era demasiado—, por lo que mantenía las distancias con el personal.
Pero no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que, como era el sucio mozo de cuadra hijo de su padre, pasaba muchas horas merodeando por las cocinas para tener la oportunidad de molestar a los criados y tal vez conseguir algo de comida extra.
La señora Cornwall se enfadaba mucho si intentaba caminar por sus suelos con botas manchadas de boñiga de caballo en aquellos días, pero siempre que se acordaba de limpiarse los pies primero, y más de una vez había comido en esa gran y sólida mesa en la que él se apoyaba.
—La… la habitación de los niños —dijo Collins, y le dio una palmada en la espalda a Matthew.
Él levantó su rostro manchado de lágrimas del abrigo del mayordomo.
—¡Yo no he hecho nada!
—Calla, chico —le pidió Collins, con otra palmada impotente en la espalda—. Nadie ha dicho que sea culpa tuya.
Lindsay se enderezó e inclinó la barbilla hacia la puerta, invitando a Harold a entrar en la casa.
Harold lo siguió.
No le gustaba la casa principal. Le parecía tan vacía como un mausoleo, y los muebles y retratos de la mitad de las habitaciones solían estar cubiertos para protegerlos del polvo.
Cuando Harold era niño, la casa estaba llena de sirvientes, hombres y mujeres cuyos días giraban en torno a las necesidades de lord y lady Stratford.
Ahora apenas quedaba una cuarta parte de ellos, pero parecían bastante felices de que los dejaran a su aire y dejaban a James al suyo.
—Es un puñetero desastre —dijo el señor Lindsay con su voz tranquila y seca.
Era un buen hombre, con la cabeza bien puesta sobre los hombros para administrar el resto de la finca mientras James se ocupaba de los caballos, y Harold no estaba acostumbrado a oírlo utilizar ese lenguaje. Una sensación de inquietud se apoderó de él al subir las escaleras.
Harold recordaba que la habitación de los niños estaba en el tercer piso de la casa.
No recordaba con precisión haber entrado allí antes, pero era posible que lo hubiera hecho, años atrás, en presencia de James, para recoger algún libro o juguete que este quisiera mostrarle.
Harold tenía un vago recuerdo de paredes color crema con papel pintado amarillo y una ventana que dejaba entrar la luz del sol.
Y un retrato de dos niños, uno de pie, rígido, con su mejor traje, capturado para siempre en ese periodo en el que la infancia se transforma en un adolescente torpe, y el otro pequeño y regordete, todavía con un traje con volantes y cordones.
La puerta de la habitación estaba abierta y Lindsay lo hizo pasar.
—¿Qué diablos te parece eso? —le preguntó.
La mirada de Harold se dirigió de inmediato al retrato de James y Frederick que había sobre las camas. Y a los jirones de lienzo que colgaban donde antes estaba el rostro de James, como si alguien enfurecido hubiera cogido un cuchillo y lo hubiera clavado una y otra vez.
Junto a su hermano mutilado, el bebé Frederick miraba al mundo con ojos radiantes.
Harold sintió un nudo de miedo en el estómago.