Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Christmas —dijo el señor Chant en voz baja. Sacudió la cabeza.

Lord Christmas parecía haber chupado un limón. Hizo una rígida reverencia.

—Lord Stratford, mis disculpas por haber desatado la ira de la vizcondesa Hanley contra usted. Y Warry… —Hizo un gesto con la mano—. Supongo que no eres tan malo. Supongo, aunque no eres muy divertido.

Warrington volvió a poner los ojos en blanco.

—Es la peor disculpa que he oído en mi vida.

—No era una disculpa —dijo él—. Quizá sea por eso.

Lord Hartwell irrumpió de repente en la terraza, con una copa de vino en una mano y una galleta en la otra.

—¿Qué está pasando? —preguntó—. Gale, ¿estás siendo cruel con Warry otra vez?

—No —respondió él.

—Sí —dijo Warrington.

—Está triste porque hay demasiada gente y hay muchos bailes —dijo Chant—. Ya sabes que le gusta causar problemas cuando se siente incómodo. Christmas, vamos a dar un paseo por los jardines. Ahora.

Chant tomó a lord Christmas del brazo y lo llevó hacia las escaleras que bajaban a los jardines.

—En serio, es una persona horrible —expuso Hartwell, y mojó su galleta en el vino—. Pero no horrible en el sentido que la mayoría de la gente entiende, lo que le da a todo un matiz muy distinto.

James carraspeó.

—El señor Chant me ha dicho antes que a lord Christmas le aterrorizaban las multitudes.

—¡Eso es! —exclamó Hartwell—. Sí, le aterrorizan, pero la mayoría de la gente cree que simplemente es, bueno…

—Horrible —dijo Warrington, en un tono de voz que sugería que él no creía lo contrario.

—¿Eso es un libro? —exclamó Hartwell—. Por Dios, Warry, ¿cómo voy a convertirte en un alma sociable si sigues escondiéndote en rincones oscuros para leer?

Warrington arqueó una ceja.

—No deseo ser un alma sociable.

—Qué pena —dijo Hartwell—. Te casaste con una, así que debes revolotear a mi lado, al menos de vez en cuando.

—¡Ah! Entonces, ¿tú debes leer libros de vez en cuando?

—No lo creo —dijo Hartwell.

Warrington se rio y él sonrió, encantado, y James vio que, a pesar de las apariencias, eran realmente el uno para el otro.

—Sabes que solo hay un libro que me gusta leer —indicó Hartwell con una sonrisa.

Se volvió hacia James—. Diarios de una doncella .

¿Los ha leído? Claro que sí. Todo el mundo los ha leído.

Sobre todo los que dicen que no. Son terriblemente escandalosos, pero nos han dado algunas ideas espantosamente buenas, ¿eh, Warry?

—¡Ay, Dios! —exclamó James antes de conseguir contenerse—. ¡No creo que nadie deba tomar ideas de esos libros! La pura imposibilidad física de muchos de los escenarios es… —Parpadeó—, bueno, físicamente imposible.

—¡Ajá! —exclamó Hartwell—. Otro ávido lector, ¿eh?

James se sonrojó, pero se obligó a no huir avergonzado.

—¿Hay alguien que no los haya leído?

—¡Exacto! —Hartwell tenía una sonrisa radiante—. Toma, Warry, prueba esta galleta. No sé quién decidió que había que mojarlas en vino, pero ese tipo era un genio.

—Ya he bebido suficiente vino —dijo Warrington—. Mojado en galletas o sin mojar. Y tú también, creo.

—Le he comprado un caballo. —Hartwell ignoró el comentario—. Y de repente hay un segundo caballo en perspectiva.

—Ya lo sabe —indicó Warrington.

—¡Oh! ¡Por supuesto que lo sabe! ¡Estaba en el club cuando lo hemos discutido!

—También es el hombre que nos vende los caballos —dijo Warrington, riendo—. Vamos, marido, bailemos. Quizá te aclare un poco la cabeza. —Cogió a Hartwell del brazo y se volvió hacia James—. ¿Seguirá aquí cuando terminemos de bailar?

—Sí —dijo James, y descubrió que no era mentira—. Estaré aquí, señor.

De hecho, entró con ellos para ver el siguiente baile y, de repente, se encontró de nuevo en la pista, acompañado de una guapa chica de cabello oscuro llamada lady Sara Campbell.

Pero, quizá envalentonado por el éxito de su conversación en la terraza, se sentía más eufórico que asustado.

El baile transcurrió en un torbellino y, al terminar, estaba agotado y acalorado.

Se dirigió hacia un pasillo oscuro, se aflojó un poco la corbata mientras caminaba y encontró una pequeña habitación vacía en la que esconderse un rato.

Se apoyó contra la pared, respirando con dificultad, y levantó la cabeza y sonrió a la sombra amenazante de una lámpara de araña apagada.

A lo mejor James no era un caso perdido.

¿Encajaba de alguna manera extraña? Pensó en sus padres, en cómo habían brillado en Londres.

En lo radiante que había sido su sonrisa, en lo encantadora que había sido la risa de su madre.

Sin duda, él nunca igualaría su brillo. Sin embargo, sintió una extraña gratitud hacia Frederick por haberlo llevado allí.

Por acercarlo al recuerdo de sus padres.

Por recordarle que, de hecho, había un mundo fuera de Eavesmore.

E ra tarde cuando James y Frederick regresaron a Stratford House.

El amanecer ya asomaba por el horizonte; si hubieran estado en Eavesmore, James habría contemplado su suave avance, pero cualquier nuevo día en Londres sería tan concurrido y sucio como el anterior, y a James no le apetecía darle la bienvenida. Solo deseaba irse a la cama.

—Has pasado gran parte de la noche hablando con los lores Hartwell y Warrington —dijo Frederick mientras entregaban sus sombreros y capas a un lacayo que parecía luchar contra un bostezo—. Y con lord Christmas Gale. No me dijiste que conocías a alguien tan famoso.

—No lo conozco bien —respondió él.

—Deberías haberme presentado.

—Yo… Parecías bastante distraído. Lady Karina Bellborough parece muy agradable.

Frederick comenzó a subir las escaleras.

—Es la tercera hija. —Eso le pareció extraño a James—. No tiene dinero —respondió él por encima del hombro, con indiferencia—. Pero, sí, supongo que era bastante guapa.

—Oh. Pensaba que te gustaba.

Él se detuvo un momento y se volvió para mirarlo.

—Me gusta, pero no tiene sentido intentar nada porque es la tercera hija. Dios, James, ¿vivir como un ermitaño en Eavesmore te ha podrido el cerebro? No puedes ignorar cómo funciona el mundo.

—Por supuesto que no lo ignoro. Solo quería decir que si te gusta…

—Se calló, sintiéndose como un tonto, porque Frederick tenía razón.

En el sentido más pragmático posible, tenía razón y, al mismo tiempo, estaba muy muy equivocado, porque el amor no debería tener nada que ver con un nombre, un título o la cuenta bancaria de un padre.

A veces, James se preguntaba si había pasado tanto tiempo atrapado en sus novelas que había olvidado lo cruel que podía ser el mundo real.

Él se encogió de hombros.

—Y mañana me gustará otra persona. Oí que le decías a lord Warrington en el Club Bucknall que no tenías ningún deseo de casarte. ¿Es eso cierto?

—No sabía que lo habías oído.

La luz de la lámpara de la escalera iluminó la mueca de Frederick.

—Pues lo oí. No sabía que fuera un secreto, ya que se lo contaste a Warrington.

—No es un secreto —dijo James. Lo siguió por las escaleras—. Es cierto. No tengo planes de casarme.

—Hmmm. —Frederick lo miró de arriba abajo—. Bueno, me gustaría hablar más sobre tus planes y los míos mientras estamos aquí en Londres. Puede que ahora seamos desconocidos, James, pero no siempre lo hemos sido. Me gustaría que volviéramos a ser hermanos.

—Sí —afirmó, aunque, en realidad, no recordaba ningún momento en el que Frederick y él hubieran sido cercanos. Si su hermano lo recordaba de otra manera, no iba a sacarlo de su error—. Yo también.

Él le sonrió.

—Bien, pues. ¿Nos vemos para desayunar sobre las once?

—¡Eso es muy tarde!

Frederick se rio.

—En realidad, no lo es. Son casi las seis de la mañana.

La mente de James daba vueltas. ¡Toda una noche en un baile!

¡Harold nunca lo creería! James apenas lo creía él mismo.

Su estómago volvió a sentirse vacío al pensar en Harold.

Seguro que no estaban tan enfadados el uno con el otro.

Seguro que todo se perdonaría cuando James regresara y le contara lo que había pasado esa noche.

—En ese caso, desayunar a las once me parece estupendo.

Llegaron a la puerta del dormitorio de Frederick y este la abrió.

—Buenas noches, James.

—Buenas noches, Frederick.