Capítulo 10 #3
—Hartwell, ¿has oído? —exclamó él.
—¿Qué? El señor Lewis y yo estábamos hablando de la ópera vienesa. La ópera es un espectáculo espantoso. Todas esas damas chillando. Terriblemente innecesario. ¿Qué he oído, querido?
—Stratford dice que mañana puedo llevarme a Dodger.
—Oh. —Sonrió a James—. ¡Ahora se pondrá imposible! Estará despierto toda la noche como un anciano con problemas de vejiga.
James le devolvió la sonrisa.
—Dodger se ha portado muy bien esta última semana. Hemos descubierto que tiene una amiga, una yegua mayor llamada Thistle, y que, cuando está con ella, es dócil como un gatito.
—¡Qué maravilla! —Warrington lanzó una mirada a Hartwell, que fue a la vez incisiva y suplicante.
—Ah, no —expuso Hartwell con un tono vacilante que sugería que no estaba acostumbrado a decirle que no a su marido—. Te he advertido de que no me arruines con los caballos.
—Pero la yegua es amiga de Dodger.
—Hablaremos de esto más tarde, cariño, y me temo que voy a tener que adoptar una postura muy firme al respecto —dijo Hartwell sin ninguna firmeza.
—Dada la avanzada edad de Thistle, podría desprenderme de ella por un precio muy razonable —intervino James—. Sería maravillosa para alguien que monta de vez en cuando, pero que no la someta a un trabajo riguroso.
Los ojos de Warrington se agrandaron.
—Esposo, ese eres tú. Tú solo montas un poco, y ella parece tan dulce…
—Más tarde, mi amor, más tarde —dijo Hartwell con un tono profundamente compungido—. Sabes que no deseo negarte nada. —Y le lanzó una mirada tan libertina a Warrington que James se sonrojó al verla.
Cuando Hartwell volvió a centrar su atención en Frederick, Warrington se inclinó de nuevo hacia James.
—Muy a menudo consigo lo que quiero.
James estuvo a punto de contestar «Yo también», y de contarle a Warrington que tenía a Harold comiendo de su mano la mayor parte del tiempo.
Durante un breve y cálido instante, deseó desesperadamente confiárselo.
Pero recordó que no podía hacerlo. Y que, aunque pudiera, no sabía si Harold le había perdonado lo del día anterior. Ni si él había perdonado a Harold.
—Intento no abusar de mi influencia —continuó él—. Pero, en este caso…
James se echó a reír y le prometió a Warrington que sería justo con el precio, si lord Hartwell decidía que estaba interesado, y cuando terminó la comida, James tuvo la extraña sensación de que quizá el baile de esa noche no sería tan terrible.
E n el baile, Frederick volvió a molestarlo.
¿Por qué se había aflojado el nudo de la corbata?
¿Por qué estaba allí de pie como una colegiala sonrojada?
¿Quiénes eran todas esas personas? ¿No las conocía James?
¿No iba a presentarlo? Fue un alivio cuando lady Karina Bellborough —un nombre que James sí conocía, gracias a Dios— comenzó a lanzarle miradas y sonrisas a Frederick desde el otro lado de la sala, y él se decidió a invitarla a bailar.
Pero eso, por supuesto, dejó a James donde siempre se encontraba en los bailes: pegado a la pared, rezando para que nadie se diera cuenta de su presencia.
—Buenas noches —dijo una voz familiar.
James intentó no sobresaltarse. Se giró y vio al señor Chant a su lado, y suspiró con un inesperado alivio.
—Buenas noches.
—He venido a ver cómo le iba.
—Oh. Ah… A mi hermano le va mejor que a mí. Ya tiene pareja de baile. —James señaló con la cabeza hacia la pista.
—Entonces también le va mejor que a mí. Tuve que prometerle a lord Christmas medio mundo para que viniera esta noche. Y le pedí que bailara conmigo. Pero parece aterrorizado por todo esto, así que Hartwell está intentando calmarlo sin que él se dé cuenta. Porque lord Christmas odia que lo mimen.
—¿Lord Christmas está aterrorizado? ¿Por qué, exactamente?
—La multitud, la música, la conversación. La cuadrilla.
—¿Lord Christmas?
—En efecto.
—Pero él es… —James no estaba seguro de qué quería decir— famoso.
—Exacto. Famoso y aterrorizado por las multitudes. Lord Warrington, creo, está en la terraza tomando el aire, porque a él también le ponen bastante nervioso estos acontecimientos.
—Yo… no sabía que alguien más aparte de mí sufriera tal… —quería decir «debilidad», pero no consideraba que lord Christmas o lord Warrington fueran débiles— ansiedad.
—Mi buen amigo, creo que muchos de nosotros la sufrimos. Todo depende de lo bien que la ocultemos.
—Yo no puedo ocultarlo en absoluto.
—No importa. —Chant hizo una pausa—. Yo… siéntase libre de decir que no, por supuesto, pero me preguntaba si, dado que hace tiempo que no veo a mi pareja de baile, ¿podría pedirle a usted que bailara conmigo?
—¿A mí? —El terror y el placer se entremezclaron en James—. Me temo que soy muy torpe.
—Ah. Bueno, si quiere intentarlo, estaré encantado de guiarle. Solo tiene que seguir mis pasos.
James se sonrojó al recordar lo mucho que le gustaban ese tipo de promesas.
—Muy bien —dijo, sorprendiéndose a sí mismo. Quizá si bailaba con él, Frederick no estaría tan enfadado.
Se unieron a la siguiente pieza. Fiel a su palabra, Chant fue una pareja excelente y no dejó que hiciera demasiado el ridículo.
James casi podía imaginarse, en un mundo diferente, con reglas diferentes, bailando con Harold.
James llevaría puesto su hermoso vestido, por supuesto, y Harold estaría tan elegante como cualquier hombre allí con su frac, sus calzones de seda y su impecable pañuelo al cuello.
Descubrió que no estaba tan avergonzado como esperaba cuando terminó el baile, y que no le importaba mucho que la gente lo mirara.
—Gracias —susurró.
—Oh, el placer ha sido todo mío —sonrió Chant—. Es usted un bailarín encantador.
Encantador. En ese mundo diferente, con sus reglas diferentes, Chant quería decir que James estaba precioso con su vestido, sus joyas y sus rizos. Todo el mundo diría cosas así, y no sería nada extraño.
—Creo que ahora iré a la terraza. —Odiaba que su voz se alzara en forma de pregunta, como si buscara la aprobación de Chant.
—Es una idea espléndida —contestó él—. ¿Le importa si lo acompaño?
Y James volvió a sentir ese alivio, el consuelo de tener un poco de apoyo.
Lo siguió hasta la terraza, donde encontraron a lord Warrington con la nariz hundida, no tan disimuladamente, en un libro que había apoyado en la barandilla. Este levantó la vista con aire culpable cuando se unieron a él y cerró el libro sobre su pulgar.
—Oh, hola. Temía que fuera usted Hartwell. Quiere que baile esta noche.
—No —dijo Chant—, Hartwell está con Gale, con quien deseo bailar esta noche.
—Hartwell dice que no debo leer en los bailes, pero me he traído a escondidas esta pequeña joya. Se titula El lenguaje del caballo y puede ofrecer alguna información útil sobre el vínculo entre Dodger y esa yegua de la que hablaba, lord Stratford.
—¿En serio? —James se sumergió de inmediato en las páginas que él le mostraba a contraluz y no se percató del diminuto perro que se abalanzaba hacia él hasta que le golpeó el tobillo con sus minúsculas patas delanteras—.
¡Oh! —Miró a la bola de pelusa negra y marrón—. Bueno, hola. ¿De dónde has salido?
Se dio cuenta de que la pequeña criatura temblaba, así que se agachó y la cogió en brazos. Apenas pesaba más que una manzana. Se apretó contra su pecho y tembló, y James sintió que una cálida sensación lo invadía.
—¡Qué criaturita tan adorable! —comentó Chant.
—Ah —dijo Warrington—, creo que es el perro de mi tía. Ella…
Antes de que pudiera terminar, un hombre alto y desgarbado entró por las puertas de la terraza, acompañado de una mujer vestida de azul con oscuros rizos saltarines.
—Ya se lo he dicho —espetó lord Christmas Gale—, no pienso investigar nunca más la desaparición de un perro mientras viva.
—¡Pero yo sé que fue ella! —insistió la mujer de cabello oscuro—. ¡Ella robó al pequeño Lord Byron! Lo sacó de mi bolsita y lo escondió debajo de su vestido. Dios sabe que tiene suficiente espacio entre sus…
—Le sugiero que lo hable con ella —la cortó lord Christmas con irritación—. Ah, buenas noches, Chant.
—¿Me ha estado evitando, señor? —preguntó Chant.
—Por supuesto que no. —Lord Christmas le dirigió una mueca a su acompañante y se dirigió a Chant—. En cuanto al baile, ¿podríamos quitárnoslo de encima ahora?
—¿Quitárnoslo de encima? Por favor, no me abrumes con tu entusiasmo.
James notó, incluso en la penumbra, el casi imperceptible cambio de los ojos de lord Christmas. Y vio el momento en que Chant también lo notó, el momento en que Chant se deslizó con seguridad en el afecto muy tangible de lord Christmas, como un pestillo que encaja en su sitio.
—Lord Christmas —dijo la mujer de cabello oscuro con firmeza—. Sobre el asunto de mi perro…
—Ah. —La mirada de lord Christmas se posó en James—. ¿Es ese el perro en cuestión?
Ella abrió mucho los ojos y de repente agarró a James.
—¡Sí! Ven aquí, Byron… ¡Oh! ¿En qué pensaba al robarlo? —le espetó a James, arrebatándole el perro.
—Yo no… —comenzó.
—Sí, ¿en qué estaba pensando? —Lord Christmas entrecerró los ojos y miró a James—. La pobre lady Notley ha estado desolada sin su perro.
James captó una leve chispa de diversión en la mirada de lord Christmas y sintió el extraño deseo de responder con otra chispa.
—Lo siento mucho, milady.
Ella se irguió hasta alcanzar su máxima estatura, que no era muy grande. Tuvo que levantar la barbilla para mirar a James.
—¿La baronesa Rivingdon le ha incitado a hacer esto?
—Tía Cornelia —dijo Warrington—. Lord Stratford no ha robado a su perro. El pobre ha venido corriendo hasta aquí, Byron, no lord Stratford, por su cuenta.
La mujer resopló y frunció el ceño. El perro también frunció el ceño, y ella se lo llevó de vuelta al interior.
—Mi tía. —Warrington puso los ojos en blanco. Luego su expresión se suavizó al mirar a James. Enderezó los hombros—. Lord Christmas, eso ha sido muy cruel por su parte. Echarle la culpa a lord Stratford.
—¿Qué? —Lord Christmas parpadeó con irritación—. Dios, ¿cómo te aguanta Hartwell?