Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 10 #2
50%

Capítulo 10 #2

James sintió el familiar cosquilleo de la humillación quemándole la nuca.

—No es modestia ni timidez. Es una preferencia. Me gusta leer y escribir. No me gusta jugar a las cartas.

Frederick lo miró con una expresión entre la lástima y la incredulidad.

En ese momento entró lord Hartwell, y James casi escupió la sopa que tenía en la boca al enderezarse con prisa.

Por primera vez en su vida, rezó para que Hartwell se fijara en él y se acercara, pues era seguro que Frederick quedaría impresionado al ver que James despertaba el interés del marqués de Danbury.

Hartwell lo miró a los ojos, empezó a sonreír y, entonces, como si recordara algo, la sonrisa se borró de su rostro, le dirigió a James un gesto agradable pero breve con la cabeza y siguió adelante.

¡Maldita sea! James le había dado la impresión de que su conversación no era bienvenida y, al parecer, Hartwell se había tomado muy en serio la reprimenda de su marido.

—¡Lord Hartwell! —exclamó James antes de poder contenerse. Y en voz alta.

Incluso Frederick pareció sorprendido por la fuerza de su voz.

Hartwell se detuvo y se volvió, vacilante.

—¡Buenas noches! —saludó James. Y sintió que su piel se incendiaba como la madera seca. No se atrevía a mirar alrededor de la sala para confirmar que todo el mundo lo miraba. La única razón por la que no se hundió en su asiento fue porque estaba demasiado avergonzado como para moverse.

Pero él esbozó una sonrisa. Se acercó y lo saludó.

—Lord Stratford. Es un placer verlo.

James se lo presentó apresuradamente a Frederick, que parecía muy impresionado.

—Qué maravilla —dijo Hartwell—. ¿Dice que ha estado en Viena, señor Lewis?

¿Ha visto la colección de animales? A Warry le encantaría ir a ver tigres y demás.

Pero le entristecería que los mantuvieran en cautividad, y hoy en día me está arruinando con los caballos, bueno, con sus caballos, lord Stratford; ya sabe cómo es esto, así que todavía no puedo llevarlo.

—He estado en los terrenos de Schönbrunn, por supuesto —respondió Frederick—. Pero me temo que no me acerqué mucho a la colección zoológica imperial.

—Es comprensible. Yo tendría miedo de que las criaturas se escaparan y me devoraran.

—Hartwell sacó una silla y se sentó; un lacayo apareció para servirle oporto—.

Ah, gracias. —Se llevó la copa a los labios, pero se detuvo y miró a James—.

¿Le importa si me uno a ustedes? Warry se enfadaría mucho si no le pidiera permiso.

—Por favor, adelante —dijo James.

Tal y como esperaba, el marqués mantuvo una charla fluida con Frederick que pareció complacer a ambos, y a James se le permitió terminar su comida en silencio. Imaginó decirle a Harold que había comido bien, imaginó la sonrisa irónica del hombre.

«Muy bien, Jimmy —diría—. Ahora, si pudieras hacerlo tres veces al día, trescientos sesenta y cinco días al año, sabría que mis métodos han dado fruto».

Se sobresaltó cuando lord Hartwell se volvió hacia él.

—¿Va a asistir al baile de lord Stanley esta noche?

—Oh. Yo…

—¡Sí! —se apresuró a responder Frederick—. Será mi primer baile desde que he regresado a Londres. Estoy deseando que James me presente a sus conocidos.

James no supo qué contestar a eso.

Hartwell se recostó en su silla.

—¡Espléndido! Lo echamos de menos en la exposición de arte hace unas semanas, lord Stratford.

Y usted se perdió… Bueno, no debería decir lo que se perdió, ya que el evento sufrió un descenso bastante espectacular hacia la tosquedad, pero fue muy emocionante.

¡Hubo un duelo! Será estupendo verlo en el baile.

Gale va a asistir, ¿puede creerlo? El señor Chant le ha insistido en que asista y en que Gale baile con él.

Yo voy a asistir porque estoy seguro de que la mirada fulminante de Gale será un espectáculo en cinco actos y no quiero perdérmelo.

Warry también asistirá, pero solo porque le he dicho que las ovejas del señor Notley se encontrarían allí.

Cuando descubra que le he mentido, lo pagaré caro.

Pero esperemos que se vengue de una forma deliciosa, y no de la habitual. Con Warry siempre es una lotería.

James sintió un nudo en el estómago.

—S-sí —logró decir.

—¿Lord Christmas Gale? —intervino Frederick—. He leído sobre él. ¿Es un investigador de renombre, según tengo entendido?

—¡Oh! —exclamó Hartwell encantado—. Se me había olvidado de que no lo sabríais.

A menos que… Bueno, puede que Gale ya sea famoso en todo el mundo.

Sí, resuelve casos, pero no se les puede llamar casos, y todo el mundo lo adora a pesar de que es muy desagradable.

Le encantará. Quizá… Ah, aquí está Warry. ¡Vizconde Warrington!

Warrington los vio y se acercó.

—¿Sí, Ancaster?

—Este es el hermano de lord Stratford, el señor Frederick Lewis. Señor Lewis, este es mi marido, lord Joseph Warrington. Querido, siéntate.

Warrington apartó la silla junto a James y se dirigió a Hartwell.

—¿Te estás portando bien?

—Siempre. El señor Lewis es una compañía encantadora. Acaba de regresar de pasar varios años en el extranjero. Ha estado en Viena, donde tienen esos caballos que tanto te gustan.

—¿Los lipizzanos? —preguntó Warrington tras volverse hacia Frederick.

—Sí —respondió Hartwell—, esos mismos.

James volvió a sentirse aliviado de que la conversación se desarrollara sin necesidad de que él participara.

Pidió un oporto, porque era la única forma de pasar la noche.

Al final, se dio cuenta de que Warrington y Frederick habían dejado de hablar de la Escuela Española de Equitación y de que Frederick y Hartwell volvían a conversar sobre algún partido deportivo que ambos deseaban ver. Warrington se inclinó hacia James.

—¿Se ha portado bien?

James resopló con suavidad.

—Ha sido una buena compañía. El señor Lewis quería conocer a mis amigos, pero no tengo muchos.

—Ah, entonces Hartwell es una excelente elección.

Una vez lo vi describir la Feria de Mayo de Greenwich a los papeles pintados de lord y lady Hamilton porque no se dio cuenta de que su interlocutor, que no recuerdo quién era, se había marchado.

Puede hablar con cualquiera, y la gente queda impresionada tanto por el título que tiene como por el que puede o no heredar.

—¿Que puede que no herede?

Warrington hizo un gesto de desagrado con la mano.

—Su padre no tiene muy buena opinión del matrimonio entre Hartwell y yo, porque no va a dar lugar a herederos. No para de hablar de desheredar a Hartwell y, a su muerte, dejar Ancaster al primo de Hartwell.

James sintió una extraña y melancólica punzada.

—Ojalá fuera tan fácil deshacerse de una herencia. —No había sido su intención decirlo, al menos no con esas palabras.

Warrington lo miró e inclinó la cabeza.

—Dicen que usted heredó muy joven.

—Tenía dieciséis años. Mis padres murieron y yo me convertí en conde. No quería serlo, pero lo fui. O más bien… Bueno, qué cosa decir que no deseaba ser conde. Solo un hombre cuyos privilegios superan el tamaño de su cerebro podría decir algo así.

—Bueno, no le diré a nadie que lo ha dicho —prometió Warrington con una pequeña sonrisa cómplice.

—Me gustaba Eavesmore. Los caballos. Siempre los había deseado. —James no podía creer que estuviera encadenando tantas palabras a la vez—. No si el precio era la muerte de mis padres, claro. Pero… no quería estar a cargo de personas. Solo del cuidado y el entrenamiento de los caballos.

—¿Alguien le ayudó? Me refiero a la parte de las personas.

James dudó. Pensó en la señora Cornwall, el ama de llaves, y en cómo ella le anunciaba sus intenciones para que él supiera lo que hacía en la mansión y para que pudieran llegar a un entendimiento que le permitiera vivir la vida que quería.

«Voy a limpiar el salón antes de que llegue el hombre de la subasta, ¿de acuerdo?».

«Le diré al cocinero que el pastel de riñones no le sienta bien a su digestión, ¿de acuerdo?».

«Le enviaré una bandeja a la cabaña, ¿de acuerdo?».

—Muchos de los sirvientes eran personas con las que había crecido —respondió James—.

Pero, después de que mis padres fallecieran, no siempre recordaba a quién debía dirigirme para cada cosa.

Por suerte, ellos conocían el funcionamiento de la casa mejor que yo.

Yo, en cierto modo…, les dejaba a ellos.

—Pensó en cómo, de repente, había sido suya la decisión de continuar con las clases de uno de los tutores que le azotaba por soñar despierto.

Porque no había esperanza de ir al colegio, con James como conde.

De repente, todo dependía de él, en el momento en el que menos le apetecía tomar decisiones—.

Mi mozo de cuadras fue una bendición. —Le latía el corazón al pronunciar esas palabras.

—Eso es maravilloso. Ha hablado muy bien de él en el pasado. El señor Granger, ¿verdad?

Su corazón se aceleró aún más.

—Sí. Hace un trabajo maravilloso.

—¿Y usted nunca pensó en casarse?

—¡No! —exclamó James, muy sorprendido, antes de darse cuenta de que, por supuesto, Warrington no se refería a casarse con Harold—. No —dijo en voz más baja—. No tengo intención de casarme.

Warrington dejó el tema.

—Solo para que lo sepa —dijo muy educadamente—, estaré en el baile esta noche. Al igual que el señor Chant, siempre y cuando no esté ocupado tratando de mantener a Gale tranquilo. Puede quedarse cerca de nosotros, si lo desea.

A James le picaron los ojos y parpadeó.

—Yo… lo tendré en cuenta, gracias.

Warrington no necesitaba los poderes de deducción de lord Christmas Gale para darse cuenta de que James era un desastre tembloroso cuando se trataba de, bueno, casi cualquier cosa.

Pero en lugar de burlarse de él, le había tendido una cálida mano y le había ofrecido su apoyo.

James estaba agradecido, pero, más allá de eso, se sintió conmovido.

—Tengo a Dodger conmigo —dijo, y los ojos de Warrington se iluminaron de alegría—. Quizá le gustaría venir mañana y hacerse cargo de él.