Capítulo 10
—¡Oh, no! —gritó lord Cameron, que retrocedió contra el árbol y buscó inútilmente alguna forma de escapar mientras el bandolero y sus malvados secuaces lo rodeaban—. ¿Qué pretenden hacer conmigo?
Momentos después, al ponerlo a cuatro patas en el suelo del bosque y arrancarle sin piedad sus pantalones de ante, los demonios dejaron muy claras sus intenciones.
Qué pena, pensó lord Cameron, mientras un gemido de placer se alzaba de sus labios en cuanto el primero le penetró el trasero, que Slyfeel hubiera decidido no viajar con él ese día. Su querido amigo se volvería loco de celos cuando Cameron le contara la desventura del día.
La del día y, si jugaba bien sus cartas, la de esa noche y la del día siguiente también.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN IV
L a invitación al baile de lord Stanley los esperaba junto con otras muchas en Stratford House cuando llegaron. Frederick la cogió de inmediato.
—Oh, ¿podemos ir, James? ¡Es esta noche!
James, al que le habían puesto en un aprieto, murmuró que sí, que por supuesto que podían ir.
Al menos así podrían quitárselo de encima y quizá James pudiera pedir disculpas y regresar a Eavesmore al día siguiente por la tarde, siempre que entregase primero a Dodger a lord Warrington.
Si Frederick deseaba quedarse en la ciudad, él no iba a disuadirlo, pero estar de vuelta en Londres, aunque solo hubiera sido por una escasa hora, ya le había hecho comprender la imposibilidad de quedarse allí ni un segundo más de lo necesario.
Incluso si volver a Eavesmore significaba enfrentarse a Harold.
«Debes ir, Jimmy».
¿Cuánto tiempo llevaba Harold deseando que pudieran explorar lo que la vida les ofrecía como individuos?
¿Cuánto llevaba queriendo desligarse de James?
No importaba que él también hubiera empezado a pensar, durante el paseo del día anterior con Frederick, en buscar más independencia.
Oír a Harold decir esas palabras había sido como sumergir la cabeza en uno de los abrevaderos helados de Eavesmore en una mañana de invierno.
Frederick insistió en que necesitaba guantes nuevos para el baile de esa noche y que James debía acompañarlo a elegirlos. Él, reacio a romper los frágiles lazos de paz entre ellos, pronto se encontró en Jermyn Street, a las puertas de la famosa y amplia tienda de monsieur Verreau.
Echó un vistazo mientras Frederick hablaba con un dependiente sobre corbatas, guantes y sombreros.
La tienda de monsieur Verreau era famosa no solo por el lujo y la belleza de los artículos que ofrecía, sino también por el hecho de que el francés vestía a los caballeros de pies a cabeza.
En lugar de ir a una docena de tiendas para conseguir lo que necesitaba, un caballero solo tenía que hacer una parada en monsieur Verreau para conseguir su sombrero, sus guantes, sus medias y sus corsés —y relleno para sus muslos y pantorrillas, si fuera necesario—, sus pantalones de ante o de tela, su camisa, su chaleco, su corbata, su pañuelo y sus zapatos.
Incluso vendía pomada y papeles especiales para rizar el cabello.
James se fijó en el encaje medio desenrollado que había sobre el mostrador. Parecía tan fina y delicada como la seda de una araña.
—Buenos días —dijo un hombre. Era de mediana edad y hablaba con acento francés—. ¿Busca algo en particular?
James esbozó una sonrisa forzada.
—No, gracias.
—Soy monsieur Verreau.
—Eh, Stratford —respondió él.
—¡Ah! —Verreau parecía genuinamente encantado—. ¡Lord Stratford! Es un honor, señor. El encaje es veneciano. Allí hacen un trabajo exquisito.
—Sí. —James tragó saliva—. Es precioso.
Los ojos de Verreau brillaron detrás de sus gafas.
—Sin embargo, usted no es el tipo de hombre que lleva encaje en las mangas, milord.
—No, me temo que no. Y, sin embargo… —James no podía negar la chispa de interés que le inspiraba el encaje.
Pensó en el sencillo pero precioso vestido de algodón que Harold le había comprado y sintió una punzada de tristeza en el pecho, un anhelo de estar en su dormitorio, riendo, mientras Harold intentaba con torpeza meter la cabeza por la falda.
Y la ira lo invadió.
«Los dos hemos estado tan pegados el uno al otro, en todos los sentidos…».
Si eso era lo que sentía Harold, tal vez James debería darle un respiro. Mientras estuviera en Londres, aprovecharía al máximo su estancia. Intentaría divertirse un poco y demostrarle que no dependía de él ni de Eavesmore.
Estudió el encaje y se preguntó qué se sentiría al llevar algo realmente bonito.
No un vestido de campesina, sino un vestido de noche decorado con encaje, cintas y tul, con la muselina casi transparente bajo las luces centelleantes de una multitud de candelabros, con los hombros al descubierto.
Se imaginó a sí mismo no como James en el baile de esa noche —torpe, tímido y desgarbado—, sino como Aldwain, como Ada, valiente, hermosa y triunfante.
La belleza de esa fantasía, la pura audacia de esta, fue la única razón por la que James se encontró a sí mismo soltando las palabras:
—Tengo una hermana. —Y, de inmediato, se retractó—. Bueno, una prima, pero es como una hermana para mí. Le encantaría ver encajes como estos.
—¡Ah! —exclamó monsieur Verreau—. Debe traerla a visitarme, milord.
—No se encuentra bien —dijo James. Las mentiras salían de él a borbotones como si estuviera en su escritorio, con la pluma rayando la página mientras inventaba un nuevo y escandaloso escenario para Slyfeel—.
No le gusta viajar. Pero… pero le encantaría poder ir a un baile alguna vez. ¿Confecciona usted vestidos para damas?
Monsieur Verreau se enderezó.
—Por supuesto, mi señor. Por favor, sígame.
James miró hacia atrás a Frederick mientras monsieur Verreau salía enseguida de detrás del mostrador y se dirigía al otro lado de la amplia tienda, pero Frederick estaba absorto en lo que el dependiente le mostraba.
James siguió al francés, con el corazón en un puño, hasta unas puertas que el hombre abrió y volvió a cerrar tras ellos.
Parpadeó al ver el pequeño salón en el que se encontraba, con chimenea y varios sillones cómodos.
—Para mis clientes más estimados —dijo él. Aplaudió—. A algunos les gusta que los miren desde la calle, y a otros, no tanto. —Sus ojos se iluminaron—. Ahora, su prima, ¿cuál es su color favorito?
H oras más tarde, mientras cenaban en el Club Bucknall, Frederick seguía molesto por haber perdido a James en la tienda de monsieur Verreau.
—Y el dependiente ha sido inútil. —Pinchó su pastel de codorniz con un tenedor de plata—. Me ha enviado a la calle a buscarte en una librería antes de decirme que estabas mirando camisas con Verreau.
James se alegró de la luz de las velas del comedor del Bucknall, que esperaba que ocultara el repentino rubor de sus mejillas.
—Lo siento.
Frederick resopló.
—No, ha sido culpa del dependiente, no tuya. —Miró a su alrededor con un puchero—. Aún no hay mucha gente aquí, ¿verdad?
—Estamos cenando tarde —dijo James—. Se llenará de nuevo cuando cierren los teatros.
Por lo general, a esa hora él cerraba su libro y se marchaba del club, pero sospechaba que Frederick no estaría contento, y supuso que, tras el incidente en la tienda del monsieur Verreau, le debía a su hermano una compensación en forma de una velada prolongada en el club.
Mientras comía, pensó en el vestido, sin saber muy bien qué pensar sobre el pedido.
Todo el proceso había sido una farsa: estaba claro que monsieur Verreau no se había dejado engañar en absoluto por la historia de James sobre una prima enferma con la que compartía su misma altura y complexión, pero había fingido creerlo y ni siquiera se había reído cuando James había murmurado algo sobre que su prima tenía un pecho lamentablemente plano.
Que ambos sabían que la prima era fruto de la imaginación de James se había hecho aún más evidente cuando se dio cuenta de que el dependiente que ayudaba a Frederick con los guantes también había llevado a cabo un complicado plan para distraerlo de su búsqueda, mostrándole una serie de accesorios.
Cuando eso ya no funcionó, envió a Frederick a buscarlo a una librería al final de la calle.
Pero el vestido ya estaba pedido y pagado, y lo entregarían en casa al día siguiente, en cuanto monsieur Verreau hiciera los arreglos necesarios.
Y era un vestido precioso, hecho de suave muselina verde y decorado con cintas de satén y perlas.
Era el tipo de vestido que Ada llevaría a un baile, pero en manos de James se pudriría en el fondo de cualquier cajón en el que lo metiera.
En los últimos años, había experimentado con diferentes prendas y accesorios, coloretes y pintalabios, rulos y rizadores tratando de descubrir qué le gustaba llevar cuando se sentía mujer.
Pero la respuesta era variable. A veces, pantalones y camisa.
Otras, vestidos sencillos como el que había comprado Harold.
O solo una camisa. Pero lo que llevaba tiempo deseando era un vestido tan bonito como el que acababa de comprar.
James removió la sopa primaveral con la cuchara.
La comida del Club Bucknall era excelente, pero tenía poco apetito.
Intentó no pensar en Harold, en lo bien que dormiría si le diera un castigo amoroso y lo arropara en la cama junto a él.
Si Harold quería que fuera más independiente, James sin duda lo complacería.
«Debes ir, Jimmy».
Bueno, James había ido.
—¿Quién crees que vendrá esta noche? —preguntó Frederick, al mirar una vez más alrededor del comedor.
—No lo sé —respondió James—. Yo… no tengo amigos íntimos.
Era como admitir una grave falta, y Frederick frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy seguro de que soy tal y como me recuerdas —dijo él—. No tengo amigos, Frederick. Prefiero la soledad.
—Debes tener al menos algunos compañeros con los que jugar a las cartas —se rio su hermano—. ¡Por Dios, James! ¡Nadie es tan dócil y tímido como tú!