Capítulo 9 #3
—No te preocupes —le dijo con una sonrisa arrepentida—. Solo digo que quizá te diviertas en Londres. Quizá Frederick sea buena compañía en el club, o quizá encuentres alguna travesura en la que meterte. Mantén la mente abierta a las posibilidades, cariño.
—¿Sabes? —dijo James con rigidez—. Antes pensaba lo mismo.
Que debía darle otra oportunidad a la ciudad, que debía intentar ser más valiente, más atrevido, mientras estuviera allí.
Pero en cuanto he venido aquí, contigo, me he sentido tan…
completo, tan satisfecho. He recordado que no tengo que obligarme a ser algo que no soy, no aquí.
Pero no me había dado cuenta de que deseabas pasar un tiempo separado de mí.
—James, claro que no es eso.
—¿Y yo?, ¿te estoy frenando? —Se mordió el labio inferior—. Porque eso es lo que intentabas decirme la otra noche, ¿no? No que yo debería ver más mundo, sino que tú quieres hacerlo.
—Estás poniendo palabras en mi boca que yo no he dicho.
—Esos dos años que estuviste fuera… Sé que la situación con tu padre era difícil, pero viste cosas y conociste gente. Y luego volviste aquí y… y, Dios mío, empecé a acaparar todo tu tiempo y tu energía otra vez, ¿verdad?
Harold suspiró. Sabía que no estaba viendo al conde de Stratford de treinta años que supervisaba Eavesmore con la habilidad y la experiencia de un hombre que le doblaba la edad, sino al James Lewis de dieciséis, desorientado tras perder a sus padres, convencido de que nunca volvería a pisar tierra firme.
La presencia de Frederick traía de vuelta los peores recuerdos de James, desenterraba todas sus ansiedades y, por mucho que Harold lo quisiera, James en ese estado podía ser difícil de soportar.
—Piensas en lo peor, mi amor, y no hay necesidad. Hablaremos de esto más a fondo cuando regreses. No hay razón para estar angustiado.
—¿Que no hay razón para estar angustiado? Dices que no hay nada malo en cómo soy, pero tú sí lo crees. ¿No es así? Te pido demasiado, lo sé. Crees que soy débil, que busco tu consuelo con demasiada frecuencia.
—James —dijo Harold con severidad—. Nada más lejos de la realidad.
—Y te he contado cómo me trata mi hermano, pero tú sugieres que él y yo podríamos divertirnos juntos en Londres.
¿Crees que no sé lo que quiero? ¿Que exagero el comportamiento de Frederick, que soy incapaz de saber que prefiero estar aquí, contigo, siempre?
¿Crees que, si me animo y trato de divertirme en otro aburrido baile, descubriré lo que me falta?
No me falta nada. Soy feliz tal y como soy.
Así que, si sientes que a ti te falta algo, quizá deberías decírmelo antes de que haga aún más el ridículo.
Porque me he rebajado por ti, y… y he compartido mis libros contigo, y te he pedido cosas…
cosas que nunca le pediría a nadie más en el mundo.
¿Y ahora me dices que te gustaría que fuera a Londres, cuando lo único que deseo es estar contigo?
Harold extendió la mano hacia él, pero James se echó hacia atrás. Al final, dejó caer el brazo a un lado.
—Por supuesto que no tienes por qué pasar tiempo con Frederick, si su compañía te hace daño. A veces solo me preocupa haberte hecho dependiente de mí de una manera que algún día te dejará insatisfecho.
—¿Hacerme dependiente? —repitió James con un énfasis incómodo, como si no pudiera decidir si acentuar «hacer» o «dependiente».
—No puedo fingir que no me preocupa. Pero nunca he pensado que fueras débil. Y te echo mucho de menos cuando estás…
—Me iré. Por favor, es más fácil si me voy ahora mismo.
—James.
—Necesito estar solo.
—Te estoy diciendo que me escuches.
—Y yo te digo que no tienes por qué ser mi guardián. Debe ser agotador darme órdenes a todas horas y asegurarte de que las acato. Tú tienes tu trabajo y yo el mío. Que tengas un buen día.
—James, no salgas por esa puerta. —Harold sabía, mientras lo decía, que James desobedecería. Que necesitaba desobedecer.
Y así fue: James salió con paso firme y cerró la puerta tras de sí.
N o era su trabajo, pero Harold se levantó temprano a la mañana siguiente para preparar los caballos para que James y su hermano fueran a Londres.
James solía viajar ligero, prefería un caballo a un carruaje, pero Harold pensaba que Frederick, que había llegado a Eavesmore en una calesa de cuatro caballos, no estaría tan dispuesto a viajar solo con una bolsa de viaje colgada a la espalda.
Los caballos de tiro de Eavesmore eran un grupo bien educado y de buen carácter, pero a Harold le preocupaba lo que les pudiera pasar al viajar con Dodger.
Incluso atado a la parte trasera, podría causar problemas.
Y el problema sería el doble si sentía que no se le prestaba suficiente atención.
Y aunque Harold no dudaba de la capacidad de James para manejarlo si fuera necesario, le frustraba que hubiera tomado la decisión de venderlo tan pronto sin el consentimiento de Harold.
Seguro que él habría estado de acuerdo, ya que lord Warrington era conocido por ser excelente con los caballos, pero esa no era la cuestión.
Le molestaba que James lo tratara como a un sirviente, aunque lo fuera en realidad.
Aun así, se levantó temprano para ver a James antes de que se marchara y revisar los caballos de tiro con Finch, el cochero.
Era un hombre delgado de mediana edad, callado y menudo, aunque, como cualquier hombre capaz de manejar un carruaje, era engañosamente fuerte.
Asintió con la cabeza a Harold cuando este se acercó para ayudarlo.
—También me llevo al chico —dijo Finch, y señaló con la cabeza a John, que bostezaba mientras acarreaba agua por el patio hacia los establos—. A menos que lo necesites aquí.
—No. ¿Para qué lo necesitas?
Finch sonrió.
—Creo que el precio de escucharlo parlotear durante todo el camino hasta la ciudad y de vuelta valdrá la pena, siempre y cuando pueda ponerlo a trabajar en cuanto lleguemos allí.
—Te refieres a ahorrarte tener que palear estiércol.
Finch volvió a sonreír.
—Eso es.
Harold salió de la caseta de los carruajes y cruzó el patio hacia los establos.
Era un día agradable, ya hacía calor y el cielo estaba despejado.
Era un buen día para viajar, aunque el dolor en el pecho de Harold se agudizó al pensarlo.
No le gustaba que James se fuera a Londres.
No le gustaba no tenerlo con él, pero, más que eso, no le gustaba que marcharse lo hiciera tan infeliz.
Y deseaba haberlo dejado claro el día anterior, en lugar de hacerlo sentir como si quisiera que se marchara.
Fue al establo de Dodger y encontró a John dándole avena.
—Si vas a Londres, vigila a este durante el trayecto. Es problemático.
John se enderezó.
—¡Lo haré, señor Granger!
—Le estaba hablando a Dodger.
Por un momento, John pareció sorprendido, pero su expresión cambió al darse cuenta de que Harold solo bromeaba y se echó a reír, y Harold le revolvió el pelo.
De niño, se había dado cuenta de que ansiaba la aprobación y el afecto de los hombres que trabajaban en los establos, ya que no obtenía ninguno de su padre, y John no era diferente.
En general, era un buen chico que solo necesitaba alguna que otra patada en el trasero para mantenerlo centrado en sus tareas.
Harold desayunó con el resto de los mozos de cuadra.
Su estatus superior entre los sirvientes le permitía sentarse a la mesa de la cocina con el mayordomo y el ama de llaves, pero había comido en el patio de las cuadras de Eavesmore desde que era niño y no veía ninguna razón para cambiar sus costumbres, sobre todo si eso significaba tener que limpiarse las botas antes de cada comida.
Era media mañana cuando Matthew salió corriendo de la casa para anunciar que los lores estaban listos para partir.
Era más tarde de lo habitual para James; tal vez a Frederick le gustaba dormir.
Harold se preguntó si James habría pegado ojo la noche anterior y, cuando llevó a Dodger a la puerta de la casa para encontrarse con el carruaje, decidió que no, que no había dormido.
Sus ojeras eran tan oscuras como moretones, y Harold sintió una oleada de lástima por él, una lástima que iba acompañada de una punzante reprobación.
Lo único que quería era poner a James sobre sus rodillas para recordarle que debía cuidarse más, y estaba seguro de que él quería lo mismo, pero no pudo hacer otra cosa que quedarse en silencio mientras James se acercaba.
—Tiene buen aspecto. —James extendió una mano para rascar el hocico de Dodger.
El caballo resopló y dio un paso atrás.
—Está muy movido esta mañana, milord —dijo Harold—. Espero que se calme después de un rato en el camino.
No le pasó desapercibido el ligero fruncimiento de los labios de James cuando utilizó su título.
—Sí, estoy seguro de que así será.
—Que tenga un buen viaje, milord.
James asintió y, tras lanzar una última mirada nostálgica a Harold, subió al carruaje.
No había sido la despedida que Harold habría deseado. Fue hueca, vacía, pero tendría que bastarles hasta que James regresara.