Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Cogió la vela y se dirigió a la despensa.

Comprobó la barra de pan que había dejado allí el día anterior.

Por suerte, no estaba mordisqueada. No hacía falta decirle a James que, en realidad, había metido a la gata allí la noche anterior.

Solo lo había hecho para atrapar al ratón que se había comido parte de su comida, no porque no pudiera soportar los lastimeros maullidos por James.

En el fondo de la estantería, encontró un trozo grande y grueso de raíz de jengibre.

Lo llevó junto con la vela hasta donde estaba James, con los calzones de montar y los calzoncillos enrollados en las botas y una mirada bastante desgarradora en el rostro.

—Guárdate esa mirada para la superficie de la mesa. Inclínate.

James se giró y se inclinó sobre la mesa. No volvió a hablar.

Harold cogió su cuchillo y peló la raíz, la talló con rapidez y con mano experta, hasta que obtuvo un extremo finamente afilado que se ensanchaba hasta formar un centro redondeado. Debajo de la parte redondeada, talló un cuello delgado y dejó una base más ancha.

—Esto debería bastar. —Escupió sobre el jengibre para lubricarlo y vio a James estremecerse y hacer un gesto en dirección a la mesa.

Dejó el cuchillo y utilizó la mano libre para levantar las colas del abrigo y la camisa de James.

—¿Por qué hacemos esto, Jimmy?

—He sido grosero con usted, señor.

—Así es. —Le separó las nalgas, deslizó el trozo de raíz entre ellas y presionó hacia dentro. James contuvo el aliento y exhaló—. A ver si esto te recuerda tus modales. ¿Qué tal? —preguntó después—. ¿Te duele más de lo que debería?

James negó.

—No, señor.

Harold introdujo y sacó el extremo cónico de la raíz, dejando que el ardor se extendiera por su cuerpo.

James gruñó, pero se mantuvo muy quieto.

Harold siguió presionando hasta que la parte más ancha del jengibre se deslizó hasta su sitio.

Apretó la base y la movió para comprobar que estaba bien insertada.

—Ya está.

James se movió, emitió un pequeño ruido de incomodidad, pero no intentó levantarse.

Harold le frotó el culo con suavidad.

—Vuelve a la casa y escribe unas cuantas páginas más.

Puedes sacártelo dentro de una hora. Pero hay una regla, porque sé…

—metió la mano entre las piernas de James y encontró su polla rígida, como esperaba.

Los dedos de James se curvaron contra la mesa—, porque sé que esto te pone duro.

—Le retorció la base del pene con la otra mano, lo que provocó un grito ahogado de James—.

Porque sé que tener un trozo de jengibre metido en el culo te hace desear follar desesperadamente, aunque se supone que es un castigo.

La regla es que no te tocarás. Por muy desesperado que estés, no pondrás ni un dedo en tu polla.

—Le dio una breve caricia al pene de James, saboreando el gemido que obtuvo, la soltó y dio un paso atrás—. Vamos. Los dos tenemos trabajo.

James se enderezó y se agachó para subirse los calzones. Se los abrochó de inmediato, miró hacia la puerta y volvió a mirar a Harold. Lo observó durante un momento.

—¿Qué haces? —preguntó Harold.

—Esa cosa con mis ojos. No lo ves porque has colocado la vela mal.

—Ah. Ven aquí, cariño. —Lo rodeó con un brazo y lo atrajo hacia sí.

—No puedo irme todavía. Porque… —James señaló la parte delantera de sus calzones.

—Oh, Dios mío, es verdad.

—Y si me encuentro con Frederick de camino a mi habitación y me veo obligado a hablar con él con esta cosa en el culo, la sentencia de muerte será para ti.

Harold se rio entre dientes y lo acurrucó más cerca de él.

—Veo que tu actitud no ha mejorado mucho.

—Sí que ha mejorado —respondió James enseguida—. Qué mal humor tenía antes. Yo… solo puedo pensar en que me gustaría sentarme contigo toda la tarde y… y oírte decirme que soy un buen chico, aunque no lo haya sido; aunque me haya asegurado de que nunca vuelvas a pensar que lo soy.

—No digas tonterías. Todo está hecho y olvidado.

—Díselo a mi culo. —Harold se inclinó como para hablarle al culo en cuestión, y James le dio un ligero golpe en la cabeza—. Ni se te ocurra.

Él se enderezó y volvió a rodear a James con el brazo.

—Eres muy buen chico. Mi buen chico —dijo en voz baja—. Te quiero, sin importar de tu estado de ánimo.

James se giró y apoyó la barbilla en el hombro de Harold.

—Yo a ti también. Siempre.

Él le besó la coronilla.

—Vete. Antes de que te ate a mi cama para retenerte aquí y tu hermano envíe un grupo de búsqueda y se descubra que soy el tipo de bastardo depravado sobre el que se podría escribir una serie de novelas de cinco volúmenes.

James suspiró y se alejó a regañadientes. Hizo un gesto de dolor y balanceó un poco las caderas hacia delante.

—Por cierto, tengo nuevas páginas que leerte.

—Que has escrito en lugar de dormir, sí.

—Pero creo que te gustarán.

—Estoy seguro de que sí.

James dudó.

—Podría decirle a Frederick que no voy a ir a Londres. Tú y yo podríamos quedarnos aquí, él se iría y Ellis podría entregar a Dodger a lord Warrington.

—¿Es eso lo que quieres?

—Sí, más que nada. Pero… Frederick dice que ha echado de menos tener un hermano y cree que, si vamos juntos, podremos recuperar algo de lo que perdimos cuando murieron nuestros padres.

Ya te lo he dicho, sigue enfadado conmigo por cómo nos separamos, y creo que quizá debería… debería hacer esto por él. Con él.

—Creo que tienes razón —susurró Harold, y James pareció tan traicionado que deseó poder retirarlo—.

No digo que Frederick deba estar tan enfadado contigo, ni que tú le debas esto.

Pero, si crees que lo correcto es pasar un tiempo con él en la ciudad, si eso puede ayudarte a reparar lo que se ha dañado entre vosotros…

yo seguiré aquí cuando regreses. Ya lo sabes.

—Pero solo va a quedarse en Londres unos días. Después volverá, y no ha dicho cuándo se marchará.

—No me parece el tipo de persona que pueda quedarse aquí durante mucho tiempo. No creo que se quede más de quince días.

—Supongo.

—Y si, cuando se vaya, puedes decir que no hay rencor entre vosotros, será algo bueno.

—Tienes razón. —James inclinó la cabeza hacia el techo y exhaló un largo suspiro—. No sé cómo esperas que escriba con esto en el culo. Me escuece bastante.

—Te lo mereces.

—Lo sé. Solo desearía que sintieras tanta lástima por mí como yo siento por mí mismo.

—Recuerda. Si te tocas, me enteraré y, en cuanto el señor Lewis se haya ido, te daré una buena paliza.

—¿No lo harías de todos modos?

—Por supuesto que lo haría. No intente aplicar la lógica a esta situación, milord. —Le tomó la muñeca a James con delicadeza—. Si mañana te vas a Londres, me gustaría dejarte una marca.

Esperó a que James asintiera con la cabeza, luego dio un paso adelante y le tiró de la corbata. Esta no se movió.

—Dios mío.

—Ya te lo he dicho.

—¿Qué es…? —Lo intentó de nuevo—. Podría cortarme en pedazos con las puntas de tu camisa. ¿Cómo es que aún no te han decapitado?

—Ya ves, te burlas de mí cuando me visto, pero ¿no es más fácil la tortura cuando me ato mi propia corbata?

—Nunca había visto este nudo antes.

—Price estaba probando algo nuevo. Podrías intentar marcarme a través de la tela.

—Me rompería los dientes. —Harold se inclinó de todos modos e intentó hincar los dientes en el cuello de James a través de la tela almidonada de la corbata y la camisa— No. No, esto no va a funcionar.

—La situación se está agravando de nuevo en la parte delantera de mis calzones.

Él suspiró.

—Quizá no deberíamos continuar. Pero, en cuanto regreses, ponte una de tus corbatas flácidas y sin vida, y yo me ocuparé de ti como es debido.

James resopló.

—En serio, Harold, dices que eres mi amo.

Por el amor de Dios, quítamela de un tirón.

—Se llevó la mano a la corbata y tiró y retorció hasta que se soltó, luego tiró de las puntas de la camisa hasta que por fin se aflojaron un poco—.

Ya está. Ahora dame algo que pueda sentir cada momento que esté en la ciudad.

Harold accedió con gusto, mordió y chupó hasta hacerle un largo y lívido moratón que iba desde el lado del cuello de James hasta casi la nuca.

James profirió los gritos cautelosos y casi inaudibles que tanto había echado de menos Harold, dobló las rodillas y movió las caderas de vez en cuando, de modo que Harold supo que estaba apretando el jengibre, reavivando el ardor.

Y Harold no iba a regañarlo cuando lo hacía gemir de esa forma tan maravillosa.

—Creo que lo sentirás —murmuró él por fin, y pasó la lengua una vez más por el moretón solo para ver cómo James se estremecía.

—Sí. —James sonrió, con el rostro tan hermoso a la luz de las velas que Harold podría haberlo agarrado y tirado a la cama. Su sonrisa se desvaneció—. No me iré. No tengo por qué irme. Le diré a Frederick que se vaya sin mí.

—No —dijo él en voz baja—. Debes ir, Jimmy.

—¿Quieres que me vaya?

—No es eso lo que pretendo decir. Solo que deberías irte por las razones que has mencionado. No pretendía ofenderte; más bien, me estoy reprendiendo a mí mismo. Porque a veces me preocupa que yo… —Se detuvo.

—¿Que tú qué? —James entrecerró los ojos.

—Que te esté frenando.

James frunció el ceño.

—¿Frenando?

Harold intentó explicarse.

—Estamos muy unidos, ¿no? Y nos hemos apoyado mucho el uno al otro durante muchos años. Eso es algo bueno. Parece que estás haciendo amigos en la ciudad y no quiero que sientas que me traicionas si pasas más tiempo fuera de Eavesmore.

James lo miró con recelo.

—Odio todo lo que hay fuera de Eavesmore.

—¿Es eso cierto?

—¡Sabes que sí!

Harold soltó un suspiro.

—Es solo que los dos hemos estado tan pegados el uno al otro, en todos los sentidos, que quizá no hayamos explorado lo que la vida nos ofrece como individuos.

James lo miró y Harold se arrepintió de haberlo dicho. Era una conversación que debían tener en completa privacidad, cuando tuvieran el tiempo necesario para desentrañar los hilos. Harold no debería haberla iniciado.