Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 9
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Capítulo 9

No había nada que le gustara más a Slyfeel que el delicioso sonido que hacía Nelson cuando lord Cameron le pisaba los testículos con sus botas de montar.

—¡Bravo! —gritó.

Aplaudió el espectáculo y, a continuación, volvió su ávida atención —y su rígido miembro— al culo redondo del nuevo mozo de cuadra.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN II

H arold llevaba un rato encorvado sobre su escritorio, trabajando en un pedido de pienso para que John lo llevara al pueblo, cuando oyó que Benton saludaba a lord Stratford y al señor Lewis.

Miró por la ventana y vio que habían desensillado a Saint y Bell en el patio.

Los jinetes le entregaron sus látigos a Ellis, y el señor Lewis cruzó el espacio, atravesó el arco y subió hacia la mansión.

James se dirigió en dirección opuesta, y Harold reconoció ese paso largo y enfadado.

Si estaba molesto, se dirigiría al bloque norte.

Querría visitar a Dodger, Merlin y algunos de sus otros favoritos.

Mientras estuviera en los establos, no estaría a la vista de la mansión Eavesmore; por lo tanto, Harold no veía ninguna razón para no ir a hablar con él. Y así lo hizo.

En cuanto llegó al establo de Dodger, sintió la tensión que emanaba James.

Y, sin embargo, a pesar de la palpable agitación que se respiraba en el ambiente, el capón se mostraba tan dócil como siempre con él.

James no se volvió hacia Harold, y este lo tomó como una pequeña afrenta.

Por muy enfadado que estuviera James, ¿no se alegraba tanto de ver a Harold como Harold de verlo a él?

—¿Han disfrutado el señor Lewis y usted del paseo? —preguntó Harold.

—No —murmuró James—. Hoy quiero ver el entrenamiento de Dodger.

—Dodger ya ha terminado por hoy. Ellis lo ha llevado a saltar esta mañana.

Él apretó la mandíbula.

—Entonces quiero ver entrenar a un caballo, a cualquier caballo, pero solo quiero que sea mientras mi hermano está en casa, ¡para que no dé su opinión sobre cada puñetera cosa que ve!

Harold levantó las cejas.

—Ya veo.

—¿Qué ves? —espetó James—. No ves ni la mitad.

—Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—.

Es un horror. Se burla de mí sin que se note, hace comentarios sarcásticos sobre los caballos, sobre la forma en que los entrenamos.

Actúa como si tuviera autoridad aquí, como si tuviera derecho a intentar hacer las cosas mejor que yo.

Así que no, no he tenido un buen paseo con el señor Lewis.

Harold también bajó la voz.

—Siento que estés molesto. Pero no hay razón para hablarme en ese tono.

—Sí, en realidad sí la hay. ¿Por qué, exactamente, te llevaste a Dodger a superar los obstáculos?

Se va a vender pronto, muy pronto, de hecho: Frederick y yo nos vamos mañana a Londres y se lo llevaremos a lord Warrington.

¿Por qué arriesgar su salud? —La mano izquierda de James se agitó nerviosamente contra su muslo.

—¿Vas a Londres?

—¡Sí, mañana! —ladró James.

Harold inspiró hondo y controló su propio temperamento.

—La semana pasada acordamos que, si Dodger estaba bien, volveríamos a probarlo en ese salto de agua que a veces lo asusta —dijo con suavidad—. E incluso, si no lo hubiéramos acordado, sabes que no lo habría hecho saltar sin una buena razón.

—Sí, aquí todos son expertos en lo que necesitan estos caballos, excepto yo.

—James —Harold endureció el tono sin levantar la voz—, no me hables así.

—Y, sin embargo, te he hablado así, y ojalá pudieras hacer algo al respecto, pero no puedes, y yo no…

—De repente, la dureza desapareció de la boca de James y las arrugas se desvanecieron de su frente.

Se volvió hacia Harold, con la boca entreabierta y la confusión en los ojos—.

Lo siento. No sé por qué hago esto. Lo siento.

Harold le tocó ligeramente el hombro.

—¿Te apetece dar un paseo? Ya casi he terminado los cálculos para ese pedido de pienso.

James dudó, con expresión anhelante, y negó con la cabeza.

—No. Si Frederick nos ve… —Su boca se torció de nuevo—.

Actúa como si supiera algo sobre mí. O tal vez es lo que yo elijo pensar, porque es mi peor temor.

Pero hace comentarios sobre cosas que le dije en el pasado.

Todavía está muy enfadado conmigo por haberlo enviado lejos.

¡Han pasado tantos años…! Da a entender que te obedezco con demasiada facilidad, o que me dejo llevar por los caprichos de los animales, y me preocupa…

Me preocupa que de alguna manera conozca mis secretos, que un sirviente le haya contado cotilleos o que alguien en Londres haya descubierto cosas sobre mí y se las haya contado.

O que no conozca mis secretos precisamente, pero que… pueda intuir algo sobre mí.

—¿Qué crees que intuye?

—Que soy… que deseo que otros me dominen, supongo.

—Si fuera lo bastante astuto como para percibir algo importante sobre ti, percibiría tu fuerza. Tu ambición. Y la forma en que logras dominarme por completo.

—Pero eso no es lo que percibe —negó James con vehemencia—. Y lo que debería percibir no importa, si lo que de verdad percibe es que soy débil. —Cerró los ojos un instante—. Siento mucho haberte hablado así.

Harold asintió.

—Y yo deseo de corazón que podamos arreglar las cosas entre nosotros.

—Harold miró a Dodger, que se rascaba con los dientes una picazón en el omoplato izquierdo, tirando de la cuerda con cada movimiento de la cabeza—.

¿Frederick está en la casa? —Harold y James habían discutido muchas veces a lo largo de los años, y James siempre necesitaba aclarar las cosas de forma más definitiva que Harold.

—Sí.

—Entonces, ¿quieres venir a mi habitación? Vamos a resolver esto ahora, a dejarlo atrás.

James abrió los ojos, alarmado.

—No podemos. ¿Y si decide volver aquí? Si nos oye…

—Shhh, mi pequeño Jimmy. Intenta confiar en mí. No haré nada que él pueda oír. No hay nada tan inusual en que vengas a mi habitación para discutir, digamos, este pedido de pienso. Si el señor Lewis lo pregunta.

James dudó y se mordió el labio.

—Yo…

—Si te parece demasiado arriesgado, no pasa nada —le aseguró Harold—. No te obligaré a hacer algo que no quieras.

James tragó saliva; su nuez se hundió bajo la rígida corbata que debía haberle atado Price, ya que no se parecía en nada al nudo deshecho que James solía hacerse para pasar el día en la cabaña.

—¿Qué piensas hacer?

—Confía en mí, cariño —repitió Harold.

Podía ver lo mucho que James quería hacerlo. Al final, el conde asintió con rapidez y se dirigió a zancadas hacia el patio. Harold lo siguió, lo alcanzó enseguida con sus largas piernas, y caminaron uno al lado del otro.

Ya dentro de la cabaña de Harold, este corrió la pesada cortina de la ventana y encendió una vela. James se calmó una vez que cerró la puerta. Harold sacó de su bolsillo el pequeño cuchillo que llevaba para quitar piedras de las pezuñas o cortar manzanas para los caballos.

James resopló.

—Por Dios, Harold. No creía que mi transgresión mereciera que me cortaras el cuello.

Harold sonrió, contento de oír una burla de James, feliz de que pareciera más él mismo ahora que estaban a puerta cerrada.

—Ya sabes lo que pienso de la grosería, Jimmy. No puedo dejarte vivir después de haberme hablado de forma tan brusca.

—Ah, muy bien. Dame un momento para componer mis últimas palabras. Aunque te deseo suerte cortando algo a través de esta corbata. Me temo que la criada ha usado el almidón de todo un año en la prenda, y Price la ha atado más fuerte que un torniquete.

Harold se rio.

—Ven aquí. —Dejó el cuchillo sobre la mesa junto a la puerta y extendió los brazos—. Eres encantador.

—No digas eso. Por cómo me he comportado, me siento todo lo contrario a encantador.

—Entonces, ven aquí, maldito cabrón.

James se dejó abrazar de buen grado, para alivio de Harold. La familiar calidez y el peso de su cuerpo le robaron el aliento.

—Te he echado de menos —susurró.

—Y yo a ti. No tienes ni idea de cuánto —le respondió James, que lo abrazó con fuerza.

—No es conmigo con quien estás enfadado, ¿verdad?

—No —respondió contra su hombro—. Lo siento. Te he hablado de una forma horrible. No sé qué…

—Todo irá bien. —Harold le acarició el costado—. ¿Has desayunado?

—Sí. ¿Has visto a la gata?

—Te echa de menos. Anoche tuve que dejarla entrar porque no paraba de maullar en la puerta de tu cabaña.

James se rio.

—¿En serio?

—No, James, la dejé en los establos para que hiciera su trabajo. Atrapó un ratón enorme, que no quiso compartir con los otros gatos, y la moraleja de la historia es que, si dejas a la gata en los establos, hará lo que la contratamos para hacer.

James se rio de nuevo, con voz temblorosa. Harold lo abrazó con más fuerza, hasta que el conde soltó un gruñido que significaba que estaba a punto de asfixiarse. Le revolvió el pelo en la nuca y luego lo soltó.

—¿Qué has desayunado? —preguntó, con la esperanza de pillarlo desprevenido, ya que sospechaba que ese desayuno era en gran parte ficticio.

—Huevos y… tostadas.

—No pareces muy seguro.

—Lo estoy, lo juro.

—Muy bien. ¿Y qué es esto? —Agarró la mano de James y la levantó; inspeccionó una yema manchada de tinta a la tenue luz que se colaba por la rendija de las cortinas.

—He estado escribiendo.

—¿Cuándo?

—Un rato.

—¿Cuánto tiempo?

—Toda la noche.

—James.

—Lo sé, pero te echaba de menos y…

—Te voy a detener ahí, antes de que hagas eso con los ojos.

—¿Qué cosa con los ojos? —preguntó él, e hizo eso con los ojos.

—Sabes perfectamente el qué. Quítate los calzones.

Él dudó.

—Has dicho que…

—Los calzones —repitió Harold con firmeza—. Vuelvo ahora mismo.