Capítulo 8 #3
—Es una historia —respondió James enseguida. Había ensayado esa mentira muchas veces, preparándose para una ocasión como aquella.
—¿Una historia? ¿De qué?
—De un hombre del que se rumorea que es un criminal.
Pero que, en realidad, cometió todos sus actos delictivos por amor.
—No era del todo mentira. Bentley le había contado hacía unos meses que había recibido cartas de lectores que afirmaban haber detestado al libertino Slyfeel en los primeros capítulos de Diarios de una doncella , pero que, con el tiempo, habían empezado a sentir una extraña compasión por el hombre al que antes consideraban un villano.
Frederick lo miró de nuevo mientras el camino se estrechaba; dejó que Bell se adelantara a James y Saint.
—¿Cómo se llama el hombre?
—Elegí un nombre poco conocido. Se llama Jon Sedgewick.
—James había esperado que nadie se molestara en investigar un nombre tan común cuando lo eligió.
Nunca antes había tenido que dar más detalles sobre esa mentira.
La mayoría de los hombres de Bucknall que se interesaban por lo que garabateaba habían perdido el interés en cuanto decía «una historia».
—¿Investiga mucho en Londres?
—Supongo que algo, sí. —James trató de sacudirse la inquietud.
Frederick se volvió para mirarlo, apoyando una mano en el estribo.
—Me aburro aquí en el campo —anunció—. Quiero ir a Londres mañana.
James se quedó atónito.
—¿Para… para siempre?
Frederick frunció el ceño y volvió a mirar al frente.
—No te alegres tanto. No, solo unos días. Luego volveré.
—Ni siquiera llevas aquí cuarenta y ocho horas —comentó James, sin estar seguro de por qué le dolía que Frederick estuviera aburrido.
Que Frederick se fuera a Londres. Sí, que Frederick se fuera a Londres y que James y Harold tuvieran varios días sin él, varios días durante los que podrían amarse de todas las formas que sabían.
De repente, se sintió mareado por la emoción.
—Me gustaría que vinieras conmigo —dijo Frederick.
El vértigo abandonó a James en un instante.
—¿Qué?
—Quiero que vengas a la ciudad conmigo. He pasado tiempo allí solo y es deprimente.
No tengo a nadie que me presente a personas importantes.
—Tiró con fuerza de las riendas de Bell para impedir que volviera a intentar saborear las hojas de un árbol.
Se volvió de nuevo hacia James—. Cuando estuve allí hace dos semanas, pasé por delante del Club Bucknall. Eres socio, al parecer.
—Bueno, sí.
—¡Estupendo! Me gustaría que me patrocinaras allí.
Y me gustaría ir a un baile. —Se volvió hacia delante una vez más y se agachó justo a tiempo para esquivar una rama que colgaba—.
Sé que no te gustan, James, pero, por favor, ¿no podríamos ir solo a uno?
—James también se agachó para esquivar la rama.
Saint soltó un largo resoplido—. ¡Piénsalo!
—continuó Frederick—. Por fin podríamos tener la juventud que deberíamos haber tenido.
Nuestro debut en sociedad. —Se rio—. Tú tuviste que asumir mucha responsabilidad a una edad muy temprana.
Y yo me fui al continente antes de cumplir los dieciocho.
Qué bien lo podríamos pasar ahora en la ciudad.
—Me temo que soy una pésima compañía. —El camino se ensanchó y James empujó a Saint junto a Bell—. No sé bailar. Apenas soy capaz de hablar.
—Todo lo que tienes que hacer es presentarme a gente, a la gente adecuada, y yo hablaré por los dos. ¿Qué me dices?
James pensó en su visita al club hacía poco más de una semana. Cómo por fin había empezado a parecerle que Londres no era tan horrible.
Harold decía que no había nada malo en cómo era él.
Pero no era solo su deseo de que lo azotara, ¿verdad?
Era la forma en que se aferraba a Harold, la forma en que se volvía inestable sin él, incluso cuando «sin él» solo significaba que estaban separados por unos pocos metros de césped.
No era natural. Estaba seguro de que sus padres se habían amado.
Pero, aun así, habían tenido vidas separadas, sus propios amigos, sus propios intereses.
En la ciudad, su madre a veces iba a salas de juego con otras damas mientras su padre se quedaba en casa leyendo.
O ella asistía a una fiesta mientras el conde daba un paseo por el parque.
Ninguno de los dos se preocupaba mucho por lo que hacía el otro y, al reencontrarse, compartían detalles de sus días y charlaban amigablemente hasta que no quedaba nada más que decir.
A James y Harold les encantaban los caballos y se querían, y durante muchos años había parecido que nada más importaba.
James tenía sus libros, pero Harold era una parte inseparable de esa actividad.
Apreciaba su privacidad, pero apenas había un momento en el que no deseara que Harold estuviera con él.
¿Y lo que sentía cuando lo dominaba? James necesitaba lo que hacían tanto como necesitaba el aire.
¿En qué tipo de persona lo convertía eso?
Quizá no una terrible. Pero una que… que no se conocía a sí misma fuera de un estrecho margen de existencia.
Pensó en la calidez que lo había inundado después de hablar con lord Warrington ese día.
Cómo por fin había dejado de estremecerse cada vez que el señor Chant le deseaba buenas noches.
Con Frederick a su lado para aliviar la tensión de mantener conversaciones, tal vez podría ampliar un poco su círculo.
No mucho. Seguía añorando Eavesmore y a Harold con cada respiro, estaba seguro.
Pero ¿no podría ser más como Ada, si lo intentaba? ¿Más valiente, más aventurero?
Y tal vez le debía a Frederick ese pequeño favor. Lo que había dicho durante el desayuno… Parecía que su hermano todavía estaba dolido por que lo hubiera enviado a vivir con la tía Berenice hacía tantos años. Esa podría ser una oportunidad para arreglar las cosas.
Se dio cuenta de que Frederick lo miraba con tanta intensidad que ni siquiera se percató de que Bell había girado la cabeza hacia un lado y mordisqueaba las hojas de un árbol.
En cuanto se dio cuenta, tiró de las riendas con brusquedad y golpeó con fuerza el lomo de Bell con el látigo.
Sobresaltado, el caballo echó a trotar durante varios pasos, sacudiendo la cabeza.
—¡No le pegues! —gritó James. Quizá fue la voz más alta que había usado jamás. Al menos desde…
Desde la última vez que había visto a Frederick.
Bell redujo la velocidad, y James y Saint se pusieron a su lado.
—Lo siento —dijo Frederick, se agachó y acarició el lomo de Bell con suavidad, aunque sin mucha convicción—.
Lo siento. Es que me ha sorprendido. Lo siento —le murmuró al caballo.
Luego miró a James y le sonrió. Esa sonrisa no tenía ese carácter extraño de las otras.
Era genuina y sincera, y le provocó un dolor en lo más profundo—. Por favor, James, ¿podríamos ir?
James no se atrevía a responder. ¿Cuántos días tendría que renunciar a estar con Harold si se iba a Londres con Frederick?
Y, sin embargo, una vez que su hermano pequeño se marchara de Eavesmore para siempre, James y Harold tendrían días interminables juntos.
Si Frederick y él iban a Londres solo por esta vez, seguro que Frederick se daría cuenta de lo poco que su hermano mayor encajaba en sociedad y no le insistiría en que volviera.
—Supongo que sí —aceptó James—. Le prometí a lord Warrington que Dodger estaría listo por estas fechas. Así que podemos llevarlo a la ciudad y completar la venta.
La sonrisa de Frederick se convirtió en una expresión de satisfacción.
—¡Espléndido! Oh, James, he echado de menos tener un hermano. Lo pasaremos bien, lo sé.
En lo más profundo de su corazón, James lo dudaba. Pero, antes de que se viera obligado a decir nada más, llegaron a la amplia pradera cubierta de hierba y Frederick silbó.
—Oh, esto es perfecto. ¡Ven, veamos quién tiene el caballo más rápido! —Y Frederick dio varias patadas fuertes a Bell. El caballo levantó la cabeza, pero empezó a galopar.
Alarmado, James también espoleó a Saint.
—¡Frederick, detente! —gritó mientras Frederick espoleaba a Bell. Frederick no conocía el prado y no sabía dónde se encontraban los pantanos. James no quería que Saint galopara por un terreno irregular y, de todos modos, tenían pocas posibilidades de alcanzar a Bell.
—¡Vamos, Jimmy! —le gritó Frederick—. ¿Siempre tienes que ser tan miedoso?
Al oír eso, algo se agitó dentro de James.
No debía dejar que las burlas de Frederick le afectaran, pero estaba muy cansado de tener miedo, de ser tan reservado.
No debería necesitar que Harold lo consolara por cada pequeña cosa, no debería necesitar que lord Warrington lo defendiera de la cordialidad de lord Hartwell.
Y no debería tener miedo de una maldita ciudad.
Antes de darse cuenta, también había espoleado a Saint para que galopara.
Bell era el caballo más rápido, pero James era mejor jinete y, con unos sutiles cambios de peso, Saint y él alcanzaron a Bell y se adelantaron.
No perdió de vista a Frederick, y se aseguró de que su hermano no estuviera haciendo un uso liberal de su fusta, pero Frederick parecía tan eufórico como James se sentía de repente.
Se inclinaba hacia delante y acariciaba el cuello de Bell con las manos, y Bell aceleró el paso, que Saint logró igualar.
—¡Siempre seré el mejor jinete! —declaró James sin aliento con una sonrisa. Luego se inclinó hacia delante para que la crin de Saint le azotara la cara, y se adelantaron.
Al final del prado, James hizo que Saint redujera la velocidad al trote, después al paso y, por fin, que se detuviera.
Estaba tan eufórico que casi se echó a reír.
Se volvió y vio, para su sorpresa, que Frederick y Bell estaban a cierta distancia detrás y habían reducido la velocidad al trote.
Jadeaba, y su sonrisa se desvaneció al verlos acercarse.
Sin embargo, volvió a sonreír cuando Frederick se acercó.
—¡He ganado! —gritó James.
Frederick le devolvió la sonrisa, pero esta no llegó a sus ojos.
—Sí, James. Parece que tú siempre ganas.
James volvió a sentir esa sensación de vacío en el estómago al oír el tono duro en su voz.
Comprendió de inmediato que no se trataba en absoluto de afecto fraternal.
Había sido una competición, igual que cuando eran niños.
James, mayor, más inteligente, pero que se marchitaba con una sola mirada.
Frederick, difícil, voluble, pero que nunca temía tomar lo que quería.
Frederick gritó de repente al ponerse a la altura de James.
—¡Bien hecho, hermano! No creía que fueras capaz. Pensaba que quizá necesitabas el permiso de tu jefe de caballerizas para galopar.
James se quedó helado. Dieron la vuelta y comenzaron a cruzar el prado de nuevo al paso.
—No deberías haberle dado una patada a Bell —dijo James en voz baja—. Responde bien a las señales. No hay necesidad de darle patadas y tirones.
—Ah, claro. —Volvió a aparecer ese tono burlón y, cuando James miró a Frederick, su rostro estaba duro como una piedra: todo rastro de buen humor había desaparecido como el sol tras una nube—. Me he equivocado otra vez, ¿verdad? ¿Cómo toleras mi presencia en tu finca, James? Debes ser un santo.
—No, es solo que…
—Dime —lo interrumpió Frederick—. Esos caballos que tanto te gustan. ¿Alguna vez les has gritado? ¿Les has dicho que son una carga que no deberías estar obligado a soportar?
—¿Qué demonios…? —James sintió un nudo en el pecho. Ojalá esas palabras no le resultaran tan familiares.
—No importa, solo era una pregunta. Estoy seguro de que, si alguna vez lo hiciste, ahora ya es agua pasada. —Frederick presionó suavemente las pantorrillas contra Bell, que comenzó a trotar—. Mira esto. Esta yegua responde de maravilla.
—Es un macho —corrigió James, y enseguida se preguntó por qué había hecho esa corrección.
Su corazón latía con fuerza. ¿Por qué no podían dejar el pasado en el pasado? James había sido un joven conde muy confundido y afligido. Y Frederick había sido la pesadilla de James, un chico que parecía hecho de ira, en una época en la que la ira era una de las cosas que más temía James.
— Un macho. ¡Tenías razón, James! —La voz de Frederick flotaba en el aire mientras Bell y él parecían deslizarse cada vez más lejos por la pradera—. Una maravilla.