Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Me enteré de eso —dijo con tono frío y monótono—. Te tiró casi contra un árbol; te hiciste mucho daño. —Miró al frente, de modo que no miraba a James cuando comentó—: Quizá no seas tan buen jinete como crees.

Y se alejó a zancadas de los establos.

D esde la ventana de su dormitorio en la casa solariega, James no podía ver su cabaña, pero imaginaba el camino que llevaba hasta ella, imaginaba que cogía una vela y salía a la oscuridad.

De niño le daba miedo la noche, pero ahora sus pasos no vacilarían si saliera de la casa, al saber que Harold lo esperaría en la cabaña.

Pero era solo un sueño. Sin duda, Harold estaba dormido en su vivienda detrás de los establos.

Por ahora, aquel lugar era el suyo, y este era el de James, y la cabaña existía como una tierra mítica de cuento de hadas donde ambos estaban libres de las limitaciones de su posición social.

Le costaba dormir, al igual que le costaba dormir en cualquier cama que no fuera la de la cabaña.

Estaba orgulloso de cómo construía su negocio, pero deseaba poder evitar sus frecuentes viajes a Londres y sus estancias en Stratford House.

La vida sería perfecta si pudiera quedarse en Eavesmore, ocupado con sus caballos y sus libros, sin molestar a nadie y sin que nadie lo molestara.

Al final, cansado de dar vueltas en la cama, se alzó y encendió una lámpara en el escritorio que no había utilizado en años.

Cogió papel y escribió unas cuantas páginas, aunque eran mediocres y poco inspiradas.

Estaba cansado de lord Slyfeel, aunque sus lectores no, y deseaba escribir sobre Aldwain. O Ada, como la llamaba su amado.

Escribió otra escena: un baile, con candelabros resplandecientes y gente vestida con trajes radiantes, y Ada del brazo del hombre que amaba y que la amaba.

Las palabras fluían, aunque James sabía que no tendrían cabida en Diarios de una doncella .

¿Y qué era aquello, sino la fantasía de James?

Porque Ada era orgullosa y valiente, amable y cortante dependiendo de quién se le acercara y qué le dijera, y nadie se atrevía a reírse de ella.

Y si el hombre que la acompañaba se parecía un poco a cierto jefe de caballerizas, ¿qué más daba?

Nadie lo sabría, excepto James, y tal vez le leyera las páginas a Harold una noche, solo para verlo sonreír con deleite al reconocerse allí, vestido con finas galas y joyas, con todos los hombres y mujeres de la alta sociedad mirándolo con ojos codiciosos.

A Harold le parecería divertido. Tal vez incluso se sonrojara.

Pensó en la queja anterior de Frederick, que a James lo consideraban excéntrico porque no había asistido a un solo baile en la temporada.

Sin embargo, había asistido a muchos en el pasado, y ni una sola vez había salido tan triunfante como Ada.

Los encontraba incómodos y desagradables en el mejor de los casos, y humillantes en el peor.

James no era tan valiente como Ada, ni tan ingenioso.

Escribió hasta que se dio cuenta de que la luz del día suavizaba la oscuridad.

Guardó las páginas bajo llave en su escritorio y se dirigió a su tocador.

Vertió un poco de agua de la jarra en la palangana y se frotó las manos en un vano intento de quitarse la tinta que manchaba sus dedos.

Su corazón dio un vuelco al pensar que Harold se daría cuenta y sabría que había estado escribiendo en lugar de dormir, y se transportó a sueños sobre cómo Harold podría castigarlo exquisitamente por quedarse despierto toda la noche, antes de recordar con un dolor vacío que la tinta se borraría, casi con seguridad, de sus dedos antes de que Harold la viera.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, James supo que la falta de sueño lo pondría de mal humor.

Había pensado en pedirle a un criado que le dijera a Frederick que se había levantado temprano para empezar a trabajar con los caballos, pero, en lugar de eso, se obligó a desayunar con su hermano.

Frederick estaba callado. Malhumorado, pensó James, hasta que de repente su hermano levantó la vista y musitó:

—Quiero pedirte perdón. Por lo de ayer.

James lo miró.

—Ah, ¿sí?

—Fui muy grosero contigo. Si de verdad me desprecias, tal vez sea porque no te he dado motivos para no hacerlo.

Él apenas ocultó su sorpresa.

—Eso… eso no es cierto. No te desprecio. Y, si lo parece, probablemente sea porque yo… no siempre sé qué decir. O digo cosas equivocadas, a menudo. Estoy seguro de que eso me hace parecer frío.

Frederick centró su atención en los huevos.

—Me enviaste con la tía Berenice —indicó en voz muy baja, como para consolarse a sí mismo de algo.

James suspiró y dejó el tenedor.

—Frederick… Lo siento mucho si… si no querías irte de Eavesmore.

Fue hace mucho tiempo y yo no podía cuidar de ti después de que murieran mamá y papá.

Ni siquiera sabía cómo cuidar de mí mismo, y menos aún de la finca.

Pensé que serías más feliz en otro lugar.

Y lo que te dije la última vez que hablamos…

—No lo decías en serio —añadió Frederick con rapidez, casi con urgencia, como si fuera un dramaturgo que escuchara sus palabras leídas en voz alta por primera vez; se apresuró a dar indicaciones a James, el actor que tropezaba con el texto.

James lo miró fijamente. No quería recordar las cosas que había dicho aquel terrible día, ni quería pensar en hasta qué punto las había dicho en serio.

—No. Los dos estábamos enfadados. Espero que ya sea agua pasada. Nunca he querido hacerte daño.

—Por supuesto. —Frederick se quedó callado—. Me gustaría salir a montar a esta mañana. Con cualquier caballo que creas adecuado para mí.

Una vez más, James ocultó su sorpresa. Esperaba pasar la mañana escribiendo, pero no quería ofender a su hermano.

—Por supuesto.

—Estás sorprendido. —La mirada de Frederick no se apartó de su rostro.

—Solo pensaba que, después de lo de ayer…

—Eres muy fácil de interpretar, ¿sabes?

—¿De verdad? —James sintió un nudo en el estómago.

Frederick sonrió, y de alguna manera logró parecer encantador y distante al mismo tiempo.

—Sí. No sabes mentir bien. Nunca has sabido.

El nudo en el estómago de James se convirtió en una náusea que no remitía. ¿Qué quería decir Frederick con eso?

—Es cierto —dijo con cautela.

—Pero creo que dices la verdad. Sobre no querer hacerme daño.

James suspiró aliviado.

—Por supuesto que sí. Eres mi hermano.

—Sí. —Él ladeó la cabeza, como un pajarito—. Lo soy. —Mantuvo esa mirada de pájaro un poco más y luego echó la silla hacia atrás—. He comido más de lo que debía. Cualquiera que sea la pobre bestia en la que me montes, no me lo agradecerá, ni a ti ni a tu cocinero.

James esbozó una sonrisa forzada.

—Yo también he comido suficiente. ¿Vamos a los establos?

Creo que te gustará Bellwether. Es un cruce de árabe y pura sangre, pero es tan rápido como cualquiera de los pura sangre.

La sangre árabe le da mucha resistencia, mientras que algunos de los pura sangre se desmayan como damas de la alta sociedad si hace demasiado calor o si deciden que ya han tenido suficiente.

—Estoy seguro de que me encantará —dijo Frederick, y salió de la habitación tras James—. Tal y como dices, hermano.

L a primera hora del paseo fue encantadora.

Atravesaron el bosque; Frederick montaba a Bell y James a Saint, lo que le recordó a James, con una agradable sorpresa, su paseo con Harold hacía menos de quince días.

Se aseguró de alejarlos del cerro, ya que ese lugar solo les pertenecía a Harold y a él.

Frederick hablaba poco, pero parecía admirar el paisaje, y James pudo relajarse en el silencio.

Trotaban cuando el camino lo permitía, y a James le sorprendió comprobar que Frederick se había convertido en un jinete competente durante su estancia en el extranjero.

Ver a su hermano pequeño crecer le produjo una punzada inesperada en el corazón.

Y se dio cuenta de que no sabía nada de su vida en los últimos años.

—¿Te gustó Viena? —preguntó James.

—Oh, sí —respondió Frederick, distraído—. Deberías ver cómo visten allí. Las mangas de los vestidos de las damas son bastante amplias. Y hacen un ruido tan agradable durante el vals…

—¿Así que… encontraste muchas jóvenes con las que bailar el vals?

—Muchas —asintió Frederick.

—¿Alguna en particular a la que te gustaría cortejar?

—No —respondió él, que tiró de la rienda izquierda de Bell para evitar que mordiera las hojas—. No cortejaré a nadie en Viena. Tengo intención de quedarme en Inglaterra.

A James se le encogió el corazón.

—Ah.

—Al fin y al cabo, es donde nací. Es mi hogar. Tengo tanto derecho a estar aquí como cualquiera.

—Por supuesto que sí.

La confusión y la inquietud de James volvieron. No podía quitarse de la cabeza la sensación de que, aunque Frederick y él parecían estar manteniendo una conversación bastante agradable, había una nota discordante en todo lo que decía su hermano.

—Me alegro de que pienses así. —Frederick le dedicó otra de esas extrañas sonrisas. Luego miró a su montura—. Has dicho que el animal era rápido. Sin embargo, hemos ido muy despacio.

—Saldremos del bosque en otro cuarto de milla. Habrá un campo donde podremos galopar. Aunque no deberíamos hacerlo, ya que llovió hace dos noches y puede estar bastante embarrado.

—Eres muy precavido.

—Bueno, estos animales son valiosos.

—Sí. Son tus preciadas posesiones, ¿no?

—Sí, las quiero mucho.

Frederick asintió.

—¿Te dejan tiempo para amar a alguien más?

¿Hay alguien en particular, una dama en Londres, tal vez, a quien te gustaría cortejar?

—James frunció el ceño ante el tono burlón de la palabra «cortejar»—.

Supongo que no —continuó—. Ya que ni siquiera asistes a eventos cuando estás en la ciudad.

Solo garabateas en tu cuaderno. ¿Qué escribes, hermano mío?