Capítulo 8
—¡Ajá! —exclamó Slyfeel—. ¿Qué es esto? ¿Una nueva conquista ha aparecido en la ciudad y nadie me ha dicho nada? —Hizo un puchero en dirección a lord Cameron—. ¡Y pensar que me estaba aburriendo esta temporada! Bueno, no me mantengas en la ignorancia, libertino. ¿Cómo se llama?
—Lady Ada —dijo lord Cameron—. Es todo un misterio.
Slyfeel observó a la mujer que entraba en la sala.
Era una belleza: sus oscuros rizos caían en cascada sobre un cuello tan blanco y orgulloso como el de un cisne.
Su vestido era de un rojo radiante y resplandecía con un centenar de delicadas flores bordadas, cuya complejidad debía haber dejado ciegas a un equipo de costureras.
Era hermosa, tan hermosa como el joven al que Slyfeel había conocido solo una semana antes en Rotten Row.
—Aldwain —murmuró, antes de corregirse—: Ada.
Ella sería suya.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN V
J ames observó a Frederick mientras Benton les ofrecía una alegre visita guiada por el patio, la cochera y los establos.
Su hermano se detuvo un rato en una de las salas de arneses, pasó los dedos por las correas y los collares, y James intentó no moverse con nerviosismo, como si Frederick pudiera contemplar el fino trabajo del guarnicionero y deducir de alguna manera que James tenía un interés desmesurado por el aspecto, el tacto y el olor del cuero, o que Harold había trabajado bastante en aquellas herramientas a lo largo de los años para crear una serie de arneses que James pudiera llevar. Pero todo lo que Frederick dijo fue:
—Hay un guarnicionero en Viena que utiliza un cuero más rígido en sus arneses, y el efecto es mucho más bonito.
—Mmm. —James se puso a la defensiva—. Bueno, tenemos una gran variedad de equipos de equitación. La piel de cabra que se utiliza para ese arnés en particular es muy suave y funciona bien para los caballos más sensibles.
Frederick resopló, pero no dijo nada más.
En la sala de piensos, Frederick comentó que la habitación parecía demasiado grande, y James reconoció con entusiasmo que era cierto.
—Sí, le he dicho a Granger que quiero dividir el espacio y construir otra cuadra.
Él cree que es innecesario. Incluso lo considera una tontería, ya que dice que, con la cantidad de caballos que adquiero, necesitaremos tantos establos como sea posible y no tendremos espacio para cubículos, y que pronto utilizaremos toda esta sala para el pienso.
Pero hay otra sala de piensos en el patio, así que no veo por qué esta tiene que ser tan grande.
Frederick le lanzó una mirada severa.
—¿Y qué importa su opinión? Tú eres el conde, ¿no?
James sintió que se le calentaba la nuca.
—Sí. Pero, por supuesto, respeto la opinión de mi jefe de caballerizas.
—Por supuesto —repitió Frederick, con un tono sarcástico en la voz que le hizo hervir la sangre—.
Dejas que él diga que tus ideas son una tontería, ¿verdad?
—James no respondió. No debería haber comentado nada—.
Dime, ¿es gracias a tu genialidad o a la de Granger que la pequeña granja de mamá y papá se haya convertido en un éxito?
—Nunca fue una «pequeña granja». Los caballos de papá siempre fueron muy codiciados.
—Vamos, no seas tan tímido. Date el mérito. Lo has hecho bien.
A James no le gustaba cómo le reconfortaban los elogios, y de inmediato se sintió receloso. Frederick se estaba burlando de él, ¿no?
«No seas tan pusilánime». Incluso cuando era un niño pequeño, con James casi siete años mayor que él, Frederick había sido capaz de sacarlo de quicio.
Encontraba sus puntos débiles y los usaba para mofarse.
Se sintió disgustado consigo mismo al descubrir que todavía tenía la capacidad de incordiarlo.
—He construido sobre lo que mamá y papá me dejaron.
—Sí. Lo que te dejaron mamá y papá. —Frederick volvió a tocar el arnés de piel de cabra.
—Ah, vamos. —James habló con una bravuconería que sabía que solo le duraría un momento—. Seguro que no sigues resentido conmigo por haber heredado. Yo era el mayor, no tenía otra opción.
Frederick se rio, pero no fue un sonido agradable.
—¿De verdad crees que soy tan mezquino? Por supuesto que no envidio tu título, Jimmy.
El estómago de James se alzó al oír a Frederick utilizar el nombre que solo había oído a Harold. Por un momento, sus pensamientos se aceleraron. Frederick no lo sabía. No podía saberlo. No era un diminutivo tan inusual; Frederick no pretendía nada con ello.
Y, sin embargo, ¿por qué había ido Frederick allí, después de tantos años? ¿Acaso alguno de los sirvientes había susurrado algún cotilleo que había llegado a Londres y…? No. No debía pensar así.
—Vamos a ver a los caballos. —James intentó sonar cordial, pero estaba bastante seguro de que su voz no era mucho más que un susurro—. Y luego montaremos. Suponiendo que ya no te den miedo los caballos —no pudo resistirse a añadir.
Frederick lo miró durante un largo rato, y James vio en sus rasgos al niño que había sido. Pero los ojos… eran más viejos, más astutos. No fríos, sino evaluadores.
—No. Muchas de las cosas que antes me asustaban ya no lo hacen.
James deseó poder decir lo mismo.
Al pasar por los establos del bloque orientado al sur, James se encontró mirando por los grandes ventanales hacia los campos de entrenamiento.
Se detuvo cuando vio a Ellis montado en Dodger, los dos galopando junto a Thistle y John.
Sonrió para sus adentros. Así que Harold había decidido probar su idea de que Dodger y Thistle trabajaran juntos, ¿no?
James le había dicho una y otra vez que Thistle era demasiado mayor y demasiado refinada para disfrutar de la compañía de Dodger.
Pero, por lo que parecía, Harold tenía razón: se movían maravillosamente juntos.
Ah, tendría que fastidiar a Harold más tarde por haber actuado a sus espaldas.
Sin duda, estaría muy satisfecho de su triunfo y tal vez hiciera pagar a James por haberse opuesto con tanta vehemencia.
La sonrisa de James se desvaneció al recordar que ahora no podían hacer esas cosas. Sintió una extraña sensación de dolor, como si fuera un día gélido y lluvioso, y el frío y la humedad se le hubieran metido en los huesos. Se sentía vacío.
—Ese gris es muy ágil —murmuró Frederick a su lado. También se había detenido para ver el entrenamiento de Dodger. Benton se mantenía a una distancia educada, con las manos a la espalda.
—Sí —asintió James—. Su pedigrí es excelente.
Su andar es espléndido, y es guapo y vivaz.
Sin embargo, se enfada por las cosas más extrañas y de forma bastante impredecible.
Puede pasar cinco veces junto a los cisnes de Hyde Park sin incidentes, pero a la sexta…
Mira, iba a la perfección y ahora levanta la cabeza porque Ellis le ha pedido que se detenga mientras la yegua sigue adelante.
Frederick lo miró.
—¿Y quién está al mando aquí? ¿Los caballos o los hombres? Tu mozo lo está mimando cuando debería azotarlo.
James sintió cómo la ira se apoderaba de él, pero la reprimió lo más rápido que pudo. Se preguntó qué pasaría si de repente declarara que, aunque «azotarlo» era una táctica que funcionaba bien con él mismo, no lo hacía con los caballos.
—Aquí no utilizamos esos métodos —comentó en su lugar—. Un animal responde mejor a la gentileza, a la creación de confianza.
—Pero un hombre debe controlar a las bestias —espetó Frederick—.
De verdad, James, te pareces mucho a padre.
—Lo dijo como si fuera un insulto—. ¿Cuántas veces has vendido un caballo, a un precio exorbitado, a algún pobre tonto que más tarde descubrirá que su montura cree que puede hacer lo que le plazca?
—Los caballos de Eavesmore están impecablemente entrenados. Ese gris ya tiene comprador, pero Granger y yo hemos pedido más tiempo con él para corregir algunas peculiaridades. No vendemos un caballo que no esté listo.
Frederick se quedó en silencio. Luego anunció:
—Quiero montarlo.
James se volvió.
—¿Perdón?
—Has dicho que montaríamos. Yo montaré el gris.
Él soltó una risa sorprendida.
—Por supuesto que no. Han estado trabajando con él hasta dejarlo casi exhausto. Y tú no eres… Necesita un jinete experto.
Frederick habló con frialdad.
—No soy el niño pequeño que crees que soy, hermano. He montado mucho en el continente. Seguro que manejaré ese caballo mejor que tu jefe de caballerizas.
Algo en la forma en que dijo «manejar» le revolvió el estómago.
—No voy a dejar que lo montes ahora. Bellwether, aquel de allí, es un buen caballo; ese puedes cabalgarlo.
Pero quizá más adelante, si aún lo deseas, puedas ayudar con el entrenamiento de Dodger.
No como jinete, pero intentamos que las personas y los animales lo distraigan mientras lo montan, para que…
—¿Por qué me desprecias? —preguntó Frederick de repente.
James se quedó boquiabierto. Era muy consciente de que Benton estaba detrás de ellos.
—Yo… no te desprecio.
—Sí que lo haces. Siempre lo has hecho.
James no pudo ocultar su sorpresa. Para alguien que había expresado tal disgusto por la existencia poco ortodoxa de James y los rumores que alimentaba, Frederick parecía no tener reparos en sacar los trapos sucios en público.
Y sí, muy bien, Benton era solo un hombre, pero James se sintió como si los ojos de toda la alta sociedad estuvieran puestos en ellos.
—Eso es una tontería —dijo en un susurro.
Frederick lo estudió durante un largo momento, y James descubrió que no podía apartar la mirada de esos ojos color avellana tan parecidos a los suyos.
Al final, su hermano menor volvió a mirar por la ventana.
—No quiero montar ahora. Voy a volver a la casa. —Se dio la vuelta para marcharse, y James no se atrevió a llamarlo. Pero entonces Frederick se detuvo y dijo, por encima del hombro—: Ese es el caballo que te tiró, ¿verdad?
Una vez más, James se sorprendió.
—¿Qué?