Capítulo 7 #3
—A veces solo quiero alejarme de lo que hay ahí. —Señaló Eavesmore, debajo de ellos.
—Bueno —dudó Harold—. Si alguna vez necesita un compañero de viaje, vendría aquí con usted. No lo molestaría, no diría ni una palabra si no quisiera. Solo me aseguraría de que no se cayera del acantilado.
La mirada de James aún era recelosa, pero se suavizó al poco.
Harold le sonrió.
—Lo digo en serio, señorito James. Cuidaré de usted.
A partir de ese día, James comenzó a merodear por los establos cuando él trabajaba.
Parecía retraerse si le prestaba atención, así que se limitaba a esbozarle una rápida sonrisa y luego se dedicaba a sus tareas, dejando que el hijo del conde observara desde la distancia.
Hasta que una yegua llamada Helena de Troya parió y le llevó todo un día conseguir que el potro mamara.
La yegua había sangrado más de lo normal durante el parto, y Bassett y los dos mozos de cuadra estaban ocupados con la crisis, por lo que dejaron a Harold solo para alimentar a los caballos y limpiar los establos.
No le sorprendió mucho que James se uniera sin decir nada, aunque supuso que debería haberse horrorizado al ver que un lord limpiaba excrementos de caballo.
Mientras abrían un saco de grano y lo vaciaban juntos en uno de los grandes contenedores del cuarto de piensos, Harold preguntó:
—¿Ha habido más excursiones al cerro? —Dejó el saco vacío en un rincón de la habitación.
James bajó la mirada de inmediato.
—No —murmuró—. Dijiste que no lo volviera a hacer. No por mi cuenta. Y no lo he hecho.
Algo se removió en el pecho de Harold. El señorito James arriesgaba mucho al tratarlo con tanta deferencia, aunque no tanto como Harold al hablarle al joven señor con autoridad.
No era lo correcto. Pero al ver la mirada baja, el ligero rubor en las mejillas de James, el hecho de que no se tensara como si estuviera listo para salir corriendo, sino que se mantuviera tranquilo, como si esperara las siguientes palabras de Harold…
Harold no habría podido regañarlo, aunque hubiera querido.
—Bien. —Harold posó una mano en el hombro de James—. Me alegro mucho de oír eso. —Bajó la mano a su costado una vez más—. ¿Le gustaría conocer al potro?
James levantó la vista, sorprendido, y asintió.
No comentó que podía conocer al potro cuando le diera la gana, que no le correspondía a Harold ofrecerle acceso a su propiedad.
Se limitó a seguirlo más allá del lavadero hasta el cubículo de parto.
Los mozos habían detenido la hemorragia de Helena de Troya, y ella estaba de pie tranquilamente mientras su nuevo bebé mamaba por fin.
James pareció olvidar que Harold y los mozos estaban presentes, se apoyó en la pared del cubículo y les murmuró a la pequeña criatura y a su madre.
Al final, los mozos se marcharon y Bassett no ladró ninguna instrucción a Harold, por lo que se quedó con James.
—Es muy traviesa. —James sonrió mientras la potranca retozaba por el cubículo y saltaba de lado hacia su madre.
—Aprenderá rápido —dijo Harold—. Es inteligente, se nota.
La cría los miraba con las orejas erguidas. Era de color marrón oscuro, casi negro, con una amplia estrella blanca en la frente.
—Mi padre… —James vaciló—. Dice que puedo ayudar a Bassett en su entrenamiento. —Miró a Harold y volvió a mirar a la potranca—. Ojalá tu padre siguiera aquí. Me hubiera gustado aprender con él.
Harold sintió una punzada, aunque hizo lo posible por ignorarla.
—Mmm.
—Siento que mi padre lo despidiera.
—Yo no —dijo Harold con sinceridad—. Era un peligro para los caballos.
Hubo un silencio.
—Aun así, lo siento —dijo James—. Y quiero que sepas que vi lo mucho que trabajaste cuando él estaba aquí para que todo funcionara bien. Para asegurarte de que sus… episodios… pasaran desapercibidos. O, al menos, que no interfirieran en el cuidado de los animales. Te admiraba mucho por ello.
Harold apenas podía respirar. Había admirado a James durante tanto tiempo, había estado tan enamorado de la tranquila determinación del chico mayor, de lo gentil que era con los caballos y de lo poco que le asustaba el trabajo duro, a pesar de su estatus, que no se le había ocurrido que James pudiera admirarlo a él.
—Yo… —No era habitual que Harold titubeara al hablar—. Pensé que quizá las cosas mejoraran. Si tan solo… —No sabía cómo terminar la frase, así que no lo hizo. James se acercó un poco más a él y juntos observaron a Helena de Troya proteger a su potranca en el hueco de su cuello.
Seis meses más tarde, mientras Harold enseñaba a la potranca, llamada Europa, a aceptar un collarín, se corrió la voz por los establos de que lord y lady Stratford habían fallecido en un accidente de carruaje de camino a Londres, y de que James era ahora conde.
Más agudo que su propio dolor —pues sentía mucho cariño por los Stratford— fue su preocupación por James.
El joven le había confesado a Harold, en los raros momentos en que lograba entablar conversación con él, que a menudo impacientaba a sus tutores.
Que exasperaba al cocinero por su apetito caprichoso.
Que incluso sus padres, a quienes él adoraba y que lo querían, le decían que no debía dejar que su mente divagara tanto, que debía aprender a hablar alto y claro en compañía y esforzarse más por dominar los asuntos de negocios.
¿El personal de la casa estaba siendo amable con él?
¿O estaban impacientes con él, con su dolor, con su incertidumbre sobre cómo ser el conde de Stratford?
Harold quería ir a la casa principal y comprobarlo por sí mismo.
Durante varios días, apenas oyó una palabra sobre cómo le iba al nuevo conde, y comenzó a perder la esperanza de volver a verlo.
Entonces, una noche, se despertó a las dos para revisar la pezuña infectada de un potro de un año y encontró una figura oscura de pie en el compartimento de Helena de Troya, que acariciaba rítmicamente el cuello de la yegua.
Helena relinchó al ver a Harold, pero él no se dio la vuelta.
—¿Milord? —se atrevió a decir Harold en voz baja, levantando la lámpara.
James negó con la cabeza. Sus hombros se encogieron, pero no emitió ningún sonido.
Harold dudó solo un momento, dejó la lámpara en el suelo, abrió la puerta del cubículo y entró. Europa había sido destetada el mes anterior, pero Bassett aún no había trasladado a Helena a un establo. Cerró la puerta tras de sí y se colocó detrás de James, sendas sombras se proyectaban en la pared.
—Soy conde —susurró James, como si aún no pudiera creerlo.
—Milord, por favor, acepte mis condolencias por la pérdida de lord y lady Stratford. —Harold hizo una ligera reverencia, aunque James no pudiera verlo.
—Por favor, no me llames así —la voz de James era tan baja que casi no lo oyó—. «Milord». Lo odio.
—¿Cómo le gustaría que lo llamara? —preguntó Harold, que se enderezó junto con su sombra.
Él volvió a negar con la cabeza. Por fin se volvió hacia Harold, con los hombros encorvados como si fuera Atlas y el peso del cielo lo aplastara.
Harold no lo pensó; dio un paso adelante y abrazó al conde de Stratford.
Estaba oscuro y no había nadie más en los establos.
Además, James lo abrazaba con tanta fuerza que a Harold no le habría importado que medio Eavesmore lo viera, habría permanecido tal y como estaba.
—Te ayudaré —susurró—. En lo que necesites. —Hizo una pausa y le acarició la espalda a James—. Siempre estaré aquí. Siempre.
Lo decía en serio. Y si no hubiera sido por esos dos años después de cumplir los dieciocho, habría cumplido su promesa al pie de la letra. Pero James y él habían dejado atrás ese tiempo de separación. Harold no debía darle vueltas al asunto.
Harold volvió al presente una vez más y observó cómo se acercaban el conde y el señor Lewis.
Le habría gustado llamar a James, invitarlo a ver los progresos que Dodger estaba haciendo con Thistle.
Pero los hermanos desaparecieron en el establo, y Harold solo pudo esperar que James estuviera bien y que el señor Lewis no se quedara en Eavesmore demasiado tiempo.