Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Sí. Ahora es mi jefe de caballerizas. —Y mucho más que eso. James esperaba que ni siquiera una pizca de lo que Harold significaba para él se reflejara en su expresión.

—¿En serio?

James se estremeció ante el tono burlón de Frederick.

—Sí. Lo ascendieron a mozo de cuadra cuando cumplió dieciséis años. Y más tarde se abrió camino hasta convertirse en jefe de caballerizas.

—Hmmm —asintió Frederick—. ¿Y qué hay de los rumores, James?

Al oír esto, el corazón de James casi se detuvo por completo.

—¿Qué rumores?

—Me temo que no todo lo que se dice de ti es bueno.

Se te considera «excéntrico». Rara vez se te ve en la ciudad.

Cuando estás allí, vas a tu club, pero no hablas con nadie.

Siempre estás garabateando en un cuaderno.

Me han dicho que no has asistido a ningún evento esta temporada.

Hay un rumor de que te alojas en la casa de los sirvientes.

Seguro que recuerdas que incluso mamá y papá se esforzaban por ver y ser vistos.

—Yo… —James miró a su hermano a los ojos y esperó parecer indiferente y desinteresado, y no un hombre con demasiados secretos—. Estoy muy ocupado con los caballos.

Frederick lo miró durante un momento que le pareció muy largo, pero que probablemente no lo fue. Luego se dio una palmada en los muslos.

—¡Bueno! ¡Me gustaría mucho ver los establos!

L a primera mañana del señor Lewis en Eavesmore, Harold se encontraba en uno de los amplios campos que utilizaban para entrenar y observaba a Ellis mientras ejercitaba a Dodger.

John montaba una yegua muy paciente llamada Thistle, y pasaban junto a Dodger y Ellis en diversos ángulos y pasos para tratar de acostumbrar al corcel gris castrado a las distracciones.

Habían probado esa táctica muchas veces, ejercitando a Dodger en compañía de otros caballos, así como de perros, gallinas y, en una ocasión, la cabra de un vecino.

Pero nunca antes lo habían probado junto a Thistle.

Harold lo había sugerido una vez, y James había protestado, medio en broma, que la vieja yegua alazana era demasiado digna como para someterla a las travesuras de Dodger.

Pero desde el punto de vista de Harold, el problema era que los dos parecían disfrutar demasiado de la compañía del otro.

Dodger no dejaba de ajustar su ritmo sin que nadie se lo pidiera para permanecer cerca de la yegua, y Thistle, lejos de parecer resignada, mostraba las orejas erguidas y brío en su paso, giraba la cabeza de vez en cuando para mirar al caballo enamorado.

Thistle le llevaba unos buenos doce años a Dodger y, sin embargo, él estaba prendado de ella como un ciervo embelesado en su primera temporada.

—Tira tu sombrero —le dijo Harold a Ellis, y el mozo de cuadra se lo quitó y lo lanzó al césped, dentro del campo de visión de Dodger.

El capón no se asustó ni levantó la cabeza; ni siquiera pareció darse cuenta.

Aceleró el trote hasta que volvió a encontrarse junto a Thistle, y los dos se movieron amigablemente por la pradera.

Harold suspiró. Así que Dodger había hecho una amiga.

Quizá fuera una buena idea para su temperamento voluble tenerlo en el establo junto a Thistle y seguir ejercitándolos juntos.

Pero iban a vendérselo a lord Warrington, por lo que debía acostumbrarse a comportarse bien por sí mismo, sin la influencia estabilizadora de la yegua.

Harold y James eran muy sentimentales con los caballos, aunque Harold intentaba ser más práctico para que James pudiera ser tan sentimental como quisiera.

Pero, en privado, Harold no veía por qué un caballo, al igual que un hombre, debía separarse de un compañero que lo mantenía estable.

Entonces, como si Dios quisiera asegurarse de que Harold no pasara por alto el paralelismo, vio a James y al señor Lewis bajar por el camino desde Eavesmore hacia los establos.

Enseguida le preocupó que James pareciera rígido, incómodo.

Y, sin embargo, los hermanos estaban pasando tiempo juntos.

Seguro que eso era algo bueno, ¿no? No era asunto de Harold; si James y el señor Lewis venían a los establos a montar o a pasear en carruaje, Benton les atendería.

Se obligó a concentrarse otra vez en Dodger.

Recordó un día de primavera de hacía años: él acababa de cumplir doce y James estaba a un mes de cumplir dieciséis.

Habían despedido al padre de Harold de Eavesmore ese invierno, y él había respondido trabajando más duro que nunca, para que ni lord y lady Stratford, ni Bassett, el nuevo encargado de los establos, tuvieran motivos de queja.

Pero, aquella tarde, Bassett había insistido en que se tomara unas horas libres.

Sin saber qué más hacer, había subido al cerro.

Mientras estaba de pie en la cima del pico escarpado, con el viento azotándole el pelo, vio cómo el sol asomaba por detrás de las nubes antes de desaparecer de nuevo.

Entonces divisó una figura al otro extremo del afloramiento rocoso.

Bueno, solo vio la parte superior de la cabeza de James.

Harold se mareó al acercarse y se lo encontró encaramado en una estrecha cornisa justo debajo de la cima, desde donde contemplaba los terrenos de Eavesmore.

Se obligó a ralentizar el paso y a hablar en voz baja para no asustar al chico mayor.

—¿Señorito James? ¿Qué está haciendo? —Como si tuviera derecho a hacerle esa pregunta al hijo de un conde. Pero en ese momento solo pensaba en la seguridad de James.

Este levantó la vista sobresaltado, pero aún perfectamente equilibrado sobre la roca, y su mirada suave y recelosa hizo que a Harold se le revolvieran las tripas.

—Tenga cuidado, por favor —le había implorado. Y cuando James apartó la mirada, le preguntó—: ¿Alguien sabe que usted se encuentra aquí?

Él no lo miró, pero Harold captó un destello de ira en sus ojos color avellana.

—No. Y a nadie le importaría si lo supieran.

—No me lo creo.

James tensó los hombros, pero no le gritó ni alardeó de su estatus. No dijo nada en absoluto.

Harold sabía que debería ser despedido en el acto por su audacia, y, sin embargo, fue aún más lejos.

—Vuelva aquí, ahora mismo.

Él permaneció en silencio durante un momento.

Y, para sorpresa de Harold, obedeció y trepó desde la cornisa hasta la roca.

Se quedó un momento a cuatro patas a los pies de Harold, se alzó con torpeza y se limpió las palmas de las manos en sus pantalones de ante.

A pesar de la diferencia de edad, eran casi de la misma altura, y Harold notó que el chico mayor se negaba a mirarlo a los ojos.

—Podría haber muerto haciendo eso. —Había más emoción en la voz de Harold de la que pretendía.

James parecía contrariado más que indignado o enfadado.

—Lo… lo siento —dijo con tal sinceridad que Harold se preguntó si no se trataba de una burla—. Pensaba que nadie se daría cuenta.

Debería haber sido él quien se disculpara por no saber comportarse.

Su padre solía acusarlo de ser demasiado imprudente: «Te crees el dueño del mundo, ¿verdad?

Incluso cuando estás metido hasta las rodillas en mierda de caballo», lo que resultaba terriblemente cómico viniendo de un hombre que se emborrachaba hasta desmayarse antes de manejar bestias nerviosas que pesaban seis veces más que él.

Pero Harold sostenía que, a veces, lo que se sentía correcto importaba más que lo que los señores y señoras de la alta sociedad decían que era correcto.

Detrás de la mortificación en la expresión de James había algo bastante inesperado.

Algo que se parecía mucho a la esperanza. Así que Harold ordenó con firmeza:

—No lo volverá a hacer.

Ojalá hubiera podido interpretar todo lo que pasaba por aquellos ojos color avellana en aquel momento.

Tanta riqueza de sentimientos, tantas emociones contradictorias que terminaron en una mirada de desolación que atravesó el pecho de Harold.

James ocultó su expresión, estudió el borde del cerro y se encogió de hombros de forma muy deliberada.

—Puede que lo haga.

No era insolencia, precisamente. O, más bien, era una insolencia muy cuidada, experimental. El chico dirigió su mirada a Harold, pero enseguida la apartó.

—Si lo hace —dijo Harold—, iré tras usted y le daré una buena reprimenda. A menos, claro está, que se rompa el cuello antes de que lo alcance. No creo que tenga mucha suerte sermoneando a un cadáver.

James lo miró con cautela.

—No hay nada que puedas hacer. —El arrepentimiento se reflejó en sus rasgos suaves y delicados, pero Harold pensó que no era arrepentimiento por sus acciones, sino por algo mucho más profundo—. No te corresponde a ti juzgar mi comportamiento.

Harold lo miró a los ojos e hizo quizá la cosa más temeraria que había hecho nunca.

—¿Cree que me da miedo su título, señorito James? Haré lo que sea necesario para mantenerlo a salvo.

Esperaba que los hombros del chico se tensaran de nuevo, pero, en cambio, se relajaron.

—Sus padres —continuó él— se enfadarían mucho si le pasara algo.

James no respondió de inmediato.

—A ellos no les importa lo que haga. Saben que puedo cuidar de mí mismo, así que deben centrar su atención en mi hermano.

Eso sorprendió a Harold. Por lo que había visto de la relación de lord y lady Stratford con su hijo mayor, parecía que lo querían mucho.

No eran reservados ni indiferentes, no trataban a James como un mero símbolo de su estatus.

Pero supuso que tenía sentido que Frederick Lewis, con solo nueve años, exigiera más tiempo y energía a sus padres.

—Es un niño difícil —añadió James en voz muy baja. Había mucho en esa afirmación sobre lo que Harold habría querido preguntar, pero supuso que no debía hacerlo.

—Ellos seguirían queriendo que estuviera a salvo —dijo Harold con certeza. James asintió con la cabeza y miró al suelo—. Yo quiero que esté a salvo —añadió.

El viento azotó el silencio, pero él no insistió en que James respondiera. Por fin, habló: