Capítulo 7
Lord Slyfeel atravesó los establos a zancadas y echó un vistazo al mozo de cuadra que barría la paja vieja.
—¡Julius! —gritó, imperioso—. ¿Dónde diablos estás?
Su mozo de cuadra apareció.
—¿En qué puedo ayudarlo, mi señor?
—Lo sabes muy bien, bruto —dijo Slyfeel—. Mi culo está pidiendo a gritos el azote de tu fusta, y anoche no había ni un solo hombre en el club con una polla que se acercara a la tuya.
Julius se apoyó en la puerta del establo y cruzó sus musculosos brazos sobre el pecho.
Slyfeel se desató la corbata y se la quitó.
—Ese mozo de cuadra… No lo había visto antes. ¿Es nuevo? ¿Y cómo se le da chupar una polla?
—Mejor que a cualquiera de sus caballeros londinenses.
—Pues bien —dijo Slyfeel—, no dejemos que su talento se desperdicie.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN II
F rederick llegó a Eavesmore el miércoles por la tarde.
Harold se encontraba trabajando en los establos y le reprochaba a John, uno de los mozos de cuadra, que hubiera metido a Dodger en su establo sin comprobar bien sus cascos después de sacarlo, cuando Matthew llegó corriendo con la noticia.
Era el paje y el hermano menor de John. Harold lo había contratado al principio para trabajar en los establos, pero la costumbre del chico de saltar detrás de los caballos habría acabado, casi con seguridad, con su cerebro esparcido contra la pared más cercana, sobre todo al tratar con caballos como Dodger, así que lo había enviado a trabajar a la casa, donde parecía bastante feliz.
—¡El señor Lewis está aquí! —anunció Matthew entrando en los establos—. ¡Ha venido en una calesa de cuatro caballos!
Harold le rascó la frente a Dodger, y este resopló.
—Ve a ver qué necesita el cochero —le dijo a John.
Si el carruaje se había alquilado en Londres, el cochero podría dar la vuelta y regresar antes del anochecer, pero, si pertenecía a Frederick, tendrían que hacer sitio para los caballos.
Y también para el cochero. Había camas en la parte trasera de los establos.
Harold, como jefe de caballerizas, era el único que tenía una vivienda privada.
El resto de los hombres y muchachos compartían un estrecho dormitorio bajo el mismo techo que los jamelgos.
John y Matthew se alejaron a toda prisa, y John pareció aliviado de escapar de la reprimenda de Harold.
—Idiota —le dijo Harold a Dodger, y el caballo resopló de nuevo, enviando una ráfaga de aire caliente que lo despeinó—. Te vamos a vender pronto, así que más te vale no estar cojo.
A pesar de su enfado, le caía bien el chico.
Y no era tarea habitual de John sacar y guardar los caballos, pero Ellis estaba ocupado con Rosaline, una yegua joven con problemas de estómago, y Owens estaba atareado cepillando los caballos hasta que pudiera verse reflejado en sus pelajes, anticipándose a la llegada del señor Lewis.
La situación de John le recordaba un poco a la suya: una madre muerta y un padre borracho.
Cuando los chicos habían llegado en busca de trabajo hacía ya un año, él los había contratado a pesar de su falta de experiencia.
Y al menos John, a diferencia de su hermano pequeño, no se ponía muy nervioso por trabajar con caballos.
Incluso podría llegar a ser mozo de cuadra algún día, si se acordaba de revisar sus malditas pezuñas.
Satisfecho por fin de que Dodger estuviera en condiciones de volver al establo, Harold se dirigió a grandes zancadas hacia las puertas de la cuadra.
Desde allí podía ver la parte trasera de la casa: las piedras oscuras brillaban a la luz del sol de la tarde, los árboles se inclinaban con la brisa y, a los pocos instantes, un carruaje de cuatro caballos apareció por la esquina sur y avanzó con lentitud hacia las cuadras.
John iba montado junto al cochero: era un muchacho agradable, y se podía confiar en él para que le indicara al hombre dónde lavarse, comer y dormir.
Harold pensó en James y se preguntó cómo le iría su reencuentro con Frederick.
Era en momentos como aquel, en los que no podía estar al lado de James, cuando sentía de verdad la brecha que separaba sus posiciones sociales.
Pero no servía de nada darle vueltas al asunto, porque era lo que era y nada podía cambiarlo.
James Lewis era el conde de Stratford, miembro de la nobleza, y Harold Granger cuidaba sus caballos.
Y esa noche, como James se quedaba en la mansión, Harold ni siquiera podría abrazarlo y besarlo en la oscuridad.
No había otra posibilidad.
J ames tenía el corazón en un puño mientras el carruaje traqueteaba por el largo y sinuoso camino que partía de la puerta principal de Eavesmore.
Esperaba de pie en los escalones de la mansión, con los sirvientes a ambos lados, y se miraba una y otra vez el nudo de la corbata.
Tenía miedo. Odiaba conocer gente nueva, y habían pasado tantos años desde la última vez que había visto a Frederick que su hermano era un extraño para él.
No solo eso, sino que se habían separado en muy malos términos.
¿Frederick todavía lo odiaba? James cerró los ojos.
Inspiró hondo y contuvo el aire, tratando de que se le pasara el repentino mareo.
Tenía la garganta seca y los pulmones pesados, como si no pudiera llenarlos.
El carruaje se detuvo y el cochero bajó de su asiento para abrir la puerta. Descendió los escalones y un hombre salió del interior. Se detuvo sobre la grava del camino, con el sombrero en la mano, y luego se enderezó y se volvió para mirar la casa.
James sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Frederick se parecía mucho a su padre: alto, de hombros anchos, coronado por una mata de pelo oscuro y rizado.
Incluso tenía la misma sonrisa torcida, que le dedicó a James y a los sirvientes, y el mismo hoyuelo que se le formaba en la mejilla.
No recordaba que se pareciera tanto a su padre cuando era niño, pero estaba claro que se había convertido en él.
Bajó los escalones para saludarlo.
—Frederick, me alegro de volver a verte.
—Hola, James. —La sonrisa de Frederick se amplió.
Una oleada de alivio lo invadió al oírlo pronunciar su nombre sin dudar ni un instante.
James había sido el primero en romper el hielo, marcando la pauta, pero Frederick no parecía incómodo por haber seguido su ejemplo.
Quizá no recordaba su pelea. Quizá ya no le guardaba rencor por no haber podido permanecer en Eavesmore.
Porque Frederick ya no era un niño, era un hombre.
Ya no eran los mismos críos que habían sido, y quizá como hombres podrían ser hermanos y amigos de una manera que nunca habían logrado en la infancia.
Tomó la mano que Frederick le ofrecía y lo atrajo hacia sí para abrazarlo. Le dio unas palmaditas en la espalda antes de soltarlo. Frederick tenía los ojos muy abiertos, pero seguía sonriente.
—Ha pasado demasiado tiempo —dijo James—. Demasiado tiempo.
—Sí —afirmó Frederick. Miró la casa—. Está tal y como la recuerdo.
Él saludó a los sirvientes mientras subían las escaleras, con inclinaciones de cabeza educadas, y una sonrisa en el caso de la señora Cornwall.
—¡Señora Cornwall! Qué placer volver a verla.
Ella hizo una reverencia.
—Es un placer tenerlo de vuelta en casa, señor Lewis.
—¿Te gustaría que te enseñara la casa? —preguntó James una vez dentro.
—Me gustaría tomar algo —contestó Frederick—. Supongo que más tarde echaré un vistazo por mi cuenta, si no te importa, para ver si todo coincide con mis recuerdos.
James se sintió aliviado. No le importaba que Frederick deambulara por la casa, y le parecía una propuesta menos incómoda que llevarlo a hacer un recorrido forzado por la casa de su infancia.
—Por supuesto.
Entraron en la biblioteca, la única habitación de la casa en la que James se había sentido a gusto, donde los fantasmas y monstruos en los que había creído fervientemente de niño estaban atrapados entre las cubiertas de los libros de las estanterías y no vagaban por los pasillos.
La biblioteca, al igual que el resto de la casa, permanecía apenas inalterada desde la muerte de sus padres, aunque había algunos huecos en las estanterías de los libros favoritos de James, que habían acabado en la cabaña.
Se dirigió al aparador.
—¿Oporto?
Frederick volvió a sonreír y se desabrochó el abrigo.
—Gracias.
Él sirvió las bebidas, mientras su hermano se sentaba en una de las sillas junto a la chimenea.
Hacía demasiado calor para encenderla, pero Frederick miró más allá de la pantalla, como si estuviera hipnotizado por las llamas que parpadeaban detrás de ella.
Se sobresaltó cuando James le tendió su copa.
—Lo siento —dijo—. Me resulta un poco extraño volver aquí después de tanto tiempo. Debería haber venido antes.
James dio un sorbo a su oporto.
—¿Por qué no lo hiciste?
Frederick se pasó los dedos por el pelo oscuro.
—Pensé que quizá no fuera bienvenido.
—Eso nunca ha sido cierto —indicó James, medio temeroso de que fuera mentira.
Podría haberle escrito, pero no lo había hecho.
Se sentía demasiado cómodo con Harold. Ya era bastante peligroso escabullirse ante las narices de los sirvientes; un hermano era otra cosa muy distinta—.
Espero que hayas sido feliz con la tía Berenice.
—Oh, bastante —respondió Frederick con tal indiferencia que no podía ser mera educación—. Por cierto, eres la comidilla de Londres, ¿no?
James se quedó paralizado, sintió cómo se le helaba la sangre al imaginar su nombre en los periódicos como autor de Diarios de una doncella .
—¿Lo soy?
—Por este asunto de los caballos. —Se recostó en su asiento—. Fue lo primero que oí cuando volví de Viena. Todo el mundo dice que debe hacerse con un caballo Stratford.
James sintió un cálido orgullo en el pecho.
—Yo… siempre me han interesado los caballos.
—Lo recuerdo. ¿Sigue aquí el hijo de Granger?