Capítulo 6 #2
Miró a Harold al otro lado de la mesa y ambos se echaron a reír. La tensión desapareció.
Harold se recostó en la silla, que crujió bajo su peso.
—¿Y qué tipo de descuento le vas a hacer a lord Warrington?
—Casi ninguno.
Harold lo estudió.
—Ah, ¿no?
Él apartó la mirada primero y se maldijo por hacerlo.
—No tanto como probablemente piensas.
—El pedigrí de Dodger está bien.
—Su temperamento no. Y, además —evitó la mirada de su compañero—, me gusta lord Warrington.
Harold permaneció en silencio durante tanto tiempo que James levantó la vista por fin. Le sonreía.
—¿Qué? —preguntó James.
Él negó con la cabeza y se inclinó hacia delante, dio otro bocado al pescado.
—Me alegro de que tengas un amigo.
—No lo llamaría amigo —añadió James de inmediato, tras raspar el plato con el tenedor.
—¿Sería tan terrible si lo hicieras?
—Él no me considera tal. Solo soy un medio para conseguir un caballo.
—Mmm. Quizá la próxima vez, si te sientes capaz, deberías abordar con él un tema que no tenga nada que ver con los caballos. Sal a dar un paseo con lord Warrington, a algún lugar de la ciudad en el que nunca hayas estado.
—No me importa nada Londres. Ni nadie que esté allí.
—Muy bien —dijo Harold sin dejar de sonreír.
—Sé lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
James bajó la voz en una mala imitación de Harold.
—Hay todo un mundo ahí fuera, Jimmy. Es bueno que por fin veas más de él.
—Yo no diría tal cosa, ya que la última vez que lo hice casi me arrancaste la cabeza.
—No siempre sabes lo que es mejor para mí.
—No. —Él dio un sorbo a su cerveza—. Pero quiero lo mejor para ti.
A James le dolió el pecho. Sabía que era cierto.
Pero también sabía que Harold no era un ermitaño por naturaleza como él y se sentía un tanto culpable cuando compartía historias de las raras veces en que se divertía en Londres y veía lo feliz que esas historias lo hacían, como si esperara en secreto que eso indicaran que James por fin salía de su caparazón y que algún día declararía su deseo de viajar con él.
—Eres un presumido —dijo James.
—No lo soy. —La expresión de Harold era de fingida inocencia.
James lo miró con el ceño fruncido.
—No volveré a servirte si sigues así.
Harold se encogió de hombros.
—A menos que te obligue.
James bajó la mirada hacia su plato, con los labios temblorosos.
—No —murmuró—. No tienes que obligarme a hacer nada esta noche. Haré lo que me pidas de muy buena gana.
Harold se quedó en silencio, pero fue un silencio muy cálido y James mantuvo la mirada baja. Harold dejó el tenedor y echó la silla hacia atrás. James escuchó cómo se acercaba y exhaló lentamente cuando le puso las manos sobre los hombros.
—Pues ven a sentarte conmigo en el sofá, en mi regazo. Y nos quedaremos así un rato.
A James le pareció una idea estupenda.
—¿Puede entrar la gata?
Él suspiró, pero le pareció que en ese sonido había más afecto que exasperación.
—Sí, la maldita gata puede entrar.
Ayudó a James a ponerse de pie y lo llevó al sofá.
Lo dejó allí mientras abría la puerta de la cabaña y le murmuraba algo a la gata, que esperaba fuera.
Después, James se alegró de que Harold fuera un hombre tan corpulento, ya que sintió que tanto él como la gata cabían muy cómodamente en el regazo del jefe de caballerizas.
C ornwall era una señora vivaz que se acercaba a los sesenta años, con mejillas redondas y una tenue red de arrugas en las comisuras de los ojos.
Había sido el ama de llaves de Eavesmore desde que James tenía memoria y, aunque Collins, el mayordomo, era en apariencia el jefe de los sirvientes de la casa principal, todo el mundo sabía que era ella quien llevaba las riendas.
Incluso el señor Lindsay, el actual administrador de Eavesmore, sabía que ella era la verdadera administradora de la casa y, por ello, él solo se ocupaba de la finca en general.
—Tengo la habitación amarilla preparada para la llegada del señorito Frederick —anunció ella cuando James visitó la casa principal el día antes de la llegada de su hermano—. Quiero decir, el señor Lewis.
—Sí —respondió James apenas. La última vez que había vivido allí, era el señorito Frederick, pero ahora era un hombre adulto. Sería un cambio para quienes lo recordaban.
—También he ventilado su habitación, milord —dijo ella.
James la siguió por el pasillo. Se cruzaron con una criada que llevaba los brazos cargados de ropa de cama y que hizo una reverencia.
—Prefiero trabajar en la cabaña —dijo él.
—Sí, milord —respondió ella—. Es por si decide dormir aquí mientras el señor Lewis está de visita.
James se preguntó cuánto sabría ella. Sería extraño que Frederick lo buscara por la noche por alguna razón y le dijeran que estaba en la cabaña.
Y peor si Frederick se aventuraba a buscarlo allí.
A James no se le ocurría ninguna razón para que lo hiciera, pero eso no significaba que no hubiera ninguna.
No conocía a su hermano. Y, desde luego, no necesitaba que husmeara en su refugio.
Se pasó la mano por la frente. Dios. Sería un prisionero en la casa principal mientras Frederick estuviera allí, ¿no?
Sería más seguro no ver a Harold en absoluto que arriesgarse a que lo descubriera.
¿Cuánto tiempo querría quedarse? James podría aguantar unos días, supuso, pero ¿y si decidía quedarse dos semanas?
¿O un mes? No, seguro que volvería a Londres atraído por sus fiestas y sus bailes.
—Veo que ha retirado las telas de los retratos.
—Sí, milord. —Ella le dedicó una leve sonrisa—. He pensado que al señor Lewis quizá no le guste ver el lugar tan… cerrado.
James había intentado vivir allí tras la muerte de sus padres, pero la casa siempre le había parecido demasiado grande incluso antes, demasiado llena de rincones oscuros y sombras; había sido un niño tímido con una imaginación muy viva y propenso a las pesadillas.
Y después de su muerte, aunque a esa edad ya no creía que las sombras de la casa ocultaran demonios y fantasmas, el vacío se había convertido en una nueva fuente de temor.
Sin la calidez de la voz de su padre, o la risa de su madre, la casa le parecía tan fría y oscura como una cripta.
Había huido a la cabaña y le había dicho a la señora Cornwall con voz entrecortada que deseaba quedarse allí.
Se habían cubierto muchos de los muebles y se habían tapado los retratos; la casa ya no recibía visitas, salvo algún que otro posible comprador. El amo ya no vivía en ella, así que ¿qué sentido tenía que los sirvientes limpiaran el polvo de las habitaciones que no se utilizaban?
—Me parece muy satisfactorio —expresó James, aunque, en realidad, apenas había prestado atención a ningún detalle durante la improvisada visita. Se sentía sudoroso, un poco mareado y deseaba volver a la cabaña. Se armó de valor—. Por favor, envíen té a mi habitación.
—A su… —Ella alzó las cejas antes de recomponerse—. Por supuesto, milord. Enseguida.
James se tragó sus temores, apoyó la mano en la barandilla de la escalera y comenzó a subir.