Capítulo 6
Si había algo en el mundo más aburrido que un chico virgen, lord Slyfeel creía sinceramente que eran dos.
Por suerte, pensó con su maravillosa polla en la mano mientras se acercaba a los mellizos de Addlestone —uno de cada sexo, por lo que abarcaban todos los placeres abundantes de la naturaleza, y ambos con los ojos muy abiertos y temblando de expectación—, era un problema muy fácil de solucionar.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN III
C uatro días más tarde, de vuelta en Eavesmore, James se encontró frente a la misma página en blanco con la que había empezado el día, y la tinta fresca goteaba de su pluma a la hoja.
No había escrito ni una maldita palabra.
Frederick llegaría en cuarenta y ocho horas y Harold entraría en la cabaña en cualquier momento y descubriría que James no había cumplido con sus tareas.
James sería castigado por ello, y la perspectiva le revolvió el estómago.
Ojalá no le hubiera insistido a Harold en que lo obligara a cumplir su objetivo de diez páginas; no podía trabajar pensando en su hermano.
Por lo general, los castigos eran extrañamente consoladores, tan deseados como temidos.
Pero ese día no podía imaginar someterse a tal trato con dignidad.
Cuando Harold entró, James paseaba por su pequeño estudio, la pluma abandonada sobre la página manchada de tinta. Se puso a la defensiva en respuesta al saludo de Harold y, tras un momento, se dio cuenta de que le había preguntado cuántas páginas había escrito.
—¿Tú qué crees? —espetó James, que señaló el escritorio.
Harold le agarró la mano cuando intentaba cruzar la habitación de nuevo y lo atrajo con suavidad hacia el escritorio. James se resistió, no quería volver a ver la prueba de su fracaso.
—Quiero dar un paseo. —Retiró la mano con brusquedad y Harold le dejó hacer. Se dirigió hacia la puerta.
—Mi dulce Jimmy —dijo. Y James no pudo resistirse a la suavidad de su voz. Se detuvo, con los hombros tensos—. ¿Cuál era el objetivo de hoy?
Suspiró, pero siguió sin mirarlo.
—Lo siento —murmuró—. La visita de Frederick me tiene muy nervioso.
—¿Cuál era? —preguntó Harold, sin levantar la voz en absoluto.
—No lo sé.
—Sí lo sabes, cariño.
Por un instante, James casi se calmó, casi dejó que su presencia lo tranquilizara. Pero la agitación regresó casi de inmediato.
—Diez páginas. Y no me importa. No me importa si nunca vuelvo a escribir una palabra. Lo digo en serio, Harold.
—Lo sé —susurró con una sincera simpatía que hizo que algo se aflojara en el pecho de James—. Pero diez páginas eran el objetivo.
Se le revolvió el estómago. Sabía que se merecía lo que él le diera. En cierto modo, estaba agradecido de que el hombre no cediera. Se dio la vuelta y dio un paso vacilante hacia el escritorio, luego otro, y se detuvo ante Harold.
—De verdad que no quiero que se produzca esta visita. —Bajó la voz—. Estoy muy nervioso y me siento muy tonto por estarlo. No puedo concentrarme en nada más.
—Entonces, demos ese paseo —sugirió, entrelazando sus dedos con los de James y apretándolos con suavidad.
Y, para sorpresa de James, lo sacó de la cabaña y lo llevó al otro lado de una de las colinas, fuera de la vista de cualquier edificio de la finca.
Lo invitó a sentarse a su lado en la hierba y lo rodeó con un brazo.
James permaneció rígido, pero al final se relajó y se recostó contra él, avergonzado por su comportamiento.
—Lo siento —murmuró.
—¿Por qué?
James se encogió de hombros.
—Por actuar como lo he hecho.
—No pasa nada, milord.
—Milady —murmuró James—. Hoy me siento mujer.
—Ah. No lo habías dicho.
No había nada acusatorio en el tono de Harold, pero James sintió una oleada de culpa.
—Supongo que estoy practicando cómo ocultarlo. Para cuando Frederick esté aquí.
—No tienes por qué ocultarlo nunca delante de mí. Ni siquiera cuando Frederick esté aquí.
—No será seguro que nos veamos una vez que él llegue.
—Dices que tiene intención de quedarse en la casa. Una vez que se haya acostado cada noche, te cuidaré como siempre lo he hecho.
—No lo sé —suspiró James—. Me estoy preocupando. Sé que los sirvientes son discretos, pero, si mi hermano les pidiera información sobre… sobre mi… sobre mi comportamiento…
—Sigues siendo el conde. No arriesgarán su buena relación contigo.
—Tú no conoces a Frederick como yo. Encontrará cualquier excusa para criticarme. No puedo arriesgarme a que nos vea juntos.
—Bueno, seguro que entenderá que tú y yo necesitamos discutir asuntos de negocios en ocasiones. Cuando nos reunamos para tratar esos asuntos, solo tienes que susurrarme una palabra y haré lo que pueda para ayudarte.
James no lo sabía a ciencia cierta.
—No habrá mucho que puedas hacer.
—No se preocupe, milady. Soy un hombre creativo.
James resopló y apoyó la cabeza en el hombro de Harold.
—Lo eres. Pero lo que hay entre Frederick y yo… eso es una carga que debo soportar.
—No hay ninguna carga que debas soportar en solitario. A estas alturas ya lo sabes.
No dijeron nada más durante un buen rato.
—Ojalá no tuviéramos que volver —dijo James por fin.
—Vamos. Terminaremos con esto y te sentirás mejor.
James gimió.
—¿Crees que me sentiré mejor después de lo que vas a hacerme, bruto?
Harold giró la cabeza y le besó la coronilla.
—¿Soy un bruto?
—Hmmm.
—Creo que te sentirás mejor —murmuró él en su cabello.
James sabía que tenía razón. Pero prefería estar allí fuera, al aire libre, con el brazo de Harold rodeándole la cintura. Le avergonzaba necesitar tanto consuelo, pero le ayudaba mucho y deseaba recibir aún más.
—No sé qué me pasa. Tú nunca eres demasiado duro; no te tengo miedo. Es solo que… no me entiendo.
Él se levantó, tiró de James y le besó con firmeza.
—Vamos. —Se dirigieron de vuelta a los establos.
El corazón de James latía más rápido mientras caminaban, y apretó los glúteos en cuanto divisaron la cabaña—.
Tengo que ver cómo está Rosaline. —Harold miró hacia los establos—.
Sigue teniendo problemas estomacales y le prometí a Ellis que la ayudaría a prepararle la cena. Entra y espérame en la habitación.
James sintió un nudo en el estómago. Por estúpido que fuera, deseaba que lo abrazara una vez más antes de entrar. Apoyó el hombro contra el de Harold, de pronto se sintió muy débil. Harold le deslizó con discreción una mano por la parte baja de la espalda.
—Vamos, cariño. No será tan terrible como imaginas, te lo prometo.
—Sí, señor. —James deseaba poder creerlo.
D e hecho, no había sido tan malo como había imaginado, reflexionó James más tarde mientras estaba sentado en su pequeña mesa de comedor con Harold.
Se había puesto una camisa blanca de algodón y estaba un poco dolorido, pero más tranquilo de lo que se había sentido en días.
Agradecía que se hubiera quedado con él después.
Sabía que no le gustaba dejar a los mozos de cuadra solos para hacer las tareas de la noche, aunque como jefe de las caballerizas no estaba obligado a realizarlas.
Harold también consideraba importante comer con el resto del personal, siempre que fuera posible, para no llamar la atención sobre su condición de compañero del conde.
Pero le había asegurado a James que pasarían la noche juntos.
James había dejado a un lado sus temores de exigir demasiado, de que fuera de alguna manera inapropiado o indecoroso anhelar comodidad, y se había mantenido cerca de Harold durante las últimas dos horas.
Había servido al hombre en todo lo que había podido, le había quitado las botas y frotado los pies, le había masajeado los músculos tensos de los hombros, se había arrodillado y le había chupado la polla.
Por fin, la mente de James estaba tranquila.
Estaban cenando y James defendía con bastante vehemencia la idea de convertir los establos restantes en cubículos para los caballos mientras Harold se preguntaba, en voz alta, dónde pensaba poner a los caballos que no cabían en un establo compuesto solo por cubículos.
—Podríamos construir una ampliación.
—¿Podemos permitirnos una ampliación?
—Después de vender a Dodger, sí.
—¿Y cuándo será eso?
—En una semana. Lord Warrington lo va a comprar.
—¿Lord Warrington? —dijo Harold sorprendido.
James se dio cuenta de repente de que se había olvidado de contarle lo de la venta tras regresar a Eavesmore el día anterior.
En cualquier otra finca, un encargado de caballerizas como Harold podría estar a cargo de la compra y venta de los animales.
Solo porque James se había interesado tanto por el negocio desde el principio, habían llegado a tomar esas decisiones juntos.
—Sí. Lo siento mucho, no me he dado cuenta de que no te lo había dicho. Informé a Warrington de que nos gustaría tener una semana más con Dodger y luego… —Dejó la frase en el aire y se sintió culpable. El dolor en los ojos de Harold era inconfundible—. Lo siento, de verdad.
—Bueno, por supuesto, es tu decisión. —Él le dedicó una sonrisa que parecía un poco forzada.
—No era mi intención dejarte fuera.
—Eres el conde de Stratford. —Lo comentó sin rencor, como una simple constatación, y, sin embargo, a James le dolió como un golpe.
—Eso no es lo que soy contigo.
—Lo sé. Pero no necesitas mi opinión ni mi permiso para vender un caballo.
— Quiero tu opinión.
—Warrington me parece una buena opción.
—¿No estás enfadado?
—James, ¿quieres dejar de —su voz era inusualmente aguda, y eso sorprendió al conde.
Esperó a oír lo que Harold fuera a decir, cualquiera de las cosas que él mismo se habría visto tentado de decir si sus posiciones se invirtieran.
«Deja de hacer reverencias y de adularme.
Deja de disculparte. Deja de necesitar tanto»— preocuparte tanto? —terminó Harold, con un tono más suave.
James pinchó un trozo de pescado con el tenedor, pero no se lo llevó a la boca.
—Eso es como decirle a la hierba que no sea verde.