Capítulo 5 #4
James se cuidó de no dejar que su rostro revelara nada.
En ocasiones, alguien mencionaba los Diarios en su presencia, por norma entre susurros, aunque susurrar no parecía ser una opción para Hartwell, y eso siempre le producía una mezcla de terror y placer en las entrañas.
Le complacía que los libros fueran tan leídos y comentados, siempre y cuando nadie descubriera que él era el autor.
Bentley debía haber empezado a correr la voz sobre el volumen cinco.
Intentó no recordar que el manuscrito estaba lejos de estar terminado y que ya era julio.
—Baja la voz —le advirtió Warry.
Hartwell habló en un susurro que aun así resultó más alto que la mitad de las conversaciones que se mantenían en la sala.
—Vaughn cree que el marido de lady Penélope no está realmente muerto. Clarence cree que el jardín de los Cavendish que se menciona en el volumen cuatro, el que está lleno de ortigas, es un presagio…
—Esta no es una conversación apropiada para tener aquí —reprendió a su marido, y lanzó a James una mirada de exasperación conspirativa. James intentó sonreír, aunque su corazón latía con fuerza—. Puedes contarme tus teorías cuando estemos en casa.
—Sí, pero ¿sabías que Clarence también cree que revelarán quién es el autor una vez que salga el próximo volumen?
James se sintió indispuesto de pronto. No era cierto, se dijo a sí mismo. Su contrato con Hargrove y Bentley le garantizaba el anonimato. Pero ¿por qué esa garantía le parecía tan endeble?
—Si la editorial no lo revela —continuó Hartwell—, Clarence tiene la intención de contratar a Gale para averiguar quién es.
—Ya basta —dijo Warrington con firmeza—. ¿Cómo puedes ser tan grosero delante de lord Stratford?
Él frunció el ceño.
—Pero seguro que lord Stratford ha leído Diarios de una doncella . —Miró a James—. Los ha leído, ¿verdad?
—No responda a esa pregunta —protestó Warrington.
—Estoy… familiarizado con ellos, sí —dijo él.
—Ah, excelente. Entonces, dígame, ¿cree que es posible que una cebolleta…? Entiendo que se le ha quitado la piel, pero la textura parece…
—Ven aquí —dijo Warrington después de alzarse—. Ahora mismo. —Se dirigió a una esquina de la habitación.
Hartwell parecía sorprendido, pero siguió a Warrington como un perro al que se le ordena que se acerque.
James no podía entender lo que decían, pero la discusión parecía animada y Warrington, muy disgustado.
Al poco, Hartwell regresó a la mesa con un semblante mucho más taciturno.
Se sentó de nuevo y James intentó no tensarse.
—Quiero pedirle disculpas —dijo en voz baja y con sinceridad—.
Warry me ha dicho varias veces estas últimas semanas que usted no desea conversar, y ahora veo que es muy grosero de mi parte imponerme.
Como rara vez se encuentra en la ciudad, a veces me preocupa que no se sienta incluido cuando está aquí.
—Miró a Warrington, que estaba de pie a unos metros, con los brazos cruzados—.
Pero eso no justifica mi comportamiento.
No volveré a molestarlo, pero sepa que, si alguna vez necesita conversar, o jugar al whist , al billar o cualquier otra cosa, estaré encantado de complacerlo.
—Volvió a mirar a su marido. Warrington se colocó a su lado—.
Gracias por aceptar venderle un caballo a mi marido —concluyó—.
Lo ha convertido en el hombre más feliz de Londres, y eso me convierte en el segundo hombre más feliz de Londres. Así que… buenas noches.
Empezó a levantarse. James cerró los ojos un instante y dijo:
—Yo también lo siento. —Hartwell dudó y volvió a sentarse—.
Sé que usted solo intenta ser educado cuando habla conmigo y que debo parecer muy grosero cuando no respondo.
—James se obligó a continuar—. Gracias por su oferta.
No me importa intercambiar saludos. Pero soy muy malo jugando a las cartas y al billar, y es … más fácil para mí no conversar.
Él inclinó la cabeza.
—Lo entiendo. Lo haré mejor en el futuro.
Warrington puso una mano sobre el hombro de su marido, lo apretó y lo soltó.
—Creo que ya lo hemos molestado bastante por esta noche —le dijo a James—. Pero avíseme cuando crea que Dodger está listo.
—Lo haré —prometió—. Gracias por su compañía esta noche.
Le sorprendió lo sincero que fue. Observó a Hartwell y Warrington alejarse, absortos en su conversación, y se recostó, exhalando un largo suspiro.
A veces sentía una punzada de… algo, al ver la camaradería entre los hombres del club.
No era envidia, precisamente, sino la comprensión de lo solo que estaba en el mundo, excepto por Harold.
Y aunque Harold a menudo parecía la única persona que podía necesitar en su vida, a veces se preguntaba cómo sería tener amigos.
Un amigo, al menos. Quizá el plural era demasiado ambicioso.
¿Y si alguna noche jugaba al whist con Hartwell, aunque se le diera muy mal?
¿Y si le preguntaba al señor Chant por su perra la próxima vez que se vieran, ya que sabía que le encantaba hablar de ella?
¿Y si algún día Warrington se sentía lo bastante cómodo con James como para revelarle la verdad sobre los acontecimientos que rodeaban la unión entre él y Hartwell?
¿Se acabaría el mundo?
James pensaba que no.
Echó un vistazo a la habitación una vez más, con el libro abierto en una página en blanco, y se dio cuenta de que, por primera vez en años, Londres no le parecía tan intimidante.