Capítulo 5 #3
James intentó no hacer un gesto de dolor. Era Hartwell, tan ruidoso y lleno de buen humor como siempre.
—Oh, claro que podría —repuso otro hombre.
Notley, uno de los apuestos jóvenes que había debutado en sociedad esa temporada, pero que ya había caído en desgracia, se había casado, había recuperado su reputación y ahora, al parecer, era una especie de artista.
James no prestaba mucha atención a los cotilleos de la alta sociedad, pero era imposible evitar algunos—. Gale, ¿no estás de acuerdo?
—Dudo mucho que usted y yo tengamos algún acuerdo —respondió aquel con lentitud.
Notley resopló.
—Hartwell me ha apostado diez guineas a que el compañero de Aumont no será capaz de entrar por la puerta principal del club por sus propios medios. ¿Qué opinas?
—¡Morgan! —exclamó Rivingdon—. ¡No tenemos diez guineas para apostar!
—Se las pediré prestadas a Warry.
—No lo harás —dijo Warrington.
—Nunca conseguirá entrar —contestó Gale—. Al menos, no como miembro; aunque, si lo pidiera amablemente, quizá le dejaran limpiar un par de botas o algo así. Solo conseguimos que entrara una vez sobornando a tres sirvientes diferentes.
—¿Ni siquiera podría entrar con un disfraz ingenioso? —Notley parecía decepcionado.
—Por Dios, no —negó él. Sonaba aburrido, como siempre—. Darling nunca podría pasar por uno de los de la alta sociedad. Sería como ponerle una corbata a un mono. Por muy bien que le quedara, tarde o temprano empezaría a lanzar…
—Gale —dijo Chant, con un ligero tono de advertencia en su voz.
—Calumnias —terminó—. Lanzar calumnias.
—No creo que eso fuera lo que ibas a decir.
—Por supuesto que sí.
James bajó la cabeza, sonrió y abrió su libro para empezar a escribir.
A veces se sentía tentado de añadir fragmentos de conversaciones que había escuchado en Bucknall, pero se contenía.
Lo último que quería era que alguien leyera sus propias palabras de la boca de Slyfeel.
Empezarían a prestar atención a quién podría haberlos escuchado, y no valía la pena correr el riesgo de ser descubierto.
—Darling es excelente en lo que hace —continuó Gale— y en los lugares donde lo hace.
¿Necesitas sonsacar información a un vendedor ambulante en estado de embriaguez o a una pescadera?
Darling es tu hombre. Pero no, aquí no va a pasar de la puerta principal.
Por supuesto, Soulden está en la misma situación, ¿no es así?
Solo tú te verías envuelto con algún tipo común que trabaja para ganarse la vida.
El corazón de James se aceleró y miró de reojo a los caballeros reunidos. Se sonrojó cuando vio que Warrington le devolvía la mirada.
—Y ahora ni siquiera puedes traerlo a cenar al club —concluyó Gale.
—Oh, no —dijo Soulden con sequedad—. ¿Cómo voy a sobrevivir si tengo que salir del club de vez en cuando? No todos tenemos miedo de ir a nuestras casas, Gale.
—Tú lo tendrías, si tuvieras una madre como la mía y una horda de nada menos que tres docenas de hermanas.
—No son tres docenas.
—¿Alguien está realmente seguro de eso?
James se preguntó si tal vez era hora de que Slyfeel descubriera una hermana perdida hace mucho tiempo, tan felizmente depravada como él.
Quizá podrían hacer una apuesta sobre cuántas damas y caballeros podrían desflorar en una semana.
Eso parecía algo que le gustaría a la gente.
Y, sin embargo, incluso mientras le daba vueltas, se encontró de nuevo pensando en Ada.
Se le formó un nudo en el pecho al recordar el reprobatorio ceño fruncido del señor Bentley cuando intentó explicarle que Ada no estaba destinada a ser un personaje cómico, sino uno de los pocos personajes virtuosos de Diarios , que escaparía de las atenciones de Slyfeel solo un tanto deshonrada y, en general, triunfante.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Warrington se había sentado frente a él.
—Buenas noches.
James se sobresaltó y cerró el libro.
—Buenas noches.
Warrington se inclinó hacia delante, con los ojos radiantes.
—¿Está usted en la ciudad por los purasangres de lord Finchley?
—Espero poder verlos, sí.
—Me lo imaginaba. Hartwell me ha prohibido ir a verlos. —La sonrisa de Warrington le indicó lo en serio que se lo tomaba—. Pero, si soy sincero, sigo enamorado de Dodger. Los caballos de sangre de Finchley tienen mejor pedigrí, pero él no se ocupa de controlar su temperamento tan bien como usted.
—No creo que Dodger sea el mejor ejemplo de eso.
Warrington se rio.
—No, solo es más feliz en el campo que en la ciudad, ¿y quién puede culparlo? Aquí hay demasiado ruido y demasiada gente.
James sintió una oleada de camaradería. Su boca esbozó una leve sonrisa.
—Sí. —Se aclaró la garganta y se obligó a seguir hablando—.
Me gustaría pasar quizá otra semana con Dodger.
Su entrenamiento va bien y mi mozo de cuadra aún tiene que probar algunos trucos para que deje de asustarse con los cisnes y los sombreros de las damas.
Pero, si usted está dispuesto a esperar, podría a vendérselo.
De repente, el rostro de Warrington se iluminó.
—¿De verdad?
James asintió.
—Lo cabalgó muy bien.
—Gracias. Oh, yo… De verdad, no sé cómo agradecérselo. Disculpe mi falta de educación, pero me gustaría darle la buena noticia a mi marido. Y tengo la sensación de que no echará demasiado de menos mi compañía. —Sonrió.
James le devolvió la sonrisa.
—Vaya a decírselo. Podemos hablar del precio más tarde.
Warrington se alzó un poco de la silla y miró alrededor de la sala. Pero su sonrisa se desvaneció y se volvió a sentar.
—Oh, está allí, en ese grupo con lord Clarence. Creo que esperaré. No tengo fuerzas para ser educado con lord Clarence esta noche.
James habría preferido ignorar el comentario y volver a su escritura, pero sintió una curiosidad genuina.
—No conozco a lord Clarence, salvo de pasada.
Warrington se encogió de hombros y de repente pareció interesarse por el mantel.
—Fue uno de los peores a la hora de difundir rumores sobre mi apresurado matrimonio. Cada vez que nos vemos, me lanza algún comentario mordaz disfrazado de charla trivial. —No podía mirar a James a los ojos y este vio que tenía la cara sonrojada—. No se lo hace a Hartwell, solo a mí.
James recordó que Warrington era bastante joven, tal vez unos diecinueve o veinte años, y sintió simpatía por él.
Cuando James había cumplido dieciocho, su tía Helen y su tío Mallory le escribieron para ofrecerle acompañarlo a Londres y ayudarlo con su debut en sociedad.
Había sido una oferta hecha con verdadera amabilidad, pero a James todavía se le revolvía el estómago al recordarlo.
Era comprensible, habían dicho sus tíos, que hubiera pasado su primer año como conde de luto por sus padres y que la gestión de Eavesmore hubiera consumido todo su tiempo el año siguiente.
Pero era un hombre y, como tal, debía incorporarse a la sociedad.
¡Qué consuelo sería para él, en su persistente dolor, si encontrara una esposa! O eso había sugerido la tía Helen.
Interrumpió ese recuerdo antes de que pudiera llevarlo de vuelta a su primer baile y se centró en Warrington, que había sido protagonista de uno de los mayores escándalos de la temporada.
James no conocía los detalles y no le importaban, pero estaba claro que Warrington aún sufría las consecuencias.
—Lo siento —dijo James—. La gente puede ser muy cruel.
Warrington se encogió de hombros de nuevo.
—No se equivocan. Me metí en una mala situación; pero las decisiones fueron mías.
Es solo que la historia que cuentan es muy diferente de lo que de verdad ocurrió.
Intento tomármelo con humor porque eso es lo mejor, según Hartwell: actuar como si el escándalo no nos afectara.
Para él es fácil. A la gente le gustaba antes, le gusta ahora, y a menudo lo que él dice se convierte en verdad.
Yo no tengo ese tipo de influencia y, a veces, es difícil tomárselo con humor cuando se trata de algo que… no tiene ninguna gracia.
—Ah. —James no estaba seguro de qué más decir.
Warrington levantó la vista.
—Lo siento mucho. Soy tan horrible como mi marido, parloteando sin parar. Usted quiere silencio, por supuesto.
James volvió a cerrar el libro y lo dejó a un lado.
—Es muy difícil tener que presentar ante la sociedad una imagen que no es la suya. No conozco las circunstancias de su matrimonio, pero lamento lo que haya pasado y espero que el matrimonio en sí sea feliz.
Él lo miró.
—¿De verdad? ¿No lo sabe? Bueno, claro, usted solo viene a la ciudad de vez en cuando.
Debo confesar que es un alivio encontrar a alguien que no da por sentado que conoce los detalles.
Mi matrimonio es maravillosamente feliz, pero los acontecimientos que lo precedieron no.
Y a veces parece que podría viajar a Prusia y que incluso allí cuchichearían sobre mí.
James esbozó una sonrisa.
—A menudo me siento así. Cuando no estoy en la ciudad, ni siquiera puedo imaginar que la gente se interese por mí o por mis asuntos. Pero en cuanto estoy aquí, recuerdo que todo el mundo tiene una opinión sobre los demás y que, por muy discreto que intente ser, soy objeto de comentarios.
Warrington se rio.
—¡Es cierto! No se puede escapar de las malas lenguas. Creo que tiene usted suerte de permanecer en el campo, incluso durante la temporada.
—Supongo que sí.
—¡Warry! —resonó una voz, y James intentó no sobresaltarse cuando lord Hartwell se acercó. Hartwell sonrió al verlo, una sonrisa sincera, aunque James no entendía por qué aquel hombre siempre era tan amable con él, si nunca le correspondía—. ¡Ah! Buenas noches, lord Stratford.
—Buenas noches —murmuró él.
—Marido —dijo Warrington—. Tengo noticias.
—Yo también —declaró Hartwell tras sentarse junto a su esposo—. Acabo de tener una conversación fascinante con Clarence y Vaughn. Han oído el rumor de que el próximo volumen de Diarios de una doncella se publicará al final de la temporada.