Capítulo 5 #2
James le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Quizá era la ocasión en la que James se había mostrado más juguetón desde que le había dado la noticia de la llegada de su hermano.
—Muy bien. —James le dio la vuelta al vestido y desabrochó los dos botones de nácar de la espalda. Se puso de pie y se colocó en el centro de la habitación. Le dio la espalda a Harold y se deslizó el vestido por la cabeza—. ¿Me abrochas los botones y la cinta?
Harold accedió entusiasmado. James contempló la prenda y luego se volvió hacia él, buscando su mirada.
—Es precioso. Gracias —susurró.
Harold lo besó.
—¿Eres mi dama mientras lo llevas puesto?
Él negó con la cabeza y apoyó brevemente la frente contra la de Harold.
—Esta noche no. Tu chico, creo.
Harold recorrió con los dedos el escote cuadrado del vestido.
En ese asunto, siempre se guiaría por James.
Podía llamarse como quisiera y aparecer como quisiera.
Harold había aprendido hacía mucho tiempo que podía ser una chica o un chico con vestido o pantalones, que a menudo se oponía al vello corporal cuando era una dama, pero que nunca le importaba tener pene.
James podía ser una chica y seguir queriendo que le tocaran y acariciaran allí.
Harold lo había calificado una vez de fascinante, y James le habían respondido con brusquedad que la cuestión de quién era James no era un número de circo para fascinarlo.
Había tratado a Harold con frialdad durante los días siguientes, y Harold había pasado esos días redactando y reescribiendo su disculpa.
Lo besó de nuevo.
—Eres tan hermoso… Y, si lo deseas, me gustaría meter la cabeza debajo de tu falda.
James se rio.
—Eres terrible. —Le puso una mano en la nuca y le acarició el espeso cabello—. Puedes meter la cabeza debajo de mi falda si dejo entrar a la gata.
—Puedes dejar entrar a la gata después de que haya metido la cabeza debajo de tu falda. No me gusta que nos mire.
—¡Ja! Muy bien.
Él acarició la nuca de James, recorriendo los delicados huesos que podía sentir bajo la piel. Estaba a punto de arrodillarse cuando se dio cuenta de que ya no lo miraba, sino que tenía la frente arrugada y miraba fijamente el vestido.
—¿James? —preguntó.
Él negó con la cabeza y, cuando volvió a mirar a Harold, sus ojos destilaban preocupación.
—¿Crees que he hecho un mal trabajo como conde?
Harold frunció el ceño. No estaba seguro de si se trataba de un cambio de tema tan abrupto como parecía, o si tenía algo que ver con la compra del vestido.
—Por supuesto que no. Has trabajado muy duro, Jimmy. Eras solo un niño cuando…
—Frederick no tendrá nada bueno que decir sobre cómo he gestionado Eavesmore estos años. Dirá que nuestro padre estaría decepcionado, y tendrá razón.
A Harold le sorprendió la amargura en su tono.
—No puedo hablar por tu padre, salvo para decir que te quería. Y que admiraría lo que has hecho aquí. Estoy seguro.
—No puedes saberlo.
Harold lo guio hacia la cama y James no opuso resistencia; se mordía el labio inferior. Harold los sentó a ambos y le tomó la mano durante unos minutos, hasta que por fin James levantó la vista y su expresión fue mucho más familiar: tierna y arrepentida.
—No sé qué me pasa. Es solo que… Tú no conocías a Frederick. No como yo.
—Sé que no os llevabais bien. —Como James no respondía, añadió—: Nunca le presté mucha atención. Y a ti no te gustaba hablar de él después de que se marchara.
—Sí, lo sé.
—¿Me hablas de tu hermano?
James suspiró.
—Era solo un niño cuando me convertí en conde.
—Tú también.
—Sí, pero Frederick solo tenía nueve años.
Y tú recuerdas cómo era yo. Apenas podía manejar mi propio dolor, y mucho menos el suyo.
No éramos cercanos, ni siquiera antes de eso.
Él tenía una forma de hacerme sentir que estaba equivocado siempre.
Y tal vez yo tenía el mismo efecto en él, porque nunca pareció gustarle.
Pero, en ciertos momentos, podía ser dulce.
Tenía esa sonrisa… —James sacudió la cabeza—.
A veces me suplicaba que jugara con él, con esa sonrisa.
A veces lo decía de verdad; otras, resultaba ser un truco: solo quería decirme algo hiriente.
Sin embargo, cuando la tía Berenice decidió que se lo llevaría, me rogó que lo dejara quedarse.
—Se mordió el labio inferior con los dientes.
»Y yo… no se lo permití. Me dije a mí mismo que era lo mejor, que la tía Berenice lo criaría mejor que yo. Pero ¿fue lo mejor o solo lo más fácil? Frederick nunca me ha perdonado que lo enviara tan lejos. Estoy seguro de que todavía me odia.
—Bueno, aunque te haya guardado rencor durante estos años, quizá ahora desee reconciliarse contigo.
—No has visto su carta. Ha oído los rumores sobre cómo vivo y está enfadado.
Harold le apretó la mano.
—Puedes vivir como quieras. Tú eres el conde de Stratford. No él.
—Creo que ese es el problema.
Se quedaron sentados en silencio durante unos instantes.
—Y ahora hay que hacer preparativos en la casa —dijo James—, y aquí estoy, una vez más, haciendo lo que me conviene en lugar de pensar en mi hermano…
—James. —Harold se inclinó para besarlo—. La señora Cornwall sabe muy bien lo que hay que hacer. Esa mujer podría invadir Francia en una hora y tener el almuerzo servido en la mesa a la una en punto.
James le dedicó una leve sonrisa.
—Creo que sí, que podría.
—Así que vuelve a la cama —otro beso, esa vez en la frente arrugada de James— y no pienses en ello ahora.
James abrió la boca como para discutir, pero se contuvo. Asintió y sus hombros se hundieron.
—Sí, por favor. Volvamos a la cama, mi amor.
Harold lo retuvo allí hasta la mañana siguiente, y lo abrazó mientras dormían.
H ubo otro viaje a Londres antes de la llegada de Frederick, y James odió cada segundo.
Al menos no tuvo que ver al señor Bentley.
Esa vez tenía que visitar a su banquero, y también corría el rumor de que lord Finchley quería vender un par de sus purasangres, ambos debidamente registrados en el Registro genealógico de caballos, de Weatherby, y James estaba ansioso por verlos antes de que salieran a subasta.
Le preocupaba que Frederick hubiera expresado su deseo de quedarse en Eavesmore.
James le había respondido por carta que Stratford House estaba a su disposición.
¿No preferiría un hombre de la edad de Frederick, de solo veintitrés años, quedarse en la ciudad?
Frederick no había disfrutado de Eavesmore en su niñez.
Se había quejado del olor de los caballos, del aburrimiento, de lo insulsos que eran todos en el pueblo.
De niño, los caballos le habían dado miedo; a los cinco años una yegua llamada Fauna lo había mordido y él nunca se había recuperado de la experiencia.
Un mozo de cuadra había intentado golpear a la yegua por ello, y el padre de James había intervenido para despedir al hombre en el acto.
James recordaba a Frederick llorando mientras la niñera lo llevaba de vuelta a la casa.
Él se había quedado con su padre en los establos para consolar a la agitada Fauna.
Supuso que Frederick había madurado en los últimos diez años, el tiempo que había pasado desde la última vez que James lo había visto.
La tía Berenice y Frederick habían ido de visita un verano, cuando Frederick tenía trece años y James veinte.
Frederick era entonces un joven de rostro afilado y tez cetrina, y el último día de aquella visita, James y él habían tenido una terrible discusión.
James odiaba recordarlo incluso ahora, así que no lo hacía.
No pasó más de una hora en Stratford House, revisando invitaciones a las que no pensaba responder, y luego se dirigió al Club Bucknall para cenar con su libro bajo el brazo.
Le gustaba escribir en el club. Aunque, por regla general, odiaba verse obligado a conversar, le gustaba escuchar a escondidas.
Disfrutaba con las carcajadas, el tintineo de las copas y el ritmo de las conversaciones que se alzaban y bajaban a su alrededor.
Rara vez se le acercaban. La mayoría de los caballeros no eran como lord Hartwell, que parecía ver su timidez como un reto al que había que enfrentarse con una cordialidad forzada.
El resto se contentaba con murmurar un saludo al verlo y dejarlo en paz para que escribiera.
Sin embargo, era discutible si lo dejaban solo por educación o por el espectáculo que había montado el año anterior en la fiesta de los Bronmillons.
Esa fiesta había sido su último intento de asistir a un evento social: había sufrido un ataque durante el cual no podía respirar y solo parecía murmurar súplicas incoherentes para que lo dejaran en paz, para que dejaran de intentar ayudarlo a ponerse de pie o guiarlo al jardín para que tomara aire.
Desde entonces, la gente le daba más espacio del habitual.
James tenía catorce años la primera vez que visitó el Club Bucknall, con los ojos muy abiertos, al costado de su padre.
Ya era tímido, pero quizá no de una forma tan incapacitante.
O tal vez no lo sentía tan intensamente con su padre a su lado.
Pensó que, si su padre todavía estuviera con él, o Harold, no se habría sentido tan ansioso al subir las escaleras hacia la Sala Azul.
Pero, por supuesto, Harold nunca podría acompañarlo a Bucknall.
Todavía había partes de su vida que tenía que vivir sin Harold, lo que solo hacía más evidente el dolor de su nostalgia.
La chimenea crepitaba en la Sala Azul a pesar del calor del verano, y las sillas más cercanas a ella habían sido ocupadas por un grupo de lores, entre los que se encontraban Gale, Chant, Warrington, Soulden y Rivingdon.
James se apresuró a sentarse en una silla junto a las amplias estanterías y se acomodó antes de que una voz atronadora exclamara:
—¡No! ¡Apuesto diez guineas a que no!