Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 5
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Capítulo 5

Cynthia inclinó la cabeza para besar la parte superior de los pechos de la señorita Annette.

Ella dio un grito cuando sus senos se escaparon del vestido rasgado, y sus grandes pezones rosados tentaron a Cynthia a que los mordisqueara y los chupara.

Vaya, la joven Cynthia se había convertido en una mujer de la noche a la mañana, pero no una del tipo respetable.

Cuando esta por fin levantó la vista, había una picardía en sus ojos que habría avergonzado a cualquier prostituta de Covent Garden.

—¡Cynthia! —gritó Annette en un delirante estado de shock —. ¡Pero si eres mi alumna!

—Me ha enseñado mucho sobre los verbos franceses —admitió la chica—. Ahora, déjeme enseñarle esto.

Y volvió al trabajo mientras el resto de las alumnas aplaudían detrás de ella.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN IV

J ames estaba triste y distraído mientras esperaba la inminente llegada de Frederick.

No escribía con la frecuencia que le habría gustado y se quejaba de que lo que escribía no era suficiente.

Harold no estaba de acuerdo y sospechaba que el mal humor era lo que lo hacía pensar así.

James también luchaba más en los juegos —juegos que, en realidad, no eran nada inocentes— y tardaba más en llegar al punto en que se entregaba por completo a Harold.

A él siempre le había gustado la parte en la que dejaba de luchar.

Era como ver una llama titilante que por fin se afianzaba y se hacía firme y fuerte.

Pero no le gustaba que le costara más llegar a ese punto.

No le gustaba que James estuviera tan preocupado por que Harold no fuera todo su mundo en el momento en que lo puso de rodillas por primera vez.

Las cosas no eran sencillas entre ellos, y quizá nunca lo fueran, pero cuando James lo miraba con los ojos húmedos y la boca abierta, y se balanceaba un poco mientras se dejaba llevar, todo cobraba sentido.

El amor de Harold por James solo se veía eclipsado por la sensación de asombro que lo invadía cuando le ofrecía su cuerpo con tanta entrega.

Harold se sentó a la mesa de la pequeña cocina, con la mitad de su atención puesta en The Times y la otra mitad, en la puerta abierta.

Desde allí podía ver a través del pasillo hasta el dormitorio, donde James yacía por fin dormido.

Esa puerta también estaba abierta, y el joven se encontraba desnudo, estirado bocarriba, con los brazos por encima de la cabeza.

Se lo veía pálido a la luz de la lámpara, y su estómago estaba surcado por varias marcas rojas tenues, cortesía del cinturón de Harold.

No había golpeado demasiado fuerte —nunca se arriesgaría a causarle una lesión real—, pero la piel de James era tan suave, tan tierna y blanca, que las marcas tardarían en desaparecer.

Él no fingía entender por qué James a veces necesitaba ser dominado para aclarar su mente, había visto el mismo tipo de comportamiento muchas veces en caballos que mordían y coceaban, y solo se calmaban cuando veían que el mozo de cuadra no le tenía miedo y no daba ni un paso atrás.

Y después de eso, eran tan dóciles y dulces como corderos, y acariciaban con el hocico en busca de manzanas y terrones de azúcar.

Harold acabó por dejar el periódico; no le gustaba leer y sabía que James le contaría las últimas noticias durante el desayuno y añadiría sus propios comentarios.

«¡Cincuenta guineas por un Galloway! ¡Dios mío!

». O «¡Ciento treinta guineas por uno de los caballos de tiro de Buckingham!

¿Están pagando por el linaje del caballo o por el de Buckingham?

». Y entonces se preguntaba en voz alta, como siempre hacía, si debería sacar algunos de sus corceles a subasta en Tattersall.

Aunque Harold sabía que nunca lo haría, porque, a pesar de la naturaleza tímida de James, prefería tratar directamente con los compradores.

Amaba demasiado a sus animales como para venderlos al mejor postor.

Quería asegurarse de que fueran a parar a manos de propietarios que los trataran bien.

Para ser un hombre que ansiaba el azote de la fusta, se oponía con fuerza a cualquiera que pudiera utilizarla sin piedad con un caballo.

Harold lo quería, a pesar de sus contradicciones, de sus incertidumbres, de sus debilidades. Siempre lo había amado.

Recordó su primer día en Eavesmore. Tenía ocho años, su madre había fallecido hacía poco y su padre luchaba por superar la pérdida.

Harold pensaba que su habitación detrás de los establos era tan grande como un palacio.

Recordaba que su padre le había enseñado a quitarse siempre el sombrero e inclinar la cabeza si el conde, su esposa o sus hijos se acercaban a él.

Tenía miedo de olvidarlo y que su padre perdiera su trabajo y se enfadara.

Sin embargo, el conde de Stratford había sido el hombre más amable que Harold había conocido jamás, y su esposa, la condesa, siempre se había asegurado de que tuviera un abrigo cálido y botas nuevas cada Navidad.

James tenía doce años y Frederick, cinco, y Harold había ignorado al más pequeño para perseguir al mayor.

Se había obligado a enderezarse más para que James no lo considerara un niño pequeño.

Estaba ansioso por sus sonrisas y la luz amable de sus ojos, y había decidido, incluso antes de saber lo que significaba los celos, que James solo debía sonreírle así a él.

Sus primeros intentos por hacerlo sonreír habían sido torpes.

Le había llevado regalos: piedras y palos interesantes, una flor, una rana, que James había aceptado con sonrisas más desconcertadas que encantadas, antes de darse cuenta de que había un regalo mucho más grande que podía darle.

—No creo que pueda montar a Bucéfalo —le había confesado James un día mientras observaban cómo herraban al enorme caballo—. Es demasiado grande.

—Yo creo que sí podría —le había respondido Harold, con firmeza y lealtad—. Creo que podría hacer cualquier cosa.

James era tímido e inseguro, y Harold le había dado el regalo de su infranqueable fe en él.

Cuando Harold tenía once años y James quince, el padre de Harold fue despedido por su adicción al alcohol. El conde le preguntó si quería quedarse como mozo de cuadra, y él aceptó, porque nunca se le habría ocurrido dejar a James. Ya entonces lo quería.

Siete años después había llegado la carta que lo había cambiado todo.

Harold abandonó Eavesmore para cuidar de su padre moribundo y se encontró preguntándose por la existencia de un mundo más amplio.

Un mundo que había ignorado por completo porque Eavesmore lo hacía sentirse muy seguro. Porque James estaba allí.

Era un mundo en el que aún pensaba, un mundo que le atraía en momentos extraños. Pero su trabajo consistía en cuidar de los caballos de Eavesmore, y su deseo era cuidar de James Lewis. Y James no quería pensar en absoluto en un mundo más amplio.

Al otro lado del dormitorio, el joven se removió.

Harold se alzó de la silla y se asomó por la puerta un momento antes de volver a la cocina a recoger el paquete envuelto en papel que había llevado a escondidas desde la ciudad.

Volvió al dormitorio y se asomó una vez más por la puerta.

Estudió las marcas de su cinturón a la luz de la lámpara. Tenía tantas ganas de acariciarlas…

—¿Crees —murmuró James sin abrir los ojos— que, si un tipo se metiera el contenido de una ducha en el recto, podrían follárselo mientras lo retiene? ¿O sería una catástrofe inmediata?

Harold levantó las cejas.

—Creía que estabas dormido.

—Hmmm. Estoy pensando en una nueva escena para Diarios .

—Yo diría que sería una catástrofe inmediata. Pero podemos probarlo si quieres.

James ladeó la cabeza hacia él y abrió los ojos. Le dedicó una sonrisa sin dientes y volvió a cerrar los párpados.

—Estoy muy cansado. Pero quizá otra noche. —Se estiró, y Harold tuvo la sensación de que lo hacía para mostrar mejor sus marcas.

Hubo silencio durante unos instantes. Ambos oyeron un extraño rasguño en la puerta principal.

—Quiere entrar —murmuró James.

—Puede ir a los establos —dijo él— y hacer su puñetero trabajo.

—Eres despiadado.

—Y tú eres muy guapo —comentó Harold con gran convicción.

James volvió a abrir los ojos.

—¿Lo soy? —Miró su pecho, donde el vello oscuro aún era solo una pelusilla incipiente; Harold se lo había afeitado unos días antes.

—Sí, lo eres. —Él entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama. Le sorprendió lo fuerte que le latía el corazón—. No estaba seguro de si hoy te sentías como una dama, pero te he comprado un vestido nuevo para la próxima vez que te sientas así.

La mirada de James se posó en el paquete y, aunque la luz de la lámpara era tenue, Harold pensó que los ojos de James mostraron una extraña sorpresa.

—¿De verdad?

—¿Quieres verlo?

James se incorporó.

—Por favor.

Harold lo desenvolvió y lo sostuvo en alto. Se trataba de un sencillo vestido de algodón de color marrón claro con una banda de satén dorado.

—Probablemente sea difícil ver el color adecuado ahora mismo. Pero me recordó mucho a tus ojos.

—Harold. No deberías… Yo puedo comprarme lo que necesite.

—Pero quería comprártelo yo.

Lo dejó sobre la colcha, entre ellos, y esperó que James no discutiera.

A ninguno de los dos les gustaba que les recordaran que eran amo y sirviente —al menos, no les gustaba que les recordaran la forma en que la sociedad dictaba que eran amo y sirviente—, pero James nunca podía ocultar del todo su incomodidad si Harold utilizaba su salario para comprarle un regalo.

James extendió la mano y acarició el algodón.

—Es precioso. —Harold se sintió aliviado al oírlo. James lo miró—. Podría probármelo ahora. No estaba seguro de cómo me sentía hoy, por eso me he alegrado de que me mantuvieras desnudo casi toda la noche. Así no tenía que elegir qué ponerme.

—Si quieres probártelo, me encantaría verte con él.

—¿Puedo dejar entrar a la gata?

—No.