Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¡Sí! —Posó las manos en las caderas de Harold y se maravilló de su gran fuerza—. Sí, encajamos. Pero también me refería a otras cosas. Tú… —Su sonrisa se desvaneció—. Tú me entiendes, cuando yo mismo apenas me entiendo.

—Mmm. —Él deslizó una mano por su espalda y sobre su trasero. Lo apretó con la firmeza suficiente para que el repentino dolor le cortara la respiración—. Lo hago, ¿verdad?

—Sí, mi señor —susurró James, que bajó la cabeza casi hasta el hombro de Harold y frunció el ceño al sentir una nueva punzada cuando este apretó un poco más fuerte.

Harold volvió a reír y frotó con fuerza el lugar donde había apretado.

La polla de James comenzó a ponerse dura.

James empujó el culo hacia la mano de Harold, que agarró otro punto y volvió a apretar, retorciendo la carne y haciendo que un nuevo fuego recorriera cada marca de la noche anterior.

James se quedó muy callado, excepto por una exhalación que fue casi un gemido.

Se sacudía muy ligeramente con cada pellizco y giro, pero se obligó a permanecer quieto.

Le gustaba ser obediente con Harold tanto como le gustaba luchar contra él.

Ese día no quería luchar en absoluto. Dejó que su frente descansara sobre su hombro y volvió a suspirar.

Se relajó mientras este jugaba con él. Por fin, la mano de Harold se deslizó hasta la parte delantera de sus pantalones y frotó el bulto que crecía allí.

James no pudo disimular el estremecimiento en su siguiente respiración.

—Quédate quieto —le susurró su amante con voz ronca al oído—. Espero que te corras antes de que Bell se aburra y le dé el primer mordisco a las hojas que tiene encima.

—Imposible —susurró James con una risa.

La mano abandonó su pene el tiempo suficiente para darle una ligera palmada.

—Haz lo que te digo.

James se concentró en mantenerse quieto.

La palma de Harold volvió a la parte delantera de sus calzones de montar y frotó círculos sobre la tela.

James contuvo la respiración, su placer aumentaba.

Era difícil correrse confiando solo en la mano de Harold: quería empujar hacia delante, quería presionar sus caderas contra las del hombre y moverse contra él.

Pero se quedó inmóvil. Imaginó que era una marioneta que Harold podía colocar como le pareciera conveniente.

Sus manos eran hábiles, pasaban de la firmeza a la suavidad y viceversa; a veces frotaban con fuerza y otras trazaban apenas la longitud de su erección a través de la prenda.

A medida que James se acercaba al clímax, se movió para que sus labios quedaran contra el hombro de Harold y amortiguaran los sonidos que deseaba emitir.

Sus entrañas se tensaron y un escalofrío le recorrió la espalda.

Abrió la boca y mordió con suavidad la tela del abrigo de Harold.

Volvió a oír su suave risa y dejó que el calor de la vergüenza se uniera al calor de su placer.

Exhaló ahogado en la lana. Jadeó al inhalar de nuevo.

Sus piernas se tensaron y se corrió en los calzones.

La mano de Harold se movió hacia su espalda y la frotó mientras James luchaba contra el deseo de su cuerpo de estallar en espasmos.

Se quedó lo más inmóvil que pudo hasta que terminó.

—Muy bien —susurró él—. Te has portado muy bien, ¿verdad?

James se movió de nuevo para que su cara quedara enterrada en el pecho de su compañero y no tuviera que ver nada a su alrededor.

Solo la oscuridad de la tela. Su corazón latía con fuerza y sentía las rodillas débiles, pero aun así no se movió.

Por fin, Harold lo abrazó con firmeza y le dio un rápido beso en la sien.

Un crujido llamó la atención de James, y se echó a reír.

—¿Es Bell?

—Sí. Has terminado justo a tiempo.

—¡Bell! —le gritó al caballo—. No comas con el bozal puesto.

—No te va a hacer caso.

—Lo sé. Tú eres el único al que obedece, y solo en ocasiones.

Harold lo soltó y se sentó en el suelo rocoso, con la espalda apoyada en un tocón y las piernas extendidas frente a él. Dio unas palmaditas a la tierra que tenía delante.

—Ven aquí.

James se acercó. Miró con escepticismo los trozos de grava y los parches de hierba seca, se agachó, hizo una mueca de dolor tanto por la pegajosidad de sus calzones como por las punzadas que le provocaba el contacto de su trasero con el suelo.

Se recostó contra el pecho de Harold, y este lo besó detrás de la oreja.

Dejó que sus brazos descansaran alrededor de sus caderas.

—Hay algo que te preocupa —murmuró después de un instante. James se apoyó más en él. Echó la cabeza hacia atrás sobre su hombro y miró al cielo azul claro—. ¿Qué pasa? Si no dices nada, voy a…

—¿Qué harás? —preguntó James segundos después—. Me gustaría escuchar el resto.

—No voy a amenazarte para que hables. Te lo pido como amigo.

James suspiró. Cada vez que se movía lo más mínimo, un nuevo dolor le recorría el cuerpo. Eso lo relajó y le soltó la lengua.

—Supongo que aún pienso en lo que dijo Bentley sobre los Diarios .

—¿Acaso leyó lo que escribiste? Me refiero a lo de Aldwain.

Él negó con la cabeza.

—Apenas echó un vistazo a las páginas antes de rechazarlas.

—Qué idiota.

—Desde luego —concordó James.

Harold deslizó una mano por su muslo, con la presión justa para reavivar el dolor de los moretones.

—Verás —murmuró James, que colocó su mano sobre la de Harold para detenerla—, no te lo había dicho, pero no es solo que a Aldwain le guste ponerse vestidos. A veces es una mujer, como yo.

—Ah.

—Hacía mucho tiempo que no tenía que plantearme con detenimiento cómo se siente la sociedad respecto a estas cuestiones. Creía estar preparado para escribir sobre un personaje así, y lo estaba. Lo estoy. Pero no estaba tan preparado como pensaba para el desprecio de Bentley.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? —preguntó Harold.

James volvió a negar con la cabeza.

—Cuando estamos solos tú y yo, soy siempre yo mismo. Cuando estamos solos mis personajes y yo, son siempre ellos mismos. Pero cuando estamos todos en Londres, dejamos que la ciudad nos convierta en otra cosa, y eso me molesta muchísimo.

—Lo siento, James.

Él esbozó una sonrisa y lo miró.

—¿Sabes? No era mi intención que el personaje de Aldwain fuera tan autobiográfico. Pero sí incluí una escena en la que lady Ada discute con un amante sobre la preocupación que siente al verla tan triste.

Harold se rio, y su pecho se movió contra la espalda de James de una forma tan familiar y reconfortante que parte de la tensión del caballero se disipó.

—Me siento honrado de haberte servido de inspiración.

Él sonrió y miró hacia el camino que se adentraba en el bosque.

Era tímido en muchos aspectos de su vida, pero había sido inusualmente audaz cuando, tres años atrás, le había dicho a Harold que, aunque la mayor parte del tiempo se sentía hombre, en ocasiones se sentía mujer.

Había temido perderlo; no podía fingir que no había tenido ese miedo.

Sin embargo, ese miedo no podía competir con su certeza de que, si Harold de verdad lo amaba, lo había amado alguna vez o había sido su amigo alguna vez, lo querría tal y como era.

Y, si no podía amarlo tal y como era, podía irse al carajo.

Había hecho bien en confiar en él con todo su ser.

Las primeras veces que se había puesto un vestido y un corsé en su presencia, había alabado su belleza sin cesar, le había dicho que era perfecto, lo había llamado Janey…

Una vivencia que fue a la vez una de las más preciadas de la vida de James y una de las más irritantes porque él no le había pedido a Harold que le diera un nombre diferente.

Aún no estaba seguro de si quería que «ella» sustituyera a «él» o «Jane» sustituyera a «James» en esos momentos o días en los que no era un hombre.

Al final, había perdido los estribos. Sabía que Harold tenía buenas intenciones, que solo quería consolarlo y decirle que lo amaba sin reservas, una seguridad que James ansiaba cuando jugaban, pero que, en este asunto, le parecía paternalista.

Así que le había dicho sin rodeos que no necesitaba el permiso ni el consuelo de nadie para ser mujer, que no quería sentir que su percepción de sí mismo como mujer estuviera definida por cómo lo veía Harold.

Incluso había sido lo bastante sincero como para decirle que esos halagos excesivos —que era hermoso, que era perfecto, que no había nada antinatural en él— a veces lo hacían sentir como una aberración, como si en realidad esas palabras fueran para Harold y no para él.

Las cosas habían mejorado tras aquello, aunque poco después habían vuelto a discutir, esa vez por la creciente preocupación de James de que Harold, como su sirviente, se sintiera obligado a aceptar las partes de James que la sociedad consideraría antinaturales.

¿Cómo podía James, o incluso Harold, estar seguro de que parte de su amor no provenía del miedo a perder su posición?

Harold le había reprendido duramente por ello, señalando que, si no había temido perder su puesto la primera vez que había puesto al conde de Stratford sobre sus rodillas por no cumplir un plazo, desde luego no temía perderlo nunca.

Ese periodo había sido el más discordante que jamás había existido entre ellos y, sin embargo, los había impulsado a nuevos niveles de sinceridad y había fortalecido su vínculo.

James sintió una punzada al recordar lo bien que se había sentido al intentar plasmar algo así en su escritura.

Qué horrible había sido ver a Bentley examinar esas páginas y declarar que tal abundancia de diálogo era «aburrida» y decir que James debía eliminar de inmediato cualquier mención a las «inclinaciones» de Aldwain o, de lo contrario, hacerlas entretenidas.

—Sigues enfadado —señaló Harold en voz baja.

James contuvo la respiración y exhaló despacio. Se recostó contra Harold y volvió a estirar las piernas delante de él.

—Sí, un poco.

—Pero aquí no hay nada de qué preocuparse, ¿verdad? —continuó—. Aquí puedes decir lo que quieras, vestirte como quieras. Aquí solo estamos nosotros.

Llevaba años diciéndole eso, y James siempre se sentía reconfortado al escucharlo.

«Aquí solo estamos nosotros». Aunque no fuera del todo cierto.

Estaban los mozos de cuadra. Los palafreneros, el cochero y los postillones.

Los sirvientes de la casa. Y pronto… Dios, se le revolvió el estómago al pensar en Frederick.

En menos de quince días, estaría allí. Y se acabaría el «solo estamos nosotros».

Inspiró hondo. Era mejor acabar con aquello de una vez.

—Bueno, verás —James miró una vez más los parches de radiante cielo azul que se veía entre los árboles—, ese es el otro tema…