Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

Lord Stanhope se alzó y se limpió los labios.

El viento aullaba en la colina, aplastaba la hierba y casi lo obligó a arrodillarse de nuevo.

Sin embargo, miró a Slyfeel con un destello en la mirada.

Dio un paso adelante y lo besó con una ferocidad inesperada, obligándolo a saborear su propio semen.

Slyfeel le devolvió el beso, sumergió su lengua en la espesa y salada esencia hasta que por fin se separaron, y Stanhope tragó saliva.

Sonrió con aire burlón ante la mirada de sorpresa y admiración a regañadientes de Slyfeel.

Luego se volvió hacia el resto del regimiento. Los hombres lo miraban en silencio, atónitos. Uno de los caballos resopló y pateó el suelo.

—Muy bien —gritó él—. ¿Quién va ahora?

El caballo resopló de nuevo con fuerza, y lord Stanhope pensó que, si la bestia era la siguiente en utilizarlo, no le importaba demasiado.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN II

A l día siguiente, James y Harold llevaron a dos caballos en entrenamiento al bosque y cabalgaron por el sendero.

La parte más ancha del camino les permitía trotar uno al lado del otro, y James podía sentir la mirada de Harold sobre él.

Debería contarle la inminente visita de Frederick y acabar con aquello.

Pero incluso pensar en su hermano le provocaba un nudo en el estómago.

Harold empujó a su montura, Saint, para acercarla a Bellwether, el capón bayo de James.

—Estás bastante inclinado hacia delante, ¿no? —preguntó en tono tranquilo—. Y te alzas muy poco para trotar.

James sintió un cosquilleo en la nuca, una mezcla de placer y vergüenza.

—Bell tiene un trote suave. No necesito alzarme tanto.

—Hmmm. Ya veo.

—Siempre estás comentando mi postura.

Echó una mirada de reojo a tiempo para ver la sonrisa de Harold.

—Es una de mis cosas favoritas de las que hablar.

—Fue tu padre quien me enseñó a montar. Cualquier problema es culpa suya.

—¿Estás culpando a un hombre muerto por tu incapacidad para cabalgar?

James contuvo una risa. Ambos sabían que era un jinete experto, pero sus leves desacuerdos eran muy viejos y abarcaban desde la postura correcta para montar hasta el número de cubículos que debía tener un establo.

De repente, sintió una punzada de tristeza.

De pequeño le había gustado mucho el padre de Harold, Jon Granger.

El hombre se había parecido bastante a Harold: grande, rudo y muy paciente.

Sin embargo, se diferenciaba de su hijo en su afición por la bebida, y a James le llevó un tiempo darse cuenta de que Granger padre no siempre era amable con su hijo.

Su despido de Eavesmore puso en marcha los acontecimientos que habían alejado a Harold de la finca durante dos largos y horribles años; años que James no quería recordar.

—Bueno, es cierto que él no se esforzaba por corregir mi postura tan a fondo como tú —dijo con indiferencia, y pateó los costados de Bell para adelantarse a Harold.

Oyó la risa profunda y áspera del hombre detrás de él y, un momento después, volvieron a estar uno al lado del otro. James redujo la marcha y Harold hizo lo mismo.

—¿De verdad te duele mucho? —le preguntó el caballerizo.

—He tenido dolores peores.

—No es eso lo que te he preguntado.

—Me duele —contestó James con franqueza, porque Harold no toleraba las mentiras ni los intentos de confundirlo—. Siento que hay algo mal en mí, en la forma que soy, porque me gusta sentir dolor. Me recuerda la atención que me has prestado.

—No hay nada malo en ser como eres —dijo él, con voz ronca—. Eres perfecto para mí.

Una oleada de placer calentó el rostro de James.

Sí, seguro había una lógica extraña en lo que decía Harold, porque a él le gustaba que lo golpearan y a Harold le encantaba hacerlo.

Era difícil de explicar, incluso para él mismo, porque había recibido muchas palizas de niño —a más de un maestro no le gustaba que su mente divagara cuando debía estudiar— y no le había gustado nada.

Pero Harold… cuidaba cada fuerte golpe, y James sabía sin lugar a dudas que no le haría daño de verdad.

Los moretones eran…, bueno, pintaban un cuadro que James sabía sin duda que sería malinterpretado si alguien reparaba en ellos, pero cada uno era un recordatorio de que alguien lo veía tal y como era, lo aceptaba, lo amaba.

En Diarios de una doncella había escrito sobre hombres que aullaban de placer cuando lord Slyfeel les azotaba el trasero con una fusta, e imaginó a su público jadeando y riéndose mientras leían las lascivas hazañas de su protagonista, pero a veces lamentaba haberlo descrito como un libertino.

Sin embargo, ¿habría comprado alguien los libros sobre un hombre que encontraba el amor en el beso punzante del cuero?

No, Slyfeel era un personaje cómico. Igual que Aldwain, que deseaba llevar corsés en lugar de pantalones de ante, y que también sería objeto de las risitas de sus lectores, como si fuera el protagonista de una pantomima.

Bueno, ¿qué eran Diarios de una doncella, sino una pantomima de lo más obscena?

Supuso que había sido una tontería intentar poner su corazón en aquellas sucias páginas.

Aun así, había dentro de él una historia secreta, no escrita, donde Slyfeel encontraba la paz cuando lo encadenaban y lo golpeaban, donde él también se sentía lo bastante ligero como para flotar hacia los cielos, y donde Aldwain era llamado «Lady Ada» por un caballero que sabía que la verdad no se hallaba en ninguna de las partes que ocultaba una enagua prestada.

Lo irritaba haberse dejado convencer para no escribir las historias que deseaba.

Le molestaba someterse a la voluntad de Bentley en esos asuntos, porque este afirmaba saber lo que el público quería leer.

Y James no lo dudaba, ya que Bentley era un editor de mucho éxito, pero ¿cómo podía el público leer algo diferente si nadie lo publicaba?

A veces deseaba tener más valor para insistir en el tema, pero su posición ya era terriblemente precaria.

Si la sociedad descubriera que James Lewis, conde de Stratford, era el autor de Diarios de una doncella , sería su ruina.

—¿A qué viene esa cara? —preguntó Harold.

—No… no es nada —suspiró—. Son los libros, la finca y los caballeros que desean reunirse conmigo para hablar de los animales. A veces es demasiado. Ya sabes cómo soy.

A veces sentía que el único lugar donde era feliz de verdad era en la cabaña o en los establos, donde no había expectativas que lo agobiaran, salvo las que Harold pudiera tener sobre él, y esas no eran expectativas que lo deprimieran.

Esas lo animaban, le hacían esforzarse por ser mejor, porque en el pequeño espacio que habían construido juntos, lejos de la sociedad, sentía que podía respirar.

Deseaba que el resto del mundo dejara de existir, que no quedara nada más allá de las paredes de la cabaña, salvo un vacío silencioso y fantasmal.

Podría vivir el resto de su vida en ese diminuto lugar, encerrado en una cáscara de nuez, sería un rey de un espacio infinito, si Harold estuviera allí con él.

—Sé cómo eres —asintió Harold, y extendió la mano hacia él.

Bellwether, que por alguna razón se había enfadado con Saint, dio un pequeño paso lateral, como si estuviera bailando, y James se rio cuando Harold y él apenas lograron rozarse las yemas de los dedos.

Continuaron y el camino se estrechó. James tomó la delantera con Bellwether y giró hacia el trecho que conducía al cerro, una colina de granito que sobresalía del bosque como la yema de un pulgar.

De niño, James le tenía miedo, como casi a todo, e imaginaba que aquel sitio era el hogar de guerreros vikingos enterrados, de espíritus de legionarios romanos muertos o de miembros de tribus pintados de azul.

Ahora sabía que el cerro era roca sólida y no un túmulo funerario, y que lo único aterrador era la pendiente del camino que serpenteaba hasta la cima.

Lo había hecho antes con Bellwether, pero Bell era una montura estable, leal y digna de confianza, y ni la estrechez de la empinada ruta ni la grava y la tierra que se deslizaba bajo sus cascos lo asustaban.

Sin embargo, hoy no se arriesgaría, ya que Bell se comportaba de forma muy poco habitual con Saint.

Se detuvieron al pie de la colina, donde los árboles estaban más espaciados y la luz del sol los encontró de nuevo, cayendo en ondas moteadas sobre sus hombros.

Desmontaron. Harold tomó las riendas de Bell y las ató a la rama de un árbol.

—Puedo hacerlo yo solo, ¿sabes?

Harold sonrió y se peinó el flequillo.

—Solo hago mi trabajo, mi señor.

—Ah, ¿así que aquí fuera soy tu señor?

—Aquí fuera —asintió él—. En nuestra cabaña, eres mi puta, ¿no, amor?

James se sonrojó. Una palabra así no debería haberlo emocionado tanto, pero Harold la había pronunciado de una forma que resultaba a la vez humillante y emocionante —algo que James ansiaba por razones que no terminaba de comprender—.

Recordó sus reflexiones durante el trayecto hasta allí.

No creía necesariamente en Dios, pero aquello tenía que ser un designio, ¿no?

Harold y él encajaban tan bien que no podía ser casualidad.

—¿Sabes lo que dijo Platón sobre el amor?

—¿Quién?

—Platón —repitió James—. Un filósofo griego que vivió hace mucho tiempo.

—¿Qué dijo sobre el amor? —Harold jugueteó con la melena de Saint.

—Dijo: «El amor nace en cada ser humano: reúne las dos mitades de nuestra naturaleza original; intenta unir dos en uno y sanar la herida de la humanidad».

—¿Es esa una forma elegante de decirme que me quieres, Jimmy?

—Bueno, ya sabes que te quiero, así que más bien era una forma elegante de decir que encajamos a la perfección.

Harold le guiñó un ojo.

—Así es.

James se carcajeó ante su sonrisa.

—¡No, no me refería a eso!

—Mmm. —Harold dio un paso adelante y le rodeó la cintura—. Creo que encajamos perfectamente en ese sentido.