Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Su mano se movió hacia abajo, hasta que sus dedos pasaron por el costado del soporte de James para trazar un parche de vello alrededor de su pene.

Él siseó, con el cuerpo tembloroso. Harold le acarició los testículos y observó con mucha atención su rostro, que se contrajo y se relajó gradualmente mientras él se los acariciaba con una delicadeza inesperada.

James emitía pequeños gemidos con cada exhalación y, de vez en cuando, sus ojos se cruzaban con los suyos, con una expresión aún confusa, como si apenas estuviera despierto.

Harold movió el pulgar hacia arriba por la parte inferior de su pene.

James jadeó y balanceó las caderas hacia atrás, ahogando un gemido en cuanto el gancho ejerció una nueva presión en su interior.

Harold extendió la otra mano hacia atrás y agarró el mango de madera.

Empujó el gancho un poco más profundo, lo que le provocó un grito ahogado.

Luego lo sacó, hasta que la cuenta del extremo quedó casi en el esfínter.

James sollozó y Harold volvió a introducir el gancho, deteniéndose cuando la cuenta estuvo justo en el punto que lo hacía gritar.

James forcejeó, trató de alejarse de la presión, y la saliva empezó a acumularse en un charco en el suelo.

Harold envolvió su otra mano alrededor del pene de James y lo acarició.

—No te atrevas a correrte —le advirtió en voz baja—. Te arrepentirás si lo haces. —Movió el gancho, lo que le provocó gritos más desesperados y ahogados. Acarició el pene de James más rápido.

James tenía los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta, y jadeaba alrededor de la mordaza, el pecho agitado. Dijo algo ininteligible. Intentó decirlo de nuevo. Harold miró sus manos atadas, pero James no le hizo ninguna señal.

—No te corras —repitió él, pero movió el gancho, imaginando que la bola de madera frotaba una y otra vez ese punto sensible. Pasó el pulgar por la punta del pene de James.

Con un sollozo de indignación, James perdió el control. Su semen cayó al suelo y Harold le clavó el gancho más profundo, una última humillación, y otra gota de líquido brotó.

Harold soltó el gancho, pero no el miembro de James. Lo acarició con lentitud, exprimiéndole hasta la última gota. Apretó justo debajo del glande y observó cómo se formaba una gota de semen en la punta que cayó. Las lágrimas se quedaron atrapadas en las pestañas de sus ojos cerrados.

Harold tiró de su pene, ahora flácido.

—¿Qué te he dicho? —preguntó en voz baja.

James volvió a atragantarse al sollozar. Harold se humedeció los labios, acarició el bulto de sus propios calzones y se preguntó si esa noche podría llevarlo al límite.

—¿Qué te he dicho? —repitió.

James emitió un sonido y sacudió la cabeza, con la barbilla mojada.

Harold le agarró la mandíbula y le levantó el rostro a la fuerza. James abrió los ojos de golpe y lo miró. Unos ojos hermosos y grandes, brillantes por las lágrimas.

—Te he dicho que no te corrieras. ¿Y qué coño has hecho?

James intentó protestar, pero la placa de acero le presionaba cruelmente la lengua. Él lo soltó, agarró las riendas anudadas y le tiró de la cabeza hacia atrás. Con la mano libre le dio un azote en el trasero. James se retorció, con los ojos llenos de una mezcla de dolor y desesperación.

—Pequeña zorra obstinada. Ahora te montaré hasta que recuerdes quién es el amo.

James emitió un sonido que podría haber sido una súplica.

La polla de Harold se endureció. Tenía muchas ganas de darse placer a sí mismo con esa súplica silenciosa y ahogada.

Con la visión de James con un gancho en el culo, una mordaza en la boca y las muñecas atadas por encima de él. Pero tenía otros planes.

Le desanudó las manos, desató el cuero unido al gancho y deslizó la herramienta rápida pero cuidadosamente fuera del cuerpo de James.

Lo dejó a un lado. Cogió la vara del suelo y agarró las riendas.

Volvió a tirarle de la cabeza hacia atrás y le golpeó el culo con la fusta.

Lo hizo de nuevo, con más fuerza. James tropezó al intentar esquivar el siguiente golpe, pero la mordaza le tiró de los lados de la boca y jadeó de dolor.

Harold se aplicó con el vergajo hasta que el trasero de James quedó cubierto de finas rayas en carne viva, hasta que su boca se abrió en un grito silencioso de agonía, y luego le golpeó en los hombros.

James se encogió y se quedó inmóvil. Recibió tres golpes más en silencio, quedándose sin aliento después de cada uno.

De repente, sus manos se aferraron a la brida, a los anillos de la mordaza, pero no pudo quitárselo, y cada intento fue respondido con otro golpe de fusta hasta que por fin cesó, con los hombros magullados encorvados y temblorosos.

El sudor le cubría los surcos de su pecho.

—Así se hace. Deja de resistirte.

James le lanzó una mirada, ahora sin rastro de rebeldía en su expresión. Harold nunca había conocido a un hombre más valiente. Un hombre tan obstinado, orgulloso o hermoso. Y, Dios, se lo haría saber en cuanto terminaran.

—De rodillas.

Él se arrodilló de inmediato, con las manos entrelazadas en la parte baja de la espalda y la cabeza gacha.

Oh, estaba a punto de rendirse. Harold reconocía esa mirada, esa obediencia apresurada.

Lo dejó en el suelo mientras se quitaba las botas y los calzones.

Su polla estaba tensa, sus testículos ya apretados.

—Las manos en el suelo. Levanta el culo.

James obedeció y formó un nuevo charco de saliva debajo de él. Harold se arrodilló cerca de su cabeza, y James levantó la barbilla, con expresión de sorpresa. Harold sostuvo su polla debajo de la boca, y dejó que la saliva gotease sobre su miembro. James cerró los ojos y otro sollozo brotó de él.

—Esa es toda la ayuda que vas a recibir —explicó Harold, y arrastró los pies para arrodillarse detrás de él. La raja de James aún brillaba con el aceite del gancho, por lo que Harold sabía que habría suficiente lubricación para evitar hacerle daño de verdad.

«Pobre trasero», pensó mientras se arrodillaba detrás de él. Tendría una idea más clara del daño a la luz del día, pero lo había azotado hasta dejarlo magullado.

James gimió en cuanto lo invadió. Fiel a su palabra, Harold lo montó con fuerza, contuvo su propio placer cuanto pudo y lo penetró con golpes rápidos y despiadados, golpeando con los muslos las marcas que había dejado.

De vez en cuando tiraba de las riendas, azotaba los costados de James con el cuero anudado.

Por fin Harold soltó las correas y, en su lugar, agarró el pelo de James; empujó dentro de él una última vez y se corrió tan profundamente como pudo.

Le tiró de la cabeza hacia atrás, se inclinó hacia delante y le besó el cuello antes de morderle con fuerza.

El grito de James fue ronco, entrecortado.

Harold exhaló, con el pecho agitado casi tanto como el de James. Le dolían las rodillas como el demonio. Pero, Dios, el placer de tomarlo así, poseerlo por completo, ver a la persona que amaba más que a nada en el mundo perdida en el placer…

Le soltó el pelo. Apoyó una mano en el suelo y se retiró muy despacio. Se inclinó y depositó una serie de besos en su espalda sudorosa.

—Eres una joya —le susurró contra la piel húmeda—. Eres un maldito demonio, una maravilla. Te amo.

James lloraba. No eran simples sollozos secos, se dio cuenta Harold mientras se arrastraba de rodillas para desabrochar las correas de la brida.

Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su nariz y su boca también goteaban, y él le quitó la mordaza con suavidad, dejó la brida a un lado y le acarició los rizos.

—Buen chico. Ya hemos terminado. —Podía ver que a James le temblaban los brazos—. Puedes sentarte si quieres. Yo te limpio.

Cogió varios trapos y los humedeció en la palangana.

Usó uno para limpiarle el pene y luego lo tiró a un rincón.

James seguía a cuatro patas cuando Harold se agachó de nuevo a su lado.

Empezó por su cara, frotándole la frente con el paño frío.

Siguió con la nariz y la boca. James soltó otro sollozo en el trapo y Harold le acarició la nuca.

—No pasa nada. Sácalo todo. —James suspiró y le sobrevino otra tanda de tos.

Le limpió el pecho, tomó un paño limpio y lo pasó entre las nalgas lo más suavemente posible. James se estremeció, pero no se apartó.

—Ya está, cariño —murmuró—. Vamos a llevarte a la cama.

La piel de James estaba alarmantemente fría cuando él lo rodeó con un brazo para ayudarlo a ponerse de pie.

Hacía tan solo unos momentos, su piel parecía tan caliente que casi quemaba las palmas de Harold.

Arrastró a James hasta el dormitorio, ya que sus piernas no parecían cooperar.

Lo acostó en el colchón y lo cubrió con mantas.

James seguía temblando. Harold cogió la taza de agua que había dejado sobre la mesa antes de empezar y se la llevó.

James bebió un poco, pero respiraba con tanta dificultad que no podía tragar.

—Vamos. —Harold dejó la taza sobre la mesa—. Te calentaré.

Se subió a la estrecha cama junto a él y lo abrazó por detrás.

James buscó a tientas y se aferró al brazo que Harold le había puesto alrededor, se dio la vuelta y, con una ferocidad que no esperaba, hundió la cara en su pecho.

Él lo abrazó con fuerza, colocó la barbilla sobre su cabeza y le frotó la espalda con una mano.

—Estás bien —le prometió. Era fácil hacer que se sintiera como si cayera; era mucho más difícil convencerlo de que había aterrizado a salvo.

Harold le canturreó algunas palabras sin sentido y James resopló un rato más; luego, poco a poco, su respiración volvió a la normalidad.

Harold suspiró aliviado. Qué maravilla era llevarlo al límite. También aterrador—. ¿Estás conmigo?

James asintió con la cabeza contra su pecho.

Harold jugueteó con los rizos de su nuca.

—Ha estado bien, Harold. Ha estado muy muy bien.

Él sonrió entre su cabello. Lo inhaló.

—Debo decir que lo he disfrutado.

—No quiero irme.

—Entonces, quédate aquí. —James se tensó—. Te despertaré mucho antes de que Ida se levante.

—¿No te importa?

—¿Que si me importa? Te tendría en mi cama todas las malditas noches si pudiera. —James soltó un suspiro entrecortado—. ¿Qué pasa?

—Nada. —Era el «nada» menos convincente que Harold había oído jamás.

—James… —No estaba seguro de qué decir. No quería ahuyentarlo del lugar en el que se había refugiado.

—No sé por qué soy así. —Las palabras de James se ahogaron contra la camisa de Harold.

—Da igual cómo seas, yo te daré lo que necesites. Siempre.

—Es que me siento tan… ligero. Como si fueras lo único que me mantiene aquí, en este mundo.

—Ah. Bueno, eso está bien, ¿no? Suena como una sensación bastante agradable.

—Lo es.

—Y yo no voy a ir a ninguna parte, ni voy a dejar que tú te vayas a ninguna parte. —Le besó la coronilla—. Así que disfrútalo.

James asintió con la cabeza y su respiración se hizo más profunda.

Harold sintió que aún había algo que James no le había contado, pero supuso que podía esperar hasta la mañana siguiente para averiguar qué era.

Exhaló, sintiendo el dolor en sus propios músculos.

Sabía que al día siguiente James se ofrecería a darle un masaje, a prepararle un baño caliente en su cabaña para que lo disfrutara…

, cualquier cosa que se le ocurriera para mimarlo.

Era parte de un intercambio familiar y silencioso, tan crucial para la existencia de Harold que no podía recordar cómo había vivido sin él.

Esbozó una sonrisa y volvió a besar la cabeza morena que tenía a su lado.

—Mañana —susurró con firmeza, aunque James estaba profundamente dormido—. Mañana hablaremos.