Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Mi precioso Jimmy, ¿alguna vez es prudente decirme que no?

—¡Por favor! —La voz de James era aguda por la desesperación—. No quería decir… Solo…

Harold le golpeó de nuevo.

—Solo que me has dicho que no.

—Por favor…

—Una palabra más y te amordazaré también. ¿Entendido?

James se quedó en silencio, salvo por unas cuantas respiraciones entrecortadas. Harold le acarició el culo durante un momento, con la esperanza de que eso lo calmara lo suficiente como para facilitar la penetración.

—Separa las piernas. No discutas, joder.

James negó con la cabeza, temblando. Esa noche estaba muy combativo. A Harold le gustaba eso. Le agarró los testículos y le dio un pequeño apretón.

El grito de James sonó como si le saliera del alma. Sin embargo, siguió sin abrir las piernas.

Harold volvió a retorcer. James gimió y respiró entre dientes.

—Separa las piernas —repitió, con firmeza pero sin enojo. Apretó con lentitud, lo que provocó otro sonido de dolor y miedo.

Le dio a James un momento para que obedeciera y, cuando no lo hizo, le soltó los testículos y le pellizcó el culo con tanta fuerza que le dejó un moratón.

James se tambaleó hacia delante tanto como le permitían sus ataduras y un sollozo brotó de su garganta. Abrió las piernas.

—Buen chico. —Harold lo acarició y deslizó los dedos por el sudor que le cubría la espalda.

—Lo siento —susurró—. Lo siento. No quiero pelear. De verdad.

—Hubiera sido más fácil hacer lo que te he dicho desde el principio, ¿no?

—Sí, señor. —Él apretó los ojos.

Harold le acarició el trasero con la palma de la mano para calmarlo.

—Así está mejor. Muy bien. —James se tensó mientras seguía jugando con él, pero al final exhaló y sus músculos se relajaron.

Se quedó quieto y dejó que lo tocara. Harold tuvo que prepararse para la calidez que lo invadió en ese momento.

No había nada en el mundo como el instante en que James se rendía.

Cada vez que sucedía, se sentía tan enamorado de él, tan orgulloso, tan ansioso por ser digno de esa confianza, que sentía que su alma podía estallar.

—Ahora, quieto. Ni una palabra, ¿recuerdas?

James asintió. Sus ojos permanecieron cerrados.

Harold recorrió las marcas con mucha suavidad, como consuelo y advertencia a la vez.

—Esto está mejor, ¿verdad? ¿Mejor que luchar contra mí?

—No quiero el gancho —murmuró James.

La mano de Harold se detuvo.

—¿No te he dicho que ni una palabra más?

—¡Pero me ha hecho una pregunta! —La risa temblorosa de James lo consoló, y así supo que no estaba yendo demasiado lejos. Harold le pasó un brazo por el hombro y le agarró la mandíbula con fuerza. James abrió los ojos de par en par.

—Pero me has respondido como un colegial maleducado. Me importa una mierda lo que quieras, ¿no?

James tragó saliva y negó con la cabeza lo mejor que pudo con la mandíbula sujeta. Ambos sabían que nada podía estar más lejos de la verdad: había pocas cosas que Harold no haría para darle exactamente lo que quería.

Le soltó la mandíbula y James inhaló. Él llevó el gancho lubricado al trasero de su amante y le separó las nalgas, sintió cómo se tensaba.

—Tranquilo —murmuró Harold, que lo mantuvo separado con el pulgar y el índice de su otra mano. No había suficiente luz para ver lo que hacía, pero frotó la cuenta de madera arriba y abajo por la hendidura de James hasta que encontró el lugar correcto y presionó.

James volvió a jadear. Sus caderas se retorcieron, pero se obligó a volver a la posición, levantándose sobre los dedos de los pies para ayudarlo a conseguir el ángulo adecuado.

Harold introdujo el gancho muy despacio. Sabía que James estaba tan asustado como excitado, y quería inclinar la balanza hacia la excitación.

—Ya está —murmuró cuando la cuenta se deslizó más allá del músculo tenso. El resto del gancho entró con facilidad. James gimió en cuanto la bola presionó el punto sensible en lo más profundo de él—. Lo sé, amor. Respira, así es, muy bien.

Su erección aumentó al verlo apretar los músculos alrededor de la madera curvada encajada en su trasero.

—Estás precioso —le dijo—. No hay nada más bonito en este mundo.

James asintió, no tanto por acuerdo como por reconocimiento, y Harold le frotó el hombro, a la espera de que su respiración se estabilizara.

Harold tomó la larga tira de cuero unida al eje del gancho y la lanzó sobre la viga para crear una polea.

Luego tiró hacia abajo lentamente, muy lentamente…

James jadeaba y levantaba los talones del suelo para soportar la creciente presión dentro.

Harold se detuvo en el punto en el que James ya no podía mantener los pies planos y, a continuación, enrolló el cuero alrededor de la viga.

Tenía unas tijeras a mano por si necesitaba cortar el cuero al instante, y no había obligado a James a ponerse de puntillas hasta el punto de que se lesionara si sus talones tocaban el suelo.

Solo lo suficiente para que forcejear fuera incómodo.

Sin embargo, James se resistió. Tiró del cuero, se movió y se retorció, y gimió mientras la bola de madera presionaba ese punto sensible una y otra vez. El punto que Harold disfrutaba encontrar con el dedo y acariciar hasta que James gemía sin control.

—Prometí que también contendría esa lengua.

—La voz de Harold era áspera por la excitación.

Volvió al baúl del dormitorio y sacó un dispositivo que consistía en dos bandas de cuero unidas a los anillos de un bocado de freno.

Lo había modificado a partir de una vieja brida y estaba muy orgulloso.

También había usado una mordaza cruel, no una que hubiera utilizado nunca con un caballo, pero sí una que utilizaría encantado con James.

Tenía una pequeña placa metálica que sobresalía hacia atrás desde el centro, para presionar la lengua.

La había revisado una y otra vez con el pulgar cuando la había adquirido, y así comprobar que no tuviera bordes afilados.

No habría podido vivir consigo mismo si hubiera herido a James sin querer.

James emitió un suave sonido de protesta.

—No… —Tenía la cabeza gacha; no miraba a Harold.

Sonaba perdido, somnoliento. Era un estado en el que solía entrar en algún momento cuando jugaban, y a Harold le resultaba emocionante y un poco alarmante.

Le encantaba que confiara en él lo suficiente como para perderse de esa manera, adoraba tener el poder de darle tanto placer, tanta dulce agonía, que lo transportaba a un lugar completamente diferente.

Pero le preocupaba que, si James se perdía demasiado, tal vez no avisara si algo salía mal.

Tal vez no le diera la señal que habían acordado para detener el juego.

Dejó a un lado las riendas y rodeó a James con los brazos por detrás. Le acarició la oreja con la nariz. Le besó el lado del cuello.

—Menuda situación en la que te encuentras ahora, ¿eh?

—No —gimió James.

—No ¿qué? —preguntó en voz baja. James murmuró algo incoherente—. ¿No qué, amor?

—No quiero estar así —balbuceó, cerrando los ojos de nuevo.

—Ah. —Harold rozó sus labios contra el cuello, con el fin de mantenerlo despierto—. Pero lo estás, ¿no?

No hubo respuesta durante un momento. Luego, un asentimiento con la cabeza.

—Da un poco de miedo saber que estás en un lío tan gordo, ¿eh? —Le dio un pequeño apretón en el hombro. Le susurró al oído—: Pero sabes que estás a salvo, ¿verdad?

James volvió a asentir, pero no abrió los ojos. Harold sonrió y le acarició el pecho con la palma de la mano.

—¿Quién soy? ¿En qué año estamos?

—Es el año 1704 de Nuestro Señor. Y usted es la princesa Amelia de Gran Bretaña.

Él resopló.

—Muy bien. —Lo abrazó con más fuerza y lo soltó—. Solo quería comprobar que seguías conmigo.

—Eres mío —susurró James—. Hoy es veintitrés de julio de 1818 y eres mío.

Él se quedó paralizado, con el pecho oprimido.

—Es muy cierto. —Le acarició la cadera—. Todo mío.

—Te quiero tanto…

—Yo también te quiero. —Harold volvió a besarle el hombro.

—Eres tan bueno conmigo. Tan bueno…

Harold inhaló, y el rubor le subió por el cuello.

—Estás tremendamente guapo así. ¿Lo sabes?

—No.

—Sí. Abre los ojos. —James obedeció—. Así está mejor. Voy a ponerte esto. —Levantó la mordaza—. Para evitar que esa dulce lengua suplique. Quiero que te calles y hagas lo que te diga.

James asintió, todavía un poco aturdido, pero más presente.

Volvió a gemir cuando Harold le llevó la mordaza a la boca.

Apretó los labios y negó con la cabeza una vez.

Él le pellizcó la nariz y, en cuanto James abrió la boca para respirar, le introdujo la mordaza.

James comenzó a protestar en serio mientras Harold abrochaba las correas, pero las palabras se volvieron incoherentes debido a la placa de acero.

La saliva le corría por los labios mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás sobre los dedos de los pies, y sus gemidos se alzaban a medida que el gancho se movía dentro de él.

—Cállate —dijo él con voz suave—. Ahora mismo.

James se quedó en silencio, los ojos recelosos reflejaban la luz de las velas. Su aliento temblaba alrededor de la mordaza que le estiraba la boca.

—Muy bien. Qué buen chico. —Harold pasó el dedo por la correa de cuero que le cruzaba la mejilla. Era la perfección.

Los ojos de James se movían con rapidez de un lado a otro y volvió a gemir.

Harold habría estado muerto de miedo en su lugar; James era mucho más valiente de lo que él jamás sería.

Recogió las riendas unidas a la mordaza y las anudó para que colgaran entre los hombros.

Luego deslizó los dedos por su pecho. La piel estaba resbaladiza por el sudor y los rizos de pelo oscuro estaban un poco húmedos.

James giró la cara hacia su hombro derecho, respiraba con dificultad y tenía saliva en la barbilla.

—Mírame. —Harold no alzó la voz.