Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Ah. Harold no siempre tenía claro, cuando empezaban un juego, hacia dónde iba a ir.

Qué quería James de él. Algunas noches, James deseaba ser obediente, que lo utilizara en silencio y a fondo, pero con delicadeza.

Otras, quería pelear —en algunas ocasiones, los dos habían estado a punto de llegar a las manos—, quería que Harold lo dominara por completo, sin tener en cuenta su placer.

En unas pocas, deseaba una mezcla, quería un escenario en el que la acción se alzara y bajara como las olas: un torrente de brutalidad que se transformara en susurros y caricias suaves, y luego otra cresta de agonía que lo aplastara, que lo dejara exhausto y tembloroso, incapaz de defenderse.

Harold tenía la sensación de que iba a ser una de esas noches.

Levantó las cejas.

—¿Excitado? ¿Por notar mi polla en tu garganta?

La mirada de James permaneció fija en el suelo, pero encogió los hombros.

Harold colocó el extremo de la fusta bajo su barbilla y le dio un golpecito.

—Levanta la vista. Mírame. —Esperó hasta que le obedeció. Los ojos de James reflejaban culpa, vergüenza y un deseo exquisito—. Dime que te has excitado cuando me he follado tu boca.

—Me… me he excitado cuando me ha follado la boca, mi señor.

Le dio otro golpecito con la punta de la vara en la mejilla.

—Puta. —James volvió a bajar la mirada. Harold casi podía ver cómo le subían los colores por la nuca—. Debería inclinarte y meterte mi polla por el culo. Sin preparativos, solo mi polla hasta el fondo. ¿Te gustaría eso?

James tragó saliva de forma audible.

—Sí, señor.

Harold lo miró durante un largo momento, lo suficiente como para ver a James luchando contra el impulso de retorcerse. Volvió a golpearle la mejilla con la fusta. Y él parpadeó con rapidez por el dolor.

—Bájate los calzoncillos. —James se los quitó con torpeza. Se descalzó y los dejó junto al resto de su ropa. Se quedó desnudo ante Harold, con la cabeza gacha—. Creo que te he dicho que me miraras.

Aquella cabeza morena se levantó con brusquedad y él captó el brillo en los ojos de James cuando se encontraron con los suyos.

Lo estudió durante un instante para asegurarse de que el desarrollo de la escena era bienvenido, y se alegró al ver solo deseo y determinación detrás de las lágrimas contenidas.

—Levanta los brazos por encima de la cabeza. Agárrate a la viga.

James lo hizo y se estiró para tocar una de las vigas de madera del techo. Incluso de puntillas, no conseguía enganchar los dedos en la parte superior, lo que hacía que su posición fuera precaria. Arqueó la espalda y su pene se balanceó contra su vientre.

—No quites las manos de esa viga. Si lo haces, lo pagarás caro.

—Le tengo mucho miedo, señor. —Había un toque de diversión en la voz de James.

Harold le dio una palmada en el trasero y se esforzó por no sonreír.

—Estoy seguro de que sí. —Le acarició con la punta del látigo el pecho y el vientre, dejando que tocara la cabeza de su soporte.

James se estremeció, los músculos abdominales se le contrajeron, pero no se movió—.

Muy bien —dijo Harold. Porque eso en sí mismo era una pequeña tortura: a James le encantaban los elogios, por mucho que fingiera lo contrario.

Por mucho que quisiera luchar, ese deseo competía con la perspectiva de ser recompensado con su aprobación.

Harold le golpeó con la fusta el lado izquierdo del pecho, sobre el pezón.

James se sacudió, pero no emitió ningún sonido.

—Qué hermoso eres —murmuró, y azotó con bastante más fuerza el otro pezón. James jadeó y se mordió el labio inferior. Harold rodeó con el extremo del vergajo el pezón hinchado y rosado, y el cuerpo de James se estremeció.

Harold le dio un varazo en el vientre, con cuidado de no tocarle el pene.

Los dedos de James resbalaron, pero los mantuvo sobre la madera, temblando por el esfuerzo.

Harold puso su mano libre sobre el vientre de su amante, sintió el calor de la marca que había dejado, acarició esa cálida franja con el pulgar y disfrutó de su suave suspiro.

James se reajustó sobre los dedos de los pies para que sus manos se mantuvieran firmes sobre la viga.

—Bien —susurró él.

James volvió a moverse, inclinó aún más la cabeza.

Harold le acarició el vientre hasta que el dorso de su mano rozó el pene de James. Justo cuando empezó a jadear de placer en lugar de dolor, Harold retiró la mano y le golpeó el costado de un muslo. Una vez más, James apretó los labios, aunque no llegó a morderlos.

Seis golpes duros y repentinos en su magnífico trasero. James gritó, empujó la pelvis hacia delante, y Harold se rio con suavidad.

Él soltó un suspiro que sonó como «cabrón» otra vez. Balanceó las caderas, con el culo aún tenso, en anticipación de otro golpe. Harold le recorrió la columna con dos dedos, y su cuerpo se arqueó maravillosamente.

Se dedicó a sus muslos. Una serie de firmes golpes, primero en la parte delantera de uno, después en la del otro, con la punta de la fusta acercándose peligrosamente a los testículos, a la base de su pene.

A James le resultaba cada vez más difícil mantener la posición.

Harold golpeó de forma distraída los testículos con la fusta, con mucho cuidado.

James metió el estómago hacia dentro, como si quisiera doblarse por la mitad.

—No. —No era más que un susurro tímido, pero había urgencia en su voz—. Por favor, Harold…

—Pero mira lo duro que estás. —Él pasó la fusta por su rígido miembro. Le dio un golpecito en la punta. James gimió y se retorció—. Creo que quieres que te azote la polla.

—No.

—Quizá eso te enseñara modales. ¿No crees?

—Harold. Por favor…

Le dio un fuerte golpe en la parte interna del muslo. James emitió un sonido gutural.

Otro golpe, justo encima del primero. La risa de James era aguda y nerviosa.

—No… Harold. ¡Espere! Espere, espere, espere.

—¿Tienes miedo? —sonrió él.

— Sí —soltó James con otra risa entrecortada—. Esto es… injusto.

—Quédate en tu sitio, cariño. ¿De verdad crees que esto es tan duro? Aparte de esto, claro. —Volvió a golpear la parte inferior del pene—. Esto está muy duro. —Levantó la fusta y apuntó.

James bajó los brazos de repente, cubriéndose la entrepierna con las manos.

—¡No, Harold, no te atrevas!

Él fingió indignarse.

—Bueno, te has metido en un buen lío, Jimmy.

—No… —Retrocedió, sin dejar de reír de puros nervios—. Se lo juro, voy a…

—¿Qué harás? —Se acercó, lo empujó contra el aparador—. Cuidado con la vela, cariño. ¿Qué harás exactamente? —Agarró las muñecas de James y lo empujó hacia delante, de modo que quedaron nariz con nariz.

—Déjeme ir —suplicó, sin parecer nada convincente.

—Oh, no. No puedo hacerlo. Te he advertido que lo pagarías caro si soltabas esa viga.

—Pero iba a azotarme la polla, ¿sabes? Y eso es muy, muy…

—¿Sí?

Se miraron a los ojos, con los labios apretados, mientras James intentaba no reírse.

—Grosero.

—¿Grosero? ¿Crees que es grosero coger mi juguete y jugar con él como me plazca? —Harold le besó la nariz.

—No creo que debiera pasarme nada malo.

—¿En serio?

—Nunca.

—¿Crees que debería dejarte hacer lo que te venga en gana?

—Vale la pena considerarlo.

Harold lo giró para que quedara de cara al aparador, le puso una mano en la parte baja de la espalda y lo inclinó hacia delante.

—Quédate ahí. La nariz contra la madera. —Le dio una fuerte palmada en ese culo tan bonito.

—Ay.

—Va a empeorar —le advirtió por encima del hombro.

Fue al dormitorio y sacó del baúl dos juegos de bridas y algunos otros objetos que llevó a la sala y colocó fuera de la vista de James.

Colgó un juego de riendas sobre la viga, arrastró a James de vuelta al centro de la habitación y le ató las muñecas con el cuero, con los brazos estirados por encima de la cabeza.

Como James ya no tenía que agarrarse a la viga, podía mantener los pies apoyados en el suelo.

Una vez atado, pareció dejarse llevar, y su rostro adoptó una expresión agradablemente aturdida que Harold conocía bien y que le encantaba.

Sin embargo, era mejor no dejar que se pusiera demasiado cómodo.

Se colocó detrás de él. Ahora que tenía asegurada la sumisión de su compañero, podía divertirse un poco.

Unas suaves caricias por los costados hicieron que James se estremeciera.

Un beso en la nuca lo hizo gemir e intentar recostarse contra él, haciendo que el cuero crujiera con la tensión.

Bueno, Harold no era de piedra. Dio un paso adelante, lo rodeó con los brazos por detrás, relajó el cuerpo tenso contra el suyo y sonrió ante el siseo de James en cuanto su trasero magullado se encontró con la ingle de Harold.

James tiró de sus ataduras y Harold lo hizo callar hasta que se calmó.

Le pasó una mano por el pecho, rozándole el pezón con el pulgar.

Su otra mano recorrió el duro músculo del costado de su amante, halló las líneas elevadas donde le había golpeado la fusta y apretó.

James exhaló.

—Así es, guapo —susurró Harold—. Pórtate bien y quizá te deje correrte cuando haya terminado contigo. —Le mordisqueó la oreja, y James echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin reservas.

Harold recuperó un objeto que había dejado a un lado: un delgado gancho de ébano cuyo barniz brillaba a la luz de las velas.

El mango medía unos treinta centímetros y tenía un ojo en el final; el extremo del gancho se ensanchaba en una cuenta lisa de dos centímetros y medio de diámetro.

Cogió el otro juego de riendas y pasó un trozo de cuero por el ojo.

A continuación, roció aceite sobre el gancho.

Se colocó de nuevo delante de James y observó cómo sus ojos aturdidos buscaban los suyos y espiaban el gancho que tenía en las manos.

—No. —Tiró con tanta fuerza de sus ataduras que Harold temió que el cuero, o la viga, cedieran—. No. Por favor.

—Te he dicho que te quedes quieto —Le dio una palmada en la parte posterior del muslo—. Separa las piernas.

—No —suplicó él otra vez.