Capítulo 3
«Es realmente asombroso —pensó Slyfeel mientras trepaba por el muro de la abadía, con las extremidades un poco temblorosas por la extenuación— la cantidad de lugares en los que se puede insertar un crucifijo».
Los lamentos de las monjas, desconsoladas por su partida, lo siguieron en la noche.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN IV
H abía acumulado mucha cera en el candelabro de la dependencia del encargado del establo cuando llamaron a la puerta.
Harold la abrió y se encontró a James de pie en el umbral, con aspecto agotado.
Quizá habría debido entrar directamente en el juego, pero primero lo tomó en sus brazos y lo besó.
Inhaló el aroma a lana húmeda debido a la lluvia de la tarde y el indefinible perfume de la ciudad que a menudo lo irritaba, como si Londres fuera la amante secreta de James, dispuesta a robarle lo que le pertenecía por derecho.
—Tienes un aspecto horrible.
—Es normal. Mi visita ha sido… agotadora.
—¿La reunión con Bentley?
—Sí. No quiere a Ada.
—¿Qué quieres decir? —Harold cerró la puerta tras ellos.
Su casita era aún más pequeña que la de James y estaba tan cerca de los establos que olía a caballo, pero era una esencia que a los dos les encantaba.
Al igual que la casita de James, la de Harold estaba hecha de piedra, a juego con los establos.
Tenía un techo a dos aguas sostenido por vigas de roble, una enorme chimenea y apenas espacio suficiente para que un hombre de su tamaño pudiera girarse.
Tras una puerta tan baja que se había golpeado la cabeza más de una vez, había un dormitorio con una cama sencilla y tosca con un colchón de crin de caballo, un escritorio de arce en mal estado y un baúl a juego con un candado.
El arcón había sido abierto en previsión de la llegada de James.
James se desató la corbata.
—He incluido hombres a los que se les folla con verduras y mujeres a las que les gusta que les piquen abejas en el culo y algunos momentos muy cuestionables con ganado, pero no permiten un personaje que sea tanto hombre como mujer.
—Es la estupidez más grande que he oído en mi vida.
—Ya lo sé. —Sonaba resentido, resignado—. Ha dicho que no, a menos que sea para una comedia, un disfraz que ella se pone para engañar a alguien.
—Déjame a mí. —Harold terminó de quitarle la corbata. Sabía lo herido que debía de estar James por los comentarios de Bentley. Le habría gustado ir a Londres y matar a ese cabrón.
James suspiró mientras él le acariciaba el cuello desnudo con los dedos.
—¿La ciudad ha sido tan terrible? —preguntó Harold.
—Bastante. Había mucho ruido. Olía fatal. Me empujaban por todas partes; ya sabes lo poco que me gusta eso.
—Mmm. —Harold le bajó la solapa izquierda de la camisa y siguió acariciándole el cuello. Encontró los moretones que le había hecho para que lo recordara durante el viaje.
—Ayer llevé a Dodger al parque. Se portó muy bien. Y no se asustó de los cisnes, así que supongo que hemos progresado.
—Muy bien. —Le quitó el abrigo sin que se diera cuenta. Lo dobló y lo dejó sobre el sofá.
—Lord Warrington vino a conocerlo. Los dos se quedaron encantados el uno del otro.
Sin embargo, sigo preocupado. Lord Warrington solo vio el lado bueno de Dodger, pero a lo mejor pensaría algo muy diferente si conociera al demonio que hay dentro de ese animal.
Aun así, deberíamos acordar un precio justo, por si acaso…
Harold le puso una mano en el hombro.
—Ahora estás aquí.
James lo miró a los ojos, con una mirada más suave.
—Sí.
—Te he echado de menos.
—No sabes cuántas veces he pensado en ti. —James hizo una pausa—. ¿Quieres…? ¿Estás demasiado cansado?
—¿Y tú?, ¿estás demasiado cansado?
—En absoluto.
—Entonces, quítate la ropa, descarado.
—Que te den. —Sus ojos se encendieron de repente. Estaba claro que había estado esperando ese momento.
Harold le rodeó el cuello con una mano y lo empujó contra la pared.
James se atragantó al tratar de apartarlo.
Harold le desabrochó los botones del chaleco con mano experta mientras él tosía y le golpeaba la muñeca.
Harold apretó más fuerte. Apartó a su amante de la pared y le arrancó el chaleco.
Le pasó la camisa por la cabeza, pero sin quitársela del todo y, cuando James se retorció para escapar, le enganchó una pierna por las espinillas y le hizo perder el equilibrio; aunque le rodeó la cintura con un brazo para evitar que cayera con demasiada fuerza.
Hizo un gesto de dolor cuando las rodillas de James golpearon el suelo; incluso a través de los calzones, eso debía doler.
James luchó, con la camisa aún atrapándole los brazos y cubriéndole la cara.
Harold agarró la tela y la retorció con fuerza detrás de su cabeza, lo que lo inmovilizó aún más.
La tela se pegaba a la boca abierta de James con cada inspiración.
Al final, Harold tiró de la prenda hasta quitársela y dio un paso atrás.
James permaneció de rodillas, jadeante, con la mirada fija en el suelo.
La luz de las velas jugaba con su pecho, que era más ancho de lo que parecía a simple vista.
No era muy musculoso, pero tampoco era delicado.
Tenía un parche de pelo oscuro entre los pectorales y unos círculos de vello alrededor de los pezones.
Harold conocía el cuerpo de James tan bien como el suyo propio y, sin embargo, nunca se cansaba de mirarlo.
Lo habría adorado si hubiera podido. Habría pasado horas besando cada centímetro de su cuerpo mientras le decía lo hermoso que era.
Era casi lo único que Harold deseaba y James no: esa ternura, esa adoración.
Pero a Harold no le importaba, porque podía tener casi cualquier otra cosa que deseara: a James corrompido, humillado, cubierto de las marcas hechas por su mano. Poseído, desesperado y suplicante.
—Quédate ahí. —Harold cogió una fusta que había dejado en el aparador—.
Ponte de pie. —En momentos como aquel, disfrutaba de su tamaño.
Le sacaba unos buenos doce centímetros y doce kilos a su amante.
Cuando se colocó de pie frente a James, que estaba arrodillado, oyó cómo se aceleraba su respiración entrecortada y vio cómo le lanzaba miradas furtivas, como si asimilara lo mucho más grande que era Harold.
—No quiero —susurró él.
Harold levantó la fusta por encima de sus hombros desnudos. James se estremeció, pero no lo golpeó.
La mirada de su amante se desvió hacia la mano que empuñaba la fusta antes de fijarse de nuevo en el suelo. Una sonrisa se dibujó en un lado de su boca.
Harold bajó con fuerza la fusta y James logró articular la palabra «cabrón» antes incluso de que el golpe lo alcanzara.
Harold se esforzó por ver a la luz de las velas. Una delgada línea roja le cruzaba los hombros. Preciosa.
—¿Soy un cabrón? —Recorrió la marca con la punta de la fusta.
—Usted lo ha dicho, no yo.
—No, lo has dicho tú. Hace unos segundos.
—Eso ha sido más bien una exclamación generalizada. «Cabrón». Yo nunca me atrevería a llamarlo así.
—No me lo trago.
—Usted no, pero yo sí que me lo voy a tragar todo.
Harold le golpeó con fuerza los hombros, provocándole un grito ahogado.
—Te lo tienes merecido por tu insolencia.
Se desabrochó los calzones y liberó su miembro.
Dejó caer la vara y agarró a James por el pelo, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás.
Se endureció aún más al ver la hermosa curva de su cuello y la forma en que sus labios se separaban mientras luchaba por respirar.
Luego le dio una bofetada en la cara, un golpe castigador, pero no cruel.
James gritó, pero el sonido se vio interrumpido por la intrusión del pene de Harold en su boca.
—Eso debería mantenerte callado, milord. —Empujó sus caderas hacia delante, frotando la punta contra su paladar. James se atragantó, pero no intentó retroceder. Él le agarró del pelo y se lo retorció.
Se folló la boca de James con fuerza, usándolo como un objeto, sin ser severo con él y ordenarle que chupara o lamiera. Empujó tan hondo como pudo, y James lo aceptó, gimiendo un poco cuando él le tiraba del pelo o le daba una suave bofetada en la cara.
—Así está mejor. —Llevó la cabeza de James hacia atrás y sacó su polla con un sonido húmedo. Unos hilos de saliva unían el glande y los labios, que brillaban a la luz de las velas—. Ahora, ponte de pie.
James se alzó con docilidad y se quedó de pie con los brazos a los lados, su pecho desnudo subía y bajaba.
Harold volvió a coger la fusta y lo rodeó.
Le sopló en la nuca solo para ver cómo se estremecía.
Se colocó delante de James y le dio un fuerte golpe entre las piernas. James dio un salto, ahogando un grito.
—Piernas separadas.
James presentó la postura, con la respiración entrecortada.
Qué espectáculo ofrecía. Durante un momento, Harold se limitó a mirarlo.
Golpeó sin fuerza con el vergajo la parte delantera de los calzones. El pecho de James se estremeció, pero permaneció en posición, con los pies firmemente plantados. Harold le acarició la cara con la mano libre, pasando el pulgar por su mejilla.
—Quítate esos calzones. Las medias, las botas. Todo.
—No.
Harold le dio otra bofetada. James soltó el aire de golpe y se llevó la mano a la marca roja. No lo miró a los ojos.
—Muchacho desobediente —espetó. James gimió—. Desnúdate. —Golpeó con más fuerza la fusta entre las piernas, y James se desvistió con premura. Dudó antes de quitarse los calzoncillos—. No seas tímido —le dijo Harold en tono burlón.
—No soy tímido —murmuró él.
—Hmmm. Entonces, ¿qué te pasa? —Arrastró la fusta por su muslo, empujó la tela contra la piel, y disfrutó de la sacudida que le provocó.
—Estoy… estoy excitado.