Capítulo 2
—¡Ah! ¡Aah! ¡Aah! —gritó lady Edwarda. Sus muslos regordetes y con hoyuelos se encontraban alrededor de las orejas de Slyfeel; él la penetraba con la lengua y los dedos.
—Es muy ruidosa, ¿verdad, mi señor? —gruñó el herrero detrás de él.
Slyfeel había conocido a otras más ruidosas, aunque no podía, en buena conciencia, llevarle la contraria al hombre que, con generosidad, le sondeaba las profundidades del culo con un miembro tan grande como el de un corcel mientras él, a su vez, despojaba a Edwarda.
— DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN I
A James le resultó fácil montar a caballo y dirigirse a Londres a la mañana siguiente, cuando todavía le dolía el culo y tenía el corazón ligero.
Sus pensamientos seguían con Harold en la pequeña cabaña.
Harold era un obrador de milagros. Podía quitarle a James los nervios por ir a la ciudad y casi hacerlos desaparecer.
Le daba un dulce beso y lo despedía con una ligera palmada en el culo y la promesa de que todo iría bien.
Y James lo creía, al menos durante un rato.
Además de su propia montura, llevaba a Dodger, un caballo castrado alto y temperamental que necesitaba más experiencia en la ciudad, montado por Ellis, el más callado de los mozos de cuadra, que no intentaba entablar conversación en los viajes largos.
Siempre deseaba poder llevarse a Harold a Londres, y en algunas ocasiones lo había hecho.
Pero en la mayoría de los casos no era práctico.
Era el encargado de las cuadras, no un palafrenero.
Se lo necesitaba en la finca para ocuparse de los asuntos durante las ausencias de James.
Y James tenía terror a que, si Harold y él aparecían juntos en público, de alguna manera delatara la naturaleza de su relación solo por la forma en que lo miraba, por la forma en que le hablaba.
Sabía que eran sus propios nervios los que lo hacían pensar así, los que lo hacían sentir como si llevara sus secretos a flor de piel.
Pero no era un miedo que pudiera sacudirse.
A medida que pasaban las horas y se acercaban a Londres, su felicidad se desvanecía y su temor crecía.
Varios metros más adelante, Dodger se inquietaba y levantaba la cabeza, como si él también se resistiera a entrar en las fétidas calles de la ciudad.
James desmontó en Pall Mall y dejó que Ellis dirigiera los caballos el resto del camino, hasta Stratford House, mientras él se dirigía al Club Bucknall.
Esperaba que no estuviera demasiado concurrido un miércoles por la tarde.
Podría escribir allí durante unas horas antes de reunirse con el comprador para hablar de los potros.
Pero el club estaba más abarrotado de lo que temía.
En la Sala Verde celebraba una partida de cartas en la que parecía participar la mitad de la población masculina de la alta sociedad y varios barriles de oporto.
Unos gritos estridentes le llegaron de la sala de billar mientras él pasaba toda prisa.
Casi chocó con un grupo de hombres que reían y tropezaban en el pasillo.
Se metió en la Sala Azul, que estaba un poco menos concurrida, y casi se aplastó contra las estanterías.
En una pequeña mesa a su izquierda, el señor Chant se encontraba sentado, leyendo un periódico.
Chant levantó la vista, vio a James y le sonrió con amabilidad.
—Lord Stratford. Buenas tardes.
James sintió cómo le subían los colores por la nuca.
En cierto modo, fue un alivio encontrar al señor Chant allí.
Era amable y de carácter afable, quizá demasiado generoso.
Fue él quien había acudido en ayuda de James unas semanas antes, cuando Dodger lo había tirado al suelo en el parque.
James supo de inmediato que estaba demasiado magullado como para volver a montar en el caballo o caminar hasta el carruaje más cercano.
Se sintió mortificado cuando aquel hombre corpulento, de cabello rubio largo y mirada amable, se acercó y le ofreció ayuda.
Luego había alcanzado un estado más allá de la humillación, ya que el señor Chant le había sugerido que viese a un médico.
Ese día, su cuerpo era un mosaico de moretones, solo algunos de ellos causados por la caída, la mayoría eran culpa de Harold.
No podía imaginar que alguien lo examinara, y el terror más puro consiguió soltarle la lengua lo suficiente como para rogar que no llamara a un médico.
Chant lo había ayudado a regresar a Stratford House y lo había persuadido pacientemente para que se sometiera a un examen por parte de un cirujano de Rotherhithe.
Un hombre muy discreto, le había prometido, y amable.
El reconocimiento médico había sido horrible.
El corazón de James no había dejado de latir con fuerza.
Estaba convencido de que el cirujano, un tal señor Fernside, le preguntaría cómo se había hecho esas lesiones que no podían provenir de un accidente a caballo.
Sin embargo, Fernside le había permitido quedarse con la ropa puesta en la medida de lo posible y se había concentrado en la herida de la espinilla y las costillas magulladas.
Aun así, James se había quedado muy afectado por el incidente y pasó días preocupado por si Fernside le contaba a alguien lo de las marcas de latigazos en su cuerpo, y se preguntó si el señor Chant sospechaba que ocultaba algún horrible y oscuro secreto.
¿Por qué, si no, le había asegurado a James que su cirujano era discreto?
Sin embargo, si Chant sospechaba algo, nunca lo había dejado entrever.
Le había dado a James su tarjeta después del incidente y le había dicho que lo llamara a Mayfair si alguna vez necesitaba algo.
Desde entonces siempre lo saludaba cuando visitaba el club.
No lo presionaba para conversar, algo que James agradecía mucho, pero a veces lo invitaba a tomar una copa con él y algunos de sus amigos.
James siempre declinaba la invitación de la manera más educada posible.
No podía mirar a Chant sin recordar aquel día en el parque, sin preguntarse qué sospechaba aquel hombre.
Pero intercambiar palabras de cortesía con él era más fácil que hacerlo con cualquier otra persona de allí.
Se obligó a acercarse a él. No había sillones libres junto a la chimenea, donde James solía sentarse a escribir, así que supuso que compartir mesa con Chant era la mejor opción.
—Hola. —Odiaba la debilidad de su propia voz.
¿Por qué podía hablar con tanta facilidad con Harold y, sin embargo, apenas podía articular palabra con los demás?
Levantó la mano y, a través de la corbata, presionó los moretones que Harold le había dejado al chuparle la piel y morderle el lado del cuello. Eso lo calmó un poco.
—Hoy hay mucha gente —comentó Chant en tono amable y comprensivo. James asintió—. ¿Qué le trae a Londres? ¿Ha encontrado un comprador para…? Oh, ¿cómo se llama la potranca de la que nos habló a Warry y a mí la última vez? ¿La que tiene unas marcas tan curiosas?
—Aura. —Él sonrió apenas al recordar a la potranca azul ruana con una media blanca en la pata trasera que le llegaba casi hasta la cadera—. Ya tiene comprador.
—Oh, muy bien. —Chant volvió a coger el periódico—. Si ha venido a escribir, no lo molestaré. Y no espero visitas, así que no tiene que preocuparse de que nadie se nos una.
—Gracias —farfulló James con gratitud, y sacó su cuaderno.
Pero apenas había escrito una frase cuando alguien se unió a ellos.
Sin embargo, solo era lord Warrington, y a James no le importaba en absoluto, siempre y cuando no estuviera acompañado por su terrible marido, lord Hartwell.
Hartwell era tan charlatán como una colegiala y siempre intentaba hablar con James, aunque este rara vez le respondía más que girándose y alejándose enseguida.
Lord Warrington, por el contrario, siempre tenía el cuidado de preguntarle si deseaba compañía, y solo hablaban de caballos, algo que James podía manejar.
Warrington llevaba tiempo interesado en comprar un caballo de Eavesmore, y él había tratado de encontrarle el más adecuado.
Chant y Warrington se saludaron amablemente, y Warrington le preguntó si prefería que no lo interrumpieran. James dijo que no le importaba, aunque hubiera preferido escribir en silencio. Pero la siguiente pregunta de Warrington fue: «¿Qué caballo ha traído esta vez?». Y James sonrió muy a su pesar.
—A Dodger —respondió.
—¿En serio? Es maravilloso. Espero que este viaje lo ayude a acostumbrarse a la ciudad. Pero en casa le ha ido bien, ¿no?
—Ya no se asusta de los gatos y los pájaros como antes. La mayor parte del tiempo es un auténtico caballero, solo que…
—Impredecible —terminó él.
—Exacto.
—¿Lo llevará al parque?
—Sí. Mañana por la mañana.
—¿Podría conocerlo? Si no es posible, no pasa nada. Solo tiene que decirlo.
James dudó. Warrington había sentido curiosidad por Dodger desde que James le había descrito por primera vez al caballo capón gris.
Warrington era bueno con ellos, James lo había visto montar una o dos veces, pero no estaba seguro de que fuera la persona adecuada para un caballo tan temperamental.
Una vez que el capón decidía que le gustaba alguien, se mostraba muy cariñoso.
Tenía una constitución impresionante, un paso agradable y podía ser muy encantador.
Hasta que veía un cisne que no le gustaba.
O el viento soplaba en la dirección equivocada entre los árboles.
O el sombrero de una dama tenía demasiadas plumas.
¿Y si decidía desde el primer momento que no le gustabas?
Se convertía en un auténtico demonio. Mordía, daba coces. Volcaba las forrajeras.
—No pasa nada, de verdad. —Warrington hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. No debería haber preguntado.
—No, no. Es…, sí, debería conocerlo. ¿Mañana en el parque, a las nueve?
Warrington sonrió.
—Allí estaré.