Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Los hombros de James se agitaban. No lloraba, rara vez lo hacía, pero Harold se dio cuenta de que estaba conmocionado.

No había sido un castigo severo, pero no era necesario que lo fuera.

Su James actuaba según un complejo conjunto de sentimientos que no siempre estaba dispuesto a compartir en voz alta.

Harold subió la mano hasta los hombros y le frotó a través de la camisa.

—Levántate —murmuró.

Tras unos segundos en los que tardó recuperar el equilibrio, James lo hizo.

Se subió los calzones con solo una leve mueca de dolor.

No se los abrochó. En cambio, lo miró, con las mejillas enrojecidas y una pequeña sonrisa avergonzada en el rostro.

Siempre buscaba los ojos de Harold después de una de aquellas sesiones.

Y él solo podía esperar que, fuera lo que fuera lo que buscaba, lo encontrara.

¿Amor? ¿Aprobación? ¿Perdón? Lo tenía todo, en lo que a él respectaba.

Harold admiraba muchísimo a James. Era un gran trabajador, inteligente como pocos; amable, aunque con aristas que uno podía no ver hasta que era demasiado tarde.

Él mismo se había cortado más de una vez con ellas.

Pero lo conocía desde que eran niños y no le intimidaban en absoluto sus cambios de humor, su reticencia, su necesidad de instrucción y aprobación.

—¿Qué? —preguntó Harold en voz baja, como solía hacer a veces, con la esperanza de que James le dijera lo que pensaba.

Él se limitó a negar con la cabeza, y Harold lo sentó en su regazo, con un peso que casi superaba la capacidad de la silla.

James apoyó la cara en su amplio pecho, y el jefe de caballerizas lo abrazó con fuerza, acariciándole la cadera.

—Mañana lo haré mejor —dijo él.

—Lo sé.

Casi siempre lo hacía. Después de un castigo, James solía estar muy concentrado.

Productivo, pero consciente del tiempo que dedicaba al trabajo, de modo que hacía pausas para comer y terminaba su jornada cuando debía.

Harold no estaba seguro de por qué su acuerdo funcionaba tan bien, pero se alegraba de que así fuera.

—Gracias —susurró James al cabo de un momento. Agarró la parte trasera de la camisa de Harold.

—Buen chico —repitió Harold, y lo besó en la cabeza—. Trabajas duro. Estoy muy orgulloso de ti.

—Hace tiempo que no soy un chico, y lo de ser bueno es discutible.

—¿Qué acabo de decir? —No hubo respuesta—. ¿James?

James se tensó.

—Que trabajo duro —murmuró—. Y que estás orgulloso de mí.

Conseguir que James escuchara y aceptara un cumplido era como intentar que su caballo Merlín galopara bajo el calor de julio.

—Así está mejor.

—Tengo que irme a la ciudad temprano por la mañana.

—James se apoyó contra él—. Hay un hombre que quiere reunirse por la tarde para hablar de los potros que acaban de cumplir un año.

Llevaré a Dodger al parque el jueves, antes de que haga demasiado calor, y luego hablaré con mi editor por tarde.

El viernes tengo la reunión con el cuidador de sementales de Wynhaven.

—Pregúntale qué opina de Calypso y de ese semental que tienen de Dangerous Wind.

—Lo haré. —James apretó los labios y luego apoyó la frente en el hueco del cuello de Harold—. Cuando vuelva el viernes por la noche, ¿podrías…?

Harold entendió lo que quería decir.

—Ah. Creo que eso se puede arreglar.

James levantó la cabeza. Sus ojos color avellana se encontraron con los de Harold.

—¿Me obligarás? No importa lo que diga, ¿me exigirás que haga lo que tú quieras?

Harold se inclinó hacia delante y lo besó con suavidad, rozó con los labios la dócil boca de James.

—Mmm —murmuró tras apartarse unos milímetros—. Harás exactamente lo que yo te diga. O no habrá pecador más arrepentido en toda la tierra.

—¿Lo prometes?

Él exhaló, se apartó más para poder mirar a James a los ojos.

—Quiero que pienses en mí mientras te reúnes con Bentley para hablar de tu libro.

Cuando viajes por esa ciudad apestosa, con su ruido, su mierda de caballo y su niebla, quiero que imagines que vuelves aquí, donde todo está en silencio, salvo por los pájaros, los grillos y tus caballos. Donde el aire es limpio.

La respiración de James se hizo más profunda y sus párpados se agitaron como si estuviera a punto de dormirse.

Harold ya había visto eso antes, la forma en que James podía desaparecer dentro de sí mismo con solo imaginar una escena así.

Él veía las cosas en su mente con mucha más claridad que Harold, eso era seguro.

Harold mantuvo la voz baja. Le recorrió la mandíbula con un dedo.

—Todo lo que hayas tenido que aguantar en la ciudad, todas las tonterías que hayas tenido que escuchar de los hombres del club, todos los saludos que hayas tenido que dar a lord Fulano y lady Mengana…

Ya no importará. Porque te pondré de rodillas.

Y me aseguraré de que no pienses en nada más que en complacerme.

—Sí. —James apoyó su cabeza en el hombro y Harold le arañó la espalda con las uñas.

Permanecieron así un rato y, al final, se alzó, arrastrando a James con él.

James se llevó las manos al trasero de sus calzones y se lo frotó.

—No tienes por qué hacerlo tan fuerte, ¿sabes?

—Es para que surta efecto, ¿no?

—Solo tienes que pedírmelo con amabilidad. Di: «James, son más de las cinco, por favor, guarda tus papeles y la próxima vez asegúrate de escribir las diez páginas completas…».

—Mmm. —Harold se inclinó y lo besó de nuevo. Apoyó la frente contra la de James—. Ya lo hemos intentado. No funciona tan bien.

James refunfuñó, pero luego le rodeó con los brazos la cintura.

—Me alegro mucho de que estés aquí —murmuró.

—¿Dónde más podría estar?

—No lo sé. Solo me alegro de verte.

Él lo atrajo aún más hacia sí y lo estrechó con fuerza contra su pecho. Lo soltó a regañadientes.

James echó un vistazo a los papeles que había sobre el escritorio.

—Hay un… un nuevo personaje en este volumen.

—Ah, ¿sí? —Harold se acercó al escritorio.

No era muy aficionado a la lectura. Su señor, el padre de James, le había enseñado lo básico cuando era niño y sabía leer y escribir lo suficiente como para desempeñar sus tareas como mozo de cuadra, pero se sentía cohibido por su falta de velocidad cuando intentaba leer grandes cantidades de texto.

—No sé qué pensarás. —Él esperó. James se acercó a él y estudió la hoja superior con Harold—. Un tipo llamado Aldwain. A veces se viste de mujer y se hace llamar Ada.

—Ah. ¿Un contacto de Slyfeel? ¿O…?, no, ¿uno de los amantes de lady Mary?

—Él…, bueno, ella…, será quien impida que lord Owens secuestre a la hija de Mary, Lucinda. Imagino que Lucinda estará muy… agradecida.

—Oh, muy bien. Me gustaría ver a Lucinda encontrar a alguien que pueda manejar su temperamento.

—¿No crees que a los lectores les resultará extraño?

—¿El qué les parecerá extraño? —Harold levantó la vista.

—¿Que Aldwain se vista de mujer?

—Seguro que se darán cuenta de que en esta saga han pasado cosas más extrañas.

James no respondió de inmediato.

—Es una de las cosas de las que debo hablar con Bentley el jueves: la introducción de este personaje. Había pensado que Lucinda también se vistiera a veces de hombre…, para que Ada y ella se comprendan la una a la otra.

—Bueno, en el volumen cuatro se describe que Lucinda estaba muy guapa con los pantalones que tomó prestados para escapar del convento.

—Oh, sí. También estaría espléndida con frac y chaleco.

—Mmm.

James se mordió el labio.

—Es solo que Bentley se ha vuelto muy exigente. Es como si, a medida que crece el éxito de la historia, se me concediera más libertad en algunos aspectos, pero también tuviera que cumplir con expectativas más estrictas.

Harold le tocó el hombro.

—Estoy seguro de que convencerás a Bentley, si es que necesita que lo convenzan. Eres muy persuasivo.

—Creo que no te das cuenta de lo diferente que soy cuando no estoy contigo.

Harold lo abrazó con suavidad.

—Siempre haces lo que hay que hacer. —Puede que no entendiera del todo el miedo que se apoderaba de James cada vez que tenía que socializar, pero apreciaba lo mucho que luchaba contra él.

Su mirada se posó en una manta azul oscuro tejida que había sobre el sofá. Estaba cubierta de pequeños pelos de color canela.

—James. —Hizo que su tono fuera lo más inquietante posible.

—¿Sí? —James parecía algo alarmado.

—¿Has vuelto a traer a esa maldita gata aquí?

Gracias a Dios, James rara vez jugaba a las cartas: el destello de culpa en su mirada lo delató al instante. Sonrió con culpabilidad a Harold.

—A ella le gusta estar aquí.

—James Lewis. —Harold inclinó a James sobre el escritorio y le propinó una serie de golpes, bastante más ligeros, en el trasero de sus calzones.

—Harold…

—No me llames Harold. No necesito escucharte decir mi nombre. —Lo levantó de un tirón—. Lo que necesito es que mi gata esté en los establos ocupándose de los ratones.

—Solo ha estado aquí unas horas. Le gusta dormir en mi regazo mientras escribo.

—Le gusta dormir en tu regazo mientras escribes —repitió él.

—Si la dejamos tener otra camada, tendrás más gatos. Así ni siquiera la necesitarás.

—Otra camada significa Dios sabe cuántas bocas más que alimentar.

—No tienes que alimentarlos. En cuanto los destete, comerán ratones.

—Ajá. Eso es lo que me dijiste de la última camada. Y un día llegué y descubrí que habías cocinado una olla de estofado de cordero para los gatitos porque temías que pasaran hambre.

—Te dije que tú también podías comer. No era todo para los gatos.

Harold resopló.

—No entiendo por qué me molesto en dejarte levantarte de mis rodillas.

—Para poder besarme, supongo.

Qué buena idea. Harold se inclinó y lo besó con ternura.

—Quizá solo tenga un par de gatitos —murmuró James.

—O doce.

—Es poco probable. Las gatas suelen tener…

Harold lo silenció con otro beso. Le acarició la mejilla y se apartó.

—Preguntaré en el pueblo y veré si alguien tiene un gato extra que quiera darnos, otra hembra. Así podrás mantener a tu maldita gata aquí. —Otro beso. James se rio entre dientes contra sus labios—. ¿Qué?

—Nada. Solo que consigo exactamente lo que quiero muy a menudo.

Harold gimió, pero también se rio.

—Me cuesta mucho liberarme de tu influencia. Pero tendrás tu merecido, pequeño descarado. —Le dio una palmadita en la cadera—. Ya lo verás.

James exhaló.

—Podrías vengarte ahora mismo.

—Nada me gustaría más. —Harold sintió cómo se le calentaba la sangre.

James frunció el ceño y se echó hacia atrás.

—Aunque… puede que esté demasiado dolorido.

Él puso los ojos en blanco.

—Oh, por favor.

—Apenas puedo moverme.

—No me vengas con esas.

—Puede que nunca vuelva a caminar.

El pequeño granuja soltó un grito de sorpresa cuando Harold lo levantó y se lo echó al hombro. Llevó a James al otro lado del pasillo y lo dejó en la cama.

—No hace falta caminar para lo que tengo en mente.

—Harold…

Le puso una mano alrededor del cuello a James para interrumpirlo.

—Ahora. Vas a quedarte quieto mientras hago lo que quiero contigo.

—Le arrancó el zapato que le quedaba. Lo golpeó con suavidad, a modo de advertencia, contra el bulto en los calzones desabrochados.

James se retorció, con los brazos levantados por encima de la cabeza.

Harold apretó más fuerte su agarre alrededor del cuello—. ¿No es así?

James sonrió, una sonrisa demasiado radiante como para que se tomara en serio las amenazas simuladas de Harold. Tragó saliva con tanta fuerza que él pudo sentirlo bajo su corbata mal anudada.

—Sí, señor. —Harold tiró el zapato a un lado y empezó a desabrocharse los calzones, mantuvo la otra mano en el cuello de James—. Solo que…

Harold levantó las cejas.

—¿Sí?

—Aquí es donde durmió la gata anoche. Espero que no seas alérgico ni nada por el estilo…

—Chilló cuando le dio la vuelta. Le bajó los calzones hasta los tobillos y se los quitó por completo.

Le dio un par de palmadas en el trasero enrojecido y se puso a cuatro patas, con las manos y las rodillas a ambos lados de su cuerpo.

Le desató la puñetera corbata y la tiró a un lado, se inclinó y le rozó la nuca con los labios—.

Yo dirijo esta finca, ¿sabes? —protestó James.

—Ah, ¿sí? —Harold le mordisqueó la piel sensible y le provocó un jadeo—. Tú estás al mando, ¿verdad?

—Sí.

—No pareces muy seguro. —Harold deslizó dos dedos entre sus tensos omoplatos, bajó por su columna vertebral y llegó hasta sus nalgas.

James se frotó contra la colcha.

—Mmm…

—¿Qué decías?

—Por favor —susurró James.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, señor.

—Por favor, señor, ¿qué? —Harold le besó el hombro y dejó que la barba de un día le rozara la piel.

—Por favor, fólleme.

—Por favor, muéstreme quién es el amo —le corrigió Harold.

—Estoy bastante seguro de que ya lo he hecho, pero… —James gritó cuando él le dio una palmada en el trasero. Se rio contra la almohada—. Ay, muy bien, sí, por favor, muéstreme quién es el amo.

—Ay, Jimmy. —Harold se bajó los calzones hasta las rodillas. Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un pequeño frasco—. Será un placer.