Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Y he pensado en ti, en lo contento que estarías hoy en los establos haciendo inventario, en lugar de trabajando detrás de tu escritorio.

Me he preguntado a qué caballo visitarías primero.

Merlín, me he dicho. He pensado en él buscando golosinas en tus bolsillos.

—Harold podía oír la sonrisa en la voz de James; eso lo hizo sonreír también—. Solo deseaba salir a verte.

Harold deseó con todas sus fuerzas que lo hubiera hecho.

Deseó haber podido besar a James contra la pared del almacén de piensos.

Despojarlo de su abrigo y empujarlo sobre un fardo de paja, seguro de que el follaje le pincharía a través de la camisa y el chaleco mientras Harold saqueaba su boca y le manoseaba la parte frontal de los calzones.

Pero debían tener cuidado. Eavesmore era un lugar bastante privado y, cuando él terminaba sus tareas cada noche, ambos eran libres de hacer lo que quisieran.

Pero, durante el día, Norris, el jardinero, solía estar por allí.

Además, estaban los mozos de cuadra y los palafreneros.

No sería conveniente que vieran a lord Stratford entrar en los establos y salir sin caballo, pero con paja en la espalda de su abrigo, las mejillas sonrojadas, el labio inferior hinchado por los dientes de Harold y tal vez una marca descolorida en la parte inferior de la mandíbula, o con rigidez en su andar por el uso de la fusta.

Sin duda, al personal se le pagaba lo suficiente como para hacer la vista gorda, pero eso nunca era garantía de la lealtad que uno esperaba.

—Las cosas que te habría hecho —dijo Harold. James respondió con un pequeño estremecimiento.

—¿Como qué?

Quizá fue un esfuerzo calculado para distraer a Harold, y funcionó, porque dejó de golpear y dejó que sus dedos se deslizaran hacia la hendidura del trasero de James.

Los músculos se le tensaron y crearon hoyuelos.

La piel se alzó cuando Harold metió el dedo en la hendidura y rozó la pequeña abertura que había allí.

James suspiró con urgencia y arqueó la columna vertebral.

—Quédate quieto —le reprobó él—. Ya sabes que no debes hacerlo.

—Sí. Lo siento.

Las palabras no fueron más que un susurro, pero viajaron hasta el pene de Harold.

Volvió a acariciar el pequeño anillo de músculo. James contuvo el aliento, pero no se movió. Seguro que se preguntaba si Harold lo penetraría sin lubricante. Si pretendía causarle dolor o placer, o ambos.

—Te habría tenido contra la pared de la sala de arneses —explicó Harold—. Te habría hecho morder unas riendas para evitar que gritaras mientras te metía los dedos hasta el fondo.

Presionó un poco la abertura. James gimió, temblando al esforzarse por mantenerse quieto.

—Te habría follado hasta que te hubieras quedado sin fuerzas para mantenerte en pie.

James se retorció y flexionó los dedos como si quisiera clavarlos en el suelo como garras. Harold sonrió.

Empujó con más fuerza con la yema del dedo.

—Y cuando te hubieras puesto de rodillas porque tus piernas no hubieran sido capaces de sostenerte, te habría azotado. Te habría castigado hasta que te levantaras y te hubiera obligado a quedarte ahí de pie y aguantar más. No me habría importado que los otros mozos de cuadra lo oyeran.

James volvió a apretar el culo y él sintió lo desesperado que estaba al tratar de mantener la posición mientras se le hinchaba la polla. Habría sido muy fácil ordenarle que se frotara contra sus muslos hasta correrse. Alcanzarlo entre las piernas y ayudarlo.

—Podría haberte puesto un arnés. —La respiración de Harold era irregular—. Habría abrochado todas las correas y luego te habría paseado por la finca.

James gimió y se tensó en cuanto Harold empujó hacia dentro solo unos milímetros. Los músculos tensos se contrajeron alrededor de su dedo, lo que consiguió que su polla se endureciera más.

—Te habría puesto el gancho de seguridad en el culo y lo habría atado.

Ah, te habría gustado, ¿verdad? —James volvió a gemir y negó con la cabeza—.

Y cada vez que te azotara hacia delante, tu culo se habría apretado alrededor del gancho para tratar de sacarlo.

Pero habría estado tan profundo dentro de ti…

—Deslizó el dedo más adentro y James gritó por la repentina e incómoda fricción.

Cruzó un tobillo detrás del otro y se balanceó, impotente, sobre la pierna de Harold, su erección atrapada entre su vientre y el regazo de este.

Harold le pellizcó la parte superior de un muslo.

—Ay… —El grito se convirtió en un suspiro, seguido de una brusca inhalación.

La polla de Harold estaba dolorosamente rígida contra la parte delantera de sus calzones.

—Pero estabas aquí, admirando la vista desde la ventana. —Él retiró el dedo y le dio una palmada en el culo, lo que lo hizo saltar—. Y ahora estás sobre mi rodilla, recibiendo tu castigo por no haber hecho tu trabajo. ¿No es así?

James jadeaba demasiado como para responder de inmediato.

—Sí.

—Así que cualquier otra cosa que quiera hacerte tendrá que esperar hasta que hayamos resuelto este asunto.

—Sí, señor.

—Descruza los tobillos —le indicó él en voz baja—. Levanta más el trasero.

James abrió las piernas y alzó el culo. Se estremeció cuando los dedos de Harold recorrieron la parte interna de su muslo.

Él reanudó el castigo con vigor: fuertes y sonoros azotes con la mano ahuecada, que dejaron un radiante rubor rosado en el trasero y la parte superior de sus muslos.

James lo soportó en silencio durante varios minutos, pero tenía los nudillos blancos de agarrarse a la pata de la silla y había empezado a estremecerse con cada golpe.

Harold se detuvo una vez más para frotar la piel caliente bajo el roce de su palma.

James volvió a hablar con rapidez, como para distraerse de la quemazón.

—La de hoy era la escena del palacio. Y sé poco de la vida en palacio.

De cualquier tipo de palacio. Y aunque parezca una tontería preocuparse por la verosimilitud en una novela en la que a un caballero le meten una cebolla pequeña en el culo, me gusta que los lectores se hagan una idea real del lugar.

Una comisura de los labios de Harold se curvó hacia arriba.

Siempre le sorprendía cómo ese chico tímido se convertía en un libro abierto en cuanto se encontraba sobre sus rodillas.

Charlaba con conmovedora honestidad, como si Harold no le estuviera dando una azotaina que aún sentiría cuando se sentara a cenar.

James procedió a contarle más sobre los retos de la escena del palacio.

Harold disfrutaba mucho con Diarios de una doncella .

Sobre todo, le encantaba escuchar la suave voz de James al leerle los avances de ese día.

Pero, más que los libros en sí, le gustaba escucharlo hablar sobre su escritura.

James se tomaba muy en serio lo que hacía y cada nuevo volumen de Diarios lograba, sin falta, que en todo el país no se hablara de otra cosa.

James era quien lo había conseguido. Su James.

Le acarició la carne enrojecida con las yemas de los dedos.

—Terminemos con esto, amor.

Reanudó, y las palmadas resonaron en la pequeña habitación.

Ahora golpeaba con suficiente fuerza como para hacerle daño, y James comenzó a jadear, con las piernas temblorosas por el esfuerzo de mantener el trasero levantado.

Él le bajó aún más los calzones y le dio unas cuantas palmadas en la parte posterior de los muslos.

James levantó la cabeza de golpe y la volvió a bajar.

La punta de su zapato izquierdo golpeaba el suelo.

Dejó de hablar; Harold sabía que se concentraba en controlar el dolor.

—Estoy seguro de que es difícil —dijo él—. Pero me has pedido que me asegure de que superas las distracciones.

—Lo sé, señor —siseó James al recibir una palmada especialmente fuerte.

—El objetivo de hoy era de diez páginas.

—Sí…, ay. —Lo último fue apenas audible, pero fue la primera vez que James reconocía el dolor.

—Cuando he llegado, eran casi las seis y media. Y tú seguías trabajando. —Harold golpeó más fuerte y más rápido.

—¡Oh! —James contuvo el aliento y arqueó la espalda—. Harold, lo siento.

—Sé que lo sientes, ahora sí —dijo él, bastante divertido.

James aspiró aire entre los dientes mientras él le daba varias palmadas fuertes en la parte inferior de las nalgas.

—Ay. Ay.

Él hizo una pausa.

—Te has tomado un descanso para almorzar, ¿verdad? —No hubo respuesta—. ¿James? —insistió Harold en tono de advertencia.

—Ida ha traído una bandeja.

Él le dio un golpe que lo hizo gritar.

—¿Y has comido algo de esa bandeja?

—Un poco de pan.

Harold puso los ojos en blanco. Frotó enérgicamente el trasero de James durante un momento y luego se inclinó, le levantó una pierna y le quitó el gastado calzado de cuero del pie.

James soltó un suspiro breve y agudo que también podría haber sido la palabra «no».

—James Lewis —gruñó Harold—. Sabes muy bien lo que te mereces. —Un suave gemido—. Quieto —ordenó él. Le dio un fuerte golpe en una nalga con el zapato.

James volvió a quedarse sin fuerzas sobre su regazo.

Harold alternó el zapato con la mano, primero en la nalga izquierda, luego en la derecha, golpes fuertes y rápidos desde la parte superior del trasero hasta la mitad de los muslos.

Cuando la respiración de James se volvió entrecortada y se agarró al tobillo de Harold, este le dio tres últimos golpes y dejó caer el zapato.

Le subió la camisa a para frotarle la parte inferior de la espalda, y apoyó el otro brazo en la parte posterior de las piernas de James.

La piel estaba caliente e hinchada, áspera en algunos puntos.

—Muy bien —lo tranquilizó—. Buen chico. —James era cuatro años mayor que Harold, pero, para él, en esa posición, era un chico, y uno muy bueno.