Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 1
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Una salida para Stratford (El club Bucknall 6)

Una salida para Stratford (El club Bucknall 6)

Por J.A. Rock, Lisa Henry

© inepub.com

Capítulo 1

El joven resultaba delicado y elegante, con unos rasgos tan simétricos que parecían esculpidos en mármol blanco por el mismísimo Miguel Ángel.

Era ágil y delgado, con un rostro encantador enmarcado por unos rizos oscuros, y de su semblante emanaba una inocencia que, en opinión de Slyfeel, pedía a gritos ser mancillada.

—¿Estoy en lo cierto al suponer que es usted el hijo mayor de lord Grantham? —preguntó.

El joven dudó, pero solo por un momento.

—Sí. Me llamo Junian Thwaite. ¿Y usted es, señor?

Slyfeel sonrió, se inclinó hacia él y observó cómo el chico se estremecía ante su proximidad.

—Vaya, ¿ nadie se lo ha advertido, querido? Soy lord Slyfeel, el hombre que va a meter la polla en su precioso y virginal culo antes de que termine la noche.

​— ​ DIARIOS DE UNA DONCELLA , VOLUMEN I

H arold Granger, hijo único de un herrero borracho convertido en mozo de cuadra, sin nada que heredar, salió de los establos de Eavesmore poco después de las cinco.

Se detuvo en su habitación para cambiarse de ropa y luego se dirigió a la pequeña cabaña en la colina, donde vivía James.

James Lewis, conde de Stratford, empleador de Harold y amigo desde hacía tiempo.

Y, durante los últimos años, algo mucho mucho más.

La cabaña, una pequeña construcción de piedra, se encontraba a la sombra de la mansión Eavesmore, a la que James llamaba «monstruosidad gótica».

A Harold, cuyo padre había sido mozo de cuadra jefe de los señores de la mansión, siempre le había gustado bastante la casa mientras crecía.

Pero entendía que a James le resultara poco atractiva.

La casa estaba vacía, salvo por los sirvientes.

Llevaba así años, desde que los padres de James habían muerto cuando él tenía dieciséis años y dejaron la finca al cuidado de su hijo.

James decidió vivir en la antigua cabaña del jardinero y nunca ponía un pie en la mansión a menos que fuera necesario.

Como esperaba, Harold lo encontró en una habitación estrecha, en la parte delantera de la casa, apenas más grande que un armario.

El dormitorio al otro lado del pasillo era más grande, pero no mucho, y tenía una preciosa cama con dosel tallada con motivos vegetales en la que James rara vez dormía.

Prefería el sillón desgastado del salón, o bien dormía la siesta encorvado sobre su escritorio y se despertaba con manchas de tinta en las mejillas.

Harold incluso lo había encontrado una vez acurrucado en la alfombra junto a la chimenea, sin fuego en la rejilla, sin colcha sobre él, roncando suavemente y con el gato de Harold dormitando a su lado.

Harold lo había despertado con ternura, lo había levantado por las rodillas y los hombros, y lo había llevado al dormitorio, regañándolo con susurros al oído mientras James le rodeaba el cuello con los brazos y roncaba contra su pecho.

Harold conocía cada detalle de aquel estudio.

La pintura blanca agrietada de las paredes, los muebles desiguales, las ventanas ojivales que el mismo James limpiaba para tener siempre una vista clara de las colinas onduladas del exterior.

Había un pequeño escritorio de madera sin barnizar y una silla con respaldo festoneado que crujía cada vez que James se movía.

Sobre el escritorio había un tintero, con caminos de tinta por todos los lados y alrededor de la base, y un pequeño soporte dorado para la pluma de faisán, que había visto días mejores.

Le encantaba verlo allí, encorvado y garabateando con desenfreno.

O bien encorvado en la silla con las piernas estiradas como un títere desechado, leyendo lo que había escrito, con las páginas cerca de la cara porque sus ojos empezaban a darle problemas.

O, como era el caso en ese momento, contemplando desde la pequeña ventana orientada al oeste las suaves laderas verdes y el radiante cielo azul más allá, perdido en sus pensamientos.

Harold dejó caer su peso sobre una tabla del suelo que sabía que crujía para avisar a James de que estaba allí. Le habría bastado con quedarse un rato en la puerta, observando a James Lewis contemplar el mundo, pero no le parecía bien espiar a su querido amigo en un momento tan íntimo.

James se volvió despacio hacia la puerta y sonrió al verlo.

Tenía una sonrisa encantadora. No era guapo ni atractivo, algunos podrían haberlo calificado de feo.

Pero, aunque no tenía una belleza extraordinaria, a Harold le parecía único en todos los aspectos.

Su espesa melena era más bien gris oscuro que castaña, y le caía sobre la cabeza en rizos rebeldes.

Tenía algunas canas entremezcladas con el cabello oscuro, aunque acabara de cumplir los treinta años.

Sus ojos eran de un precioso color avellana claro y sus cejas estaban tan bien definidas como las de una mujer.

Tenía la nariz pequeña y recta, un poco más ancha de lo normal en la parte inferior; sus labios finos estaban bien definidos, y su lengua era maravillosamente vivaz.

Y luego estaba esa sonrisa. Dulce, suave y melancólica. Una sonrisa que le robaba el aliento cada vez que la veía. Recordó lo que se sentía al trazar con el pulgar los labios de James justo cuando comenzaban a curvarse hacia arriba. Deseaba poder cruzar la habitación, levantarlo y degustarlo.

—¿Ya son las cinco? —James se estiró. Tenía los brazos largos y delgados, el torso compacto, un poco mullido, que daba paso a unas piernas delgadas y musculosas.

Una complexión algo peculiar que Harold adoraba.

Y su ropa, arrugada, pasada de moda. Una camisa de lino y un chaleco marrón liso, unos viejos pantalones de ante con las rodillas desgastadas.

Un pañuelo al cuello más bien enrollado que bien atado.

Sencillamente, no había otra persona en el mundo a la que Harold prefiriera mirar que a James Lewis.

—Mucho más de las cinco. —Trató de infundir en su tono una nota de severa desaprobación. No lo consiguió del todo.

—Lo siento —se disculpó él con sinceridad, sin apartar la mirada de Harold—. He perdido la noción del tiempo.

Harold entró y James echó hacia atrás su silla para que pudiera ver las páginas manchadas de tinta que había sobre su escritorio.

—¿Y qué progresos has hecho hoy? —preguntó Harold.

—Solo seis páginas. Me ha costado mucho concentrarme.

—Me habías prometido diez.

—Lo sé. —James suspiró y volvió a mirar por la pequeña ventana. Su voz era suave, siempre muy suave. A veces, Harold tenía que esforzarse para oírla—. Es que hacía un día tan bonito… No dejaba de pensar en otras cosas. Las palabras no me salían con facilidad.

—¿En qué pensabas? —Harold colocó su gran mano callosa sobre la nuca de James.

Él sonrió. No apartó la mirada de la ventana.

—He pensado mucho en ti.

Harold sintió una cálida sensación en el pecho.

Se preguntó si alguna vez se acostumbraría a eso, a la emoción privada de saber con qué frecuencia James pensaba en él.

Mientras el hombre escribía, mientras se suponía que debía trabajar, Harold estaba en su mente.

James apoyó la cabeza contra su cadera, y eso bastó para que se dejara llevar por una oleada de ternura.

Dios, ¿y si no tenía fuerzas para lo que tenía que hacer?

¿No sería mejor dedicar su tiempo a besar a James hasta dejarlo sin sentido?

¿A quitarle la ropa mal puesta y llevarlo a la cama al otro lado del pasillo?

Pero podrían hacerlo más tarde. Lo harían más tarde, decidió Harold.

Le revolvió el espeso cabello a James en un reconocimiento silencioso de la afirmación.

—Levántate —le ordenó en voz baja.

James obedeció muy despacio, pero sin protestar.

Harold tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no atraerlo hacia sí y besarlo.

En lugar de eso, cogió la silla, la colocó en el centro de la habitación y se sentó.

La silla crujió bajo su peso. Era bastante más corpulento que James; de hecho, bastante más corpulento que la mayoría de los hombres.

Cogió a James de la muñeca y lo guio hacia su derecha.

Le desabrochó la chaqueta de ante y se la bajó.

Un ligero y vacilante cambio de peso fue lo único que indicaba la reticencia de James al procedimiento.

A través de la fina tela de su camisa, Harold vio que su pene estaba flácido, enclavado entre oscuros rizos.

Luego lo guio sobre sus muslos y lo rodeó con un brazo por las caderas para mantenerlo seguro mientras James ajustaba su posición y apoyaba las yemas de los dedos y las puntas de los zapatos contra el suelo.

Harold le subió la camisa por la espalda.

Tenía un culo espléndido, ancho y redondo, salpicado de vello oscuro que se extendía por la parte posterior de los muslos.

Harold podría haber pasado mucho tiempo acariciándolo, disfrutando de las pequeñas sacudidas y exhalaciones de James.

Pero se obligó a concentrarse, levantó la mano y le dio una fuerte palmada en una nalga, y luego en la otra. Los hombros de James se arquearon brevemente, toda la tensión pareció abandonar su cuerpo, y su peso se posó sobre el regazo de Harold.

Harold le dio unos azotes constantes, pero no muy fuertes. La piel apenas estaba rosada cuando James empezó a hablar.

—No sé por qué me distrae tanto el buen tiempo. He salido a dar un paseo. ¿Alrededor del mediodía, quizá? Luego he vuelto a entrar y me ha parecido que todavía podía sentir el sol sobre mí, he mirado hacia fuera y la hierba estaba tan verde…

Harold mantuvo el ritmo, pero aumentó la fuerza de los golpes. James se tensó, apretó el trasero y emitió un pequeño y forzado ruido con la garganta. Pero continuó: