Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 26
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Capítulo 26

En Tuzza

Mientras tanto, Kever y Ramson, tras meses de búsqueda incansable, están cada vez más cerca de la isla Tuzza.

Han pasado varios meses navegando, preguntando, investigando, siguiendo pistas y estableciendo contactos.

Finalmente, desde el mar, con los catalejos en mano, divisan la isla.

El marinero que los acompaña les advierte que no deben acercarse por la ruta habitual, porque sería demasiado visible y peligrosa, por lo que optan por bordear la isla y acercarse por el lado opuesto, escondiéndose entre riscos antes de desembarcar.

Kever y Ramson avanzan con una determinación feroz a través de la jungla.

Ha pasado casi un año desde la última vez que vieron a Ewan, y no tienen intención de regresar sin él.

Kever, ahora recuperado de la herida casi mortal que sufrió en una misión para el rey, se ha comprometido no solo a salvar a su amigo, sino que, al volver, reconquistar a Eleonor, la mujer que ama.

Los honores reales de no significan nada para él, pero ahora los agradece porque ha logrado mucho con el título de conde.

Ha gastado mucho dinero y ha usado sus influencias, porque lo único le que importa es reunir a Ewan con su familia, sin importar el costo.

Kever y Ramson se detuvieron en la cima de una colina, intentando divisar alguna nave en las cercanías, pero el horizonte estaba completamente vacío, lo que hizo que la preocupación comenzara a crecer en ambos.

Sin embargo, al observar con más detenimiento, distinguen un pequeño campamento cerca de la playa. Sin demora se dirigen hasta allí.

En una maniobra rápida y silenciosa, Ramson logra capturar a uno de los rufianes que deambulaba por la zona; le cubren la cabeza con un saco, lo atan y lo sientan junto a un tronco caído.

Ramson comienza a afilar sus cuchillos, haciendo sonar el metal de manera deliberada para aterrorizarlo.

—No lo afiles tanto, “Brutal”—le dice Kever haciéndole señas a Ramson—. Si no, no sería una tortura…

Deliberadamente, inventa el apodo intimidante con la clara intención de asustar aún más al prisionero, y funciona … El rufián, con los ojos ocultos bajo el saco, incapaz de ver lo que realmente ocurre. Comienza a suplicar con una voz temblorosa que delata su pánico.

—¡Les diré lo que quieran, pero no me lastimen! —dice, pero de inmediato comienza a gritar—: Ay, ay, ¡ay! ¡Me duele, me duele!

El rufián se retuerce en la arena, aunque ninguno de los dos lo había tocado todavía.

De pronto, Kever y Ramson comprendieron la razón de sus gritos: un enorme escorpión sale de debajo del tronco donde el hombre estaba recostado.

Ramson lo apuña con rapidez. Se miran, pero ninguno de los dos dice nada, dejando que el prisionero creyera que el dolor formaba parte de la supuesta tortura.

—¡Dinos dónde está el teniente Graham! ¿Qué hicieron con él? ¡Habla! —exige Kever con urgencia.

—¡Ah!… ¡Ay, ay, ay! ¡Me duele mucho! ¿Qué me hicieron? —se queja el rufián, ignorando por completo la pregunta.

—Lo haremos otra vez si no respondes —amenaza Ramson, manteniendo la farsa.

Le quitaron el saco de la cabeza y le muestran el escorpión aún incrustado en el cuchillo, cuyas patas negras y puntiagudas seguían moviéndose. Se lo acercan al rostro y el hombre palidece de inmediato.

—¡No, no! Él… él murió… El tonto creyó que podría contra todos nosotros. Le dimos una paliza y lo tiramos por la borda… Festín de tiburones ¿comprenden?… hace como un mes… ya no queda nada de él… —sus ojos brillan con maldad siniestra.

Kever y Ramson intercambian una mirada cargada de incredulidad y rechazo. No pueden aceptar su respuesta. No ahora. No después de haber llegado tan lejos.

—Bien, “Brutal”, parece que a nuestro amigo le gustó la mucho su tortura… hazlo otra vez —dice Kever, manteniendo la presión psicológica.

—¡No! ¡Por favor! Les diré, les diré.

Kever y Ramson se miran nuevamente…

—¡Habla, gusano! —amenaza Ramson acercando más el alacrán.

—Sí, sí, hablaré… Pero prométanme que no le dirán a Jefe que fui yo quien habló. O me… ¡Me matará! —suplica el hombre, temblando de miedo.

Kever y Ramson se miran con una sombra de alivio contenido. Había esperanza. Pero antes de que el prisionero pudiera decir algo más, comienza a convulsionar violentamente. Kever lo sacude con fuerza, intentando reanimarlo, pero no obtiene respuesta.

El tercer hombre que los acompañaba se acerca de inmediato, descubre la pierna del rufián, encuentra la picadura y, sin pensarlo demasiado, comienza a orinar sobre la zona afectada.

—¿Qué haces, inepto? ¿Eso no funciona solo con las picaduras de rayas marinas? —protesta Kever, apartándose para no ser salpicado.

Ramson explota en una carcajada. Risa que también expresa su felicidad por la esperanza de que Ewan se encuentre con vida. Pero después, ya sin paciencia, Ramson toma su bolsa de cuero y le arroja agua al rostro del prisionero, pero tampoco funciona. El hombre permanece inconsciente.

Frustrados, los tres se sientan un momento, procesando lo ocurrido. A pesar de todo, habían obtenido algo. Una pista que, aunque mínima, era suficiente para encender nuevamente la esperanza: Ewan podría estar vivo. No aceptarían nada menos.

Mientras tanto, en Görhem, el día se vuelve gris.

Los padres de Matilda finalmente le revelan la terrible verdad sobre Ewan.

La Armada Real había declarado desaparecido al navío Inspiración junto con su tripulación, otorgando los tributos correspondientes y cerrando el caso.

Para ellos, Ewan estaba muerto. Ella se aferra a su hermano mientras llora desconsoladamente.

La luz de sus ojos se apaga completamente.

Sus hijos perciben que algo no está bien y la pequeña Sonja, sin comprender la magnitud de la tragedia, intentaba acercarse para consolar a su sufrida madre.

Pero su abuela la mantiene alejada para evitar que la niña presenciara tal escena.

Los días transcurren y no hay cambio en Matilda.

Se pasa encerrada en su habitación. Shahid, creyendo que ahora tenía una oportunidad con su antiguo amor, comienza a visitar la mansión con más frecuencia, intentando acercarse a Matilda.

Ella le agradece su compañía, pero cuando se sienta con él en el balcón solo mirar a lo lejos en silencio, esperando ver regresar a su esposo.

Un amor que, para todos, excepto ella, ya no volvería.

El tío Samuel también los visitaba con frecuencia, tanto por su amor hacia los niños como por su deseo de saber si había alguna noticia sobre Ewan, porque él, a diferencia de muchos, no perdía la esperanza de recuperar a su sobrino.

Su hija Sonja cumplió sus tres años y a ella no le importó. No desea celebrar nada sin su esposo. Sus padres temen que suceda lo mismo con el primer año del pequeño Ewan. Están decididos a levantar su ánimo y organizarle la fiesta. Tal vez así, la puedan ver sonreír nuevamente.

—Matilda, hija mía, pronto será el cumpleaños del pequeño Ewan… —dice Alberta con cautela—. Tu padre quiere celebrar este feliz acontecimiento y…

Se detuvo, sintiéndose culpable por usar la palabra “feliz”, como si fuera una palabra prohibida

Matilda la mira con nostalgia, toma a su hijo de sus brazos y se retira a su habitación. Pero antes de desaparecer por el pasillo, se vuelve y dice:

—Madre… Dile a mi padre que prepare la celebración. Haré todo lo posible por estar presente y mostrarme… contenta.

Luego cierra la puerta y Alberta siente un pequeño rayo de esperanza y corre a contárselo a su esposo.